martes, noviembre 25, 2014

La alegría de dar


El dar es el don más sublime de la existencia humana, porque el dar lleva consigo una exigencia, no se da lo adquirido, se da lo construido, por ello es un dar que tiene implícito la cualidad del don. Y no se dona por exceso, de ninguna manera es un dar por la superabundancia, pero tampoco por carencia, se da o se dona porque ya le pertenece al destinatario, sin que hayamos perdido lo construido, o sea ya no le pertenece al donador y es del receptor sin la necesidad de que el emisor pierda lo dado, podemos decir que ese dar ahora nos pertenece. Ese dar conlleva entonces a una entrega en sus dos acepciones, en la primera el acto de adjudicar, es decir del momento de la entrega del don y en la segunda la entrega como rendición, me entrego a ti.

Sólo se entrega a lo que se pertenece, por ser el fruto de lo realizado, que para mi caso es la palabra, doy la palabra porque me ha esculpido en lo que soy y me destina seguir siendo, la puedo dar porque le pertenezco a ella, en un pertenecer construido en el cuidado y con el fin de ser otorgada, para condensar un ahora en la que le pertenecemos a lo dado, al precioso instante donde el dar como don cumple con la promesa del sentido de hacer presencia, donde la palabra entregada cobra el significado de su ser, la palabra como poema. El poetizar como el sentir autentico del placer dado, por los instantes del cono-ser-te, pensarte, hablarte, mirarte… de jugar con ese lenguaje lateral y subversivo del que muy bien referencia Jaime Sabines.  De esa poiesis que aun parafraseando al poeta, puede flirtear escribiendo con toda autenticidad:

Me gustas cuando tomas,Un aire renovadoIlumina tu miradaBrotando una sonrisaQue condensa en ese instanteLa magia de existir Me gustas cuando tomasY siento en tu miradaEl reflejo oníricoDel beso del mañana.


Y es que el beso es la puerta del ahora, sin el beso el tiempo sería estéril, es la palabra que brota de la piel, dando tanto valor a lo expresado, que borra de un solo disparo cualquier amargura del pasado, pesadumbre del momento y te abre un mañana lleno de palabras que desean ser pronunciadas. El beso, se podría decir es el sello del dar, es el instante en el que se condensa la pertenencia a una nada de algo en la que ya no eres tú, ni soy yo, sino otros, extraños de un constante inventar gracias a lo dado. Ahora sin movernos, sabemos que somos errantes.

BORIS EDGARDO MORENO RINCÓN
IN-DOCENTE UNIVERSITARIO