viernes, febrero 20, 2015

A 20 Años del primer Paro Cafetero del Norte del Tolima




Emotiva crónica de la gesta que, hace 20 años, protagonizaron Emma, sus cuatro hijos y miles de campesinas y campesinos del Norte del Tolima.

Por Germán Bedoya*. El sábado 18 de febrero de 1995, en medio de un fuerte verano, los vientos fríos de la cordillera central dominados por el majestuoso nevado del Ruiz y el canto de los gallos de toda la vereda California anunciaban que eran las cuatro de la mañana. Un reloj despertador con su “pipipipi” sacudía el sueño de Emma, una mujer cabeza de familia quien, presurosa, se baja de su lecho, despierta a sus cuatro hijos porque había que madrugar a bañarse y arreglarse con su mejor ropa; tenían una cita que  cumplir.

El  día anterior ella y sus cuatro hijos -que tenían entre ocho y veinte años- habían subido a la carretera por un camino empinado con plátanos, yucas, ahuyamas y unas ollas negras por el hollín de tanto uso en su cocina de leña. Hoy era el día de la cita. Deberían salir  para el Líbano, Tolima. Como Emma, cientos de familias hacían lo mismo: ellos también tenían una cita que cumplir y, presurosos, alistaban sus maletas, hijos, gallinas, ollas, cobijas y un bastón de café debidamente arreglado “por si se necesitaba”.

El sol radiante anunciaba calor. El polvo espeso que dejaban tras de sí los carros modelo 48, los carpatis, los Uaz, las chivas y los mixtos en las resecas y llenas de huecos carreteras que conducían desde las veredas y caseríos hacia el casco urbano del Líbano, iban repletos de campesinos y campesinas;  todos y todas  tenían una “cita que cumplir”.

Al mediodía, el ambiente que se vivía en el Líbano era de una densa calma. El sol quemaba, las calles estaban solas, el comercio con sus puertas abiertas, algo raro sucedía: no había el movimiento acostumbrado de un sábado de mercado.

A eso de las dos de la tarde unos campesinos con un altavoz comenzaban a agitar consignas. “Marcharemos al parque”, “exigimos solución a la problemática campesina”, “exigimos solución para los cafeteros empobrecidos”, era la voz firme de un anciano que anunciaba que ya había llegado la hora de la cita, había llegado la hora del Paro Cafetero del Líbano, Tolima. A esta voz se iban sumando otras voces, otras gentes hasta llegar a unas cuarenta personas. Caminaron lentamente hacia el parque Isidro Parra. Las dos cuadras que separan la plaza de mercado con el parque comenzaron a llenarse de Policía y Ejército. La policía acordonaba, el comercio cerraba sus puertas, las cuarenta personas avanzaban; algunos se sentían solos, se sentían muy poquitos para esta importante cita. ¿Qué pasó que la gente no está aquí? ¿No era que venían muchos? Camilito, el anciano del altavoz y que había iniciado con las consignas, dijo: “No importa, caminaremos, iniciaremos e iremos hasta las últimas consecuencias, no podemos claudicar, ya iniciamos y vamos pa' delante”. Animaba a Jaime, a Antonio, a Fernando, a  Stella, a Boris, a Oscar, a Germán, quien no tenía ni la más mínima idea de lo que era un paro, pero que entendió que no podría retroceder y que debía avanzar junto a los demás, para no quedarse solo y correr riesgos, entonces animaba a todos a continuar y a permanecer juntos.

Al llegar al parque un camión del Ejército se encontraba atravesado. Un grupo de soldados con fusil en mano impedían el paso. La voz de un oficial dijo: “No pueden pasar, al que intente pasar lo matamos”. Esta sentencia hizo que todos se miraran, que todos buscaran un qué hacer. Un frío recorría a muchos de los que allí estaban. Era para varios su primera cita, su primer paro. Otra voz no menos firme dentro del grupo de campesinos dijo: “Si alguien ha de morir que sea yo el primero”. Era la voz firme, férrea, de un muchacho bajito, fornido, con sus manos encallecidas por el arduo trabajo en su parcela. Era la voz de Fernando Lombana, quien pronunciando estas premonitorias palabras, saltaba el cerco militar y abría paso hacia el parque principal, seguido inmediatamente por los cuarenta campesinos y campesinas, rompiendo el miedo, el cerco militar y llegando al primer objetivo: el parque Isidro Parra y la Alcaldía municipal. Como por arte de magia, en cinco minutos el parque estuvo lleno. Campesinas y campesinos salían de los cafés, fuentes de soda, almacenes, iglesia, teatro, billares. Ya no eran cuarenta; eran miles quienes, en una voz, decían: “Nos declaramos en cabildo abierto”. El forcejeo con el alcalde, los primeros acuerdos, el no permitir que la fuerza pública atropellara los campesinos, los primeros cambuches de plástico, las primeras comisiones de trabajo, las primeras reuniones, las primeras experiencias, los nuevos luchadores de Colombia.

Tres días de reuniones, actos culturales, consultas, y llegada de más campesinas y campesinos de Villahermosa, Lérida, Falan, Palocabildo, Casabianca, Murillo, Venadillo: era ya el Primer Paro Cafetero del Norte del Tolima.

Avanzaron con la experiencia de José, Evelio, Luis Alberto, Ernesto, y con la guía de Camilo, quien ya había liderado en los años de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia -AUNC- la toma de tierras, la dinámica de trabajo colectivo, las reuniones por veredas, por corregimientos y por municipios. Allí hablaban de cómo la política cafetera había acabado con los cafeteros, cómo el rompimiento del pacto mundial cafetero empobrecía a los campesinos, cómo la Federación Nacional de Cafeteros se había convertido en un cartel donde quienes la administraban despilfarraban el dinero ahorrado por cuota de muchos años de los cafeteros comprando flotas navales, construyendo edificios, ejerciendo acciones que el Estado debería ejecutar, ganando sueldos incluso más altos que el del presidente de la República; culpando de cómo esta política había acabado con el café marangolito, el arábigo que eran semillas que no requerían sino siembra y deshierba, del cómo los habían obligado a sembrar solo café  caturra sin que hubiera siembra de cultivos de pancoger como era la tradición en estos sembradíos, y cómo introdujeron la araña roja, la roya, la broca para afectar los cultivos, cómo los obligaron a sembrar una semilla “mejorada” variedad Colombia que no sirvió para nada, cómo eran obligados a tomar créditos en las cooperativas de caficultores, en comités  municipales de cafeteros, en el Banco Cafetero, en la Caja Agraria. Hablaban también de cómo estos últimos, ante el empobrecimiento, estaban expropiando y  apoderándose de las pequeñas fincas cafeteras y cómo el Fondo Nacional del Café, del cual eran dueños, les daba la espalda y no invertía en la solución a la problemática cafetera. Todo esto se discutía, se aseveraba y llenaba de ánimos y de argumentos válidos para exigir al gobierno nacional, y a la Federación Nacional de Cafeteros, soluciones prontas . Con todos estos elementos se elabora el primer pliego de exigencias al gobierno nacional, que reclamaba:

ü  Condonación a las deudas de los pequeños y medianos cafeteros.
ü  Subsidios para el control de la broca y la roya.
ü  Inversión económica para proyectos productivos.
ü  Respeto y garantías a los derechos humanos de las campesinas y campesinos del norte del Tolima.

Emma, sus hijos y los miles de campesinas y campesinos movilizados,  vivieron 19 días en el gran cambuche del Isidro Parra. El comercio brindó apoyo con víveres. Los restaurantes llevaban alimentos; estudiantes de los colegios llegaban con alegría y la dinámica de su juventud en gigantescas marchas; los sindicatos llegaban con su apoyo y pidiendo unidad para librar juntos la lucha; estudiantes de la Universidad Nacional se acercaban para apoyar y contribuir en la elaboración técnica de las propuestas de los campesinos.

A nivel nacional los medios de comunicación hablaban por fin de la problemática cafetera. Se encendía una llama importante de lucha del movimiento campesino.

Con un acuerdo firmado por el entonces ministro de Interior Horacio Serpa que comprometía cumplir con las peticiones realizadas, siendo éste leído por la comisión negociadora y tomado por los participantes como un logro de todos y todas, no sin dejar constancia que el incumplimiento generaría una segunda cita, Emma sus cuatro hijos, y los miles de  campesinos y campesinas, retornaron a sus fincas con una enriquecedora experiencia más, con un horizonte nuevo. El horizonte de la lucha por la dignidad campesina, la experiencia de la unidad, la experiencia de la organización campesina que floreció en el norte del Tolima llamándose la conformación de la Asociación de Pequeños y Medianos Agricultores del Tolima -Asopema-.

Después de esta primera cita la vida nunca volvió a ser la misma para  Emma, para sus cuatro hijos y para los miles de campesinos y campesinas del norte del Tolima conscientes que, al primer llamado, tendrían que volver a cumplir otra cita. O las que fueran necesarias, con tal de defender su tierra, sus derechos.

* Germán Bedoya es Secretario del Coordinador Nacional Agrario -CNA- de Colombia.