jueves, febrero 27, 2014

|Manifiesto| LA UNIVERSIDAD QUE QUEREMOS



Ricardo Andrés Pérez     
Profesor de Planta
Facultad de Ciencias Humanas y Artes, Universidad del Tolima

I
Empecemos por clarificar que la educación no es un servicio público, sino un derecho para todas las personas que como tal es inalienable y que se materializa en el proceso que vive el ser humano desde su concepción, luego su crecimiento y en definitiva su participación en una sociedad, en la que ha de tener la posibilidad de alcanzar el máximo desarrollo de su ser. El saber y el conocimiento son la substancia de la educación y por eso mismo deben ser buscados con ahínco, en una dialéctica que se puede plantear como la de maestro y discípulo; o, más bien, la de diversos seres libres que interactúan entre sí para abrir caminos de experiencia del mundo y de aprehensión del mismo.

II
Para rastrear un orden en los procesos educativos, necesario para definir la universidad que se anhela, podemos empezar por la educación dada por un padre y una madre que generan un ser físico, o por las personas, que por diferentes circunstancias, crían y velan por el bienestar de un infante. Son estos los maestros iniciales que “muestran” o “propagan” un saber, una manera de apropiarse y desenvolverse en el mundo. Luego viene la educación dada en el llamado jardín infantil, en otros casos con una madre sustituta que muchas veces ha sido un recurso para que los hijos estén en algún lado, al cuidado de alguien que responda por ellos. Así ocurre muchas veces en nuestro país. 

Naturalmente, desde el siglo XX y según el grupo social con bajo o alto recurso económico, podemos decir que los dispositivos de los medios masivos de comunicación han estado presentes para posesionarse de maestros casi ininterpelables; y que definitivamente han transformado la percepción, que es el proceso de apropiación de la realidad, definitivo en cualquier proyecto educativo. 

Continúa en el proceso educativo la institución de la escuela o colegio, que mayormente ha estado direccionada en pos de la acumulación de conocimiento, con pocas posibilidades reflexivas, y apagando el espíritu curioso y de experimentación natural en el ser humano. El espíritu creativo e investigativo tan inherente a los niños ha sido en numerosas ocasiones sepultado por una educación coercitiva y de mera acumulación de conocimientos. 

En Colombia se propuso una prueba piloto con la implementación de la promoción automática en la primaria en 1.987; un piloto que nunca se completó y que terminó por legalizarse y extenderse al bachillerato sin que se desarrollaran las nuevas pedagogías, ni la activación del educando como creador partícipe de la clase, y hubiese un verdadero seguimiento personal a los estudiantes. Todas las “buenas intenciones” quedaron literalmente exterminadas por la baja inversión en el sistema educativo al que los gobernantes, y las políticas dictaminadas desde el exterior, le obligaban a ser rentable y dejar relegado el aprendizaje, con la regla de que nadie (o bueno, un bajísimo 5% de los estudiantes de cada grado) podía repetir el año educativo. Entonces graduaba personas en serie sin que hubiese posibilidad alguna de perder el año, lo que ocasionó una epidemia de cero estudio, cero esfuerzo y cero aprendizaje, debido a que desde hace mucho tiempo la mayoría de seres humanos y en este caso los colombianos nos hemos acostumbrado a una clara cultura del premio o el castigo para cumplir con labores de la vida; y al no haber problema o “castigo”, entonces: ¿Para qué estudiar? 

Además el sistema educativo público ha tenido eximia inversión para la formación y  el salario de los profesores de educación primaria y secundaria; también escaso para los profesores de universidad, sobre todo los que tienen la condición de ser catedráticos, es decir con contratos de pago por impartir determinadas materias y horas de clase sin vinculación permanente, ni con todas las condiciones que debe tener un empleo digno. 

Esto se ha sumado al caldo de cultivo del país sobrepasado por la práctica y venta de estilos de vida en los que el dinero fácil y el menor esfuerzo se han practicado, desde el gobernante más connotado hasta la persona nacida en la pobreza absoluta. 

Y luego de la secundaria es cuando debería venir la universidad, que se ve relegada por la necesidad apremiante de las personas de subsistir; de resolver la comida diaria, las cuotas mensuales o, en resumidas cuentas, el bienestar de la familia. 

III
Dado el caso de que la educación universitaria pueda ser cursada, debería equivaler a un germen de libertad, o por lo menos, a la educación más libre que retorne al espíritu amplio, curioso y experimentador inherente  al ser humano, como cuando empieza a conocer el mundo, en su primera infancia. La universidad debe ser plural con espacio para el mundo de las ideas, de la teoría, de la práctica, del debate, del conocimiento y los saberes expresados en obras. Es el campus para soñar, es el campus de la investigación y la creación. Y más allá de funcionar en un conjunto de edificios, es decir campus; funciona en las mentes, deviene es en las mentes de los individuos que la conforman y en ese devenir es también ella una utopía, aquella como la isla fabulada por Tomás Moro a la que se llega con inclusión, libertad y regulación propia. 

Y la universidad, con el poder de la utopía y de la verdad, es aquél espacio en el que confluyen las diversas personas que quieren educarse, tanto el estudiante, como el profesor, como el funcionario; en general los niños, jóvenes y adultos que propenden por compartir, intercambiar y adquirir conocimientos y saberes que les han de ser útiles en la construcción de un país o de una humanidad. Y entiéndase en este caso “humanidad”, como el devenir de la comunidad de seres vivos que conviven en un equilibrio, sin que ninguna especie se crea superior a las demás  y dueña de las otras para exterminarlas, acabar con su posibilidad de perpetuarse dignamente o de dañar el hábitat común de todos los seres. 

Con relación a la palabra “verdad” y su significado, podemos citar a Jaques Derrida cuando escribe: 

Sin duda el estatus y el devenir de la verdad, al igual que el valor de verdad, dan lugar a discusiones infinitas (verdad de adecuación, o verdad de revelación, verdad como objeto de discursos teórico-constatativos o de acontecimientos poético-performativos, etc.). Pero eso se discute justamente, de forma privilegiada, en la Universidad y en los departamentos pertenecientes a las Humanidades. (Derrida, 2002, p. 10). 

IV
La universidad es el espacio de la “educación en lo superior y para lo superior” (Borrero, 1995, p. 51), por lo cual no debe educar direccionada exclusivamente a un mundo laboral y según los intereses empresariales, sino que debe educar para la formación integral del ser y para la vida, para pensar, investigar y crear y para que los conocimientos y saberes generados desde ella lleguen a la sociedad y la región en la que existe; así mismo que la región en la que está fundada sea materia de investigación y de trabajo académico para la universidad, que debe hacer avanzar a su territorio nativo porque su semilla humana es en su mayoría también de esa procedencia. 

La investigación se puede trabajar más allá de las fronteras de las disciplinas que son delimitadas en los programas de la universidad. La investigación parte del mundo y confluye hacia el mismo, y el mundo es plural, entonces la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad son posibles en la investigación. Por esto es que desde los primeros semestres los estudiantes deben tener una conciencia de su sociedad e inclusive una participación en proyectos de investigación en los que estén implicados su gente, sus territorios y el contexto que les rodea. El territorio rural, el urbano, la naturaleza, deben ser espacios de actuación y objetos de estudio de la universidad. Se debe pensar, por ejemplo, en la posibilidad de trabajos y proyectos en instituciones como las de educación básica primaria y secundaria para que haya un permanente fortalecimiento y retroalimentación de la educación hacia un progreso conjunto y regional. Se trabaja con la gente de su entorno, se conocen sus necesidades, anhelos y, en consecuencia, se propende por el mejoramiento común de las condiciones de vida. 

V
Las políticas de la educación no pueden venir dictaminadas desde entes internacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional) y el banco mundial (ni tampoco ninguna otra política de un país soberano). Tampoco desde convenios europeos como el de la reforma de Bolonia (iniciada en 1.999) que al final impuso que las universidades produjeran graduados para las necesidades del mundo empresarial, produciendo –entre muchas consecuencias-  la marginación de las Humanidades. 

Esa reforma dictaminó las políticas de las universidades pero no solo las europeas sino se extendió a la mayor parte del mundo como por ejemplo Latinoamérica, en la política de educación de cada nación. La disminución de los semestres con la consecuente recarga académica en la que quedaron los programas; el establecimiento de los “másteres” y posgrados como negocio y menú especializado; la falta de actividades, oportunidad y tiempo para pensar cada país se propagó por las universidades latinoamericanas como un virus; así como también las políticas de establecimiento de programas técnicos y tecnológicos que cursados en dos o tres años suplen la necesidad de empleos específicos para emporios o multinacionales que usufructúan de recursos naturales o del sector de consumo de servicios. Se continúa una dominación cultural y reconversión neoliberal con tratados de libre comercio, con extracción de los conocimientos, extracción de recursos naturales por multinacionales que arrasan el medio ambiente y capturan el ADN de toda la biodiversidad para patentarlos en el “primer mundo”. Hay que acabar con la “estratificación” de países impuesta desde los intereses que buscan mantener un orden mundial piramidal de explotación y colonización neoliberal que exprime a unos pueblos y destruye el planeta y sus recursos. La educación debe ser libre y para seres libres sin opresiones, sin explotación. 

Las investigaciones de la universidad tampoco deben ser ordenadas desde los emporios empresariales, sino que nacen del pensamiento formado en ella, aunque en distintos casos se relacionará con empresas y entidades prestas a trabajar el denominado “desarrollo”, no como una meta impuesta en dirección colonialista y neoliberal, sino con un modelo propio construido desde la memoria histórica y planeado para las condiciones de vida y de bienestar en relación con la identidad propia y autónoma. De manera equivalente a como lo han planteado los pueblos indígenas en Ecuador y Bolivia con el concepto de Sumak Kawsay o Buen Vivir. Es por esto que la condición impuesta, que determina estratificaciones del desarrollo se debe rechazar y anular; en ese sentido, el autor Gustavo Esteva define: 

El subdesarrollo comenzó, por tanto, el 20 de enero de 1949. Ese día, dos mil millones  de  personas  se  volvieron  subdesarrolladas.  En  realidad,  desde entonces dejaron de ser lo que eran, en toda su diversidad, y se convirtieron en un espejo invertido de la realidad de otros: un espejo que los desprecia y los envía al final de la cola, un espejo que reduce la definición de su identidad, la de una mayoría heterogénea y diversa, a los términos de una minoría pequeña y homogeneizante. (Esteva, 1996, p.53). 

VI
La universidad existe como institución, que debe ser la más autónoma de las instituciones estatales, y es el espacio para pensar, afianzar y crear la mirada crítica a la región, al país y al mundo. Debe ser un modelo de democracia participativa en la cual prácticas de la política en Colombia como las dádivas, compromisos de contratos, el serrucho de los recursos, las amenazas o fraudes no tengan lugar. La planta profesoral y la vinculación de funcionarios debe ser siempre por concurso público de méritos, su organigrama administrativo debe ser repensado para que no haya espacio para la burocracia o el clientelismo. Las reformas, los planes de desarrollo y su orientación deben ser construidos por la colectividad, no escritos desde las directivas para que simplemente se hagan unos aportes que sean aceptados o no, y que eso se valide como consulta y visto bueno de la comunidad a la reforma o plan. Deben funcionar las elecciones por voto universal para cargos directivos, sin discriminaciones de estatus al momento de darle valor a los votos y con la verdadera opción de candidatos distintos con planteamientos propios. 

La independencia y la autonomía han de ser el sello de identidad de la universidad, necesarias para formar seres pensantes, autosuficientes y propositivos. 

VII
La universidad pública debe tener dos columnas financieras: la regional y la nacional. Su financiación es pública, a través de los impuestos de todos los ciudadanos y ciudadanas. Porque debido a que el bien más valioso es la educación, por eso mismo esta debe tener las condiciones de gratuidad o de valor simbólico o ínfimo en sus matrículas. 

En la matrícula se empeña la palabra, al estilo de lo valioso que esta es para nuestros ancestros indígenas, es decir que quién se compromete a estudiar, lo hace con la entrega total que le da el hecho de haber dado la palabra y el valor simbólico en una matrícula. Y si alguien se compromete enseñar, también ofrece el mejor esfuerzo y toda la experiencia en la que el maestro que orienta un proceso de enseñanza, siempre también aprende y se amplía el pensamiento de estudiantes y profesores. Finalmente, quién realiza trámites, administra o maneja recursos, lo debe hacer con honestidad y trasparencia. 

La matrícula es un valor simbólico que representa mucho más, no a nivel económico sino al nivel trascendental de recibir una educación y construir y compartir conocimiento y saberes. La matrícula nunca puede seguir una lógica consumista, por lo menos en una universidad pública.  

VIII
La universidad debe ser capaz de mirar el conocimiento y los saberes en su completa amplitud; es así como debe trabajar la Pedagogía, la Estética, la Naturaleza, las posibilidades de la tierra, las culturas, el Arte, la Justicia, el bienestar animal y humano, las Ciencias, los desarrollos tecnológicos y sus inciertas fronteras; para poder encontrar su lugar como guía de visiones del mundo en la construcción de una ética respecto del devenir social y humanista, entendiendo “humanista” a partir de la definición dada arriba de “humanidad”.

IX
La universidad no persigue figurar, la mayoría de las veces su labor es certera, silenciosa e irrefrenable. Da permanentes insumos de justicia social y de equilibrio antibélico a través de su labor educativa.

X
La universidad es capaz de crear sus propios entes fiscales que la autorregulen permanentemente, y acepta la revisión de entes gubernamentales porque su naturaleza debe ser la transparencia, para que emprenda acciones al existir una falla de la autorregulación. 

XI
La universidad es también una unidad, organismo vivo imbricado al resto del cuerpo de una región y de un país, por lo cual es centro transformador y reflejo del Tolima y de Colombia; y así como en un “Aleph”, vislumbrado por Borges en su cuento del mismo título, en ella confluyen el conocimiento y el saber universales que serán decantados por la región. Y desde ella se proyectarán sus conocimientos y su saber hacia su territorio nativo y hacia el mundo.

Es esta universidad la que relaciona el escarabajo con el colibrí, la que debate e investiga cómo organismo vivo y pensante a su región y a su país; la que construye identidad y memoria en contra de la indefinición, el olvido y la indiferencia. Esa que inventa, crea y desarrolla obras que transforman con arraigo, fuerza o beatitud su entorno…

¡Es esta y esa la Universidad del Tolima que queremos! ¡La que queremos y soñamos!


REFERENCIAS

BORGES, Jorge Luis. (1995). El Aleph. Alianza Editorial.
BORRERO, Alfonso, S.J. (1995). ¿Y el maestro universitario?. Orientaciones universitarias N°13. Pontificia Universidad Javeriana
DERRIDA, Jacques. (2002). Universidad sin condición. Editorial Trotta.
ESTEVA, Gustavo, (1996). Desarrollo. En: Sachs, Wolfgang (Ed.). Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder. PRATEC. 
MORO, Tomás. (2004). Utopía. Weblioteca del pensamiento.