martes, septiembre 16, 2014

Iuspoder, Logopoder, Patopoder y Biopoder en la Naturaleza




|Alexander Martínez Rivillas - Profesor de la Universidad del Tolima|


"No hay relaciones de poder, sin resistencia" (Foucault 1981:9)


Hasta donde me es conocido, Foucault nunca se ocupó de los problemas ambientales, y creo que ni siquiera fue motivo de una reflexión en sus periodos de estudio del poder y de las políticas de sí, las cuales coincidieron con momentos de gran agitación ambiental en Europa y Norteamérica. No obstante, debo suponer que el aparato conceptual foucaultiano, diverso, sensible y capaz de llevar la dialéctica hasta el silencio y la autodestrucción de los sentidos, fácilmente podría dar cuenta de los problemas ambientales, y más allá de ello, sugerir unas maneras de ver y actuar sobre ellos. Este es pues el propósito de esta reflexión. Llevar el pensamiento de Foucault a las orillas de cierto telurismo planetario. 

La teoría del poder de Foucault, que para muchos estudios no representa una teoría, sino un profundo acontecer de interpretaciones no sistemáticas, densas y diversas sobre la vida humana objetivada a través de los otros, si bien no provee un conjunto definido de conceptos que permitan descentrar la vida humana para ubicarla como un acontecimiento periférico, tal como lo es la vida orgánica e inorgánica, sí que puede sugerir un esquema de compresión de la producción de sujetos y subjetividades funcionales a un régimen de control de la vida en todo sentido, conocido hoy como la globalización. Para ello habré de apoyarme en unas categorías previamente justificadas en otro trabajo de mi autoría, las cuales son iuspoder, logopoder, patopoder y biopoder.

El iuspoder, como formas aseguradas de dominio de la subjetividad mediante las normas, los usos y las costumbres. El logopoder, como formas de producción de subjetividades lingüísticas que hacen pensar y decir en el campus de control del dominio. El patopoder, como formas de patologizar la condición humana mediante un arquetipo de normalidad fisiológica y psico-sociológica conexas al régimen de productividad del capitalismo. Y el biopoder, como formas de regulación y control que llevan al clímax la política de dominación de las poblaciones humanas; ofrecen también, en su conjunto, una función explicativa de los problemas ambientales.  

La naturaleza como objeto de iuspoder          

Empezaré entonces con una interpretación biocentrista o ecocentrista de cada una de ellas, para luego proponer una valoración de conjunto que deberá ir más allá de estas interpretaciones. Con el poder monárquico, soberano y disciplinario de la modernidad vimos nacer una arquitectura jurídica no sólo de desacralización de la naturaleza, sino de humanización integral de la misma. El mundo natural habría de ser gobernado por las mismas leyes humanas que rigen a los hombres, y habría de ser sometida a las condiciones de control que en el laboratorio ejecutan las ciencias experimentales, de la misma forma como se haría en los reclusorios de Ámsterdam, Londres y París con aquellos individuos ingobernables o peligrosos. Reducir la vida humana a condiciones observables, o gravar en sus propios corazones los jueces y carceleros de sus propias acciones, o persuadirlos al menos del crimen o la ilegalidad mediante un arsenal infinito de advertencias, contravenciones y vigilancias, no sólo representó el régimen del iuspoder que recaía sobre los hombros de los ciudadanos, sino también la incorporación global e infinitesimal de todo aquello diferenciado de lo humano, esto es, la naturaleza, en la esfera de las normalizaciones humanas. 

La imagen del mundo, a decir de Heidegger, se convirtió en la representación de lo normalizable, y en lo normalizable se incorporó a la naturaleza como un atributo humano complementario o subsidiario susceptible de una lógica implacable de antropologización de lo que no es humano, y por tanto, susceptible de ser juzgado, observado y medido en provecho del bienestar del “reino de los hombres”. Esta “judicialización” de la naturaleza condujo, por supuesto, al ocultamiento de los factores condicionantes de la naturaleza misma para el desarrollo biológico de la vida humana, y con ella a la visión utilitaria de los bienes comunes que ingresaban en estados de escasez. Por ejemplo, regular el uso de los bosques comunes es regular la potencia humana que subyace en los bosques. Y es en este bucle lógico-ontológico que opera todo el liberalismo jurídico desde Bentham hasta Rawls en materia ambiental.   
  
La naturaleza como objeto de logopoder 

Ahora bien, el logopoder encuentra en la Grecia Clásica su fuente originaria. Decir por las evidencias o por los razonamientos que reconstruyan las evidencias, que es el tema de Edipo Rey que interesa poderosamente a Foucault, no sólo representa una de las mayores invenciones de la cultura occidental en el propósito de conquistar lo “bárbaro”, esto es, lo extraño, sino también la más profunda escisión que se hubiese operado en la totalidad del mundo. Vale decir, la materia del lenguaje, la materia del pensamiento, la vitalidad de la voz, en últimas, la experiencia del sentido, fue sustituida por el artificio de la lógica representativa y predictiva del mundo. Por lo cual, los hechos dejaron de decir por la experiencia o el hábito, y empezaron a hablar separadamente o bien por los sentidos, o bien por la razón, lo que en efecto constituyó una metafísica de fundamentos últimos en lo sensible, o de fundamentos últimos en lo inteligible. 

El lenguaje no hablaría de las cosas por la experiencia o por la dialéctica con el otro (pues hablar así se convertiría en hablar sin sentido), sino que hablar de ellas sólo se certificaría mediante la lógica reproduccionista o anticipadora de las cosas. Así pues, la naturaleza de la palabra, o sea, la “verdad”, se instaló en lo abstracto, en completa separación de la existencia. Si la naturaleza del lenguaje fue la naturaleza en la frontera con el pensamiento, entonces las condiciones de posibilidad de una verdad capaz de dar cuenta del mundo, sucumbieron ante el campus de dominio del logos ordenador del lenguaje, esto es, la lógica, y en consecuencia, sucumbió también la posibilidad de la comprensión de la “totalidad” de la naturaleza.             
              
Si una sucesión ordenada de signos, o sea, la sintaxis, habría de parecerse al flujo de las cosas (lo que en estricto es imposible, a decir de Borges), entonces la verdad habría de constatarse en la sintaxis y no en la experiencia del sentido. Este es el tema central de la ontología medieval y de las obsesiones monacales del silogismo aristotélico, y es en sentido estricto el fundamento de las ciencias experimentales que desde Bacon hemos aprendido y enseñado: los saberes del laboratorio científico son en realidad la sintaxis de la desnaturalización de los hechos, la sintaxis de los signos sin contenido material con el propósito de mejorar la predictividad o manipulabilidad del mundo. De este modo, la matriz que hace pensar y decir en función del logopoder lógico-demostrativo se instaló de modo fundamental en el régimen disciplinario y normalizador de la modernidad, pues la potencia productivista y acumulativista de esta matriz enriquecería formidablemente el ethos burgués. En resumen, la naturaleza se convirtió en la sintaxis misma de signos desnaturalizados, o sea, en una imagen matemática del mundo, a propósito de Descartes, y que en griego por supuesto se dice Mathema, cosa aprendida o previamente aprendida. 

La naturaleza como objeto de patopoder 

La medicalización de lo humano, la taxonomía y fisiología de lo sano o insano, no sólo opera como una ciencia humana de carácter humanista, sino que también opera como un saber práctico de una política del cuerpo que naturaliza de modo abstracto lo humano (proceso absolutamente inverso a los anteriores). Dicha naturalización no se ejecuta mediante la naturaleza misma, sino mediante una imagen cartesiana o lógico-demostrativa de la física del cuerpo. Si el iuspoder y logopoder desnaturalizan la experiencia humana del mundo, desnaturalizando la naturaleza misma, el patopoder naturaliza el individuo entendido como totalidad existencial para convertirlo en un objeto desprovisto de las funciones vitales del pensamiento. En efecto, naturalizar lo humano es tan excesivo como desnaturalizar lo natural. De este modo, el régimen disciplinario y normalizador de la modernidad logró volcar la mirada inquisitiva de los hechos conexa a las ciencias naturales y las prácticas jurídicas, hacia el cuerpo mismo, a fin de restituirlo como agente funcional a las maneras de hacer y decir del régimen de dominancias del capitalismo industrial y postindustrial. La locura como forma de enfermedad orgánica o inorgánica, o la disfuncionalidad orgánica del trabajador, serían objeto de control y observación científica para restituir la funcionalidad del cuerpo, y su consecuente reinserción al mercado del trabajo. Y en vista de que no se trata de estudiar los signos que reverberan en el pensamiento o la existencia total del enfermo, sino los signos revelados por el cuerpo mediante una diagnosis clínica fisicalista, entonces el humanismo predicado del enfermo se reduce a una función cartesiana y benthamiana que deshumaniza lo humano (tal como sucede con todo humanismo, en opinión de Foucault), de la misma manera que las ciencias naturales y sociales desnaturalizan la naturaleza. Sobre cómo las ciencias sociales deshumanizan lo humano no es tema de esta reflexión, pero deberá tenerse presente cuando se haga el abordaje del biopoder.     
        
Finalmente, esta naturalización des-racionalizadora de lo humano en virtud de la matriz de saberes y prácticas del patopoder habría de ensamblarse progresivamente con los campus de sentidos y habitus, a decir de Bourdieu, inherentes al iuspoder y logopoder. O dicho de otro modo, las ciencias humanas (articuladas al patopoder), las ciencias sociales (integradas al iuspoder) y las ciencias naturales (vinculadas al logopoder) habrían de integrarse, como agentes y como efectos, al sistema total de dominio del poder disciplinario y normalizador del siglo XIX y XX.   

La naturaleza como objeto del biopoder 

Aquí ya no se trata de estudiar o normalizar grupos o individuos, ni de observar los resquicios infinitesimales del cuerpo, del loco o del condenado, ni tampoco de establecer por qué se dice o se piensa algo. Con el biopoder se aborda el acontecimiento de la totalidad social. De algún modo, las ciencias sociales enfocadas al control y vigilancia de un ciudadano proclive siempre al delito, pasa del plano del derecho y la sociología al plano de las ciencias administrativas (asunto que Foucault no estudió a profundidad) e históricas. Y una vez en dicho plano, firmemente constituido por el taylorismo, el fordismo, el estalinismo y el fascismo, se procuró la integración total de las ciencias del iuspoder, del logopoder y del patopoder a las ciencias globales de la administración y la historia, esto es, a las ciencias del biopoder. De este modo, la economía, la estadística, la administración, la planificación, la psicología social, la epidemiología y la historia, tomaron una importancia inusitada durante el siglo XX. 

Regular los agentes o efectos del universo de las poblaciones fue el tema central de Keynes, en perspectiva macroeconómica, pero también fue el eje fundamental de Stalin, en la perspectiva de la planificación centralista. Asimismo, la economía neoclásica, que matematizó el mercado, es una poderosa herramienta que desde la individuación puede ver y prever algunos efectos totales de la economía. Y por otro lado, los estudios del materialismo histórico soviético o heterodoxo se enfocaron en el desvelamiento de la totalidad de los efectos sociales y económicos derivados de los cambios históricos de los modos de producción, o conexos al desarrollo de las fuerzas productivas. De esta forma, con el biopoder y los saberes propios de su campo de dominio, se reveló el misterio de la conservación (duradera, pero siempre dinámica) del poder mediante el control de los recursos naturales (biofísicos y bio-antrópicos), de las fuerzas productivas (antrópicas, tecnológicas y simbólicas) y del excedente económico (capital, bienes ambientales y bienes culturales). Y aquí no solo hablo del poder capitalista, como forma de organización económica, o solo del poder de la democracia, como forma de organización política, o sólo del poder del liberalismo, como forma de organización socio-cultural, sino de cualquier otra forma de poder que supere el capitalismo, la democracia y el liberalismo. Lo que en efecto pensó Foucault hasta sus últimos días.

En este contexto entonces, ¿cómo el biopoder percibe y trata con la naturaleza? Nunca se había visto a un régimen disciplinador y normalizador capitalista capaz de tanto control y sujeción, individualizada y masiva, local y global, individual y poblacional, como el de la época contemporánea. Y nunca se había visto porque el biopoder no había logrado antes naturalizar la especie humana misma, y desnaturalizar la base biofísica del planeta. Lo que el patopoder lograba en el campus de control del cuerpo, el biopoder lo llevó al clímax del campus de control de la vida biológica misma de los seres humanos; lo que el logopoder consiguió con la desnaturalización del pensamiento para la predictividad y manipulabilidad de los objetos, el biopoder lo llevó al grado superior de la planificación técnico-científica de los recursos naturales; y lo que el iuspoder logró con el control de la subjetividad socio-cultural del ciudadano, el biopoder lo extendió vigorosamente a un régimen jurídico-social mundial. 

En todos los casos, las operaciones de desnaturalización de la naturaleza o de deshumanización del hombre, se obtuvieron mediante el biopoder de la siguiente forma: a) La observación y explotación de la vida biológica de los seres humanos deshumanizó la humanidad al llevarla al plano instrumental de la reproductividad o del control de natalidad, del conflicto como genocidio, del genocidio como estrategia de extracción de recursos, de la alimentación controlada para potenciar las fuerzas del ejército o para apenas reproducir la fuerza física laboral, entre otros ejemplos; b) La desnaturalización cartesiana del pensamiento constituyó la base de una política técnico-científica que vio en la naturaleza un stock de recursos infinitos para la máquina infernal del modo de producción capitalista; y c) El régimen jurídico-social mundial desnaturalizó la naturaleza mediante una legalidad planetaria que normalizó los modos de ver, hablar, sentir y tratar la dimensión de la naturaleza mediante el sistemático confinamiento, aprovechamiento, corrección y apropiación antropocéntrica de la misma. En efecto, bajo estas operaciones el biopoder se instauró en la naturaleza misma, desatando los consabidos dramas ambientales de nuestro tiempo.     

Ciertamente, si el biopoder es esencialmente un sistema de dominio que desnaturaliza y deshumaniza el mundo, entonces cualquier proyecto emancipatorio deberá pasar por la humanización total de la existencia humana e indefectiblemente por la naturalización total de la existencia de la naturaleza. Lo que quiere decir que el problema ambiental es también el problema de la utopía social. 

Biopoder y desarrollo sostenible

Las dos expresiones son casi tautológicas. El desarrollo sostenible en general es la operación del sistema de Naciones Unidas para afianzar el sistema de dominancias desnaturalizadora de la naturaleza y deshumanizadora del hombre, con la diferencia radical de que esta política de la vida humana, orgánica e inorgánica aplicada a escala planetaria ha logrado constituir un campus de saberes y sentidos mucho más multidimensional y multicausal que cualquier otra política del régimen normalizador capitalista. Aquí, la sociedad y la naturaleza aparecen imbricadas en un plano donde la cientificidad y la gobernabilidad ocurren de manera simultánea, y donde el capital encuentra posibilidades de planificación técnico-científica mucho más sensibles a los procesos de agotamiento de los recursos naturales. 

Pero, más allá de esto, lo que se constata es que el régimen de saber del capitalismo, que también es su régimen de dominio, se ha hecho mucho más sensible a las leyes de la termodinámica y de los ciclos biogeoquímicos de la tierra, pues de su observación y control dependen también las condiciones de posibilidad del biopoder o el capitalismo. En consecuencia, lo que podría estar apareciendo en el horizonte del sistema de dominancias mundiales sería la constitución de algo que quiero denominar como el ecopoder, que en efecto sería mucho más insidioso y frenéticamente más normalizador que todas las insidias, disciplinamientos, confinamientos y patologizaciones que descubrió Foucault. 
                              
Contra el biopoder y el ecopoder desde el cultivo de sí

El poder es irreductible en cualquier forma de organización social, económica y política, y esta es la triste conclusión de la teoría del poder de Foucault, que luego quiso ser superada con la perspectiva de una teoría del cultivo de uno mismo, pero sin posibilidades claras de emancipación social. Ante esta desesperanza, las filosofías de la intersubjetividad, la teoría social crítica, la ecología profunda, y quizás las ciencias de la sostenibilidad fuerte, puedan ayudar a superar el estado mundial de cosas conexo al régimen de dominancias del biopoder y del incipiente ecopoder. Y quizás las prácticas de cultivo de la existencia de uno mismo, formuladas por Foucault como una forma de reconstrucción de la divisa kantiana que exige servirnos de nuestro propio entendimiento, sean una posibilidad cierta de emancipación individuada, pues dichas prácticas van más allá de la divisa kantiana al sugerir servirnos de nuestra propia existencia total para doblegar o anular los efectos de los regímenes de dominio. No obstante, dicha forma de emancipación deberá resolver primero el problema de la reconstrucción de los vínculos existenciales con el otro y la naturaleza, ausentes en la nueva forma de autonomía estética de Foucault, para que sea posible no una emancipación individuada, sino una emancipación social y en equilibrio dinámico con la naturaleza.