martes, septiembre 16, 2014

Prefacio de : “Presente y futuro de Colombia en tiempos de esperanzas”



| Por James Petras |

Este texto es un amplio estudio crítico sobre las condiciones políticas y sociales de Colombia y un homenaje a uno de sus más dedicados académicos, Jorge Adolfo Freytter Romero, asesinado por el régimen, por su dedicación a los derechos humanos. 
 
Los 28 ensayos y documentos nos proveen de una profunda comprensión de las estructuras de poder e injusticia, tanto en el contexto nacional como internacional, y las fuerzas emergentes y procesos que están resistiendo y creando las bases para la paz con justicia en una futura Colombia. 

Este texto es un poderoso antídoto a la imagen de una “estable y próspera Colombia” que ha aparecido en los medios “respetables” de Norte América y Europa. The Financial Times, The New York Times, The Washington Post, The London Times, Le Figaro, han ignorado los crímenes cometidos contra la humanidad y han presentado una narrativa que elogia el éxito militar y la “paz del cementerio” del ex-presidente Uribe, más conocido como “el carnicero de Bogotá”. 

Los ensayistas presentan los hechos y un lúcido análisis que subvierte la complaciente complicidad entre los medios occidentales y el reino del terror en Colombia. Los ensayos y testimonios hablan sobre la vida y época del Profesor  Jorge Freytter – un emblemático representativo de los intelectuales comprometidos a hacer frente al estado de terror. 

Procederé a hablar de una manera telegráfica sobre siete dimensiones de la realidad colombiana que son esenciales para comprender las potencialidades y esperanzas para una Colombia progresiva. 

Colombia, como documenta Javier Giraldo Moreno, S.J., es la capital mundial del asesinato: han sido asesinados más académicos, sindicalistas, activistas de derechos humanos y profesores que en otro lugar del mundo.  

La Universidad pública y los pensadores críticos han sido su blanco. Varios escritores citan el rol ejemplar de las universidades públicas como una fuente vital para activar el proceso de paz y definir las bases socio-económicas para resolver el violento conflicto que permea la sociedad colombiana.  

La dedicatorio del libro a un profesor mártir tiene un significado aun más amplio. La dedicatoria reconoce el valor personal y colectivo de la vida diaria de los académicos comprometidos que viven en un estado terrorista. 

¿Qué saben los intelectuales y académicos de Nueva York, Londres y Paris sobre esta condición humana? ¿El peligro de encender un coche cada mañana y temer que sea un coche bomba? Aun así, la esperanza para la paz permea la sociedad colombiana en la actualidad. Pero la guerra continúa. El presidente Santos rechaza pactar un alto al fuego. La esperanza para una pacífica implementación de los acuerdos agrarios y el retorno de los pequeños campesinos a sus tierras, depende de la desmilitarización del campo, el desmantelamiento de siete bases militares estadounidenses y la retirada de las 1000 Fuerzas Especiales de Estados Unidos. 

La esperanza de la mayoría de los escritores es que en el futuro Colombia podrá integrarse a América Latina. Eso depende de volver la mirada al sur y no al norte, unirse al Mercosur y no a la Zona Económica Transpacífica centrada en los Estados Unidos.

Las esperanzas para un acuerdo de paz duradero deben ser realistas, - deben basarse en la comprensión de las razones de los fracasos pasados y el reconocimiento de los enemigos actuales a la paz. El acuerdo de paz con el Presidente Betancourt (1984) comenzó con elecciones libres y victorias electorales de izquierda, y terminó con la masacre de 4000 líderes y activistas de Unión Patriótica. El acuerdo de paz con el Presidente Gaviria (1991-92) terminó abruptamente con un asalto militar a la sede de las FARC. Las negociaciones de paz con el Presidente Pastrana terminaron con la implementación del Plan Colombia y ocho años de terror bajo el Presidente Álvaro Uribe. En otras palabras, las esperanzas para una efectiva implementación de presentes y futuros acuerdos de paz, recaen sobre los mecanismos controlados por una asamblea democrática popular, libre de tutelaje militar y paramilitar.  

No se puede confiar en que el gobierno de Santos implemente un acuerdo de paz, tal y como ocurrió con aquellos de Betancourt, Gaviria o Pastrana. La evidencia para esta conclusión está basada en hechos: Santos era el Ministro de Defensa del gobierno de Uribe, y es co-responsable de la salvaje represión y la política de tierra quemada durante el reinado del terror de Uribe. En segundo lugar, Santos rechazó acordar un alto al fuego durante las negociaciones de paz, en vez de eso, expandió las uniones militares con el Pentágono. En tercer lugar, los sindicatos y los líderes campesinos continúan siendo asesinados con impunidad bajo su régimen. En cuarto lugar, todo el aparato militar, paramilitar y de inteligencia responsable de crimines de guerra contra la humanidad continúan sin cambio alguno. Para que existan derechos humanos y políticos, y para que una paz con justicia emerja de cualquier acuerdo de paz en este contexto institucional, hay que crear falsas esperanzas, como demuestran los brillantes ensayos de Hernando Calvo Ospina y Dario Azzellini.

La transición a la democracia con justicia social en Colombia, un objetivo apoyado por todos los contribuyentes del texto, no será fácil. Los ejemplos de España y América Central no son prometedores. La experiencia de la Nación Vasca es incompleta. No se ha negociado ningún acuerdo de paz. Madrid todavía mantiene 700 prisioneros políticos y las políticas neoliberales impuestas por el régimen de derecha, en colaboración con Bruselas, empobrecen a la mayoría de los vascos. 

En América Central los “Acuerdos de Paz” firmados en 1992 perpetuaron el poder de los oligarcas. Después de los “Acuerdos de Paz” la tasa anual de homicidios en El Salvador y Guatemala excedió el número de muertos durante la insurrección armada. En América Central los “Acuerdos de Paz” no trajeron ni paz ni justicia –solo la huida de más de dos millones de emigrantes empobrecidos a los Estados Unidos, Europa y Canadá.  

La mejor esperanza para la paz y justicia en Colombia recae sobre la emergencia de movimientos sociales populares dinámicos cuyas luchas han sido analizadas en los ensayos de Javier A. Calderón Castillo, Erika González, Asier Altuna y Maite Ubiria. El movimiento agrario y campesino demanda el fin del tratado de libre comercio; la recuperación de las tierras para los 3.5 millones de residentes desalojados, y la redistribución de las tierras de barbecho entre los trabajadores rurales sin tierras.   

El “cuerpo y alma” de cualquier acuerdo de paz se encuentra en la profunda transformación de la economía agraria. Y aquí la Universidad pública y los expertos académicos tienen un rol vital en diseñar los nuevos programas y modelos de desarrollo aplicables en Colombia. El ensayo de Johnson Bastidas sobre las contribuciones del Profesor Freytter Romero y el rol de la universidad pública destaca el papel clave que tiene la universidad en la lucha de la paz con justicia.

Ninguna explicación del presente y futuro de Colombia puede ser completo sin tener en cuenta el contexto internacional. Hoy América Latina es mayormente libre de dictaduras militares y escuadrones de la muerte (excepto Honduras). Organizaciones regionales, libres de tutelaje estadounidense, se están expandiendo: los vecinos de Colombia, Venezuela y Ecuador desarrollan políticas relativamente progresistas. En otras palabras, el contexto latinoamericano es favorable para la transición democrática. El mayor problema es interno: el apoyo del Presidente Santos a las bases militares estadounidenses, las Fuerzas Especiales y el entrenamiento militar del Pentágono, y los programas de adoctrinamiento. Como enfatizan los ensayos de Houtart, Pinzón Sánchez y Ugalde Zubiri, el acuerdo de paz depende de las cambiantes relaciones globales, el desmantelamiento del Estado de la Seguridad Nacional y la aplicación del derecho internacional.

Hoy los colombianos tienen cada vez más esperanzas en una pacífica resolución del conflicto. La “opción de guerra” del candidato presidencial respaldado por Álvaro Uribe fue apoyado por menos del 20% del electorado. La abstención excedió el 60%. La campaña de paz proveyó el margen para la re-elección de Santos. Pero las elecciones por si mismas son solo un símbolo de esperanzas pacíficas.

Las esperanzas y expectativas para la paz y justicia entre la gran mayoría de colombianos reside en sus propios esfuerzos para superar el militarismo atrincherado y el gobierno oligarca. Este texto, Presente y futuro de Colombia en tiempos de esperanzas da cuenta de las esperanzas y retos, las oportunidades y obstáculos para alcanzar el objetivo esquivo: la paz con justicia. 

TRADUCCCIÓN: Minerva Campion 
AGRADECIMIENTOS a Miguel Ángel Beltrán