lunes, junio 24, 2013

Editorial Salmón XXI: ¿PODÉIS IR EN PAZ?



Uno de los grandes obstáculos que se tienen en los estudios, investigaciones y tratados de paz es la carga teleología con la que se ha cargado la palabra, a la paz se le asignan todas las inclinaciones “naturales” a hacer el bien y por ello mismo la fragilidad de su construcción y obviamente de su obtención. 

En el momento político que vive el país gracias a los diálogos de la Habana entre las FARC E-P y el gobierno nacional y a la espera de un diálogo con el ELN, es fundamental entender la conflictividad que lleva intrínseca la paz y abandonar toda teleología y teología de una paz abstracta y bucólica, que nos aleja de la tierra.

La ontología de los conflictos nos lleva a comprender la enconada disputa por lo común que nos es dada por el don de la palabra, el amor y la política, y a su vez por el tiempo, es decir, del devenir que define la modalidad del ser en la que la confrontación se despliega en todo su esplendor. Dicho de otra forma, tanto la guerra, como el ágora, las marchas, la huelga y las elecciones pueden llevar en su constitución toda la radicalidad de la batalla democrática, de esa forma singular de habitar en comunidad, en la igualdad de lo común. Lo que traducido al conflicto interno en Colombia debe entenderse como el acatamiento a esas múltiples voces que durante años han buscado un giro político en la forma de establecer la ruptura con lo establecido, sin perder radicalidad alguna. Es indudable, que dicho giro obliga antes de su aparición a generar reformas en las cosas y ocupaciones que han ligado a miles de colombianos al ejercicio de la guerra; como es por ejemplo la tenencia de la tierra…

Los alcances y límites del proceso de negociación de la guerra y no del conflicto de la política están a la orden de analistas, militantes, científicos, luchadores… pero allende a todos los discursos que se puedan pronunciar a favor o en contra o la gama de colores que van del negro al blanco, es imprescindible vislumbrar el escenario político que emerge desde y para el litigio democrático, que nos llama a continuar la guerra por otras caminos, como es el de la palabra, a caminar la palabra, como nos han enseñado los NASA.

La palabra entonces nos llama como un devenir que privilegia el quiebre con lo instituido a través de la constitución de subjetividades que beben en exceso de la política. Pero, ¿qué significa embriagarse de la política? En el sentido estricto, es poner en juego la capacidad de llevar a cabo una puesta en común, de establecer un sentido común, en el que todo el accionar que se da en la comprensión de ser con los otros. Aquí nace otra pregunta, y ¿cómo se deben dirimir las diferencias que se dan en el establecimiento de lo común, del ordenamiento las formas de estar juntos? La respuesta implica una resignificación de lo cotidiano, una reinvención de lo establecido, una apuesta decidida por el acontecer. En otras palabras, el llamado de la palabra, el acompañamiento político al proceso de paz, y el amor por la vida, nos exige sobre manera una mirada de paralaje al ejercicio político por las transformaciones de las relaciones de poder; entonces, mirando lo mismo debemos encontrar formas diferentes (no diversas) de asumir prácticas eleccionarias, así como de las huelgas y luchas callejeras; es decir los escenarios de paz se encaminan a continuar la transformación social a través de la plaza pública y las elecciones generando un giro en las prácticas tradicionales con las que se han asumido en Colombia dichos ejercicios. 

En gran parte, la tradición raizal de las comunidades indígenas, nos ofrecen respuestas como MANDAR OBEDECIENDO, en las que los procesos eleccionarios no se basarían en el juego ególatra de los candidatos y sus planes de gobierno o desarrollo, sino en la elección de aquel que sea capaz de realizar los mandatos asamblearios de la comunidad. La huelga, no serían ejercicios de presión sino una práctica por la posesión de la palabra y en ese sentido no podrán existir paros sectoriales ya que siempre se evocaría a la comunidad, para buscar el bien común.

En términos generales, el proceso de paz nos abre la posibilidad a las partes que nos han negado la palabra de construir una nueva visión de lo común y por ende otras formas de llamar al conjunto a disponer de sus fuerzas, de hacer realidad la voluntad de poder. Para ello, no es sólo necesario un acuerdo de las partes en confrontación armada, sino una disposición de todas las partes que estamos en conflicto a vivir el acontecimiento de la paz como un devenir que no se agota para nada en la Habana cuba, de ahí que no podéis ir en paz.