miércoles, mayo 01, 2013

A propósito de la Asamblea de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad del Tolima del 30 de abril de 2013



Por primera vez he visto en la universidad del Tolima la voluntad viva e insobornable de un grupo de estudiantes exigiendo su lugar en el mundo universitario. Las imprecaciones que recayeron sobre la asamblea no impidieron el total desarrollo de esa autonomía decidida e insondable de la comunidad universitaria, que hace saltar a la vista lo mejor de sí, que rescata la sustancia de las voces en resistencia de las ancestrales “parcialidades” del Pijao y la comuna veredal de nuestros mestizos campesinos olvidados en las más inaccesibles montañas del Tolima.

En efecto, la Universidad del Tolima merece una sociología de la hacienda. De una manera u otra, lo que vimos en esa asamblea fue la historia viva de estos pueblos empobrecidos y marginados por un régimen hacendatario y señorial que aún se nos aparece en las más sutiles conductas y puntos de vista, pero que se resisten a degradarse a sí mismos, a violentarse a sí mismos, a olvidarse de sí mismos.

Debo ser sincero. La potencia de esta comunidad reunida en la asamblea de ciencias humanas rebaza con creces la minúscula gritería de un grupo de funcionarios que aún viven en la hacienda tolimense y con infinita tozudez defienden la brutal arbitrariedad de la negación de lo colectivo. Que es la defensa del latifundismo, la destrucción del otro, la defensa de su minúscula aspiración de habilitarse frente a un mundo precario y simbólicamente violento.

Siendo aún más consecuente. No deberíamos permitir ningún tipo de influencia de las élites sociales tolimenses, por demás mediocres y estultas, en la vida universitaria, y con las cuales esta administración se siente absolutamente cómoda. La creación de lo mejor en nuestra universidad reside en la posibilidad de destruir el régimen hacendatario del Tolima, constituido casi siempre a sangre y fuego, y en la posibilidad de empoderar a nuestras propias gentes de sus sabidurías y tecnologías ancestrales.

La “izquierda” instalada en la administración debería saber que son la mejor representación de la incapacidad de gobernar con el otro y por las ideas supremas del bien común. Qué incapacidad para comprender en perspectiva ética y emancipatoria que la universidad y el país no cambiará hasta cuando no seamos capaces de promover la participación comunal del otro, el desconocido, el violentado, el iletrado, el marginado.

Qué situación más ridícula que escuchar a los defensores de un régimen normativo protegido por la fuerza y la arbitrariedad, qué limitados aquellos que se escudan en la virulencia de la norma para administrar la fuerza autónoma de los estudiantes. Qué precariedad al creer que fueron víctimas de un diseño ideológico de un sindicato. No se enteran que esa Universidad es producto de 50 años de aberrante clientelismo e inmoralidad. Que en efecto es el resultado de infinitas maneras de adular el otro, de simular saber, de violentar la ilustración y nuestro propio pasado.

Por mi parte creo que no deberíamos tolerar ninguna forma de mediocridad y agresión en un campus destinado por su propia naturaleza a la dialéctica, lo que equivaldría a expulsar buena parte de la dirección y funcionariado de la universidad.

¿Qué defiende la actual “izquierda” inserta en la universidad? Una pesada y corrupta administración, incapaz de modificarse a sí misma, de revelarse a sí misma como hacendataria y profundamente grosera y clasista, en fin, una manera de verse a sí mismos, como el producto del trauma social originado en la vida señorial y la exclusión social. Qué pobreza la de este funcionariado patán, pendenciero y destructor de sus mejores hijos, muchos de los cuales se encuentran en la Universidad del Tolima. Y quiero recordar lo que alguna vez dijo el General Isidro Parra, quien fuera asesinado por las élites tolimenses a finales del siglo XIX, y que más o menos decía así: Solamente podremos superar nuestras formas sutiles de esclavitud, cuando podamos darnos nuestra propia educación, nuestra propia economía y nuestras propias instituciones.

Alexander Martínez Rivillas
Profesor de la UT-Facultad de Agronomía