martes, febrero 23, 2016

Del olvido, la desigualdad y el falso poder (*)


Voces libertarias desde los barrotes de la indiferencia. Parte I (III)

|Por Camilo Varela (**)|

“…la historia no se refugia en las notarías ni en los juzgados, ni siquiera en los periódicos. La historia es una voz llena de timbres y de acentos de gente anónima”.
Alfredo Molano

El presente relato se elaboró en la penitenciaria de la ciudad de Manizales conocida como “La Blanca”. Tanto entrevistador como entrevistado nos encontramos recluidos en este lugar. No se quiere hacer apología al delito, ni mucho menos justificarlo. Se pretende encontrar esa raíz de donde emerge, ese trasegar que tiene como última etapa la cárcel o la tumba.

Lunes enero 17 de 2016. Hora 2 pm.
Cárcel “la blanca” de Manizales.

Iniciamos la primera entrevista con Juan (nombre cambiado) un joven de 19 años de edad. Lleva recluido 17 meses en el patio número dos de la Penitenciaria y se encuentra condenado a 5 años  y 2 meses por el delito de extorción, también por pertenecer a las mal llamadas Bacrim (bandas criminales) grupos surgidos tras la desmovilización de los llamados paramilitares.

Su aspecto es tranquilo, de estatura mediana, complexión delgada pero ejercitada, trigueño, ojos profundos y penetrantes que reflejan esa mezcla de angustia y ansiedad del niño que todavía es y que la vida, esa que por estos días cuesta tan poco, lo arrojó a una realidad tan difusa y repulsiva, que su tranquilidad raya en una tragedia cómica del contexto complejo en que nos encontramos.

Juan a su corta edad es maduro, cualquiera diría que sus vivencias lo convirtieron en un viejo de 19 años. Pero su sonrisa y expresión pasiva nos recuerda esa sangre aguerrida producto de un violento mestizaje cargado del despojo y los excesos que ante momentos difíciles emergen sin dejar tregua. Mientras hablamos bajo una intensa tarde de calor, los anhelos de una fría cerveza-un sorbo de libertad-atrapa nuestros pensamientos antes de comenzar la entrevista.

Juan es oriundo de un pequeño pueblo de Risaralda a la vera del rio Cauca a una hora y media de la ciudad de Manizales. Pueblo caluroso, de economía minera y protagonista silencioso de la barbarie que se extiende por todo el territorio nacional.

La nostalgia se cierne por momentos mientras conversamos. Los recuerdos van llegando con intensidad, por esta razón decido empezar por el final. El orden hace parte del sistema corruptor; el desorden, de la esperanza y el cambio.

AGOSTO DEL 2014

Juan es capturado por el Gaula de la policía. La incertidumbre se personifica en una avalancha de miradas culpables, de dolor y abuso. Acusado de ser uno de los extorsionadores de la zona, es llevado al Cai del pueblo, esa catacumba medieval en donde la tortura, esa que pregonan solo para los grupos al margen de la Ley, es aplicada por la Ley misma sin misericordia.

En un sofá, los 18 años de Juan son agredidos con sevicia por los “héroes de la patria” que golpearon su cabeza de forma incansable, tal vez pensaron desaparecer sus recuerdos. Veinte manos se ensañaron con su cuerpo profanando su dignidad. Paran; el dolor no es suficiente. En un calabozo de nuevo aparecen los “héroes”. Ahora son solo dos. El cuerpo diezmado de Juan es más vulnerable. Sus verdugos lo mojan. El agua fría perfora el alma. Con tábanos-esa versión mejorada de la“picana” usada por los “milicos” argentinos-descargan su energía si misericordia en la última esperanza de construir un futuro. El dolor de los choques eléctricos traspasa su juvenil piel, se meten en sus huesos. La angustia, el miedo, los golpes, el insulto. Sus 18 años conocieron en media hora de torturas que su error, se pagaría con el desgarre de su piel y su conciencia.

Mientras conversamos mi mente no dimensiona su dolor, sus sensaciones. La imposibilidad de escribir el detalle me lo delata su mirada triste, tal vez enojada al recordarlo. A las 6 de la mañana Juan es liberado, extraña situación. Sin entender ni meditar lo sucedido, el destino aparece en forma de llamada; al otro lado “el patrón”. Su misión, recoger un dinero en una de las fincas de la región…

A los 17 años empezó en ese mundo escampadero de nuestros jóvenes carentes de todo y cargados de ilusiones. El poder del dinero corrompe. Máxime si va acompañado de del falso poder. Juan me describe como se deslumbró con su sensación, “se ven armas (o aparatos)… la droga…el dinero…las mujeres que entregan falso amor”. Los que antes eran sus paisanos ahora son sus presas. En su ingenuidad lo ven como el modelo a seguir, el que genera respeto. Esa falsa cultura de lo fácil, del poder superfluo. A su corta edad tiene lo que los mineros que dejan sus vidas por el nulo resplandor del oro, no podrán tener con su arduo trabajo. La ropa, las mujeres, la “buena vida”, obnubilan la razón, esa que mientras hablamos le surge como autocritica: como arrepentimiento; como una mea culpa que lo llevó a entender que ese respeto ficticio era un sofisma de distracción del miedo que generaba. Sus palabras engrandecen su pequeño espíritu, que conoció el dolor para entender la realidad, “uno mismo agregándosele al mismo pueblo, en vez de estar unido a él…uno no cree… no para bolas… no entiende”. Esa reflexión la cimienta cuando recuerda que sus mismos paisanos mineros lo estaban esperando para matarlo. Le salvo la vida su captura definitiva…

Luego de la llamada, la ingenuidad de Juan y la sumisión a su “trabajo”lo dirigen como un borrego a cumplir el acometido: recoger el dinero. Se dirige hacia la finca con otro joven menor de edad; él, a sus 18 años esta convertido en un “macho”. El otro con sus 16 años, se embarca en un bucle que Juan ya conoce, ya “domina”. Cuando llegaron a la finca, en una casa contigua lo esperaba el mayordomo. Sobre una de las mesas y debajo de un vaso, está el dinero. Ese botín sagrado que legitima el falso poder, su respeto. La vida es paradójica. El calor o tal vez el miedo lo lleva a pedir un vaso de agua. Lo recibe. Toma un sorbo y el dinero. El mayordomo se comunica con la víctima, ya está listo el negocio. Juan se acaba de tomar el último sorbo de libertad.

El destino se presenta con fusiles. La Ley, esa que en la noche anterior lo torturó, lo vejó y lo humilló, extendió sus garras sobre él. Las frías esposas. De nuevo el miedo; el shook; la incertidumbre. Mientras conversamos las pausas que le impongo a Juan nos llevan a reflexionar que “el patrón”, ese que como espuma lo catapultó hacia el falso poder,lo estrego como un peón en un juego ajedrez.

Los dos jóvenes son capturados. Sorpresivamente los suben al carro de la víctima donde son transportados a la oficina del Gaula en el barrio Arboleda de Manizales. Juan con sus 18 años cumplidos el 3 de mayo, no tiene cédula ni contraseña. El Gaula lo traslada a la registraduria para acelerar el trámite jurídico. Su mundo, su falso poder, se derrumba como un castillo de naipes. La realidad pega tan duro que el dolor de la tortura no lo alcanza a superar. Los días en que Juan impartía miedo en las minas con su arma a la vista de sus paisanos, a su pueblo, a su gente habían terminado. Los documentos de la judicialización y Juan son dirigidos a la Sijín. Su primera noche como prisionero acaba de comenzar…Continuara

Referecnias

(*) La experiencia hace parte de un proyecto del entrevistador (quien escribe estas líneas) enfocado en primer lugar a retratar esa Colombia olvidada tras los barrotes de la indiferencia. Esa que encierra a sus jóvenes como desechos de un sistema que los escupe por miles, desperdicio que tras sus espaldas cargan el estigma de ser categorizados como “un perjuicio para la sociedad”. En segundo lugar, acercarse a la comprensión de la percepción de los internos de su mundo en el encierro y por ultimo tratar la compleja realidad que se vive alrededor del delito, entendido como una consecuencia y no la causa de un sistema degradado, inequitativo y corrupto.

(**) Ex estudiante de Historia de la Universidad de Caldas. Preso Político. “La Blanca de Manizales”.