viernes, abril 08, 2016

Segunda parte: La guerra, pasado y presente de nuestra historia



El fin de la guerra o el fin de la insurgencia


En la Colombia de hoy, la paz y la guerra se enredan en las telarañas de las palabras. Las conversaciones entre el gobierno y las Farc-ep, se deslíen en un entretejido de finísimos hilos que terminan afianzando la ponzoña urdida por las elites gobernantes: aplastar la rebelión. Se va acatando y admitiendo que los hombres y mujeres que en legítimo derecho a la rebelión se alzaron en armas contra el opresor, son los delincuentes y los criminales y que quienes han ejercido la más brutal violencia sobre el pueblo, son los paladines de la paz y la democracia.

Entonces y para no condenarnos por la fiebre del olvido, hemos de recordar nuestra historia. La historia nos entrega las claves para descifrar la guerra que hoy vivimos, la manera como ha sido ejecutada, el autor de esta guerra, la forma en que se conectan y se relaciona los hechos y otros enclaves más. Lamentablemente no pudiéndome extender en ella, algunos trazos contribuirán a develar esos enclaves.

Desde el mismo comienzo de la llegada del invasor español, hace mas de 500 años -cuando nuestros ancestros raizales no sospechaban la guerra que les esperaba- se urdió desde el llamado mundo antiguo, el avasallaje, el sometimiento y la más cruel barbarie que dio inicio, a esta historia de sangre dolor y sojuzgamiento que hoy vivimos, La búsqueda de oro y plata fue el motor central de la conquista. Y así empezó la historia de las infamias, del saqueo y el despojo de nuestros territorios.

Los relatos de la gran obra de Fray Bartolomé de las Casas, sobre la destrucción de las Indias 1*, así lo confirman: “Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas”. “…que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas…”.

¡Qué terrible!, y he aquí de notar las coincidencias entre el cruento y brutal comportamiento del invasor español, en que los hechos mismos de sangre, las características y las motivaciones de estos actos, son en demasía o que iguales a las atrocidades cometidas en la Colombia de hoy con el uso de moto sierras, cuando juegan fútbol con la cabeza de un líder campesino, con los hornos crematorios y otros métodos del horror, es de asociarlo con la pavorosa declaración de un paramilitar refiriendo los descuartizamientos y torturas, acaecidas en la cárcel modelo:“ Primero, le metían corriente a la gente, el que no moría en los tanques de la corriente, los sacaban y los desaparecían en canecas de agua maza, los picaban o los ahorcaban, envenenados, a cuchillo ” *2.

El mismo Fray Bartolomé de las Casas en su extenso relato y siguiendo con la historia anota:“De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras: pusiéronse en armas, que son harto flacas e de poca ofensión e resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas e aun de niños); los cristianos con sus caballos y espadas e lanzas comienzan a hacer matanzas e crueldades extrañas en ellos”.

Fue así, como reaccionaron nuestros ancestros nativos para defenderse del agresor, enfrentar al opresor, al bárbaro tirano, e impedirse vivir como si fuesen animas del infierno en continuo padecer. La historia nos constata que la rebelión, es un acto de defensa legítimo, que deriva o es efecto de la guerra ejercida sobre los pueblos por las castas dominantes. Un texto de Galeano en las venas abiertas dice: “Los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, muchos otros se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa”. En tal caso ni opción a rebelión, lo que en consecuencia no devino en un enfrentamiento armado, entre el agresor y los agredidos, ello no significa, que no hubieren sido sujetos de esa guerra y no fueren víctimas de la misma.

Rebeliones, levantamientos, alzamientos, que hasta lágrimas nos harían saltar, son los pasajes sobre la resistencia de los negros traídos de África como esclavos un siglo después de la llegada del invasor. Desde los primero días de su llegada lucharon por su libertad, -una historia ocultada y silenciada-. La primera sublevación de negros del nuevo mundo se produjo en Santo Domingo. En adelante seguirían otras insurrecciones en América.

Ha sido la rebelión la más cara exigencia de la guerra “buscando la salvación” y hasta quizás el paraíso perdido, donde no existan tierras arrasadas, saqueadas y apropiadas por unos miserables poseídos por la codicia y la maldad. No es la rebelión la guerra misma, sino la respuesta legitima de los pueblos al abuso, a la humillación y al sojuzgamiento.

Especial aparte merecerían la insurrección de los comuneros y las gestas libertarias al mando de Simón Bolívar. Que yo sepa siempre los rebeldes, los que insurgen, los que se alzan en dignidad, han sido los desarrapados y desposeídos de la tierra, jamás se ha visto en la historia que los poderosos fueran las víctimas de los rebeldes. Acercándonos un poco más a nuestros días, constataríamos la indolencia y alcances de la oligarquía Colombiana con la masacre de las bananeras*3 cuando el ejército Colombiano siguiendo el designio de la United Fruit Company (hoy es la temible multinacional denominada Chiqita Brans) abrió sin conmiseración alguna, fuego contra los hombres, mujeres, niños, viejos, que en la estación protestaban. Habría que recordar igualmente uno de los episodios más inefables de nuestra historia, la guerra civil no declarada de los años 40 y 50, conocido bajo el nombre de la Violencia en Colombia, un conflicto devastador y sangriento, que confirma la continuidad de la guerra encarnecida de quienes tienen el poder. Aun están frescos los relatos de la misma indolencia de la oligarquía colombiana con el magnicidio del caudillo del pueblo Jorge Eliecer Gaitán en 1948 durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez.

En las últimas décadas, una política oficial encubierta, orientada por el pentágono, configura la cruenta guerra que hoy vivimos. El terrorismo de estado se enquisto, a lo largo y ancho del territorio nacional prolongando el fatídico hilo de sangre que ha recorrido nuestra historia. Se ha venido develando que trasnacionales, como potentados, ganaderos, gremios, empresarios, y otros de la misma calaña, han instigado, y financiado el paramilitarismo.

Como en los primeros tiempos históricos, el Estado oligárquico colombiano, ha acudido de forma sistemática e ilimitada a la violencia, llenado nuestros campos y ciudades de las más funestas desventuras, ha hecho de la guerra sucia un modus operandi. Por los cuatro costados van apareciendo asesinados, líderes políticos, sociales, defensores de Derechos Humanos, campesinos, indígenas, gente del pueblo, en Colombia se cometen el 60% de los asesinatos de sindicalistas que ocurren en todo el mundo, las aspiraciones democráticas son cercenadas, la represión y criminalización de la protesta social es su consabida carta, desaparecidos, masacres, corrupción, y los otros demonios que nos atormentan.

Que todos somos responsables de todo, dicen, pero que yo sepa, hay unos claros responsables en la brutal operación Orión*4. Si hay un responsable de la guerra que se vive en Colombia, es ese estado, esa oligarquía, esa, la casta dominante de todos los tiempos. No hay otra lógica que al menos yo, pueda esgrimir: el que genera la guerra, la ejerce y la desarrolla en contra de todo un pueblo, es el que debe dejar de hacerla. La guerra no se acaba por que la insurgencia deje las armas y se desmovilice, ni incluso se acaba por que los dos contendores concluyan el enfrentamiento armado, pues la guerra es más que eso.

Es al estado colombiano y a la casta en el poder, a los que se les debe exigir dejar las armas –que son más que armas- es toda una parafernalia bélica y métodos de terror aplicada mediante su ejército legal, y su ejército ilegal. Quienes pueden dar fin a la guerra no son precisamente quienes se defienden de la guerra, valga la redundancia, o, pregunto: es que ¿acaso la guerra se acaba por no rebelarse contra ella?. Acaso a un pueblo que acusa muertes por desnutrición y hambre, y al que están matando a física bala o moto sierra, no tiene derecho a defenderse porque eso es criminal y denigrante. Que se queden quietos, que no digan nada, Eso es lo que quieren?. Si la oligarquía en nuestro país no quiere la herejía subversiva, ni que un pueblo se alce en rebelión, entonces es a esa oligarquía a la que le corresponde dejar de hacer la guerra. Si no quiere marchas, protestas, movilizaciones, huelgas, paros, entonces no atente más con sus políticas neoliberales y su atropello inclemente a los derechos y a las justas causas de las mayorías vilipendiadas y oprimidas.

La rebelión es un efecto de la guerra y no su causa. En las conversaciones que se llevan a cabo entre el gobierno y las dirigencia de las Farc, las dos partes han asimilado la rebelión a la guerra misma. -ver primera parte de este escrito*5- Invertidos los términos, la guerra asestada contra el pueblo ha quedado ocultada, soslayada, si no eximida de toda culpa y la rebelión condenada al escarnio público y a otros 100 años de soledad.

Notas

*1 Sobra hablar de esta gran obra conocida ampliamente, lo que sí quiero anotar es que tan ínfimo texto de allí tomado, es pálido e inocuo, frente a los sucesos narrados desde el testimonio vivo de la época, que al leerlos, da la impresión que dejaron la impronta de la manera de ser y actuar la casta en el poder en el curso de nuestra historia.
*2 https://www.rcnradio.com/audios/estremecedor-relato-exparamilitar... Esos pavorosos hechos de la infamia en este país y que deberían hacer conmocionar A todo Colombia, pasan en las cárceles regentadas por el Estado colombiano, y pasan, como si aquí no pasará nada, como una noticia más. Así tantas, leía en estos días una sentida comunicación que precisamente reclamaba sobre ese silencio: Indignante no puede triunfar la impunidad, Prensa Rural
*3 La revuelta popular no se hizo esperar y el gobierno arremetió con sus fuerzas armadas. El pavoroso saldo en pocos días, más de 3.000 personas muertas o desaparecidas y las cárceles atestadas de gente
*4 observadoresddhhyparapolitica.blogspot.com.co/2015/08/la-operación Fueron más de 3.000 mil hombres entre Fuerza pública y Paramilitares lanzados en una operación de guerra total contra la población civil.
*5 El fin de la guerra o el fin de la insurgencia. ¿de cuál guerra están hablando?