sábado, febrero 06, 2016

La fiebre del cemento



|Por Mauricio Castaño H.|Historiador|

No damos tregua al planeta verde, Bogotá y Medellín muestran sus dientes para arrasar con lo poco verde que queda, los mandatarios obedecen a sus padrinos de la industria del cemento. Los pocos árboles –que dan respiro y frescura a la urbe- a diario resisten amenazas de los que viven de la fiebre del cemento. Los dirigentes y funcionarios públicos no disimulan esfuerzos para rebuscarse palabrejas que suavicen la inescrupulosa intervención que hacen en las ciudades, templo de los industriales e inversionistas, dicen que toda infraestructura debe ser sostenible en lo económico y así embuten cemento. Parecen gánsteres que hacen quite a las alertas que hacen organizaciones de cuidar el oikos, nuestra casa planetaria, de nada parece que sirve hacer consciencia por las ciudades verdes, es puro discurso para ir a convenciones y cocteles.

En Medellín a diario se echan miles de toneladas de cemento sobre lo poco verde que aún existe, los urbanizadores no paran la guerra que tienen contra la naturaleza, cada vez los árboles son reemplazados por carriles que dan paso vehicular, en vez de apretar el cinturón de la malla vial, lo sueltan, hacen lo del glotón, en vez de acortar sus bocados, lo que hace es abrirle más huecos a su correa para que sostenga a su barriga creciente. Los clamores planetarios no son escuchados, las alternativas de transporte como las bicicletas o de sostener el verdor para el equilibrio climático valen poca cosa. ¡Vuestra Majestad es el dinero!

Escucho voces de vecinos perplejos frente a la decisión que tiene la administración municipal de estimular el negocio echando loza de cemento y construir moles para bares en el único bosque que existe en el sector residencial de la Frontera de El Poblado. No les importa que los espacios públicos de ventas de licores estimulan las malas prácticas de borrachos y asentamientos de plazas de vicio, y detrás de ello, se vienen en cascada el micro tráfico de drogas ilícitas, atracos, crimen organizado. Es la lógica expansionista de los constructores y dirigentes que no pueden ver un lote verde porque inmediatamente se les despierta el apetito depredador, y entonces, al diablo con lo de pulmones verdes.

La voz ciudadana es silenciada, aplastada cuando alertan sobre estos exabruptos, pasa a diario en la ciudad, cuando los inversionistas echan el ojo a un terreno, se amangualan con sus servidores públicos para materializar su empresa, pasó en esta ciudad medellinense con el llamado sector del Naranjal, un barrio de clase media, fue desalojo con disposiciones legales, los obligaron a vender barato a los inversionistas y luego vendieron seis veces más caro. Y así ha pasado en toda esta ciudad, pasó con el barrio Prado de imponentes casas, con el Sector de Boston y ahora quieren arrasar al cien por cien con el barrio de El Poblado, que poco a poco han desplazado a familias tradicionales para abrir paso al sector industrial, justificada con la zona mixta en donde se obliga a convivir lo residencial con la zona comercial, y así poco a poco este último coloniza a aquel hasta que sus moradores terminan siendo desplazados por las consecuencias que trae la vida comercial, como está sucediendo: el crimen organizado se toma los lugares, la prostitución vive en permanente fiesta, hasta que acorralan al ciudadano de a pie, sin otra alternativa que la de huir, desplazarse.

Una voz de esperanza se ha encontrado en los movimientos cívicos que frenan esa irracionalidad del vulgar comercio que desatiende los llamados de encontrar soluciones al cambio climático y a la irracionalidad de los constructores y dirigentes. Esperemos que estas voces logren frenar los desafueros de los desalmados constructores que se van con todas sus aplanadores con la fiebre del cemento en las ciudades de Medellín y Bogotá, por no decir en todas las del país.