jueves, septiembre 04, 2014

¿El embrión del postconflicto está inmaduro?

Bienvenidos a la dirección contraria!!!

|Por Libardo Sánchez Gómez|

Últimamente en Colombia se habla mucho de postconflicto tanto del lado de los “pazólogos” (izquierda acomodada) como del Régimen, dando por hecho que la insurgencia se someterá a la paz sin concesiones pregonada por Juan Manuel, en la que el statu quo ante bellun no sufrirá modificación alguna. Sí así fuere, significa que los colombianos tendremos que seguir aguantando un parlamento roñoso no sólo por la corrupción que conlleva en sus entrañas sino por los desvergonzados privilegios con que se inviste cada uno de sus miembros, traducidos en astronómicos e injustificados salarios. También significa que la oligarquía seguirá  apuntalada en el poder  gracias a unas fuerzas militares hipertrofiadas y un cuerpo paramilitar poderoso los cuales cuentan con  recursos y tecnología del  imperio.  Seguiremos sometidos a un ordenamiento jurídico hecho a la medida de quienes usurpan el poder. Las carroñeras EPS seguirán devorando pueblo,  sin posibilidad alguna de arrancar  de sus garras  el sistema de salud, pues estas financian  campañas políticas en todos los movimientos cooptando   las mayorías   parlamentarias. Y el negocio de la educación seguirá en  manos privadas, sirviendo como correa transmisora de los intereses del gran capital transnacional. 

Hace  tiempo Marx destacó que “el hombre es producto de su medio y sus circunstancias”,  y a las mayorías colombianas les tocó las peores circunstancias sociales y económicas posibles propias del modelo capitalista, hecho que ha dado origen a una oligarquía vandálica gobernante.  El  pueblo, en medio de exuberante y rica naturaleza,   vive a “gatas”  en un hábitat plagado de atraso, desigualdad, pobreza, violencia e inequidad.  Marx dijo que “El carácter y la estructura de toda sociedad se hallan determinados por el modo de producción imperante. Al cambiar este modo de producción, cambia también todo el régimen social, cambian las ideas políticas, jurídicas, religiosas, artísticas, filosóficas y cambian las instituciones correspondientes. El cambio de modo de producción constituye una revolución”. Como se anotó atrás, y para  colmo de males, se convino entre FARC y Gobierno negociar sin que “al final de la partida” nada cambie, luego la nueva sociedad seguirá esperando que nuevos actores empujen la carreta de las transformaciones.

Iniciadas las conversaciones en La Habana expresábamos  la inquietud acerca de  que era “Mala hora para entregar las armas”, pues  “nada indica que sin ellas se pueda detener el despojo y humillación de tantos por tan pocos”.  Se dijo también que en Colombia “la solución política a los conflictos de clase (contradicciones del capital) no deja de ser una coqueta quimera”. Marx recalcó que “La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica”; No se puede dejar de lado que la resistencia armada ha venido siendo un insustituible contrapeso a la violencia paraestatal. Parece  que, aún,  el embrión de la nueva sociedad no está maduro, ya que estamos insertos en formas atrasadas de  producción, pues aún transitamos  el camino del feudalismo, somos una colonia USA y la estructura de tenencia de la tierra en su gran mayoría corresponde a extensos latifundios. ¿La “partera armada” tendrá que seguir alimentando el embrión de la nueva sociedad?  

Y es mala hora para entregar las armas porque “(…) las causas que obligaron un día a Pedro Antonio Marín o, mejor, Manuel Marulanda Vélez, familiares y vecinos a bajar del zarzo la morocha de dos cañones, para evitar que les robaran sus parcelas, siguen intactas; y, peor aún, ahora los despojadores se apoyan en jueces y notarios y cargan motosierra. Además, se cuentan por millones los desplazados rurales y millones los pauperizados en todas las ciudades, y la mayoría de los que quedan en el campo. Y sigue amplificado el terrorismo de estado, y la pobreza y miseria intactas; lo mismo que la desigualdad, el analfabetismo Y las muertes de niños por inanición” (http://libsang-elviajeroysusombra.blogspot.com/2013/05/mala-hora-para-deponer-las-armas.html). La cruda realidad es que  ad portas de firmar el acuerdo de Paz, que implica dejación y/o entrega de armas, la situación de pobreza y violencia contra campesinos y líderes sociales de toda índole es la misma de siempre; contra Marcha Patriótica se ha  reiniciado el fatídico “Baile rojo” con el que se efectuó el genocidio de La Unión Patriótica.  Así mismo, los anillos de miseria, desigualdad e inequidad que rodean el postconflicto están dilatados en grado aterrador; en los últimos días los medios de comunicación afectos al régimen han dado como “chiva” noticiosa  la muerte por inanición de más de cinco mil niños de la etnia Guayú en la Guajira.  Y otros tantos, pero que ya no son noticia, mueren a diario por la misma causa en el Chocó y en las periferias  de grandes y pequeñas ciudades.   

Se  advirtió que si se “firma la paz” sin el compromiso de que se tengan que llevar acabo profundas transformaciones de tipo social, económico, cultural y político,  se puede a llegar a la “salvadorización” de los acuerdos.  James Petras anotaba que  los líderes de las FARC-EP  ponen:  “(…) el énfasis en la incorporación política al sistema electoral  y  a la apertura de negociaciones sin ningún acuerdo previo y una disposición a trabajar dentro del marco electoral capitalista”, parece muy poco y raro para medio siglo de sacrificios. También anotaba que acá como allá (El Salvador) abandonan “…las demandas de desmantelar las fuerzas armadas, de expropiar las principales empresas mineras, comerciales, banqueras y financieras.”  El mismo Iván Márquez dijo que “En la mesa no estamos planteando cambios radicales a las estructuras políticas ni económicas del Estado” (http://libsang-elviajeroysusombra.blogspot.com/2013/08/salvadorizacion-de-los-acuerdos-en-la.html). Hoy vemos que el pueblo salvadoreño se mueve en condiciones de pobreza y violencia peores que las que vivió antes de los acuerdos de paz; lo único positivo que ha logrado el Salvador es poner como presidente a un antiguo guerrillero del Farabundo Martí, pero a éste le toca caminar sobre la cuerda floja del neoliberalismo so pena que se le venga encima el imperio con todos sus “fierros”.  ¿Caminamos el mismo camino?

Aventurando explicaciones acerca del porqué se negocia con el telón de fondo de la inmovilidad  del statu quo, se puede pensar que era la única manera de iniciar conversaciones entre el régimen y la insurgencia, pues fuerzas tanto internas como externas obligan a que así tenga que ser. Es incuestionable que a Juan Manuel Santos, como vasallo del imperio, no le está permitido alterar el modelo impuesto por la metrópoli imperial. Y en el nivel interno son la oligarquía latifundista y los militares, quienes detentan verdaderamente el poder,  los que tienen la última palabra. 

Pero no obstante que  en principio se pactó, más de forma que de fondo,  la inamovilidad del statu quo la ruta que la realidad social y política impone a los negociadores es otra; las declaraciones de los guerrilleros a través del periodo de conversaciones así lo evidencian. El jefe máximo de las FARC-EP Timochenko dijo hace unos días que era imposible firmar acuerdos definitivos antes de un año, asunto que tiene que ver con la respuesta de Jesús Santrich a Fernanda Sánchez Jaramillo a la pregunta: ¿Cómo visualizan ese tratado y cómo se puede llegar a la paz sin reformas estructurales? Santrich: “No hay paz justa sin reformas estructurales. Por eso hablamos de la necesidad de firmar un Tratado de paz, pues el acuerdo al que lleguemos debe concluir la guerra y esto implica poner fin a las causas que la generaron, adecuando soluciones expuestas de manera clara, integral, objetiva y ordenada con garantías -y no simples promesas, sobre los asuntos de la vida nacional que están comprendidos en el Acuerdo General de La Habana y su Agenda- que tienen que ver con la superación de la miseria, la desigualdad y la carencia de democracia, fuentes principales de la victimización a la cual la plutocrática clase gobernantes ha sometido a las mayorías”. A renglón seguido agrega: “Volviendo al aspecto de los cambios estructurales, debo decir que la conquista de la paz no será posible si no hay cambios de fondo en materia económica y política. Estos cambios obligan a poner fin al neoliberalismo, a partir del establecimiento de la democracia y la materialización progresiva de la justicia social. No se puede seguir instrumentalizando, ni manipulando de manera utilitarista y simplista, el concepto de la paz, pretendiendo instalar en el imaginario colectivo la idea según la cual la paz es el desarme de la insurgencia.

Si se intenta armonizar las anteriores apreciaciones de los insurgentes con el asunto de la inamovilidad del statu quo se puede pensar que “ni el enfermo quiere ni hay que darle”.  La conclusión es que la oligarquía no quiere ni puede hacer los cambios que las FARC-EP, como voceras del pueblo desfavorecido, quieren. ¿La violencia,  partera de la nueva sociedad, tendrá que esperar otros cincuenta años?