domingo, noviembre 02, 2014

Los guerreros Yanomami se hacen cuñados de sus vecinos para atacar al enemigo


  
En esta foto de mediados de 1980, hombres de dos aldeas yanomami de la Amazonia pelean en un combate amistoso para medir la fuerza y ​​el valor de posibles aliados. | Foto NapoleonChagnon

Formar un ejército de cuñados es la mejor estrategia para ganar una guerra, según una ancestral costumbre del pueblo indígena Yanomami en la Amazonia que comparten Venezuela y Brasil. Un nuevo estudio incide en la forma en la que los yanomami guerrean; cuando atacan aldeas enemigas forman alianzas con extraños, varones de otros pueblos, en vez de parientes cercanos. Y el botín de guerra procede de casarse con las hermanas o hijas de sus aliados, en vez de tomar la tierra conquistada o las mujeres de sus víctimas…

Antropólogos de las universidades de Utah y Misuri (Estados Unidos) han determinado que existe una interesante relación de cooperación y violencia en las sociedades humanas a pequeña escala, como la yanomami. Según los investigadores, a diferencia de los chimpancés, las principales alianzas de guerra se forman con hombres de otros pueblos de edades semejantes y no con los parientes cercanos como padres, hijos o primos que viven en la misma comunidad.

Su botín de guerra no es tomar las tierras de sus víctimas y a sus mujeres, sino casarse con las hermanas e hijas de sus aliados y afianzar así sus vínculos. De este modo, forman asociaciones de guerra a largo plazo con sus cuñados.

Los yanomami son un pueblo de cazadores y agricultores que vive en el Amazonas, en el sur de Venezuela y en el norte de Brasil. Uno de los coautores del trabajo, el antropólogo de la Universidad de Misuri Napoleon A. Chagnon, escribió en 1968 el libro Yanomamö: TheFiercePeople, que fue duramente criticado por algunos antropólogos culturales al considerar un excesivo “énfasis” en que la violencia humana tiene su origen en los genes y la biología, y no en la cultura.

Complejos vínculos consanguíneos


Hombres de una aldea yanomami danzan en otra aldea vecina para mostrar su poderío militar y cohesión social. | Foto NapoleonChagnon

Shane J. Macfarlan, autor principal del artículo que se publica este martes en la revista PNAS, defiende que Chagnon tiene una visión mucho más equilibrada y que genes y cultura no están encontrados, sino que operan en tándem.

El nuevo estudio analiza los datos recogidos por Chagnon en la década de los 80, cuando cerca de 25.000 yanomami vivían en unas 250 aldeas de 25 a 400 personas. En total, fueron examinados 118 unokai o guerreros yanomami que habían matado a unas 47 personas mediante el asalto al amanecer a otros pueblos, disparando principalmente con lanzas, arcos y flechas.

Los investigadores han profundizado en las relaciones entre los hombres de esos grupos de asalto y los resultados revelaron sorpresas. Solo el 22% tenía parentesco directo, y el 34% procedía del mismo lugar de nacimiento. Del mismo modo, entre los unokai emparentados, la mayoría lo es por el lado paterno, ya que los parientes maternos “son vistos como pertenecientes a otro grupo social”, agregan.

Por otro lado, los yanomami prefieren formar coaliciones con hombres dentro de una media de diferencia de edad de ocho años. “Cuanto más similar es la edad, más probable es que vayan a matar juntos varias veces”, apunta Macfarlan.

Ejércitos de cuñados

Los antropólogos afirman que la violencia y la cooperación pueden ir de la mano y que la cultura puede modificar cualquier tendencia innata hacia la violencia. Macfarlan precisa que los investigadores habían esperado encontrar que los yanomami luchaban en bandas de parientes cercanos, como hermanos, padres, hijos y primos. Así sucede en las peleas de chimpancés, los únicos simios, además de los seres humanos, que forman coaliciones para luchar y matar.

Sin embargo, una descripción más adecuada indica que peleaban como bandas de cuñados, al casarse con las parientes femeninas de sus aliados.

En este modelo, los unokai “van a obtener socios y una alianza a largo plazo con otros chicos en los que pueden confiar para hacer las cosas, y que a cambio están recibiendo oportunidades de matrimonio”. Después de matar juntos, se forma un enlace, se casan con las hijas o hermanas de cada guerrero y se mueven de aldea, o incluso forman un nuevo pueblo.

“Se demuestra una relación entre la cooperación y la violencia a un nivel no visto en otros organismos. Eso puede parecer obvio para los países aliados en las guerras modernas, pero nosotros estamos diciendo que esto se produce incluso en sociedades de pequeña escala, como es en este caso”, concluye Macfarlan.

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