lunes, septiembre 16, 2013

"Pensar que lo que ensayaron los campesinos fue una revolución sería muy equivocado": Medófilo Medina



|lasillavacia.com|

Medófilo Medina es un experto en las "muchedumbres políticas", aquellas multitudes que un día salen a la calle a protestar y a exigir sus derechos y que, si tienen suerte, cambian el curso de los acontecimientos. La Silla Vacía entrevistó al profesor e historiador de la Universidad Nacional sobre el reciente paro agrario y en particular sobre sus similitudes con el Paro de 1977. Medina tiene la teoría de que las lecturas equivocadas que hicieron tanto el Establecimiento como las Farc de esa movilización tuvieron consecuencias nefastas en el país en las décadas siguientes. Esta es una entrevista para aprender de la historia y así evitar repetirla.

Usted como historiador es un experto en el tema de las “muchedumbres políticas o movilizaciones sociales.

¿Qué le llamó la atención de este último paro?

Hemos visto en las pasadas semanas, y seguimos observando una movilización social sin precedentes, al menos en el último decenio. Ese movimiento ha impactado por la variedad de fuerzas sociales y de regiones incorporadas. Llama la atención que trabajadores del mundo agrario tradicional, como los de Boyacá y Nariño, se hayan puesto en pie de lucha porque representan una cultura donde los sentimientos y las expresiones de rebeldía no son frecuentes. Eso sí, cuando se presentan son muy consistentes. Luego, ha sido notable la vocación aglutinante y agregadora que ha mostrado la protesta, que fue incorporando nuevos sectores sociales. El impacto que estas “tempestades”, como las llamó el presidente Santos, son muy grandes, cuando al tiempo se desenvuelven otros procesos.

Usted ha dicho que este paro le recordó el paro cívico de 1977 y que el país no debería repetir las lecturas equivocadas que hizo en ese momento. ¿Cómo fue ese paro?

Se produce el 14 y 15 de septiembre de 1977, en virtud de la unidad sindical. Inicialmente lo convocó la CSTC en una manifestación que tuvo lugar en Bogotá a mediados de mayo de aquel año. Existían cuatro centrales obreras: una orientada por el Partido Comunista, la CSTC; otra de tendencia liberal, la CTC; la CTG, de tendencia democristiana; y la UTC, de tendencia predominantemente conservadora.

Desde mediados del decenio de 1970 mucha gente experimenta el azote de la inflación, de la carestía. Se produce un descontento grande, que lo incrementaba el hecho de que en 1974, cuando López Michelsen triunfó por un alto número de votos, la gente había puesto muchas esperanzas en que su gobierno tuviera un carácter reformista y de apertura política. Eso no fue así.

Por ello, quienes antes apoyaron lo que López llamó “el mandato claro”, y la gente  rebautizó como “el mandato caro”, comprendieron e hicieron suya esta convocatoria de las centrales obreras,  que recogió todo ese ánimo porque las políticas de López en materia económica fueron la primera expresión del neoliberalismo. López planteó el tema del salario integral, mediante la emergencia económica adoptada en 1974 se abolieron subsidios, se liberaron los precios por la eliminación de la Superintendencia del control de precios, se eliminaron los llamados “precios políticos”, se incrementaron las tarifas de servicios públicos. Si el paro fue convocado por las centrales, concurrió mucha gente que no tenía nada que ver con el sindicalismo pero que se vio convocada por ese llamamiento.

¿Cuánto duró el paro?

Duró dos días, aunque había sido convocado para uno solo. Las centrales cumplieron con la convocatoria, pero la gente siguió en las calles al día siguiente. En ese paro hubo mucha participación espontánea de la gente en los barrios, de los jóvenes que se enfrentaron con la Fuerza Pública. Se produjeron saqueos mucho más fuertes que los que vimos en el pasado movimiento y hubo respuesta con violencia. Sólo en Bogotá los muertos por la fuerza pública fueron 19 personas, cuyo promedio de edad era de 20 años.

¿Por qué dice que hubo una lectura equivocada de ese paro con grandes consecuencias para el país?

Las consecuencias inmediatas de este paro fueron satisfactorias para los trabajadores: el salario mínimo, que estaba estancado, subió en tres ocasiones en los ocho meses siguientes al PCN; el salario en la industria subió en 16 por ciento. En el corto plazo se mantuvo la unidad sindical. Pero a largo plazo, las consecuencias fueron muy negativas.

¿En qué sentido?

Fueron negativas no por el paro mismo, que fue un gran acontecimiento, sino por las lecturas que de él se hicieron. El establecimiento asumió que había sido un ensayo general de derribamiento del Sistema.  Es decir, que las multitudes urbanas podían ser convocadas a una revolución y que por lo tanto, había que adoptar una política preventiva de represión.

¿Y qué medidas tomaron?

En diciembre de 1977, 33 altos mandos militares visitaron a López Michelsen. Le llevaron un documento, ya completamente redactado, para la adopción de una legislación de emergencia, contraria al espíritu de la Constitución, para proveer de facultades extraordinarias a las Fuerzas Militares para el manejo de la protesta social, particularmente urbana.

¿López lo adoptó?

López Michelsen, con el sol a las espaldas, no adoptó esa propuesta de los militares. Pero el siguiente gobierno, de Turbay Ayala, que tomó posesión el 7 de agosto de 1988 nombró como Ministro de Guerra al general Luis Carlos Camacho Leyva, quien precisamente había presidido a la comisión de altos mandos que había concurrido a Palacio en diciembre de 1977.  Y el documento presentado entonces fue convertido en el Estatuto de Seguridad. El gobierno leyó en esas claves el paro. En vez de introducir mecanismos que incorporaran las demandas que se habían manifestado en el pliego de ocho puntos de las cuatro centrales obreras, y la demanda que manifestó la gente en la calle, incluso las amas de casa, desarrolló una política regresiva y las Fuerzas Armadas se convirtieron en el protagonista del manejo de lo social. Hubo una deriva represiva muy reaccionaria. En verdad se impuso un cambio de regimen político. Estos procedimientos se acompañaron, además, de las torturas, que hasta ese tiempo los militares  habían  aplicado en las regiones agrarias pero que ahora se trajeron a las ciudades.  Eso aterrorizó a sectores urbanos, de capas medias.

¿Cómo leyó esa movilización la izquierda?

En la izquierda, en el movimiento guerrillero, el paro cívico se leyó en clave de insurrección. Algún alto dirigente de las FARC señaló que al paro de 1977 le habían faltado “los fierros’ y que por tanto, se trataba entonces de producir una confluencia entre el movimiento popular y la acción de los aparatos armados insurgentes. El M-19 hizo una lectura similar, de ahí que se produce el robo de las armas del Cantón Norte. ¿Para qué ese robo de 5 mil arma en el Cantón Norte? Para darle las armas al pueblo que esperaban se levantara. Las distintas vertientes guerrilleras se embarcaron en la creación de grupos clandestinos de acción armada en las ciudades que fueron destrozados. Las  Farc plasmaron una nueva estrategia en la VII Conferencia realizada en 1982. Justamente entonces se acordó la adición al nombre original de EP, lo cual es sintomático.  La izquierda no armada, vale aclarar, no toda, participó de alguna manera de este delirio insurreccional.

¿Sí era un delirio o realmente el paro reflejaba una situación prerevolucionaria?

No creo que se hubiera producido en 1977 una situación revolucionaria. El Paro, como antes señalé, fue una respuesta contra unas políticas económicas y sociales, y era la reacción política de la gente después de largos años de dominio excluyente del Frente Nacional. Por eso en el paro coincidieron sectores de izquierda pero también de derecha. El paro fue una coincidencia de sectores socialmente abigarrados y políticamente diversos. Valorar eso como una revolución frustrada fue  producto de una distorsión del juicio.

¿Qué efectos concretos tuvo que la izquierda leyera ese paro en clave insurreccional?

El menospreciar la necesidad de un trabajo a largo plazo para llevar a cabo unas reformas que contribuyeran a la modernización del país y el acceso a nuevos servicios de sectores de la producción, tanto de la informal como de sectores obreros. He pensado mucho en esta situación que vivimos en esa época a propósito de la gran movilización que se ha escenificado el último mes.

¿Le ve semejanzas?

La de ahora ha sido una movilización muy importante. Y la influencia que pueda ejercer hacia el futuro lo que hemos vivido en estas dos o tres quincenas, será positivo o negativo según como pueda leerse. Veo actualmente lecturas equivocadas.

¿Cómo cuáles?

Por ejemplo, el ritmo cambiante de marchas y contramarchas del presidente Santos respecto del tratamiento de la protesta. Inicialmente saluda la legitimidad de la protesta, pero luego acude a este recurso tan manido de la infiltración. En el discurso del 29 de septiembre, día del paro, la retórica del Presidente fue serena, de reconocimiento de que había una acumulación de problemas en el campo agrario. Todo parecía muy sensato y la rectificación de lo que había dicho antes con la famosa pregunta-desplante ¿cuál paro agrario nacional?  con una frivolidad desconcertante.

Pero luego, al día siguiente del paro, pronunció un discurso, otra vez regresivo, y terminó con un párrafo maligno cuando presenta a la Marcha Patriótica como la instigadora con las Farc de esta movilización. Son malos signos, son lecturas equivocadas de los signos de “la tempestad”

La convocatoria de la militarización, tanto en Bogotá como fuera de la capital, otra señal de que no está leyendo con realismo el curso de los acontecimientos.

 En la presentación del gabinete, parcialmente recompuesto, me llamó la atención que llamara el nuevo gabinete el cuerpo de ministros para la paz. Y al presentar a cada uno de los cinco ministros, les señaló tareas frente a la paz. Por primera vez, Santos se atrevía a hablar de la paz como el proceso central y no como a una mesa rodeada de agua por todas partes.  Esta si me parecía una lectura sensata del gobernante. Pero luego al ver el discurso y contrastarlo con los nombres de los nuevos ministros vuelve el desconcierto.

¿Por qué?

 Yo no creo que pudiera encontrarse una persona más contraindicada para después del paro colocarlo al frente de la cartera más cuestionada que el ministro de Agricultura, Rubén Darío Lizarralde. Viene de 18 años de gerencia de Indupalma. Junto con su exconyuge, la Ministra de Educación, se comprometieron en la compra de tierras en el Vichada, ignorando la ley 160 de 1994.

Ellos no violaron los topes de las Uafs

No los violaron porque constituyeron una gran cantidad de SAS pero para la misma empresa, es una manera de usar la letra de la ley para violar el espíritu de la ley. Santos mismo presentó al ministro como arquitecto de la colaboración entre empresarios y campesinos. ¿Esa arquitectura en qué consiste? En darle todos los apoyos a la gran empresa y subordinar a los campesinos, a quienes no se les reconoce el peso que tienen en la economía y la demografía de este país. Por eso digo que este ministerio evidencia una mala lectura de lo que está pasando. Para no hablar de los ministros que no han sido removidos.

¿Cómo quién?

El de defensa, por ejemplo, que habla en pleno proceso de paz únicamente de la guerra y que acaba de presentar un proyecto de ley para penalizar con 5 años de carcel a quienes protagonicen bloqueos. O la Ministra de Educación!

¿Cree que las Farc podrían leer este paro en clave insurreccional?

No creo. El movimiento de los trabajadores rurales y también urbanos tiene exigencias de modernización de la vida política, de mayores condiciones de participación pero pensar que lo que se ensayó allí por parte de los campesinos fue una revolución sería muy equivocado.

¿Por qué?

Porque las demandas tienen unos horizontes inmediatos, son muy concretas.  Las demandas de control del precio de los combustibles no tienen que ver con una plataforma de revolución o de desconocimiento de la economía de mercado. La impugnación de los TLC cuestiona una política económica pero no el sistema económico. José Antonio Ocampo cuestiona severamente los TLC y la desindustralización que ha vivido el país por políticas económicas pero no es un economista que esté proponiendo una alternativa socialista. El verdadero valor de lo que ha pasado es esa participación con decisión de los trabajadores de manera sostenida. Esa confluencia da para entendimientos sumamente amplios, sin tentaciones insurreccionales, que sería justamente un camino para evitar que produzca buenos resultados a mediano y a largo plazo el paro. Es preciso identificar a los sectores que están interesados en balances extremistas de lo que ha pasado.

¿Quiénes?

La columna del 5 de septiembre de Fernando Londoño ofrece motivos de reflexión. Su diagnóstico es que “la inseguridad se apoderó de la Nación”. Que “los bárbaros descubrieron que volverán al asalto cuando quieran”. Esa es la previsión de la derecha. Frente a esto la izquierda no puede responder con el mismo diagnóstico pero con sentido diferente. Creo yo que los primeros que están llamados a mirar con serenidad lo que ha pasado son los negociadores en la Habana, tanto del gobierno con de las Farc.

¿Por qué lo dice?

Las Farc tienen todo el derecho de sentirse fortalecidas pero en su propuesta de paz y no para creer que están allí perdiendo el tiempo porque el pueblo está protagonizando una revolución.

¿Por qué sentirse fortalecidas si en realidad no participaron?

Porque el ambiente general es de demanda de un reformismo social y de una modernización política de un país, es decir de una democratización efectiva.  Y eso está también en el discurso de la FARC.  Ese ambiente que tiene tantas expresiones resulta favorable para ellos si es que de verdad están interesados en la paz.

Mejor dicho, si quieren lanzarse a la política

Sí, para una apertura política que los favorecería, en el sentido de que se incorporan demandas de los trabajadores del campo que ellos mismos han pedido, lo que no quiere decir que la gente que salió a la calle haya sido movida por ellos. Son coincidencias con quienes protestaron dado que tienen una plataforma de reivindicaciones sociales.

¿Cómo lo deberían entender los negociadores del paz del Gobierno?

Pueden ver que el sentimiento de la gente al presentar sus demandas favorece a la paz, que la gente no está pensando en aventuras armadas, está pensando en nutrir a la vida política y social de reformas, de democratización y que por tanto, pueden tener una cierta tranquilidad al saber que no son los partidarios de continuar el conflicto interno, y la guerra sin término.

Lo que la gente ha expresado en las calles es una demanda de paz, pero paz que al tiempo se acompañe de reformas y democratización y de incorporación de la gente, de consulta y no de represión.

En ese sentido, el Gran Pacto Agrario indicaría que Santos hizo una lectura correcta del paro?

Según como se realice el Gran Pacto Nacional Agrario. El pacto es una invitación muy importante si efectivamente se quiere iniciar otra política con respecto al campo y a los campesinos, respecto a los productores medianos y pequeños. Llama la atención que quienes firmaron el Acuerdo en Tunja, en representación de campesinos, digan que no van al pacto porque no se sienten representados. Algo similar han dicho los dirigentes de la MIA.

El Gran Acuerdo Nacional Agrario no podrá llamarse así si es simplemente un lugar en el que se encuentra el Ministro de Agricultura con Rafael Mejía, de la Sac, y con José Félix Lafaurie  y otros dirigentes de federaciones patronales del campo. Será una mascarada y esta movilización ha pedido es otra cosa. Es un momento de la verdad y resultaría miope y peligroso tomarlo de otra manera.

¿Cree que si las dignidades y los verdaderos líderes campesinos entran al Pacto pueden cambiar el curso del campo?

Solo si hay premisas, si se acepta de parte del gobierno una verdadera representación de los campesinos. Si se les ofrece posibilidades no solo de hablar sino garantías para que se recojan en acuerdos parte de lo que han planteado con gran respaldo. Quizá dirigentes como César Pachón, César Jeréz, Andrés Gil y muchos otros dirigentes que han mostrado su competencia estén interesados en un evento de real concertación y no en una boleta para un curso de oratoria.

¿Usted sabe cómo han leído las Farc este paro?

No, no lo se. He leído las últimas comunicaciones de ellos en la Habana y no he encontrado particulares referencias. No he encontrado una radicalización que me diga que están leyendo el paro de manera inadecuada.

¿Qué pasaría si las Farc realmente infiltraron el paro?

Una de las cosas que está logrando el presente movimiento social es la maduración de la conciencia del carácter obsoleto de los códigos. Me refiero al término infiltración y por otro lado, al reclamo sobre la utilización política de la movilización social.

La infiltración es un código tan antiguo usado por las élites colombianas que se ha desprestigiado mucho en esta movilización. Pensar que una organización como las Farc está en capacidad de manipular este movimiento de tan vastas proporciones sociales y que, además, se ha escenificado a lo largo y ancho del país es absurdo.  ¿Será realista admitir que puedan manejar todo lo que ocurre desde la Guajira hasta el Huila y desde Ventaquemada hasta Calibío, desde la Costa Norte hasta el Putumayo? Tan descabellada suposición no tiene asidero y pone en ridículo a quien la enuncia. El uso del término, del código infiltración, ha entrado en crisis. No creo que a gente medianamente pensante eso pueda convencerlos.

¿Y la utilización política?

Lo dijo el Ministro del Interior Fernando Carrillo antes de que comenzaran las protestas, que la extrema derecha y la extrema izquierda iban a incendiar el país y se quejó de la utilización política de la protesta. Es posible que algunos políticos vivan así la política, encerrados en el recinto de la Cámara y Senado, pero una política moderna y democrática tienen que estar en comunicación con los fenómenos que vive la sociedad. Este asunto de la utilización política para condenar una protesta es absurda. Incluso la derecha y la ultraderecha también está haciendo política y trata de manipular lo social pero a ningún político se le puede negar que opine sobre lo que ocurre en las sociedad.

Tropezamos con una paradoja: se le critica a los partidos que estuvieron ausentes de esta movilización, pero se les critica la utilización política de lo social. Una manera de comunicación entre élites y masas, entre élites políticas y opinión pública, ha hecho crisis.

Supongamos que la guerrilla sí se infiltró. ¿Eso deslegitimaría la movilización?

Las Farc donde operan han creado tejido social, y justamente esa “infiltración” hoy sería uno de los elementos positivos en un proceso de paz para que en las regiones donde han tenido asiento y donde tienen reconocimiento lo usen para la paz, lo usen para una nueva forma de participación política junto con las comunidades es un plus y hay que reconocer estas imbricaciones, proyectarlas más allá y no caer en el delirio de verlas omnipresentes agazapadas en un subsuelo infinito o flotando en un una nebulosa extrasocial.

¿Cómo ve el rol de la Marcha Patriótica en este contexto?

Para comprender a la Marcha hay que entender algunas sorpresas que hemos tenido. El mundo del trabajo en los últimos decenios ha sufrido una regresión, ha estado en retirada. Particularmente en las ciudades, el movimiento sindical es hoy débil. El nivel de sindicalización es muy bajo, en cambio el nivel de la burocratización de los dirigentes sindicales urbanos ha subido

La sorpresa con que nos encontramos es que no obstante que el mundo del trabajo rural ha sido  vapuleado, perseguido, por las violencias del paramilitarismo, de la insurgencia y de las Fuerzas Armadas, ha logrado mantener formas de organización que hoy han salido a la superficie.

¿Cómo cuáles?

Me refiero, por ejemplo, a que hemos visto en estos movimientos a la vieja ANUC, que creíamos desaparecida. Las antiguas juntas de acción comunal son una fuerza en muchas de las regiones rurales del país. Tanto que en algunas de ellas son las únicas que expiden la confirmación de propiedades en el tema de los baldíos porque tienen la confianza de las poblaciones. Y han estado siempre allí. Existe una gran cantidad de ong modernas. Es muy sorprendente que hoy el campesinado haya aprendido a manejar los instrumentos de la informática. Que ante el atropello de la Fuerza Pública, desde cualquier vereda remota se comuniquen con organismos internacionales y que esa comunicación resulte con frecuencia efectiva en la defensa de la vida de las comunidades.

Eso se ha dado, porque en el campo ha avanzado la alfabetización y porque ha habido por convicción y por necesidad, desplazamiento de profesionales jóvenes a los campos que ayudan a ese relacionamiento entre comunidades agrarias y el mundo moderno.

¿Cómo relaciona eso con la Marcha?

Esta es una introducción para decir que la Marcha Patriótica se ha nutrido de esas realidades sociales y culturales . Yo comparaba la manifestación del 23 de abril de 2012, cuando la Marcha hizo una manifestación inaugural en Bogotá, y vi toda esa muchedumbre de tan diversos atuendos, de diferentes climas, observé el entusiasmo en esa concentración y luego tuve ocasión de compararla con la manifestación del 1 de mayo siguiente, ciertamente también numerosa. Pero el ambiente era otro: algo como la escenificación masiva de un ritual desgastado. No quiero por supuesto desvestir a Juan para vestir a Pedro. Lo digo más bien con la idea de la conveniencia de que miremos hacia fenómenos nuevos que nos pueden renovar a todos.

Lo que se está evidenciando, por ahora en el movimiento social es una gran asimetría entre el mundo de las ciudades y del campo. El mundo de los trabajadores rurales ha dado esas sorpresas. Y relacionándolo con la Marcha es necesario admitir que ella se ha beneficiado de esas realidades. Que allí estén las Farc es inevitable como que estén en diversos entornos, en los tejidos sociales. El tema no es que estén ahí, el tema es si quieren estar legítimamente deben hacerlo sin armas. Lo contrario sería inaceptable, pero por supuesto sería suicida.  

¿En qué consiste este proceso de paz para usted?

El proceso de paz tiene diversos niveles, y hay quienes ven un nivel y no otro. Confunden el proceso de paz con una reinserción de las guerrillas, que es una fase apenas un elemento.

El proceso de paz debe ser la creación de un espacio en el que los procesos políticos se tramiten de manera democrática y no por coacción ni por el uso de las armas. Que quienes quieran acceder al poder lo hagan por la política y no acudan al respaldo de una organización armada para producir sesgos en las votaciones para consolidarse en un determinado entorno, simplemente comprando votos o produciéndolos por la vía de la violencia.

En ese sentido, concibo el proceso de paz actual como una perspectiva modernizadora del país y de la política, como un proceso de democratización y como un impulso a reformas sociales que hagan posible un proceso de reforma social que busque una sociedad mas igualitaria, más justa y razonable.

¿Cree que las Farc están preparadas para dar ese paso?

El tema no es si las Farc están preparadas.  La cuestión es más amplia porque este proceso de paz, en determinada proporción depende de las Farc, pero es, debe ser un evento nacional. Vale la pena preguntarse si los dirigentes nacionales están preparados, si los poderes fácticos están en trance de paz. ¿Están preparados para tramitar la política sin sacar siempre del cubilete la amenaza del terrorismo? El establecimiento no podrá acudir a la represión de los movimientos sociales con la amenaza terrorista. Si la paz se alcanza, habrá mejores condiciones para que la política ocupe el centro que ha ocupado el conflicto interno y que ha distorsionado los comportamientos colectivos de los colombianos y colombianas ya por mucho tiempo.