martes, abril 26, 2016

La escombrera, la fosa común urbana más grande del mundo (Medellín-Colombia)



|Por: Javier Giraldo S.J.| Kavilando Vol. 7, Núm. 1 (2015)|

El presente hace una reflexión sobre los posibles eventos que se presentaron en la comuna trece de Medellín y que desembocaron en una serie de desapariciones que se presumen que fueron asesinados y ocultados en dicho depósito de escombros. Homilía en el Acto de Memoria de las madres y familiares de los desaparecidos de la Comuna 13 de Medellín, al iniciarse las excavaciones en La Escombrera, donde yacen sepultadas numerosas víctimas bajo toneladas de escombros.
 
Queridas madres y familiares de los desaparecidos de esta Comuna 13, escenario de muchos de los episodios más atroces que arrastra nuestra historia nacional.

Ustedes encarnan hoy, de manera muy conmovedora, la actitud y el espíritu de aquella viuda destacada por Jesús, en el relato evangélico que acabamos de escuchar, cuya tenacidad e intransigencia venció la indolencia y la deshumanización del juez inicuo, logrando ustedes que se inicie este proceso de búsqueda de los despojos mortales de sus seres queridos, exhumando a la vez una memoria dolorosa y vergonzosa que mancha ante el mundo entero nuestra identidad nacional.

Vuelven a nuestra memoria forzosamente las jornadas de mayo y octubre de 2002, con sus operaciones Mariscal y Orión, con los centenares de detenciones arbitrarias y los perversos montajes que las facilitaron, que habían sido minuciosamente diseñados; con los bombardeos indiscriminados, con las desapariciones y asesinatos, con los desplazamientos forzados, con el dolor y la angustia de los pobladores que los grandes medios supieron ocultar o tergiversar.

No puedo olvidar el silencio bochornoso con que un gran público recibió meses después, en la Universidad de Antioquia, el informe que les presentamos con la versión de las víctimas. Luego de un largo silencio, un profesor se levantó a solicitar que no interpretáramos ese silencio como un signo de indolencia o de indiferencia sino de perplejidad y de vergüenza, pues apenas caían en la cuenta de que esas atrocidades habían ocurrido a muy poca distancia de sus claustros académicos y ellos no se habían enterado.

Un muro simbólico separaba y sigue separando ciertamente los espacios de la ciudad tecnificada y embellecida por la publicidad, y las comunas periféricas donde la pobreza y las luchas por la dignidad producen estigmas y miedo, creando imaginarios infernales, a los que se remite mediáticamente la concentración más aterradora de la violencia y el delito. Toda esta creación artificial e ideológica constituía, sin ninguna duda, el elemento justificador de la barbarie que se desplegó en esos históricos operativos militares, que se le vendieron al país y al mundo como los más grandes aportes a la seguridad del pueblo.

Y en medio de esa orgía de barbarie, este territorio destinado a recibir los escombros y desechos de una ciudad que se moderniza y se embellece para adaptarse a los cánones de rentabilidad del espacio, fue elegido también para mezclar en sus enormes capas de escombros los cuerpos desechables de numerosas víctimas, que en la mentalidad de los tecnócratas del poder, se identificaban plenamente con los escombros urbanos que deben ser sepultados y escondidos para dar paso a las estructuras modernas y rentables de una ciudad y sociedad que debe plegarse a las exigencias excluyentes y segregativas de los grandes capitales.

Debemos preguntarnos hasta dónde ha penetrado en nuestra conciencia, o quizás en un inconsciente colectivo ampliamente socializado, la devaluación del ser humano excluido y segregado por las dinámicas del dinero y del poder. Muchas veces, de manera inconsciente, aceptamos esa degradación y estratificación de la dignidad humana, en la cual se vuelve “natural” y rutinaria la existencia de escombros humanos, sin derechos, sin dignidad, sin humanidad.

Este momento, queridos hermanos y hermanas, es denso en significado. En este acto de fe, expresado con profundos sentimientos sobre este suelo que esconde entre centenares de toneladas de escombros los cuerpos de numerosos hermanos nuestros convertidos en materia desechable por las dinámicas crueles de una civilización deshumanizada y de unas estructuras de poder que privilegian y sirven a los intereses más inconfesables, queremos afirmar enfáticamente nuestra fe en el valor sagrado de la Vida y repudiar, de la manera más profunda, la prácticas de la anti-Vida materializadas de manera tan patética en este espacio execrado, signo y símbolo contundente de uno de los pecados más horrendos que nuestra sociedad ha incorporado a sus costumbres y rutinas.

Gracias, queridas madres y familiares de los desaparecidos en esta Comuna horriblemente victimizada. Gracias por su lucha tenaz, enfrentada como el pequeño David al gigante Goliat de los capitales y estructuras de poder que nos dominan, para quienes la dignidad humana es un valor decadente y anacrónico que no se compadece con las dinámicas modernas de una civilización tecnocrática que necesita segregar, excluir y degradar para poder adaptarse al dinamismo vertiginoso del progreso. Gracias por convocarnos a recuperar el valor sagrado de la vida en medio de su audaz empresa de obligar a remover estos miles de toneladas de escombros para afirmar el derecho sagrado a darle al menos una sepultura digna a las víctimas del poder.

Queridas madres y familiares: la fe que ustedes han testimoniado en todo este proceso, nos recuerda forzosamente otro episodio del Evangelio en el que Jesús responde a sus amigos más cercanos cuando éstos le dicen que quisieran tener una fe más fuerte. Jesús les dice que si la fe de ellos se pudiera asimilar siquiera a una pequeña semilla de mostaza, serían capaces de pedirle a un árbol o a una montaña que les está estorbando, que se quite de ahí y se arroje al mar y lo lograrían. La fe de ustedes, queridas madres y familiares es una fe que refleja ese modelo evangélico: una fe que mueve montañas para que el proyecto y la voluntad de Dios, de defender la dignidad de cualquier ser humano como hijo de Dios, se hagan realidad.

Esa gratitud queremos expresarla en esta Eucaristía, pues Eucaristía es una palabra griega que traduce Acción de Gracias. En ella hacemos memoria de otra muerte, la muerte de Jesús, interpretada por él mismo bajo el signo del pan y del vino, como materias que se consumen y se destruyen para dar vida a otros.

Unimos a los signos sagrados de la Eucaristía la memoria de estas víctimas convertidas en escombros de nuestra deshumanizada sociedad, quienes desde su aniquilamiento humano y desde el sacrificio de su dignidad y de su vida, nos interpelan hoy para reafirmar el valor sagrado de la Vida y nos devuelven a los fundamentos más profundos de nuestra fe.

Su memoria se une y se integra en este momento, a la memoria de Jesús: perseguido, despreciado, torturado, crucificado, físicamente destruido, en cuyo aniquilamiento la fe descubrió el valor indestructible de la vida, de la dignidad, del amor de Dios que penetra y se afirma en la misma oscuridad de los sepulcros, convirtiéndolos en nuevas canteras de vida y de dignidad.

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