viernes, diciembre 20, 2013

Aída Avella: historia de mi vida (*)

Esta mujer, que quiere recoger las banderas de la UP como candidata presidencial, narró de su puño y letra anécdotas inéditas de su infancia hasta su exilio.

Mi abuelo paterno, Efraín Avella Parada, fue la persona que más influyó en mí. Un hombre fuera de su época. Un hombre que miraba las cosas de una manera diferente, un liberal en todo el sentido de la palabra. Un ateo en medio de una familia supercatólica. Lector empedernido, fue él quien me enseñó a leer. De su mano, devoré páginas enteras de libros que las religiosas de mi colegio consideraban prohibidos para los católicos: Los Miserables, Hans de Iskandia de Víctor Hugo, Flor del Fango de Vargas Vila, entre otros.

Él esperaba mi llegada del colegio, tomábamos las onces con mis hermanos y pasábamos luego directo al sitio de lectura. La casa tenía una luz especial, así que nos sentábamos cerca a una de las ventanas, a diario, todos juntos, a escuchar a mi abuelo Efraín leer en voz alta, “La danza de las horas”, la columna de opinión que escribían Calibán y Klim y que aparecía diariamente en El Tiempo. Todos leíamos apartes.

El abuelo no me pasaba el más mínimo de los errores en la vocalización o puntuación. Luego había comentarios. Sin saberlo, estas sesiones de lectura fueron mi iniciación a la vida política. Ahora pienso que fue ésta también la pasión del abuelo y que supo transmitirla sin afanes, sin marcas, como buen liberal.

Me incentivó también el amor por la poesía y por poetas como Rubén Darío y Julio Flórez. Recuerdo bien cómo memorizábamos versos de ellos y declamábamos sus poemas más clásicos. Estas enseñanzas, practicadas con tanto esmero y dedicación, fueron fundamentales para dirigirme al público en la vida sindical y política. Gracias a eso, los grupos y reuniones amplias, nunca me han suscitado ningún miedo. Al contrario, entusiasman a la oradora que hay en mí.

Fue una vocación que se manifestó desde el colegio. Era yo quien generalmente tomaba la voz en las izadas de bandera o en los actos conmemorativos; igual lo hice después, cuando decidí medírmele a los micrófonos de la radio, mientras hacíamos un programa juvenil en Sogamoso, los domingos.

Luego formamos un centro literario mixto, poco común para la época, entre las niñas de La Presentación, de formación religiosa, y el Sugamuxi, el colegio oficial de los muchachos. Dirigí el centro junto a uno de los muchachos del Sugamuxi. No existían en el pueblo establecimientos educativos distintos a éstos, así que allí estudiábamos bachillerato los pobres, los ricos y los de clase media.

La sabiduría de mi abuelo frente a las mujeres, también lo hacía un hombre fuera de su tiempo. Siempre confió en ellas, y a menudo repetía la frase: “Si educas a una mujer, educas a una familia; si educas a un hombre, educas a un individuo”. Muy preocupado por el futuro de sus nietos, nos dejó a las dos mujeres (las mayores de sus dos hijos) una cédula de capitalización del Banco Central Hipotecario para estudiar, siendo ésa la única destinación.

Con ese dinero, mi hermana mayor y yo accedimos a la Universidad Nacional. Nos alcanzó para un año; nos hicimos luego a un préstamo de la Caja Agraria, que por esa época le daba facilidades a los estudiantes de provincia. Me tomó mucho tiempo poder pagarlo y con todo, el dinero no alcanzaba, así que en el segundo año completé el ingreso con una beca que me gané en la universidad, gracias a mi buen rendimiento en la Facultad de Ciencias de la Educación. Así logré concluir la carrera.

El abuelo, sin duda, me infundió una fuerza que iba a necesitar después, a la muerte de mi padre. Era apenas una adolescente cuando una enfermedad se lo llevó, después de cuatro meses de padecimiento. Quedamos ocho hermanos y una madre embarazada. El menor nació cuatro meses después. Nada fácil. Éramos una familia numerosa que tenía que levantarse contra la adversidad. La fuerza de las circunstancias me hizo madurar rápidamente.

Todavía hago el duelo cuando mis hermanos, ya mayores, preguntan cómo era él, qué le gustaba, qué hacía, a qué se dedicaba… El dolor aún está presente cuando relato esta historia, cuando escribo. Siempre ahí, cuando regresaba a mi pueblo y pasaba obligatoriamente por el cementerio; o cuando evocaba a mi madre soportando tantas cosas, mientras esperaba que sus hijos mayores terminaran los estudios superiores.

Desde ese momento dejé de creer en un ser superior; nunca más pude concebir un ser infinitamente sabio, justo. Comprendí que la naturaleza sí podía ser imperfecta y que lo más querido podía desaparecer de un momento a otro. Fue algo tan duro como quedar sin piso, como ver el futuro vacío. El destino daba el primer golpe, dolorosísimo. Me aferré entonces al estudio, con el propósito de ayudar a sacar adelante a mi familia. Los libros llenaron ese gran vacío, eran mis amigos, mis confidentes y lo siguen siendo cada vez que el panorama se oscurece. Te aportan cosas inimaginables sin pedir nada a cambio. Siempre están.

Distinto a los vaivenes de la vida, que me llevaban de un lado a otro. En dos años y medio había dejado el uniforme del colegio de religiosas y estaba de alumna regular de la Universidad Nacional, en la década de los 60.

Allí aprendí tantas cosas, que merece capítulo especial porque la Nacional era, en verdad, un foro excepcional de discusión y confrontación política, de riqueza cultural, donde todo tenía su espacio: la cátedra cerrada y la magistral, la música, el teatro, la pintura, la poesía, la Semana Universitaria, las conferencias de profesores maravillosos como Camilo Torres, Eduardo Umaña Luna, Jaime Pardo Leal, Martha Traba, Stella Ramírez, Alfredo Sarmiento, Florence Thomas… o las disertaciones literarias de invitados especiales como Pablo Neruda y Yevtushenko.

Era un nicho de estudio colectivo, compartido en la cafetería central con estudiantes de todas las carreras y regiones. Mientras en una mesa estaban los agrónomos, en otra fácilmente se encontraban los estudiantes de medicina, de artes, del conservatorio, los de filosofía, sociología, economía, ingeniería, química, matemáticas puras, psicología, trabajo social, veterinaria, ciencias de la educación, enfermería, odontología, arquitectura, etc. La ayuda mutua para la investigación, para la comprensión de los problemas, estaba a la orden del día. Muchas de las personas de esa época han estado presentes en la vida nacional, y lo han hecho de una manera distinta.

Los egresados que han llegado a la política no son los tradicionales corruptos, barones electorales, ni lagartos de profesión. En esa época, la Universidad tenía su propia emisora, de donde se transmitía su vida cotidiana y las luchas de los estudiantes contra el alza en el transporte o contra la invasión a Marquetalia, por ejemplo.

A la Nacional no entraba la tropa, era considerada territorio libre hasta un día de 1967, en que al presidente de entonces, Carlos Lleras Restrepo, se le ocurrió acudir a la universidad a inaugurar, creo, un laboratorio en la Facultad de Odontología y, en vista de la protesta estudiantil, que lo recibió con huevos y tomates, decidió ocupar el alma máter con tanques de guerra.

El verde cambió, los camuflados se tomaron toda la sede por varios días. Y aquellos estudiantes que no alcanzaron a salir, fueron a parar a las cárceles. También quienes vivíamos en las residencias femeninas fuimos evacuadas, a los dos días, en camiones militares que nos dejaron con nuestras maletas sobre la Avenida Caracas. Obligadamente debimos regresar a nuestras provincias.

La vida cambió. Las expectativas también, el dolor cedió para darle paso a muchos años de lucha y esperanza. Formábamos parte de la juventud que soñó con cambiar el rumbo de la Historia. Éramos muchos en el mundo entero. Empezó entonces la militancia en la Juventud Comunista. Hoy muchos de aquellos compañeros están muertos o asesinados por la intolerancia… En nombre de la democracia los mataron, dizque ¡para “preservarla”! Por algún azar de la vida, yo me salvé. El atentado del 7 de mayo de 1986, que me tiene desde entonces en el exilio, fue organizado para matarme.

Ese día, como de costumbre, aproximadamente a las siete y cuarto de la mañana, abordé el vehículo que el Concejo de Bogotá me había asignado, un campero Mitsubishi blindado. Tenía que asistir a una reunión en el Hotel Tequendama donde se tratarían temas relacionados con la salud en Bogotá. Habíamos recorrido unos 200 metros cuando me di cuenta de que se me habían quedado el reloj y llaves de la oficina.

Le pedí al conductor devolverse para recogerlos. Volví a despedirme de todos en la casa. Retomé la ruta. Al entrar a la autopista en la calle 170 notamos que un vehículo que se encontraba parqueado nos seguía. Lo vi a través del espejo que utilizaba para terminar de arreglarme, como solía hacerlo, igual que la mayoría de las mujeres que aprovechan los últimos minutos antes de llegar al trabajo.

Era una camioneta de color verde con dos hombres en la cabina y otro en la parte de atrás, vestido de obrero con casco amarillo y uniforme color caqui. De inmediato alerté al escolta que suele situarse en el asiento trasero. Él creyó, confiado, que se trataba de un vehículo de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, hasta que se percató que éste no tenía ninguna sigla de identificación.

A los pocos segundos exclamó, alarmado: “No, no tiene nada escrito en las puertas”. Intentamos protegernos tratando de colocarnos en el centro e ingresar a otros carriles hacia la izquierda de la avenida. Perdimos de vista al vehículo, me tranquilicé y saqué los documentos para acabar de leerlos, cuando a los pocos minutos el escolta que cubría la puerta trasera gritó: “¡Nos disparan con una bazuca!”.

El trancón de carros a esa hora pico impedía que nos pudiéramos mover. Los sujetos permanecían un poco retirados, a unos 15 metros de distancia; lo curioso era que no había ningún otro vehículo entre los dos. Extraño en una autopista tan congestionada a esa hora. Al volver la cabeza, observé que sobre el cajón de la camioneta estaba parado un hombre con un tubo largo.

Por instinto me tiré al piso del vehículo y tomé el radioteléfono que portábamos los concejales de Bogotá. Me comuniqué con la consola de la Alcaldía de Bogotá. Una mujer me respondió y de inmediato exclamé, desesperada: “Soy Aída Avella, me matan, me disparan en la autopista, por favor llame a los medios de comunicación y comuníqueme con la policía”.

Lo hizo de inmediato. Desde la policía respondieron; yo pedí con urgencia conexión con el director, el General Gillibert. No estaba, así que me trasladaron la llamada a un mayor, quizás de apellido Arias, quien me dijo; “Quédese ahí, concejal, ya mandamos un operativo”. Escuchamos una gran explosión, pero no nos pasó nada. El mismo escolta que tenía el control posterior, intervino: “Ya dispararon la bazuca, ahora recurren a los revólveres; tres de ellos nos están disparando”. Sentimos como si se tratara de piedras rebotando sobre los vidrios blindados. “¡Ahora se devuelven!”, gritó el escolta.

Entró entonces una llamada de Felipe, un periodista de Caracol, quien cubría las noticias del Concejo: ¿Qué pasa, concejal? –dijo. A lo cual yo respondí: “Me disparan, me matan. “No… No… “Un momento, va en directo… “. De inmediato, los periodistas Darío Arizmendi y Judith Sarmiento, encargados de la conducción del noticiero, empezaron a interrogarme sobre lo que sucedía, en una entrevista que duró más de diez minutos.

El tiempo pasaba lento. La muerte no se retiraba, nos acechaba con inclemencia. En el transcurso de la conversación, la emisora recibió una llamada en la que se informaba que la camioneta verde que yo acaba de describir se dirigía hacia la Carrera Séptima por la 142, con un hombre aparentemente herido, que gritaba: ¡rápido, rápido, que voy herido!”.

Los periodistas hicieron un llamado para que se actuara rápidamente… Quizás esto impidió que siguieran disparándonos, pues estoy absolutamente segura de que no era un solo vehículo, sino varios y que debían llevar una avanzada y un cubrimiento a ambos lados y por atrás. Con esta entrevista, que contribuyó a salvarme la vida, Darío Arizmendi ganó el Premio Príncipe de Asturias que se entrega anualmente en España.

Mientras tanto, seguían pasando cosas. Con el tráfico ya corriendo pude observar a un hombre herido, con su camisa blanca ensangrentada, que sacaban de un automóvil. Se trataba del ingeniero Pedro Antonio Gómez, golpeado por el primer bombazo y que por poco pierde su brazo izquierdo. El primer rocket abrió un hueco en la tierra, el segundo no alcanzó a estallar. El profesional herido fue trasladado a la Clínica San Pedro Claver en cuya recuperación trabajó un cirujano que, por este caso, ganó el Premio Nacional de Medicina ese año.

Finalmente logramos alcanzar la calle 100 para llegar al Concejo. Los escoltas intentaron pedir refuerzos, pero lo menos que puedo decir es que la indolencia por parte de la institución fue total. El único apoyo que recibimos fue de dos policías de tránsito que colaboraron para que pudiésemos llegar rápidamente al cabildo distrital, Al ingresar ya estaban todos los cuerpos de investigación del Estado: Fiscalía General, Procuraduría General, la Sijín, el DAS, comprometiéndose públicamente a realizar las exhaustivas investigaciones del caso, que hasta el día de hoy no han arrojado ninguna información confiable.

Pasaron los años y sólo en diciembre del año 2000, en la revista Semana, encontré una explicación sobre el atentado y sus móviles. El grupo de delincuentes conocido como La Terraza, que asesinó, entre otros, a los defensores de derechos humanos Eduardo Umaña Mendoza, José María del Valle, al humorista Jaime Garzón y a otras personalidades, y del que formaban parte varios ex suboficiales de las Fuerzas Armadas, había sido contratado por Carlos Castaño, jefe en ese momento del grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), para realizar ejecuciones, de acuerdo con la información suministrada por el Ejército.

Según ellos, mi atentado fue el único que les falló. Así que actuaron, creo yo, según el mecanismo de acciones encubiertas de las que habla Amnistía Internacional, donde el trabajo oscuro lo hacen grupos criminales para no comprometer de manera directa al Estado.

Cada vez que hago el recuento de lo que pasó ese día, creo que la vida ha sido demasiado generosa conmigo. No se negó a abandonarnos y aunque dejó también una huella profunda, puedo decir que hacemos parte de los sobrevivientes del terrible genocidio político contra el Partido Comunista y la Unión Patriótica, que representa un capítulo vergonzoso de la historia reciente de Colombia, pues hasta el día de hoy no termina. A los dos días, abandoné el país, después de 23 años de amenazas, que se cumplieron ese 7 de mayo de 1986.

Sin lugar a dudas, continuar viviendo en el exilio, en otra sociedad, otra cultura, otra lengua, otras referencias, es muy difícil. Dejar algunos de los proyectos, la familia, los amores, los desamores. Cambiar la comida y el trópico por las estaciones; dejar el trabajo, la gente linda, las raíces para volver a empezar.

Un buen amigo, cuando llegué a esta hermosa ciudad, mi segunda patria, por la que siento tanto afecto como por Sogamoso, la ciudad boyacense donde nací, me dijo algo que me ayudó muchísimo. En el exilio hay dos posibilidades: te dejas llevar por la nostalgia y te hundes, o sales adelante. Fue una reflexión seria que me ayudó a comprometerme a fondo para superar los nuevos obstáculos, aprender una lengua diferente, validar el pase de conducir, encontrar otro trabajo, empezar una nueva vida sin romper con el pasado.

Disfruté entonces volver a las aulas, poder salir a la calle sin ser identificada, sin escoltas; ir de compras como todos los seres humanos, disfrutar de la naturaleza, las montañas, un lago, un parque; del cine, de la música. Como si estuviera de regreso a mis tiempos de universitaria, que fueron de los mejores en mi vida. Sin olvidar los libros que me han acompañado, especialmente Un Hombre de Oriana Fallaci, El cuento de mi Vida de Hans Christian Anderson, La Muerte Grata, de Simone de Beauvoir, el Canto General de Pablo Neruda.

La compañía de mis hijos ha sido fundamental. Disfrutamos en los viajes y semanalmente tenemos nuestro espacio, cenando juntos, intercambiando lecturas e ideas sobre nuestros proyectos. Aunque los dos están casados, conservamos una excelente relación de cariño, ayuda mutua y solidaridad. Con mi secretaria, Doscinda -siempre preocupada por las cosas personales y por el país, a pesar de la distancia-, compartimos trabajo pero también preocupaciones y problemas. Y no faltan las visitas de los amigos de Colombia, durante temporadas largas o cortas, además de sus cartas, sus detalles, sus llamadas.

Nunca he perdido el contacto. Se refrescan los días cuando se tienen noticias de la gente con la cual se ha compartido parte de la vida, cuando se conocen los triunfos de los hijos y se sufre por la adversidad. Me dolió el suicidio de María Mercedes Carranza, con ella compartimos muchas cosas en la Asamblea Nacional Constituyente, y luego en la Casa de Poesía Silva, a donde llegaba en momentos de mucha dificultad, cuando necesitaba un poco de tranquilidad.

Al exilio me llegaban las publicaciones de la Casa Silva. Con frecuencia, también recibo mensajes de los que se quedan sin trabajo, de aquellos que tienen hijos enfermos, o a quienes les desaparecen o asesinan un ser querido.

Y están también los otros, los nuevos amigos, los europeos y latinoamericanos que nos ayudaron en muchas circunstancias, especialmente a nuestra llegada, gente que trabaja por Colombia y que arriesga su vida entrando cuantas veces sean necesarias para verificar hechos, y los que sin desarrollar trabajos por la defensa de los derechos humanos, ni ser políticos, ni tener un especial interés por nuestros problemas, ayudan diariamente con su compañía. Encontrar colombianos en todos los países ayuda a superar este impase.

Hemos recorrido España, Suecia, Austria, Italia, Francia, Cuba, Alemania, Bélgica, Inglaterra, Portugal: todos trabajando, haciendo algo por el país, tratando de adaptarnos, pero sin dejar de pensar en el regreso. La vida está llena de retos y dificultades, pero siempre se encuentran muchos elementos para superarlos: si tienes optimismo, si tienes proyectos, si estás consciente de que existen pérdidas, pero también ganancias. Y que algunas veces estamos en la cumbre y otras no…

*Este texto fue escrito por Aída Avella hace cinco años cuando vivía en Ginebra y forma parte del libro Palabras Guardadas publicado por Editorial Norma.