martes, marzo 01, 2016

Camilo Torres: la unidad entre fe y política como proceso transformador



|Por: Martha Lisbeth Alfonso Jurado|

Crecí escuchando a mi padre decir que el primer revolucionario de la historia había sido Cristo y que su mensaje de amor al prójimo y de justicia eran la base de cualquier sentimiento, motivación y acción humanista, cristiana o revolucionaria. También escuchaba a varios de sus amigos decir que cristo era un mito, que Dios no existía, que las religiones eran “el opio del pueblo”. Sus tertulias me confundían, en mi interior tenía una pugna tremenda entre la crianza de la casa y la rebeldía de la calle que me producían la edad y la formación de mi propio criterio en la adolescencia, cuando ya me creía marxista, sin haber leído la obra de Marx aún.

Fue en ese momento cuando descubrí un atado de libros que un amigo de mi papá había dejado en la sala de mi casa. Allí, el más gordo de todos se titulaba “Camilo: El cura guerrillero” de Walter Broderick, así que lo tomé rapidito y quise devorarlo, me inquietaba cómo dentro de la iglesia podía haber surgido un guerrillero, creía que era un mito, una novela fantasiosa, pero cuando empecé a leer datos históricos, nombres propios, supe que era un relato real; me apasionó, quise saber más, consulté, pregunté, me enamore de Jorge Camilo Torres Restrepo, de su pensamiento, de su obra.

Desde entonces he estudiado y seguido de cerca esa relación entre fe y política, especialmente, la teología de la liberación que desde finales de la década del 60 pareció inaugurar una tendencia importante y creciente dentro de la iglesia católica, particularmente en América Latina. Participé de varias actividades de Comunidades Eclesiales de Base y en ese contexto, fui comprendiendo que más allá del personaje carismático que fue Camilo, que más acá de su estigmatización como guerrillero y que en medio de la deificación que solemos hacer de este tipo de personajes, lo que realmente engendró Camilo fue un estilo de vida y desde éste, una ideología.

En el seno de una familia liberal y laica, Camilo escogió el sacerdocio por convicción y sentimiento, porque creyó que desde allí podría contribuir a disminuir la injusticia que le provocaba dolor y tristeza, indignación. Así lo narró Isabel Restrepo (su madre) en múltiples relatos de la infancia y la juventud de Camilo. Cuando uno rechaza desde niño la discriminación y la injusticia, cuando a uno le duele el dolor ajeno, cuando uno se conmueve con la necesidad del otro, cuando uno siente la necesidad vital de transformar eso, uno es un humanista por sentimiento, la ideología llega después como una herramienta que permite ordenar esos sentimientos de manera sistemática y argumentada, darle un cuerpo teórico y político.

Camilo nos legó un estilo de vida, una forma ejemplar de ser y de hacer las cosas, una vocación que está caracterizada por el amor al prójimo, por el servicio a los demás, por el trabajo con el pueblo, con los más desfavorecidos y frágiles: “Lo principal en el catolicismo es el amor al prójimo (…) Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia (…) no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías” (1)

El ejemplo de Camilo nos enseñó a ser activistas, a actuar como principio de movimiento y relación con los demás, a probar estrategias creativas en todos los escenarios porque en un país como el nuestro, en todo lado se encuentran necesitados, excluidos, injusticias.

El ejemplo de Camilo también nos enseñó a ser puristas, principistas, a creer que hay principios irrenunciables, incontrovertibles, innegociables, nos enseñó a ser obstinados y tercos, insobornables y a veces por ello, arrogantes cuando nos pasamos de la raya.

Camilo nos enseñó la importancia del pasquín, del periódico, de comunicar por nuestros propios medios, de difundir el pensamiento propio; Camilo nos enseñó a escribir, nos enseñó la importancia del mensaje abierto y fraterno, por lo mismo, nos enseñó el dialogo como acción eficaz para convencer, para enamorar, más que el crecimiento político estructurado de las organizaciones jerárquicas. Camilo nos enseñó el respeto a la pluralidad, la construcción de procesos amplios y diversos, con todos, incluidos los de derecha, los del centro, los de izquierda, los escépticos y todos aquellos que buscan transformar lo injusto, que es lo fundamental.

La obra de Camilo nos orientó hacia las bases, hacia el trabajo popular, hacia la construcción de poder desde abajo y con urgencia, nos orientó hacia el desarrollo práctico y rápido de procesos de masas, que sumen, que agiten; nos enseñó la política del amor eficaz como acción concreta para para relacionarnos con los demás, desde el ejemplo, desde la respuesta a la necesidad, desde la transformación de aquello insoportable, inadmisible, que no condujera al bienestar del prójimo, a su beneficencia y felicidad.

Camilo nos enseñó la mística, la devoción, la fe; nos mostró la importancia del símbolo para relacionarnos desde el afecto, desde la risa y la alegría. Ese estilo de vida, esa forma de ser, ese actuar, alumbró un proceso de reflexión transgresor dentro de la izquierda colombiana y por supuesto, dentro de la iglesia católica. Camilo fundó el cristianismo revolucionario, que bebiendo de la Teología de la Liberación, fue más allá y aplicó de manera directa y eficaz métodos concretos de intervención de la realidad, formas específicas de agremiación, agitación, unidad y acción política. Camilo fue un hombre que desarrolló pensamiento propio y políticamente situado, por tanto, acuñó una serie de ideas que podrían concebirse como un sistema de concepción del mundo, de la acción humana y de la producción de realidades, siendo la opción por los desfavorecidos y contra la injusticia, los principios rectores de la transformación hacia una sociedad ideal. Camilo entonces nos legó una ideología a la que hoy denominamos camilismo.

Quien sienta dolor por el dolor ajeno, quien sienta la necesidad de actuar en todo momento, quien se piense herramientas creativas para articularse a los movimientos, a las organizaciones, a los procesos, quien sufra el activismo como devoción, quien crea necesario sumar con todos y con todas, quien escriba y dialogue de manera abierta y amplia, sin miedos, como método afectivo de conquista, quien construya más allá de las tiranas estructuras, quien construya desde la mística y la simbología, quien guste del barrio y del pobre, quien se obsesione por el poder desde abajo y desde todos los rincones, quien sienta amor y fe en esta causa por la transformación de lo que tenemos y hacia lo que soñamos, más que razón y confianza en las teorías y métodos para lograrlo, es un camilista y tiene que ponerse a orar desde adentro y a actuar afuera “porque la lucha es larga, comencemos ya”(2).

Notas:

(1) TORRES, Camilo. Mensaje a los cristianos. En Semanario Frente Unido. Bogotá, Agosto de 1965.
(2)  Ibíd.