jueves, junio 18, 2015

El estado habla de paz pero aun no se compromete



|Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez|Rebelión.org|

Aunque el estado aun no da señales para convertir en garantías de justicia social, estructuras institucionales y recursos adecuados los acuerdos de paz negociada, no son tiempos para caer en la desesperanza, ni renunciar al fin del conflicto armado. Los discursos por la desesperanza salen de los mismos centros de control de la guerra, en los que sus convencidos gestores y devotos repican, replican y multiplican el mismo libreto doctrinario para provocar el desánimo, el cansancio y la fatiga que lleven a perpetuar la guerra a toda costa, en todo caso con ganancias producidas con la vida y sangre de los otros. La desesperanza hace crecer la polarización social con la que jugaran su legitimidad en las elecciones regionales y locales que marcan la agenda política.

Los desesperanzadores no parecen dispuestos a ceder nada, durante doscientos años han usado la guerra para defender su propio sentido de democracia, de derechos, de empresa, de herencias, de fortines políticos y seguridades electorales, de modos de vida sin carencias ni limitaciones, por lo que se puede sentir y presentir la profundidad de su resistencia a desprenderse de algo sea material o simbólico. Para ellos la paz parece ser entendida solo como una palabra más que se agregue al destino trazado por su proyecto de dominación, que aparece representado en el plan de desarrollo, las leyes de impunidad a crímenes de estado, la nueva seguridad ciudadana, las palabras de venganza que expresan los ministros de guerra -en ejercicio y en espera-, los generales activos y en retiro, el vicepresidente, los banqueros, los terratenientes, los empresarios transnacionales, los miembros de los partidos políticos y sectores académicos incorporados o cooptados por el estruendo de las gestas victoriosas de la guerra y del despojo.

El vocablo paz con la fuerza de su contenido de justicia social, democracia, respeto por las culturas, bienes materiales para eliminar carencias y erradicar la violencia como herramienta de confrontación se asocia a los derechos que reclaman los sectores populares, movimientos sociales, organizaciones estudiantiles, movimientos obreros y campesinos, sindicatos, victimas, pequeños comerciantes, pequeños industriales, profesores, grupos de mujeres y en general a los sectores que históricamente han padecido la violencia oficial en sus expresiones de guerra política, económica y social al amparo de una democracia formal e incompleta acomodada a las urgencias de las elites.

Los 7.2 millones de personas desterradas no quieren seguir de desplazamiento en desplazamiento hasta alcanzar un cordón de miseria en la gran ciudad; los 8 millones de campesinos no quieren más hijos ni nietos vestidos de guerreros, quieren tierra para trabajarla, llenarla de alimentos; los más de 6 millones de afros excluidos y negados tampoco quieren guerra, su lucha es por reconocimiento y eliminación de racismos, fobias y persecuciones; los 3 millones de indígenas hace siglos se niegan a seguir las rutas de la muerte aunque siguen recibiendo tratamiento de segunda y bombardeos de primera; los cientos de miles de obreros, desempleados y jóvenes tratados como extranjeros sin derechos en su país, con apenas oportunidades de sobrevivencia no quieren guerra. Las sumas son más que medio país silenciado con el ruido de las ametralladoras, las bombas, las fumigaciones, las arremetidas del Esmad, la sevicia paramilitar y la censura oficial. Sus voces de paz cuando son escuchadas piden otras reglas y otros gobernantes, compromisos para destituir la desigualdad, garantías para evitar muertes por pobreza, desnutrición y exclusión.

Del lado de la guerra permanecen inamovibles en sus intereses y deseos los mismos sectores que hace tiempo usurpan los instrumentos del estado y controlan cargos, impuestos, rentas y empréstitos recibidos, imponen su voz en nombre del país, repiten practicas coloniales como presidentes, ministros, generales, congresistas, embajadores, empresarios y altos directivos del estado que ceden sus lugares a sus hijos y familiares para mantener la sucesión y en los púlpitos el orator condena a los impíos y llama a la resignación. Los medios de comunicación del gran capital reemplazan al gran hermano que vigila y controla, modelan la opinión y crean el consenso de que sin guerra no hay opción, con encuestas ratifican sus decisiones e imponen una sensación de vacío, de tiempo perdido y en respuesta la necesidad de la guerra, deshumanizan, reducen la muerte y el dolor a una disputa moral de buenos o malos, despliegan gestos y retóricas que llevan a entender sin lugar a cuestionamiento, por ejemplo que es malo matar a 11 militares metidos en la guerra y ante el hecho llaman a indignarse, pero en cambio que resulta bueno matar a 27 guerrilleros metidos en la guerra y llaman a aplaudir el hecho. Organizan la euforia que hace olvidar las atrocidades cometidas en defensa de la patria y la democracia, el uso de motosierras, hornos crematorios, lagos de caimanes y otras técnicas de horror para borrar el rastro de humillación ininterrumpida sobre los que quieren la paz. Mientras se conversa de paz y se pone a prueba la resistencia de los sectores populares que la buscan sin desmayo, los sectores de la guerra producen calificaciones y descalificaciones, actualizan las máquinas de muerte, fijan la idea que ser pillo paga y polarizan al país para sacar ventajas electorales inmediatas mientras las víctimas suman nuevos asesinados, amenazados, perseguidos y lisiados y ponen a prueba su capacidad de resistencia que no depende de cifras que polarizan ni de encuestas que se manipulan para llamar a indignarse o celebrar.