miércoles, abril 27, 2016

Coherentes como el agua



|Por JE-Cordero-Vi, Gota de Opinión|

Desmitifiquemos el ideal del progreso y miremos atrás para recuperar la vocación de la “Physis” de Tales y Anaximandro, vocablo con el que designaban todo lo existente como un solo ser, incluidos nosotros.

Al común de las personas que no viven en zonas con estrés hídrico, les parece extraño que alguien se preocupe por el futuro del agua. Y… quién lo creyera, sucede también en regiones donde amenaza la sed.

Pre-ocuparse del agua antes que llegue la sed no es del “común” sino de “humanos con ojos al cielo”. Cielo en este caso como lluvia y contemplación de un cosmos sin agua a nuestro alcance, por varios miles de años.

Entonces es un mandato que nos “pre-ocupemos” del agua antes que sea tarde. Y nos ocupamos de ella porque está amenazada desde que la revolución industrial entró en furor, por allá en 1712, precisamente al inventarse “una bomba” para extraer el agua sobrante en las minas de carbón de Inglaterra. Y desde entonces la saga amenazante continúa combinando hoy un peligroso coctel de 3 ingredientes, que si llegan a sus proporciones adecuadas como en las recetas de cocina, no dudo en decir que será el fin de nuestra especie, la de “unos pobres simios que defecan sentados”, al decir del escritor Fernando Vallejo, nuestro ilustre compatriota que no quiere ser colombiano:

Primer ingrediente: si el consumo agota el agua dulce a un mínimo que haga inviable compartirla o insostenible desalinizarla, por los costos inalcanzables para la mayoría.

Segundo ingrediente: si la emisión de gases de efecto invernadero continúa al ritmo de hoy, según los cálculos optimistas.

Tercer ingrediente: si los ingredientes anteriores hacen que se disparen las armas de destrucción masiva que “la orden” criminal que maneja el mundo tiene listas para la ocasión.

No es posible enfrentar el ultimátum del agua sin tocar el problema del sistema económico mundial porque este sólo está en capacidad de controlar el tercer ingrediente, las armas, pues el consumo del agua y la contaminación aumentan bajo la anarquía del mercado global de productos que la agotan mientras dejan fabulosas ganancias a un puñado de corporaciones.

Esas ganancias se multiplican cuando los productos se llevan a todo el mundo (globalización), por eso no les importa que su transporte ensucie más y malgaste la energía que sería útil para cometidos de bienestar colectivo. ¿Entendido por qué la globalización económica no es bienestar colectivo sino bienestar para las élites?

Diariamente, aviones, transatlánticos, trenes y camiones, transportan millones de toneladas de mercancía basura. La comida, la bebida y las medicinas que transportan podrían producirse en cada país del mundo, o región, cuando mucho. Eso se llama autonomía y soberanía alimentarias.

A propósito de consumir mercancías traídas de lejos, recordemos el relato de Manfred Max-Neef[1] en una conocida conferencia:

“…Me encontraba en un hotel de Temuc al sur de Chile, la región más rica y tecnificada en lácteos de mi país y me sirvieron al desayuno mantequilla con etiqueta de New ZelandSi eso no es una aberración, no sé qué es una aberración. La respuesta fue: es que sale más barata.

Claro, sale más barata si hacen las cuentas como las hacen los economistas, quienes calculan de tal manera que los precios nunca dicen la verdad. Porque el costo y el impacto ambiental de su transporte tiene valor cero. Además, viene subsidiada de allá y esto también tiene valor cero. Y los productores locales que van a quebrar, van a tener que vender su parcela, van a tener que migrar a alguna ciudad a buscar trabajo… ¡eso también tiene valor cero! (…) Si se ven todos los impactos y se le dan valores a los impactos que se generan, esa presuntamente más cara (la local) es muchísimo más barata.”

Siguiendo con lo de autonomía, la aristocracia capitalista hace todos los días lo necesario para que muchos países pierdan su capacidad de autoabastecimiento alimentario y jamás logren altas tecnologías propias. Para eso se adelantan y cierran con patentes todo a su paso, según sus reglas y tribunales, tratados de “libre” comercio y normas de la Organización Mundial del Comercio-OMC. La Central de Inteligencia Americana ha dicho en informes que la gran reserva alimentaria de USA podría ser un arma frente a los países que carecen de ella.

Quien atente contra el “libre” mercado podría ser “eje del mal”, blanco de misiles, zona de exclusión aérea y víctima de resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU conminándolo a posarse de rodillas o morir bombardeado.

Y así, sin autonomía alimentaria, sin ciencia propia, sin alta tecnología, la globalización se hizo inevitable; la fiesta inversionista no tuvo fronteras. De ahí la arrogancia de sus grandes sacerdotes refiriéndose a la globalización, según citas de Manfred Max Neef en la conferencia ya aludida:

Renato Bruyero, exdirector general de la OMC: tratar de detenerla es equivalente a tratar de detener la rotación de la tierra.

Bil Clinton: no es una opción política, es un hecho.
Tony Blair: irreversible e irresistible.
Margaret Tatcher: no hay alternativa.

Como pueden ver, detrás de esas palabras, medra la amenaza, la constante que excluye de raíz la alternativa, o sea “al otro”. Por eso no erramos por extremistas calificándolas como fundamentalistas, dichas por orates decididos a liquidar sin miramientos al impío, como ya lo vienen haciendo con sus tropas y armas teledirigidas.

Podemos decir en voz alta que ¡lo sabemos!: el mundo está gobernado por una casta fundamentalista, absolutamente criminal, corrupta y muy peligrosa, ante la que casi todos los gobiernos locales del mundo inclinan la cerviz con temor.

Volviendo al problema del agua, entendemos ahora lo que se nos viene encima al oponernos a su comercialización, a que se la compre, venda, transporte de hemisferio a hemisferio, a que se la apropien unos pocos para luego ofrecerla embotellada, entubada, etiquetada, embarcada, embolsada.

La OMC ya legisló para el mundo: el agua se puede industrializar y comercializar. Las grandes corporaciones privadas se consideran “las protectoras” del agua y por eso han comprado acueductos en más de medio mundo con dineros públicos del Banco Mundial, han puesto etiqueta al agua de glaciares, páramos y picos nevados, de fuentes subterráneas, de ríos y lagos. Ante eso, el haberla declarado un derecho como hizo la ONU, parece necedad o “disparate” de nonagenario.

¿A qué horas ha ocurrido todo esto? Quizás yo estaba de carnaval, o dormido de la risa viendo cine y televisión. O de vacaciones en los santuarios turísticos mundiales colaborando con sus empresas y tributando impuestos para el gobierno de las corporaciones. No sabía lo que ese adormecimiento me significa: mis futuros nietos tendrán que esclavizarse por el agua. Si hoy en día mis hijos lo hacen por la comida…

Es fácil deducir: la situación producida contra el agua por el sistema económico dominante acarrea muchas muertes diarias. Y la cifra va en aumento. Por lo tanto no estamos ante conductas políticas frente a las cuales basta disentir. Estamos frente a conductas criminales que se adueñaron del gobierno, la justicia y la fuerza militar del mundo. ¿Quién se atreve a penalizarlas? ¿Cuáles serán las penas?

Ante eso, como ciudadanos consumidores, no nos queda alternativa más que penalizar con nuestro boicot comercial, partiendo del consumo diario, a países y empresas que defienden ese panorama lamentable llamado globalización económica. Debemos empezar a ser cuerdos, pues la primera característica de una persona cuerda es la COHERENCIA. Ser coherentes entre lo que aceptamos como correcto y lo que hacemos, entre el dicho y el hecho, entre lo que conviene socialmente y lo que no.

Será que quienes compran sin saber de dónde proviene la marca, si ensucia o no el planeta, si atropella o no los derechos… ¿están actuando coherentemente? Sin embargo, ven como “bichos raros”, a las personas coherentes, a los “humanos con ojos al cielo”.  Y se enorgullecen de su pragmatismo desarrollado, que no es más que optimismo ingenuo, puro individualismo ontológico gustoso de “pagar la cuota”.

Afortunadamente hay buena gente decidida a cambiardrásticamente su comportamiento en esta materia, para que las dos terceras partes de la humanidad en el 2025 no tengan que enfrentarse a una grave escasez de agua dulce.

Y vamos a tener que luchar en redes de comunidades locales, pues muchos gobiernos nacionales abdicaron de su responsabilidad de proteger los recursos naturales, renunciaron a su autoridad en favor de empresas que se enriquecen explotando la naturaleza no renovable y a su pueblo. Gobiernos cuyo poder de negociación reside en cuánta gente, cuánta juventud hambrienta tienen para ofrecer, para sacrificar en el altar de la inversión extranjera.

En contraste, hay mucha gente coherente que hacemos y decimos que el agua dulce es de la Tierra, de todas las especies vivas y que nadie debe adueñársela. El agua es nuestra herencia y debe permanecer bajo tutela colectiva por lo que nos queda de vida en este planeta.

También hacemos y decimos de héroes y heroínas que la defienden, convirtiéndose en sus “guardianes”. Guardianes que recogen la memoria de héroes como Kimy Pernía Domicó, indígena colombiano, impoluto defensor del agua y de su comunidad Embera, desaparecido y asesinado en 2001 como retaliación por su lucha contra los daños causados por la represa URRÁ, propiedad de la empresa canadiense Export Development Corporation y de sus socios colombianos. Héroinas como Berta Cáceres, lideresa, también indígena, del pueblo Lenca de Honduras, quien en marzo de 2016 fue asesinada por oponerse a la construcción de la Hidroeléctrica Agua Zarca, de la empresa Desa. 

Pero la tecnología no nos sacará de la sequía, no hay salvación para un planeta sin agua. La casta tecnocrática de hoy encarna a Dédalo y a su hijo Ícaro, que envanecido ciegamente por sus alas se encumbró hacia el sol (naturaleza):

Para escapar al laberinto que él mismo había construido, Dédalo, el hábil ingeniero cretense, tuvo la peligrosa ocurrencia de construir un par de alas para él y otro para su hijo Ícaro. A pesar de las recomendaciones de su padre, Ícaro echó a volar alegremente, ascendiendo sin temor hasta las cercanías del sol. El calor solar derritió la cera que mantenía unida las lustrosas plumas e Ícaro se precipitó a tierra, sobre la isla que lleva su nombre. En ella no queda sino su recuerdo y su tumba.

Este mito simboliza bien la trágica historia de la cultura occidental. Hagamos mucho para que esa isla no se llame Planeta Tierra y nuestra historia no sea la tragedia de Ícaro.

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[1]Economista Chileno, teórico de la Economía a Escala Humana.