domingo, agosto 24, 2014

Fenomenología de lo esférico



|Por Alexander Martínez Rivillas-Profesor UT|

Proemio de la redondez

Se nos aparece ante los ojos siempre incompleta, a pesar de su pequeñez daría la impresión de poderse ver en su totalidad, pero no es así. Otras veces supera la resistencia de las fuerzas del mundo de una forma absolutamente particular: puede desplazarse aprovechando sus puntos de rozamiento, puntos que son casi intocados, casi imperceptibles, en una suerte de caricia sobre la áspera superficie de esa prosaica geomorfología del mundo. La redondez es casi una semántica de lo eterno, un movimiento sin fin que transita por su circunferencia, o por su casquete esférico. En sus formas ordinarias, se le puede ver infatigable, transportando gentes y cosas; y en otras ocasiones, saltando como artefactos casi ingrávidos, como alas redondas que vuelan a cualquier parte por efectos casuales o deliberados. La redondez es tiempo, o mejor, duración cíclica que nos enfrenta a la experiencia y paradójica situación de lo que acaba y siempre comienza de nuevo.

Entre sus formas hemos encontrado la indecible dicha de vivir simultáneamente la muerte y la inmortalidad, esto es, la eroticidad del mundo. Esa redondez cálida y palpitante de los órganos del cuerpo que saltan de lo desconocido y se quedan entre nosotros por instantes o para siempre. En forma de faunos, plantas y cosas se puede ver dicha redondez, quizás modificada o no en su forma original, pero evocando la misma estructura, la misma topología, la misma eternidad del tiempo con su tránsito silente. ¡Qué versátil es este mundo con la multiplicidad de formas y movimientos de lo esférico! Quizás nada sería posible con un mundo cuadrangular, o paralelepípedo, o de meros sólidos rectos. Demócrito y Epicuro restauraron los átomos en forma esférica, y quisieron explicar acción, simpatía y rechazo de las cosas del mundo en virtud de sus propios movimientos. A veces me parece que las partículas subatómicas de hoy se siguen explicando en función de la imaginación de estos griegos imbatibles: “spin”, dirección de movimiento, entre otros, se me hacen casi iguales. 
       
El encantamiento que produce un cojinete repleto de esferas, el giro mecánico de un brazo, el gozne que todo lo hace posible en el mundo newtoniano, que aún es nuestro mundo, es la redondez de lo esférico. A veces me parece que la industrialización se fundó en los múltiples usos de lo redondo. Su geometría al servicio de mecánica y termodinámica pudieron dar lugar a expoliación y fordismo. Recuerdo con afecto la redondez de las partículas de Lucrecio, sus explicaciones sobre el reflejo de las mismas en los espejos, la viva imaginación que contribuyó a pensar en términos fisicalistas, y de lo cual carecemos tanto hoy. El sistema de las “altas esferas” de Aristóteles se me ocurre a la manera de motores intermedios del “motor inmóvil”, la “causa no causada”, el origen del todo, el punto cero, que hace posible la instauración, casi política, de lo finito. 

Quizás el motor inmóvil fue para Aristóteles la redondez absoluta (una herencia de Platón, por supuesto), y los demás motores formas corruptas del primero. Recordemos que el universo era designado por Empédocles como Sfairos en un periodo en que “el amor es omnipresente y los elementos están unidos entre sí”. Por amor se explica que algo sin ser tocado sea movido, y que con ello empiece el concierto del universo. Lo esférico seduce, atrae, hace gravitar; o propicia la caída, la fugacidad y la pérdida (como la canica que nunca encontramos cuando éramos niños). El amor es esférico, y como cualquier cuerpo celeste se pueden atraer hasta la destrucción. 

La redondez como corpúsculos de luz, meteoro, partícula, cuerpo, órgano, rueda, gozne, amor, tiempo, eternidad, ciclo, polígono de lados incontables, infinitos triángulos esféricos, cúpula, cielo, esfera celeste, motor inmóvil, ocultamiento, movimiento, mecánica explotadora de hombres, volumen, deformaciones topológicas, tierra, planeta, lente esférico (tan cartesiano, además), óvulo, fruta, seno vibrátil, y quizás la redondez de todas las cosas del infinito poema de Whitman; son los fenómenos totales del universo.  
      
Sobre su superficie redonda se dibujaron infinitas paralelas, sí, y dos paralelas podían cortarse en dos puntos. Esta bella geometría riemanniana del siglo XIX se opuso a una euclidiana vigente desde el 300 a.c., con resonancias seculares. Las paralelas de un mundo ortogonal se vinieron abajo, ahora podíamos imaginar que en efecto se cortan. Fue tal el giro epistemológico, que podría compararse con la destrucción del geocentrismo en la época de Copérnico, Bruno y Galileo. Esta superficie esférica compactó lo real en una nueva noción de lo infinito. Lo infatigable se hizo circular, cíclico, ritual de lo mismo, envés y revés, ecos del espacio y el tiempo, materia estacionaria, juego geodésico, distancias de arco, compulsión angular, triángulo esférico, en fin, redondez al mismo tiempo finita e infinita. Sobre esta indecible esférica se construyeron los mapas del mundo, y se revelaron otras formas cósmicas, empezando por Einstein. 

Los cuerpos humanos podrían verse como una compleja procesión de esferas, orquestadas según el ritmo secreto de los genes y el medio. Una poética de la bioquímica esférica cuyo lenguaje se escapa al habla mismo. Amaneceres esféricos hechos soles, hechos cuerpos vitales, porosos, sedientes, inmensos, como mujeres tropicales, como haces secretos entre la ensoñación y lo real. De ese modo despertamos a la redondez del día. Pero también hay  anocheceres que se cierran sobre sí mismos, como bucles, como lunas que vierten una sangre de transgresión, de clímax, de licor celeste, de mujeres cíclicas, de retornos eróticos perfectamente redondos.        

El vórtice de huracanes, fluidos, ondulaciones, resonancias secretas, proyectiles de vida o muerte, se constituyen como ejes de circunvoluciones que dan lugar a cosas bellas, o simétricas, o destructivas. Distancias iguales, separaciones iguales, juntas iguales, fuerzas iguales, en últimas, el equilibrio metafísico del deseo,  o de la materia newtoniana, o de un sistema sociológico, o de una antropología binaria, se revelan en la noción de una esfera perfectamente compensada, como un modelo definitivo de lo real que da lugar a infinitas fuerzas o pulsiones.          

Nada es más cierto que vivir en el centro de una esfera, nada es más cierto que estar en el centro de la “esfera celeste”, y ver el aparente “firmamento”, y medir las distancias entre las estrellas, y su altura sobre el horizonte. Y nada es más cierto que ver el movimiento de la bóveda celeste, y el engaño absoluto de permanecer quietos, y la eternidad de la estrella polar. 

El aleph de Borges es esférico, y concentra lo que es, lo que fue y será, en una invocación del infinito platónico. Calendarios circulares que resumen la totalidad temporal en una noria infinita de días. Los platónicos asociaban lo eterno con lo esférico. No es fácil comprenderlo. Pero quizás su bella geometría, su simetría casi perfecta, su semejanza con cuerpos celestes, su facilidad para vencer el rozamiento (indisociable de la gravedad) y ponerlo a su favor para desplazarse, su cualidad natural para el divertimento en la infancia y la adultez (presente en casi todas las culturas, como si su fascinación fuera tan natural como la de inventar fuerzas mágicas); podrían dar cuenta de forma parcial de la potencia filosófica y metafísica de lo esférico.        

Cuando en la cotidianidad de nuestros días entra en escena la “pelota”, nunca hay tristeza, ni pasividad, ni indiferencia, ni desprecio, ni odio, ni violencia…, lo que le sucede es sorpresa, una pequeña sonrisa, una reminiscencia difusa que nos subsume en una ensoñación indescriptible. Cuando esas canicas, balines, pimpones; pelotas de fútbol, básquet, voleibol, beisbol, aparecen por fuera de sus habitáculos, interrumpen nuestra monotonía, todo es asombro, todo es celebración interior. 

Las naves naturales que transitan el cosmos son casi esféricas. La tierra, que más bien parece una “papa”, nos lleva en silencio alrededor de un sol agitado. ¿Por qué ciertas interacciones hacen que en el cosmos toda masa tienda a ser esférica? ¿Por qué ciertas interacciones configuran partículas que tienden a la redondez? No sabemos en estricto. Solo nos hacemos modelos con presupuestos invisibles, axiomas casi metafísicos, para comprender lo que pasa. 

Scientia del homo ludens y el fútbol

El hombre tiene una infancia larga, muy larga, respecto a las demás especies. En ese periodo aprende la cultura básica, una segunda naturaleza que lo dota para subsistir en el medio socio-natural. Pero ese aprendizaje se realiza con la ayuda del juego. Y, especialmente, en los juegos de pelota se desarrollan virtudes o estratagemas para darse reglas de conducta en acciones colectivas. Se hacen ideaciones, se inventan actores y escenarios posibles y realistas, se despliega un animismo profundo en el paisaje cotidiano.

Y aquí aparece en escena el fútbol “criollo”, nuestro fútbol, inserto en nuestra cultura, y aprendido desde nuestra primera infancia. La redondez y sus movimientos caprichosos en el campo de juego se aprenden y luego se intuyen, se anticipan. Nuestra habilidad permite jugar prediciendo sus movimientos de un mundo ya pasado. En el fútbol aprendemos de democracia, meritocracia, esfuerzo propio, de algunas nociones de geometría euclidiana, del igualitarismo de la norma, de la justicia por fuentes azarosas o por fuentes arbitradas, cooperamos intensamente y condenamos el individualismo (excepcionalmente se glorifica), reconocemos la finitud del mundo, pues la cancha tiene límites, el futbol ambientaliza (por lo menos debería hacerlo).   

El hecho de “no ser alineados” en el equipo, genera frustración, lo que nos enfrenta con nosotros mismos y con el director técnico (o el que haga sus veces). Esa dialéctica cerrera entre los jugadores, y entre éstos y el director, es un ágora primitiva sobre el debate de las virtudes, la inteligencia, la inspiración, el equilibrio, la belleza, la funcionalidad, el utilitarismo, el individualismo, el mutualismo, la justicia, el utopismo, el realismo, en fin, protagonizado tanto por jugadores como por sus gobernantes (director, árbitros, empresarios, y hasta cierto punto su “hinchada”). 

El fútbol acepta a todo tipo de condiciones humanas, especialmente en sus experiencias recreativas. Puede llegar a ser democracia en acto. En sus formas competitivas, por su lógica material de posiciones (casi como una teoría de grafos), permite que se juegue sin “correr”. Por ello, a veces parece que se produjera un campo de inmovilidad, o una suerte de zona de ingravidez, o un lugar por el cual, indefectiblemente, pasan todos los “balones del juego”.

La incertidumbre es connatural al juego: los desarreglos colectivos o individuales, los efectos del clima, la presión de las barras, las opciones de “compra”, la impertinencia de un jugador, un arbitraje espurio, una pelota sin control, un “extraño” en las dieciocho después de un “disparo” ritualizado, e infinitos factores que concurren en el juego, y cuyos atributos apenas intuimos.               

Otras veces, cuando la redondez de la pelota es demasiado imperfecta, o el campo de juego es un desastre, se desplaza en un verdadero desafío para cualquier modelamiento físico o estocástico. Pero en otras ocasiones, y sólo en momentos milagrosos, cuando se logra domeñar ese feroz tornado, se pueden obtener tránsitos en perfectas geometrías con una algorítmica casi visible.  

En el campo de juego, el panóptico sobre la gente lo encarna el jugador, pero a riesgo de malograr su concentración. En las graderías, la relatividad del espacio es casi escolar: a veces la pelota parece inmóvil; otras, acelera de manera formidable su recorrido, o simplemente es tan oblicua que parece inverosímil.   

Solamente en la praxiología del fútbol podemos acceder al sentido del juego, a las emociones primitivas y lúdicas que producen, a los aprendizajes existenciarios sobre su igualitarismo y colectivismo, sin sacrificar el espíritu de una jugada individual en libertad y creatividad, y casi siempre en una fuga impredecible del “esquema de juego”. Ciertamente, bajo la contemplación activa y la práctica reflexiva del fútbol, podemos comprender la dimensión del homo ludens (y por supuesto, no es la única manera), sus virtudes dignificantes y socializadoras del “uno mismo” y un “otro en vecindad”. Heidegger insistía en la experiencia de lo más hondo y fundacional que guía la comprensión y experiencia de un mundo auténtico. Y en efecto, ese animal que ríe, que somos, que pierde el “tiempo moderno”, y recupera el tiempo de la existencia misma, quizás sea el sustrato de lo humano y de su vínculo con la naturaleza misma, fuera de toda agonística egotista, fuera de toda simulación, fuera de toda voluntad de poder violenta o destructiva; es aquello que nos hace infinitamente humanos, infinitamente imaginativos, infinitamente inútiles, que es en realidad lo que nos distingue y al mismo tiempo nos une con los demás entes del mundo.