lunes, marzo 21, 2016

El mantra del mercado - Wallerstein



|Por Immanuel Wallerstein|

La ideología neoliberal ha dominado el discurso mundial durante los primeros 15 años del siglo XXI. El mantra ha sido que la única política viable para gobiernos y movimientos sociales era otorgar prioridad a algo conocido como mercado. La resistencia a esta creencia se volvió mínima, en tanto partidos y movimientos que se dicen a sí mismos de izquierda, o por lo menos de centro-izquierda, abandonaron su tradicional énfasis en medidas propias de un Estado de bienestar y aceptaron la validez de esta posición orientada al mercado. Arguyeron que por lo menos se podría suavizar su impacto reteniendo alguna pequeña parte de las históricas redes de seguridad construidas por más de 150 años.

La política resultante fue una que radicalmente redujo el nivel de impuestos para los sectores más acaudalados de la población, lo que por tanto incrementó la brecha del ingreso entre este sector acaudalado y el resto de la población. Las firmas, en especial las grandes, pudieron incrementar sus niveles de ganancia reduciendo o dislocando sus empleos.

La justificación ofrecida por sus proponentes fue que, con el tiempo, esta política volvería a crear los empleos que se habían perdido y que habría algún efecto de derrama del valor incrementado que podría crearse si se permitía que el mercado prevaleciera. El llamado mercado nunca fue una fuerza independiente de la política. Pero esta verdad elemental fue diligentemente pasada por alto o, si alguna vez se le discutía, se le negaba con ferocidad.

¿Terminó aquel día? ¿Hay lo que en un reciente artículo de Le Monde se le llama un regreso tímido de las instituciones del establishment a una preocupación por sostener la demanda? Ocurrieron por lo menos dos signos de esto, ambos de peso considerable. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido por mucho tiempo el pilar más fuerte de la ideología neoliberal, e impone sus requisitos a todos los gobiernos que le solicitan préstamos. No obstante, en un memorándum emitido el 24 de febrero de 2016, el Fondo Monetario Internacional expresó sus preocupaciones en público en relación con lo anémica que se ha tornado la demanda. Urgió a que los ministros de Finanzas del G-20 se movieran más allá de las políticas monetarias para dar aliento a las inversiones en vez de a los ahorros, para sostener la demanda creando empleos. Esto significa un viraje muy fuerte para el FMI.

Más o menos al mismo tiempo (el 18 de febrero), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el segundo pilar en importancia en cuanto a ideología neoliberal, difundió un memorándum anunciando un viraje semejante. Y dijo que era urgente involucrarse colectivamente en acciones que pudieran sostener la demanda mundial.

Por eso mi pregunta: ¿se cuela reptando la realidad? Bueno, sí, aunque sólo sea tímidamente. El hecho es que, a escala global, el crecimiento prometido en producción de valor agregado no ha ocurrido. Por supuesto la caída es dispareja. China sigue creciendo, aunque sea a un ritmo reducido, uno que amenaza con caer aún más. Estados Unidos parece seguir creciendo, en gran medida porque, relativamente, el dólar sigue pareciendo el lugar más seguro para que los gobiernos y los ricos estacionen su dinero. Pero la deflación parece haberse vuelto la realidad dominante de casi toda Europa y de casi todas las llamadas economías emergentes del sur global.

Ahora todos estamos en un juego de espera. ¿Acaso las tímidas jugadas recomendadas por el FMI y la OCDE restañarán la realidad de una demanda mundial en declive? ¿Podrá resistir el dólar una ulterior pérdida de la confianza en su capacidad para ser un repositorio estable del valor? ¿O nos movemos hacia un alocado vaivén mucho mayor y más severo en el llamado mercado, con todas las consecuencias políticas que esto sin duda acarreará?

Una caída en la demanda mundial es la consecuencia directa de una reducción en el empleo mundial. En los últimos 200, inclusive 500 años, cada vez que había un cambio tecnológico que desaparecía empleos en alguno de los sectores productivos, los obreros que estaban perdiendo su empleo resistieron estos cambios. Quienes resistían se involucraron en las llamadas demandas ludditas de mantener la tecnología previa.

Políticamente, la resistencia luddita siempre ha demostrado ser infructuosa. Las fuerzas del establishment dijeron siempre que se crearían nuevos empleos en reemplazo de aquellos que se perdieron, y que se renovaría el crecimiento. Y era cierto. De hecho se crearon nuevos empleos -pero no entre los trabajadores de cuello azul. Más bien los nuevos empleos fueron trabajos de cuello blanco. Como resultado, y en el más largo plazo, la economía-mundo vio una reducción en los empleos de cuello azul y un aumento significativo en el porcentaje de los trabajadores de cuello blanco.

Se ha asumido siempre que los empleos de cuello blanco estaban exentos de eliminación. Se suponía que estos empleos requerían interacciones de humanos con otros humanos. Se pensaba que no había máquinas que pudieran reemplazar al trabajador humano. Bueno, eso ya no es así.

Ha habido un gran avance tecnológico que permite que las máquinas realicen cálculos de enormes cantidades de datos que hasta ahora fueron el ámbito de asesores financieros de nivel bajo. De hecho estas máquinas están en camino de eliminar puestos de trabajo de esos empleos de cuello blanco de nivel bajo. Con seguridad, esto todavía no ha afectado a los que podrían llamarse puestos de supervisión o mayor nivel. Pero uno puede ver para dónde sopla el viento.

Cuando los puestos de cuello blanco eran eliminados o reducidos en número, de hecho fueron reemplazados por nuevos puestos de cuello blanco. Sin embargo, ahora, cuando desaparecen puestos de cuello blanco, ¿dónde está el contenedor de los nuevos empleos que vayan a crearse? Y si no pueden ser localizados, el efecto global es que disminuyen severamente la demanda efectiva.

Sin embargo, la demanda efectiva es el sine qua non del capitalismo como sistema histórico. Sin una demanda efectiva, no puede haber acumulación de capital. Ésta es la realidad que parece colarse reptando. No sorprende entonces que se expresen las preocupaciones. Pero no es probable que los tímidos intentos de lidiar con esta nueva realidad hagan, de hecho, una diferencia. La crisis estructural de nuestro sistema está en plena expansión. La gran pregunta no es si podemos reparar el sistema, sino con qué vamos a reemplazarlo.

Traducción: Ramón Vera Herrera.
La Jornada, México, marzo de 2016.

¿A qué viene Obama? ¿Por qué va a Cuba y a la Argentina?

El punto de partida de cualquier análisis sobre la visita de Barack Obama a Cuba y Argentina es la constatación de las derrotas sufridas por el ocupante de la Casa Blanca tanto en el ámbito doméstico como en el internacional. En el primero, Obama fracasó en sus tres más ambiciosas tentativas de reforma: la financiera, la migratoria y la de salud. Para empeorar las cosas la economía no termina de recuperarse de la crisis estallada en el 2008 y la suma de la deuda pública más la de los particulares superó durante el mandato de Obama el monto del PIB de los Estados Unidos. O sea, el país debe más de lo que produce en un año.

En el ámbito internacional la suerte no le fue menos esquiva: la retirada de Irak fue más que nada un gesto demagógico, para consumo interno, que terminó sumiendo a ese país en un caos de gigantescas proporciones que al poco tiempo rebasó las fronteras iraquíes e incendió la reseca pradera del resto del Oriente Medio; el apoyo diplomático, financiero y militar a presuntos "combatientes por la libertad" en la región alimentó la hoguera del fundamentalismo jijadista y terminó por engendrar a un monstruo como el EI, que está haciendo metástasis en África y Europa, aparte del Oriente Medio. La misma Hillary Clinton reconoció esta realidad al declarar, hace poco, que "nos equivocamos en la elección de nuestros amigos". Mientras, la situación se descompone en Europa Oriental con la crisis de Ucrania, potenciada por la intervención de Estados Unidos en donde la mismísima Victoria Nuland, Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, asistía a las bandas de neonazis que acampaban en la Plaza Maidán y les ofrecía botellitas de agua y galletitas, azuzándolos para que tomaran el poder por asalto, cosa que hicieron poco después en medio de sangrientos episodios. La respuesta de Rusia ante la descarada ofensiva de la OTAN fue apoyar a los sectores rusófilos del este de Ucrania y en una fulminante operación militar recuperar nada menos que la península de Crimea, ante lo cual Estados Unidos y sus compinches europeos no les quedó otra que demostrar su impotencia y rumiar su frustración. Y no le va mucho mejor a Obama en el Extremo Oriente, donde en el Mar del Sur de la China, cuyo lecho submarino contiene grandes reservas de gas y petróleo disputadas por el gigante asiático y por Japón, ha puesto a estos dos países en pie de guerra.

En consecuencia, tanto en lo interno como en la arena internacional Obama es un presidente urgido por recibir buenas noticias que le permitan abandonar su cargo con algunos lauros que lo instalen en un lugar relativamente honorable en la historia. Poco probable que las obtenga en alguno de los dos frentes; pero en el internacional le queda una carta en la cual podría anotarse algunas victorias significativas. El exasperadamente lento y laborioso desmontaje del criminal bloqueo a Cuba, aún en vigor, sería uno de sus logros. De hecho, con la liberación de los tres luchadores antiterroristas cubanos que seguían presos en las cárceles del imperio envió una señal importante pero aún insuficiente. El camino por recorrer para "normalizar" de verdad la relación entre Cuba y Estados Unidos es todavía muy largo y empinado, pero con su visita a la isla -la primera de un presidente norteamericano desde el triunfo de la Revolución- sus credenciales se ven fortalecidas. Dependerá mucho de qué es lo que ofrecerá a los cubanos, en términos concretos, para comenzar a desmantelar un bloqueo que ha sido condenado unánimemente por la comunidad internacional. En momentos como estos los discursos y la retórica huérfanas de iniciativas concretas se parecen demasiado a una burla o a una maniobra demagógica. Pese a las leyes del bloqueo aprobadas por el Congreso las atribuciones presidenciales para moderar sus alcances siguen siendo significativas. Pero, hasta ahora, Obama no las ha hecho valer sino en cuentagotas. Mal se puede hablar de "normalización" de las relaciones bilaterales cuando un país persigue, hostiga y bloquea a otro, o cuando declara que el objetivo irrenunciable de la política de Washington hacia Cuba es promover "el cambio de régimen", sólo que por otros medios. La ilegalidad e inmoralidad de esta política salta a la vista. Hasta ahora esos "otros medios", supuestamente distintos al bloqueo, están por verse. En Cuba Obama tendrá también una segunda oportunidad: impulsar vigorosamente el Diálogo de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC, doblegando las últimas resistencias que se oponen al acuerdo. Sólo el tiempo dirá si tiene las agallas suficientes como para enfrentar exitosamente ambos desafíos.

El complemento de su periplo cubano es la inesperada visita que decidió hacer a la Argentina, un gesto de apaciguamiento para los trogloditas dentro de Estados Unidos que lo han escarnecido por su decisión de visitar Cuba y también una clara retribución por los servicios prestados por el presidente Mauricio Macri al asumir, con mucha más legitimidad que Álvaro Uribe (enlodado por sus vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo) el papel de punta de lanza en la escalada destituyente de la Revolución Bolivariana. Como es sabido, el objetivo estratégico inmediato de Washington es doble: acabar con el chavismo y recuperar el control de Brasil. Macri puede ser una pieza valiosa para materializar estos planes al atacar al gobierno venezolano e intentar aislarlo vía su eventual exclusión del Mercosur; y al acordar con la derecha golpista brasileña en la necesidad de redefinir, en clave ultraneoliberal, al Mercosur y poner fin al "populismo petista", al paso que, ya en el plano sudamericano, se asfixia económicamente y políticamente a la UNASUR y la CELAC. Pero Obama no se conforma sólo con eso y espera todavía algo más de la Casa Rosada: un apoyo fuerte y sin reservas a la Alianza del Pacífico (tres de cuyos gobiernos fundantes son caracterizados por los analistas internacionales como "narcoestados": México, Colombia y Perú) y al Tratado Trans Pacífico, engendro de Washington para instalar un gigantesco ALCA en la Cuenca del Pacífico. Ambas iniciativas tienen un ominoso común denominador: la exclusión de China, la segunda economía del mundo o, según como se la mida, la primera. Precisamente con este país se ha producido días atrás un gravísimo incidente: el hundimiento de un pesquero chino que se había internado ilegalmente en aguas territoriales de la Argentina. China es el segundo socio comercial después de Brasil, el principal comprador de productos agrícolas de la Argentina y uno de sus socios financieros e inversionistas más importantes. Poco o nada se ha dicho hasta ahora de este suceso por parte de Beijing pero no hay duda que las relaciones entre ambos países sufrirán inéditas tensiones. Casualmente el hundimiento del pesquero tiene lugar en vísperas de la llegada de Barack Obama a la Argentina, y hay algunas razones para especular que esta súbita "mano dura" de la Prefectura argentina, excepcional habida cuenta de los numerosos pesqueros que depredan las aguas territoriales de ese país sin ser molestados, podría ser otro gesto de "buena voluntad" de la Casa Rosada para con el visitante. Una inequívoca señal de que, pese a la robustez de los vínculos económicos con China, Buenos Aires se alineará incondicionalmente con Estados Unidos en su sorda lucha con China y Rusia. No queda claro, en cambio, cuáles serían los gestos amistosos y de colaboración de Obama para con quien se ha constituido en su vocero y principal operador en el marco de la política sudamericana y que ha ido tan lejos como para demostrar su amistad ametrallando y hundiendo a un pesquero chino. Como lo recordaba el gran historiador Eric Hobsbawm estamos viviendo tiempos interesantes, tiempos de "cambios de época", con un signo político positivo, de progreso hacia un mundo mejor. Pero en la tradición china, decía Hobsbawm, si alguien quiere maldecir a otro le desea que viva "tiempos interesantes", es decir, signados por la inestabilidad y la violencia. El tiempo dirá cuál de las dos versiones es la que nos espera.

Buenos Aires, 20 de marzo de 2016.