martes, marzo 22, 2016

Estados Unidos y la explosión del Maine: del acecho a la acción



El 15 de febrero de 1898, en el puerto de La Habana, una explosión ocasionó la muerte a 264 marineros y dos oficiales del acorazado estadounidense U.S. Maine que, comandado por el capitán Charles D. Sigsbee y una tripulación de 350 hombres, había arribado a Cuba, días antes, el 24 de enero, en visita “amistosa”. (toda la oficialidad fuera  ¿qué extraño, no?)

Aquel 15 de febrero, en horas de la noche, la oficialidad, excepto dos de baja graduación, se había ausentado del buque para participar, unos en la gala que en honor de la actriz española Rosa Fuertes se celebraba en el teatro Albizu; en tanto otros jugaban a las cartas en una residencia de la barriada del Cerro, y el resto saciaba sus deseos más morbosos en prostíbulos habaneros.

A las 9:40, una gran explosión, seguida de otras menores, destruyó la nave atracada en la boya número 4. De inmediato, el Gobierno de Estados Unidos acusó a España por el desastre, mientras en su territorio procedió a exacerbar el ánimo de las masas fomentando en ellas un espíritu de venganza que diera vía franca para la entrada de ese país en la contienda.

A crear la atmósfera revanchista contribuyeron periódicos de gran circulación que, inclusive, llegaron a asegurar la existencia de elementos anti-norteamericanos pagados por España para que colocasen la mina en el exterior del buque.

Los cubanos no quedaron excluidos de las acusaciones, provenientes estas de Edwin F. Arkins, quien en La Habana capitaneaba a un grupo de hacendados que, junto con representantes de diversos monopolios asentados en varias ciudades de Estados Unidos, entre ellas Washington y Nueva York, emitían declaraciones francamente belicistas.

Si bien desde el primer momento las autoridades españolas negaron cualquier tipo de responsabilidad en el siniestro, y el pueblo cubano protestó por la infame calumnia, Estados Unidos mantuvo su criterio, decidido a no dejar escapar la ocasión de conseguir lo que desde hacía tiempo perseguía.

DICTÁMENES OPUESTOS

Inmediatamente después de la explosión, el gobierno español nombró una comisión investigadora que, luego de minuciosa inspección realizada el 20 de febrero, dictaminó que el desastre tuvo su origen en el interior del buque. Un día después comenzó a hacerlo la comisión norteamericana, a la cual el Presidente William McKinley encargó un dictamen que justificara una declaración de guerra.

El 25 del propio mes, el gobierno español propuso la conformación de una comisión mixta; pero ello fue rechazado por la parte contraria, partidaria de que el trabajo se llevara a cabo de forma independiente, y la cual, además, se opuso a cualquier acción conciliatoria ante los esfuerzos de las autoridades españolas por llegar a un arreglo pacífico.

La comisión investigadora estadounidense dictaminó, el 23 de marzo, que una mina submarina colocada en el exterior de la nave provocó la voladura de los pañoles de pólvora. Por esos días, el embajador de Washington en España, Stewart Woodford, hizo público en Madrid el ultimátum de su gobierno de que si en 10 días ese país no garantizaba la paz en la Isla –algo verdaderamente imposible debido a que las tropas españolas estaban prácticamente derrotadas por el Ejército Libertador de Cuba-, el problema sería puesto en manos del Congreso norteamericano, incluida la cuestión del Maine.

Y Estados Unidos supo aprovechar muy bien la ocasión. Una Resolución Conjunta del Congreso, exigía a España la renuncia inmediata a su autoridad en la Isla, así como la retirada de sus fuerzas militares y navales del territorio y aguas cubanos.

Esa resolución no solo representaba la ruptura inmediata entre ambas naciones, sino también la intervención norteamericana en el conflicto. Era la patente de corso para pasar del acecho a la acción y librar la primera guerra imperialista de la historia.

Al pueblo cubano sólo le quedó una gran certeza: él fue el gran perdedor, porque con la intromisión de Estados Unidos en la guerra ya ganada a España se frustró la independencia por la cual había luchado larga y cruentamente. Estados Unidos emergió triunfante. En su poder ya estaba la “fruta”, en cuya conquista el Maine fue un pretexto, no la causa.

Redacción digital del periódico Trabajadores.