lunes, octubre 05, 2015

ADIÓS A LOS CERROS TUTELARES



Cualquier daño al ambiente es un daño a la humanidad. Francisco
                                                         Armando Orozco Tovar

José I. Perdomo, antiguo párroco de la iglesia Las aguas, en su libro: Haciendas de la sabana, nombra  los cerros de Bogotá: Monserrate y Guadalupe. Unas montañas cercanas,  pertenecientes a la cadena de serranías de la altiplanicie, que Juan de Castellanos llamó Valle de los Alcaceres, describiendolo como: “Tierra de oro, tierra bendecida, /Tierra para hacer perpetua casa, (…) Tierra que pone fin a nuestra pena.” 

Rodríguez Fresle, autor de El Carnero relata, que el río Hunza, durante  la conquista de Gonzalo Jiménez de Quesada,  llegaba a Techo hoy Ciudad Kennedy, y hasta la hacienda de Juan Aranda, (Puente Aranda.) Y resalta la importancia de las montañas circundantes: “Qué melancolía sería la andina sin el marco de sierras que la deslinda y protege. Tampoco se hubiera  determinado la psicología, la formación del carácter,  y costumbres de sus habitantes estableciendo además sus ciclos climáticos.”

Sin los cerros Monserrate y Guadalupe, de la capital colombiana en vías de extinción, no sólo por el calentamiento climático y el efecto invernadero, sino por la agresión y daño visual generado por intereses particulares por las construcciones actuales cambiando el paisaje urbano, y transformando su biodiversidad.

Ante la falta de protección estatal de los cerros sabaneros, y  la descaro arquitectónica, como lo explica el actual alcalde de la ciudad, sobre el cambio climático,(mal llamados fenómenos del niño y niña)  olvidan sus consecuencias al olvidar, que la temperatura de la ciudad, que  dentro de 30 años aumentará a más de 4 grados, acabando con el Páramo de Sumapaz y otros cercanos, de donde proviene el agua consumida. Sumándosele a este funesto hecho el aumento poblacional en las próximas décadas.

Los cerros de la sabana son las principales reservas ecológicas y acuíferas, reguladoras del clima y del aire, como lo señalaron los muiscas, afirmando: “que el agua y el aire es el alma de las cosas y el signo de la fugacidad de todo lo viviente, el principio del fin, como lo reseño  Fray Pedro Simón, en su obra sobre la conquista.

Si esto no se detiene, serán los edificios los que modelarán el clima, la personalidad y las costumbres de los bogotanos, en los próximos y cercanos tiempos. Torre gigante como el que próximamente se inaugurará contra los ceros tapando su visibilidad:  “ El Centro Cultural Español de Las Aguas… Anunciado con gran descaro: “Aquí empieza el renacer del centro de Bogotá.”