lunes, mayo 18, 2015

Descolonizar en cambio de competir sin garantías



|Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez|

Con un contexto de negación, empobrecimiento, corrupción, clientelismo, autoritarismo, carencia de políticas redistributivas y elevados niveles de enajenación de lo público a favor de lo privado, resulta fácil que desde afuera y otras voces de aquí adentro nos quieran convencer que somos subdesarrollados, subalternos e incompetentes y terreno abonado para el saqueo y la muerte. Un hecho es el de que no resulta fácil competir en serio con las llamadas universidades de clase mundial, pero si se cambia la óptica subalterna resulta propicio repensar las orientaciones trazadas y consolidar procesos académicos, científicos y culturales propios que vuelvan a conectar a las universidades con las necesidades de la sociedad y sus conflictos. La competencia en los ranking es desigual y asistir con poco sentido del contexto de lo que somos en realidad, mete a la educación y la ciencia en caminos sin salidas tratando de emular modos de actuar ajenos, que terminan en fracasos que justificamos como éxitos. Con los esfuerzos de sus estamentos, escasos recursos y capacidades actuales se podrían ofrecer resultados más contundentes que respondan a la cultura y necesidades sociales propias, además de hacer un uso más efectivo de la autonomía con fines de transformación social y aseguramiento de la descolonización del pensamiento que permita defender la soberanía, avanzar en la cultura y mejorar el dialogo. Es alarmante ver como después de hacer de todo, al costo que sea, como reorientar misiones, visiones, crear oficinas especializadas, acreditar, promover y hasta castigar, aun y salvo dos excepciones Colombia no encuentra puesto entre las primeras 500 universidades del planeta ni logra siquiera un 10% de lo que ellas son. El mito de que si seguimos así algún día lo lograremos no es verdadero, sencillamente  porque el sistema vigente de educación no es adecuado para ganar esa competencia y el marco social de condiciones de desarrollo de las universidades es adverso para seguir por la ruta ajena.

             Las universidades de Sao Paulo, Autónoma de México o Buenos Aires, que ocupan los primeros lugares en Sur América cuentan con marcos favorables al ejercicio de sus autonomías, basadas en los estatutos de las ciencias, por eso es más importante una facultad, un departamento, un científico o una cátedra abierta que un puesto de vigilancia y control o un parqueadero, lo que les permite fijarse reglas y mantener su status en el mundo de la ciencia y el humanismo. Las mediaciones e injerencias externas son mínimas y los estados por encima del interés de los partidos de gobierno, -aun cuando sus directivas tengan relación con sectores políticos-, cumplen buena parte de los compromisos pactados con la sociedad. El profesorado es comprendido y respetado por su condición de saber, por su condición intelectual; sus estudiantes son tratados como actores académicos esenciales y sus funcionarios como la base de apoyo de los procesos académicos, los tres no compiten, se complementan. Los recursos económicos de financiación son un asunto de estado que no puede ser omitido. De igual manera ocurre en buena parte del sistema europeo donde las universidades con mayor reconocimiento son públicas, empezando por las que llevan el nombre de sus ciudades de origen. En síntesis se requieren marcos de garantía que permitan asumir desde las universidades los retos de la sociedad y responder sin competir con mejores cifras en el número de intelectuales y científicos activos, la productividad de los mismos, los salarios justos y con condiciones de sus plantas académicas, los modos de hacer la docencia, la extensión y sus alcances de transformación del entorno y los modos de participar e impactar en la sociedad con compromisos sociales.

          El ámbito de las universidades privadas es otro, hay reinos inalcanzables que resultarían incluso seductores para copiarlos, extenderlos y masificarlos con el telón de fondo de lo público guiado con las reglas de lo público. El ejemplo más notorio es la Universidad de Harvard donde la matricula por una carrera de 4 años puede costar unos 60.000 dólares, en el corazón hegemónico del poder neoliberal, donde coexisten 248 universidades de las cuales 162 son públicas y 68 privadas. Con las cifras de su web, Harvard es la primera en los cuatro ranking globales principales. En su entorno no hay guerra interna, la desigualdad no es la constante, la universidad es respetada en su autonomía. Su calidad es de 100 puntos sobre 100 y triplica en todo a las 5 siguientes de Gran Bretaña, Australia, Japón. Sus cifras señalan que 40 de sus egresados han sido premios nobel y 8 han sido presidentes de Estados Unidos. El capital de la Universidad oscila entre 25 mil y 30 Mil millones de dólares, para sostener entre 18000 y 22000 estudiantes, es decir un promedio de 1 a 1.5 millones de dólares por estudiante y un poco más de 2000 profesores que atienden en promedio de 7 a 10 estudiantes. La investigación no la miden expertos iluminados externos, ni andan a la caza de indicadores, sus resultados se miden en impactos sobre la realidad global, lo relevante no es el número simple de publicaciones ni ponencias presentadas, si no la materialización de lo producido. Sus campus no son lugares de encierro, sus edificios, aulas y escenarios son confortables sin hacinamiento, sus pasillos no son mercados  abiertos, se mantiene la armonía entre historia cultura y entorno y toda intervención física pasa por análisis de diseñadores, artistas y arquitectos. Los consejos y comités directivos son de académicos y científicos con las más altas consideraciones y reconocimientos éticos, no son tribunas para ajuste de cuentas a adversarios ni instancias sin control al arbitrio de privilegiados elegidos y garantía de electores, tampoco botines de agentes externos ni patrimonios útiles a sus gobernantes temporales.

             En general las llamadas universidades de clase mundial tienen recursos superiores a 5000 millones de dólares, tienen en común solidas estructuras de autonomía, sistemas de gobierno relacionados directamente con las ciencias y las artes y son responsables por la protección y promoción de sus intelectuales y respeto y garantías de asociación, disenso y colegiatura. La clase política se mantiene al margen, no intenta sobreponer su ideología en el lugar de las teorías para limitarlas, ni pretende someter a confusos arbitrios democráticos y reiteradas elecciones las formas propias de la ciencia y la academia. Descolonizar para pensar lo propio, para abandonar las posiciones subalternas vendidas como grandes logros, indudablemente puede resultar mejor y mas oportuno que mantener la carrera de la competencia sin horizonte tratando de alcanzar al que va a adelante con otras identidades, propósitos, capacidades y contextos.