domingo, enero 31, 2016

Memoria y literatura - Reflexiones desde los bordes de la fenomenología





Alexander Martínez Rivillas
Profesor de la Universidad del Tolima

El lenguaje de la memoria solo puede ser engendrado por un hombre al servicio de la memoria. La memoria resguardada por el pensamiento es el recuerdo, es volver a pasar la memoria por el corazón, por el pensamiento afectuoso y franco, esto es, libre. Proust no es un ser de la memoria, es un ser del recuerdo:
“Un día vendrá en que la vida no ha de traernos más felicidades. Pero entonces la luz que se ha asimilado a ellas nos las devolverá, esa luz solar que a la larga hemos convertido en humana y que no es ya para nosotros sino una reminiscencia del bienestar; nos lo hace gustar en el instante presente en el que brilla y en el instante pasado que nos recuerda, o más bien entre los dos, fuera del tiempo, siendo en verdad la felicidad de nuestros días. Si los poetas tienen que pintar un lugar delicioso, habitualmente nos lo muestran tan aburrido, es porque en vez de acordarse con la ayuda de su propia vida qué cosas muy particulares hicieron sus delicias, lo bañan en una luz brillante y hacen circular por él perfumes desconocidos. No hay para nosotros rayos de luz, ni perfumes deliciosos fuera de aquellos que nuestra memoria ha registrado; que nos hacen oír la ligera instrumentación que les agregó nuestra manera de sentir de entonces, que nos parece más original ahora que las manifestaciones frecuentemente indefinibles pero incesantes de nuestro pensamiento y de nuestros nervios que nos han conducido tan lejos. Nada como ellos, y no esos torpes rayos y perfumes nuevos que no saben todavía nada de la vida, para traernos un poco del aire antiguo que no respiraremos más: ¡y solo ellos pueden darnos la impresión de los verdaderos paraísos que son los paraísos perdidos!” (Rayo de Sol sobre el Balcón).
El poeta registró en la memoria imágenes y la “manera de sentir de entonces”, pero este acto de registrar en la memoria no es un acto de memorizar. El acto de recuperar lo que la memoria registró, tampoco es un acto de hacer memoria, es un acto de recordar. El lenguaje de la memoria no es el lenguaje del recordar, pues el ser de la memoria se hizo para impartir justicia, es decir, para guardar por sobre todo la manufactura de las cosas. El lenguaje del recordar se hizo para recuperar las cosas que alguna vez contemplamos, es el lenguaje de las cosas perdidas, que son las verdaderas cosas. El lenguaje del recordar es en parte el lenguaje del pensamiento, es aquello que ayuda al pensamiento (o a las cosas) a que nos tributen nombres, es aquello que ayuda a nombrar las “manifestaciones frecuentemente indefinibles pero incesantes de nuestro pensamiento”.
El lenguaje de la memoria es un lenguaje de imágenes, o mejor, de atributos. De este lenguaje gusta excesivamente el positivismo. Lo positivo es el atributo, el gravamen, la sentencia que se le impone a las cosas. El lenguaje de imágenes no es el lenguaje de la imaginación, pues la imaginación recorta y multiplica las imágenes, las pone en relación. Por el contrario, las imágenes se aquietan, se fijan, crecen o se reducen guardando su proporción, serán siempre una geometría, un pictograma, un recetario de valores, o la fría imagen de la representación en el mundo moderno. El Wittgenstein del Tractatus lo denunció involuntariamente:
“El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas (...) Los hechos en el espacio lógico son el mundo (...) El mundo se descompone en hechos (...) Lo que es el hecho es el darse efectivo del estado de cosas (...) El estado de cosas es una conexión de cosas (...) Poder ser parte integrante de un estado de cosas es esencial a la cosa (...) El darse y no darse efectivos de estados de cosas es la realidad (...) La realidad total es el mundo (...) La imagen representa el estado de cosas en el espacio lógico (...) La imagen es un modelo de la realidad (...) La imagen es como un patrón de medida aplicado a la realidad (...) La imagen representa un posible estado de cosas en el espacio lógico (...) Para reconocer si la imagen es verdadera o falsa, tenemos que compararla con la realidad (...) La imagen lógica de los hechos es el pensamiento (...) No podemos pensar nada ilógico (...) De un mundo ‘ilógico’ no podríamos, en rigor, decir qué aspecto tendría (...) Podemos sin duda representar espacialmente un estado de cosas que vaya contra las leyes de la física, pero no uno que vaya contra las de la geometría”.
Podemos establecer algunas equivalencias en esta audaz tautología: el mundo es la realidad total, el mundo se compone de hechos, los hechos son estados de cosas, el estado de cosas es conexión de cosas, la conexión de cosas obedece a las leyes del espacio lógico, la imagen representa conexiones de cosas, la imagen es el pensamiento, el pensamiento solo piensa en imágenes. En esta ecuación, el espacio lógico hace las veces de las imágenes posibles. Las imágenes posibles solo permiten combinar imágenes, mas no multiplicarlas, pues están en relación uno a uno con los hechos. En últimas, no es posible construir nuevos hechos o nuevas imágenes.
Lo que se llama “nuevas imágenes” ponen en relación imágenes a través de lo invisible. Las nuevas imágenes ya no son imágenes, son metáforas, se encuentran más acá o más allá de las imágenes. El pensamiento no piensa en imágenes, piensa en metáforas. El pensamiento es imaginación y recuerdo, es un inventor o reinventor de “nuevas imágenes”, o mejor, de metáforas. El ser de la memoria entiende, solo hace uso de imágenes; imágenes que son infinitos enumerables, de la misma forma que lo son los atributos de las cosas que ellas nombran. Quien entiende enumera, compara, mide y consume. ¿Por qué quien entiende consume? Porque solo a través de imágenes se solicitan cosas. El entendimiento le huye a lo inconmensurable o a lo innombrable, el infinito no enumerable no le es asible o definible, por ello lo domestica desde lejos, desde la barrera o los límites, con los manuales que hoy llaman cálculo.
Para aquella ecuación de Wittgenstein, son imágenes posibles: elefantes con alas, grifos, “animales esféricos”, arpías, dragones, krakenes, minotauros, puntos, planos, pulgadas y metros cúbicos. Son imágenes imposibles, sin sentido o impensables: círculos cuadrados. Las distancias o las distinciones que guardan entre sí las imágenes que se ponen en relación en una metáfora son los lazos invisibles que solamente el pensamiento puede construir. Las metáforas son imágenes imposibles, pero no sin sentido o impensables. Círculo cuadrado es una metáfora, pero no tan buena como “cuadrar el círculo” o “cuadratura del círculo”.
Detrás de las metáforas, las imágenes sostienen tensiones, contraposiciones; eso ya las hace hijas del pensamiento, las voces de las cosas. Parece que Borges, de nuevo, se “plagió así mismo” con la metáfora “baladí”:
“Las estrellas en el alba caen lentamente, como las hojas de los árboles” (La busca de Averroes).
De la misma forma que los círculos no son cuadrados, las estrellas no son hojas, la esfera celeste no es un árbol, ni las hojas caen con la misma lentitud con que caen las estrellas.
Sin embargo, esta metáfora tiene sentido; no se traduce en imágenes, se piensa. Ver caer las estrellas es un acto de paciencia, pues las estrellas caen pacientemente. Lo que es paciente espera y hace esperar, o mejor, las hojas esperan caer y nos piden que esperemos a verlas caer. Aquí las cosas nos tributan paciencia o el pensamiento nos nombra la espera. La paciencia o la espera no es una imagen, es una honda experiencia del pensamiento indefinida o invisible. La paciencia es uno de los muchos lazos invisibles que construye el pensamiento o nos tributa las cosas para poner en relación las imágenes: el lento caer de las estrellas con el lento caer de las hojas; imágenes puestas en relación que no se convierten en otras imágenes, sino en una metáfora, la espera o la paciencia que nos tributa las estrellas o el desprendimiento de las hojas.
Obtener una imagen de un “animal esférico” es fácil, pero obtener una imagen de la metáfora: “Esa luz solar que a la larga hemos convertido en humana y que no es ya para nosotros sino una reminiscencia del bienestar”, es imposible. Una luz que ha se ha “convertido en humana” y en un recuerdo del bienestar, desbordan las posibilidades de la imagen. La luz solar en nuestro patio o en el parque, cuando teníamos doce años, nos trae hasta aquí la imagen de las sombras pálidas y nítidas, los reflejos sobre una pared o sobre un prado, el rostro o los zapatos de una amiga, y juegos en escenas interrumpidas y mudas. Pero, ¿qué nos trae el recuerdo, esa luz convertida en humana? Nos trae las sombras
“con una nitidez en la delineación de los menores detalles que traicionaba una conciencia aplicada, una satisfacción de artista, y con un tal relieve, un tal terciopelo en el reposo de sus masas sombrías y felices, que en verdad esos reflejos amplios y frondosos que reposaban sobre el lago de sol eran prendas de calma y bienestar”.
También nos tributa una voz cuando una sombra parece la presencia de una amiga y pensamos en lo que nos diría si pudiéramos estar allí, en el lugar y la hora convenida: “Comencemos pronto a jugar, tú eres de mi equipo”. Ante cuya voz y presencia el poeta agregaría:
“Frágil, llevada por un soplo, en estrecha relación no con la estación sino con la hora, promesa del bienestar inmediato que el día rehúsa o a de cumplir y por lo tanto del bienestar inmediato por excelencia, del bienestar del amor; más dulce, más cálida sobre la piedra que el musgo mismo; vivaz, pues basta un rayo para hacerla nacer y estallar de la felicidad”.
Ese rayo de sol que “entrelaza hilos de oro y borda reflejos negros” da lugar a aquellas metáforas en virtud del recuerdo y de la imaginación. ¿Cuáles son los hilos invisibles que ponen en relación las imágenes que participan de aquellas metáforas? Son la calma, el bienestar y la felicidad las que ponen en contacto los distintos “hilos de oro” y los distintos “reflejos negros”. ¿Cuál es el oficio de estas imágenes? Ayudar a nombrar mediante el pensamiento aquellos hilos invisibles. Pero, una vez relacionadas, se construye la metáfora, una metáfora que ya no es imagen sino “sentir de entonces”, recuerdo, pensamiento “vivaz”. El recuerdo de un rayo de luz provoca una calma, un bienestar y una felicidad solamente nombrables o pensables mediante la metáfora, pues son experiencias del pensamiento irreductibles a imágenes.
Coleridge pensó en el regreso del anciano marinero a su patria, que quizás podría ser considerado también un regreso por tierra o por aire:
“Velozmente, veloz, volaba el barco,/ mas navegando en calma:/ velozmente, veloz, soplaba aquella brisa:/ sólo soplaba en mí./ ¡Oh sueño de alegría! ¿es de verdad/ el extremo del faro lo que veo?/ ¿Es el cerro? ¿es la iglesia?/ ¿es mi querida patria?/ A la deriva entramos por la barra del puerto,/ y recé sollozando:/ “Déjame estar despierto, oh Dios mío, o, si no,/ déjame que me duerma para siempre.” (La Rima del Anciano Marinero).
El regreso a la patria como periplo accidentado, como tranquila travesía, como desesperada búsqueda o encuentro de un amor perdido (o verdadero) es veloz y en calma, bienvenido y sollozado. Veloz y en calma porque nos tributa alegría, bienvenido y sollozado porque nos recuerda vivazmente las cosas perdidas. Esa alegría de estar llegando a la patria es impaciente, por ello “veloz, volaba el barco”; pero una alegría que se vive a plenitud, que se retiene, se suspende... navega en calma la nave. La brisa nos tributa la bienvenida, por eso “sólo soplaba en mí”. Una vez que a la distancia reconocemos sus signos se realiza el “sueño de alegría”, “promesa del bienestar”, y el recuerdo de las cosas perdidas nos impone sollozar, por lo que en una sentida metafísica decimos: “oh Dios mío” (...) “déjame que me duerma para siempre”, o en una alternativa igualmente válida musitamos: “Déjame estar despierto”. Regresar veloz y en calma, sollozar y ser bienvenido, como los verdaderos regresos, no se registra en imágenes sino en la metáfora.
Un poetastro escribiría: ¡Ay! de lo que no alcanzaría la imagen, de lo que sería sin relaciones entre las cosas, sin las pausas, los giros, las superposiciones, las ausencias, las incompletas presencias de las imágenes, de lo invisible. Lo innombrable, lo invisible, lo distinguible: la felicidad, la luz solar, la espera, el regreso y el resto de la realidad se nombran en la metáfora. Las cosas nos tributan nombres cuando el pensamiento se pronuncia, cuando las metáforas obran. Las imágenes posibles solo quedan para la memoria, la realidad total es de imágenes imposibles.
Lo que es indefinido o invisible no implica que sea “tautológico”, “contradictorio” o carente de “sentido”, pues lo indefinido no descansa en las imágenes sino en el pensamiento. Eso que llama Wittgenstein “simbolismo” es lo que está por fuera del mundo matematizado, el mundo del “disponer” o “representar” las cosas, el mundo de la manufactura o de la industria de las cosas. El “simbolismo” es la realidad total, el mundo de las diferencias o de las contradicciones. La imagen posible es el aparentar ser igual de las cosas, una realidad aparente, una representación.