sábado, marzo 15, 2014

SALMÓN RURAL... TARDE PERO SIEMPRE LLEGAMOS




El campesino apoya con firmeza en la tierra unos pies duros, es semilla nativa, fiesta, memoria oral, sombrero, machete, ropas coloradas, ritmos recónditos, manos fuertes, chicha y minga. La naturaleza marca su piel forjada por asoleadas, ventiscas, lluvias y serenos. Tiene ojos vivos, de los que brota la malicia comunera y la resistencia. Es campo, azadón y sabor. Aunque es incierto el destino para su cosecha, defiende el suelo y el cielo para dejarlo en herencia a sus hijos. 

Entendemos por insensibles aquellos muertos en vida, intelectuales o artistas que viven en las nubes de la información innecesaria o en las vitrinas de la fama, sin saber cuánto cuesta un kilo de arveja verde en las plazas de mercado y que el cacao no lo traen por encargo las cigüeñas. La vocación de estos entes en su mayoría profesionales o arribistas, es la construcción de discursos políticos, sociales y culturales inútiles, de los cuales nadie come y nadie entiende, solo ellos y ni eso creemos. O dicho de otra manera, entre más relumbrados más desprecian lo campesino. Por fortuna jamás atraparán el espíritu del maíz o el son de las cañas.

Los insensibles inventaron eso de la división del trabajo entre civilizados inteligentes y campesinos brutos e iletrados, lo cual les permitió ser cultos indiferentes ante los asuntos del  campo y del país; según su oráculo zombi, las guerrillas campesinas son malas por ser campesinas y los cultos son buenos porque prefieren las papas francesas a unas deliciosas papas criollas.

Cuando nació la Universidad del Tolima en una región volcánica con piel de tambora, bajo la promesa de aportar conocimientos a los labriegos de toda Colombia, lord Parga Cortés, el único rector de esta alma mater comprometido con la tierra, estuvo lejos de imaginar una universidad a espaldas de su pueblo, sembrada de administrativos y de cientos de actores pedagógicos que no saben distinguir una papa criolla de una papa bomba.           
 
Este último salmón nada hacia las campesinas y campesinos embejucados que nos leen en las veredas, en los valles de Colombia y en las orillas de las quebradas, va dedicado a ellos y también a los que temen escribir sobre el campo y sus sabores, a los que les da pena ponerse la ruana y las alpargatas para entender el país y aceptar que fueron criados con avena y empanadas, así ahora coman hamburguesas y beban trago extranjero. 

Larga vida a los agricultores que resisten y a los rebeldes que luchan en toda Colombia contra la corriente, a los que le dicen no a la megaminería, a los que no cambian sus semillas nativas por semillas gringas certificadas, a los que se niegan a abonar con pesticidas de monsanto, a los que pescan a las orillas del magdalena y escupen cada vez que se menciona a los partidarios de la desviación del río Magdalena y el desplazamiento paramilitar de campesinos en el Quimbo. 

Llegamos un poco tarde a esa cita semestral, sobre la cual tejemos complicidades, pero es que al igual que los campesinos estamos expuestos a los caprichos del régimen señorial hacendatario. 

Tarde pero siempre llegamos…

Para ver la versión online, favor ingresar aquí: