domingo, noviembre 17, 2013

La resistencia de pocos, por la lucha de muchos: reflexiones en torno a la okupación de la Universidad de Caldas.




|Por: Jean Paul|

  La crisis de la universidad pública colombiana ha transformado internamente no solo la infraestructura del alma mater, sino que ha afectado profundamente a la misma alma mater, en el sentido que le doy como vita universitatis: vida universitaria. La Universidad de Caldas es un ejemplo de cómo las políticas nacionales de privatización de la educación pública superior han transformado a la universidad pública hasta el punto de parecer ante sus estudiantes como una universidad privada con los problemas presupuestales de la universidad pública, lo que ha hecho que la administración universitaria tenga que permitir la entrada de capital privado, de manera paulatina, para la financiación de proyectos de investigación, llegando incluso a firmar convenios con entidades que van en contra de los intereses del pueblo como lo son la ANH (Agencia Nacional de Hidrocarburos) y la AngloGold Ashanti. Y no solo eso, la falta de presupuesto nos ha impuesto todo un régimen anti-democrático de gobierno que impide la verdadera participación del estudiantado, el profesorado y los trabajadores en las decisiones que se toman respecto a la distribución de ese presupuesto, por lo que el Consejo Superior, un ente donde la voz del estudiantado y el profesorado es aplastada de manera casi unánime, decide a diestra y siniestra cómo está regulada la universidad, los currículos y, por supuesto, la vida universitaria.

Es por eso que ante esta situación, el movimiento estudiantil de la Universidad de Caldas se ha levantado varias veces en defensa de lo que consideramos es, en verdad, la universidad pública: gratuita, popular y de calidad. Desde la llegada del actual rector, Ricardo Gómez Giraldo, en el 2007, el modelo educativo neoliberal se ha venido implantando de manera violenta y represiva, como lo demostró el hecho de que permitiera la incursión del ESMAD en la Universidad, lo que aplastó las expresiones políticas de la universidad por varios semestres, con decenas de persecuciones y la reestructuración de la universidad en toda su arquitectura, tornándola una universidad al estilo mall comercial, borrando todo tipo de expresión mural y restringiendo la entrada a todos los refugios donde la vida universitaria se daba, como el jardín botánico. El estudiantado ha intentado levantarse varias veces, pero funciona de manera coyuntural y fraccionada. La encrucijada anormalidad-normalidad académica ha tornado la discusión en una pelea por la forma y no por los contenidos de las luchas, lo que divide al movimiento después de algún tiempo y termina dando al traste con los procesos políticos que emergen de tales coyunturas, favoreciendo a la administración para aplicar sin obstáculos las políticas neoliberales del Estado Central.

COYUNTURA 2013

Manizales es una ciudad indiferente, conservadora y gris. Pocas veces protesta, está aquejada por una clase política corrupta y una élite poderosa que hace lo que quiere cuando se le da la gana. El paramilitarismo reina en todo el departamento y el miedo se esconde tras las actitudes apáticas y egoístas. Sin embargo, hay ocasiones en que la población estalla de indignación y son por lo general las clases populares quienes toman la antorcha de la rebeldía, como fue el caso de la protesta ante el nuevo Sistema de Transporte Integrado de Manizales (TIM) en el 2010, lo que generó un estallido de protesta que nunca se había visto en la ciudad en los últimos años. Durante el paro agrario, la ciudad salió masivamente a los cacerolazos convocados por las redes sociales, movilizando esta vez a la clase media indignada por los actos abusivos de la fuerza pública contra los campesinos colombianos. Y, antes que la MANE convocase al gran paro nacional por la educación, la Universidad de Caldas ya estaba movilizada por los problemas de siempre que ya se estaban acumulando. Desde comienzos del mes de septiembre, los programas de Historia y Ciencias Sociales protestaban por la contratación docente de ocasionales y catedráticos, después estudiantes de antropología paraban para exigir una reducción de los cupos en los cursos que los tenían hacinados en salones con más de 60 estudiantes. Profesores y estudiantes se unieron a esta lucha, pero lo que rebasó la copa fue el anuncio del rector de continuar su cargo lanzándose de nuevo a la elección de rector para el periodo 2014-2017. Esto puso de manifiesto los problemas, no solo de la perpetuación de  las políticas del rector, sino alrededor de la democracia universitaria. ¿Cuál era el real peso de los estudiantes y los profesores al momento de decidir el rumbo de la universidad?

Por lo que se construyó un pliego de peticiones que tenía como exigencias cambiar el mecanismo de elección de rector y directivas por uno más democrático, reducir los precios de la tabla de matrícula, reducir los cupos de los cursos, formalizar la contratación de los profesores ocasionales y catedráticos, mejorar las condiciones de contratación de empleados y las garantías académicas para retornar después de las jornadas de protesta.  Esto unificó no solo a estudiantes y profesores sino a trabajadores y egresados, lo que generó un gran movimiento multiestamentario que fisuró el establecimiento y dio paso a un escenario de debate político que no se veía desde el año 2011.

Una de las medidas de presión que se utilizó para acelerar el proceso de diálogo con el Consejo Superior fue la ocupación de la universidad, que era la encargada de mantener los bloqueos de todas las instalaciones. El campamento empezó el 23 de septiembre, por lo que a sus participantes se les enunció como "okupas s-23", y comenzó con un promedio de 400 estudiantes acampando, realizando actividades lúdicas y formándose políticamente en torno a la fogata del canelazo que nos calentaba todas las noches. Y me incluyo en este relato porque me es inevitable inmiscuirme en esta parte de la historia, sabiendo que hice parte de él. 
Durante más de un mes de ocupación la universidad fue habitada de otra forma y se nos manifestaba así otra manera de vivir en el alma mater diferente del modelo mercantil que nos imponía el establecimiento. Paredes grafiteadas, cocina y baño improvisados, fogatas encendidas en todo lado, cine, conciertos, conversatorios y un proceso asambleario de ocupación que vinculó a los participantes en el hecho de permanecer en la universidad no solo para estudiar y graduarse sino para discutir y performar la política en el acto de desobediencia.

Okupas S-23, una escuela política

A las 11 de la noche se cerraba la puerta de la universidad y se reconstruía la barricada, porque los hechos del 2007, cuando el ESMAD entró a la Universidad de Caldas a la tres de la madrugada, todavía estaban en la memoria. La comisión de alimentos servía la comida aproximadamente a la media noche. Antes, se organizaba la asamblea de la okupación donde se hacía el conteo de los ocupantes y se daban de nuevo las recomendaciones de seguridad. Cada noche nos tocaba hacer de centinelas, recorrer nuestra universidad de noche, sentirse el guardián de aquel claustro, con el temor constante de la represión pero con el pecho hinchado de la rebeldía.

Simultáneamente, grupos de grafiteros se tomaban los muros de la universidad, para darles de nuevo el color que merecía, los estudiantes de música amenizaban las largas y frías madrugadas, mientras la tertulia se establecía en cada mesa, cafetería y pasillo. 47 días de okupación, donde la universidad se tornó de nuevo nuestra casa. Ya no queríamos salir de allí. De nuevo los espacios cerrados se recuperaron y se pudo avizorar por instantes la universidad pública que deseamos, una universidad habitada por la discusión, la fiesta y el arte. 47 días de resistencia, a costa del frío y el miedo, mientras el resto de la universidad se sumía de nuevo en la pregunta por retornar a clases o seguir. Los conformistas llamaron a los okupas: vagos, vándalos y radicales, cuando lo que reivindicábamos en verdad era el ocio productivo, el arte y el compromiso político. Mucha gente vino a okupar, unos días se iban unos, volvían otros; hubo unos que nunca se fueron, otros que nunca volvieron, pero igual, la universidad era otra, se habían caído los muros que nos impedían vernos como estudiantes de una misma universidad y no como estudiantes de diferentes carreras. Y aunque el paro se levantó el martes 29 de octubre, los lazos afectivos y las experiencias consolidaron la semilla de un proceso que tiene que seguir para continuar con los procesos que extiendan la utopía vivida en la okupación. Porque lo que la okupación logró no fue la consecución del pliego de peticiones, pero si el descubrimiento de algo que habíamos perdido en la u de caldas, la vida universitaria, una universidad como trinchera de resistencia en la cual no solo se viene a estudiar, sino a vivir, a habitarla, a convivirla.