lunes, abril 25, 2016

Uruguay fuera de la ley



|Por Jorge Zabalza, Semanario VOCES|

El tráfico de armas, el de drogas y el de personas, la fuga y el lavado de capitales, el fraude fiscal, el robo a través de la deuda externa, la corrupción generalizada y el sistema financiero offshore: los dueños del capital han optado por violar todas las leyes y los principios éticos y morales. Siempre fue así en realidad…la piratería, el robo y el genocidio fueron el método de acumulación empleado por las economías centrales del sistema, pero nunca había renunciado a sostener, hipócritamente por supuesto, la honestidad del buen burgués y el respeto de los derechos del hombre y del ciudadano. ¿Qué ha cambiado? 


Pues que actualmente el capitalismo asume a cara descubierta su esencia social e histórica y que su modo de reproducirse es ilegal, clandestino y violento. Salió del clóset y está imponiendo su carácter mafioso a los modos de pensar y de sentir de las grandes mayorías. El paradigma se encuentra, por supuesto, en los EEUU y en el discurso de Donald Trump, racista, xenófobo, que llama a torturar con total desparpajo; pero lo grave es que Trump dice lo que Hillary Clinton y Ted Cruz callan, aunque no tendrán escrúpulos en hacer. Cuentan con el consentimiento de la ‘mayoría silenciosa’.

Se ha generado una mentalidad que acepta la violencia y la corrupción como forma natural de relación en el mundo de las finanzas y el comercio. La difusión masiva de los valores del capitalismo actual, se refleja en el desinterés con que las grandes masas contemplan el exterminio del pueblo palestino por parte de Israel y el del pueblo kurdo por la Turquía de Erdogan. ¡Cómo se extrañan aquellas multitudes solidarias con el pueblo vietnamita que llenaron las avenidas del mundo occidental!

En los ’90 los pueblos de América Latina no aceptaron el salvajismo neoliberal. Alarmados por las movilizaciones populares, las fuerzas reaccionarias debieron soportar que el progresismo ganara elecciones, llegara al parlamento, accediera a gobiernos y hasta creara su clientela electoral con políticas asistencialistas. Con la victoria de Hugo Chávez en 1998 se inició el período de auge de un modo de pensar hegemonizado por las ideas de justicia social y participación política. Entre esa fecha y alrededor del 2005, las ideas neoliberales y pro-estadounidenses emprendieron franca retirada en América Latina, empujadas ‘go home’ por el embate de los movimientos sociales y la izquierda política de todo el continente. En Brasil, Chile, Uruguay, Argentina, Ecuador y Bolivia, el progresismo también accedió al gobierno. Los ‘think tank’ sacaron sus cuentas de la historia reciente y calibraron correctamente las nuevas circunstancias: repetir las aventuras golpistas de los ’70 habría significado radicalizar las luchas y recrear las condiciones propicias al arraigo de las ideas revolucionarias. Luego, es posible sacudirse la hegemonía, basta con la voluntad organizada de enfrentar las fuerzas del sistema.

Sin embargo, pronto el progresismo renunció a dar batalla al capitalismo. Se propusieron cambiar la sociedad capitalista sin salirse del Estado de Derecho heredado de los dueños de América Latina, creían posible liberar los pueblos desde las instituciones ideadas por los despojadores para impedir la emancipación de los despojados, caminar hacia el socialismo propiciando el desarrollo de un capitalismo humanizado. Un verdadero contrasentido de la razón. De hecho, dicha opción significó adoptar, unilateralmente, la decisión de no agredir a la clase dominante y permitirle mantener su control sobre los resortes del poder. Significó, además, aceptar como irreversible la hegemonía del ‘fuera de ley’ y hacerse los distraídos con los beneficiarios del funcionamiento mafioso ‘off shore’, la corrupción y el lavado de capitales. En Uruguay, el progresismo se abrazó con los empresarios más mafiosos -se les perdonó las prácticas antiobreras a cambio de una banda presidencial- y abrió sus filas a personajes vinculados a la dictadura con la misma tranquilidad que se perdonan y olvidan los crímenes del terrorismo de Estado. El colmo de la degradación ética y moral lo marcan los acuerdos con los políticos y empresarios más corrompidos de Brasil, que aseguraron la victoria electoral del Partido dos Trabalhadores, pero crearon las condiciones de su debacle actual.

Como tras el símbolo Estado de Derecho se oculta la violencia institucional, verdadera naturaleza del Estado, pronto el progresismo quedó colocado frente al dilema de ‘con el pueblo o contra el pueblo’. Algunos no dudaron en cruzar la gruesa línea roja: en Chile Bachelet reprimió al pueblo mapuche, a los estudiantes y su policía asesinó a Nelson Quichillao en una manifestación pacífica de los obreros del cobre. Mientras el gobierno progresista de Brasil defiende la democracia amenazada por el golpismo, su policía militar atacó un campamento ‘sem terra’ y asesinó a dos militantes. En Uruguay hubo un decreto de esencialidad dirigido a desalentar la movilización de los docentes y se reprimió a estudiantes que luchaban por la educación. En los escasos tres lustros de evitar la batalla, las ideas del progresismo muestran evidentes señales de desgaste y cansancio.

Hubo progresismos que, sin embargo, no se ciñeron al marco formal legado por el poder. Su atrevimiento fue castigado sin miramientos: la ira implacable de los poderosos cayó sobre Hugo Chávez y el espíritu bolivariano del pueblo venezolano y, como el pueblo boliviano también comió la fruta prohibida, se ensañaron con Evo Morales. No se limitan, sin embargo, a Venezuela y Bolivia sino que, por ‘fuera de la ley’ y del Estado de Derecho, están acorralando al progresismo con acusaciones parlamentarias, judiciales y mediáticas, obtienen victorias electorales y derrocan presidentes constitucionales. Están restableciendo la histórica unidad de los gobiernos latinoamericanos con el poder político de los EEUU y la oligarquía criolla. Para el progresismo está llegando la hora de reaccionar o morir de ojos abiertos.

La ofensiva reaccionaria despertó importantes sectores de pueblo que salieron en defensa del movimiento bolivariano en Venezuela, del ‘lulismo’ en Brasil y del kirschnerismo en Argentina. Los pueblos ponen de manifiesto sus reservas de dignidad y lucha, confrontan en las calles con la hegemonía del capitalismo y recrean el clima receptivo a los sentimientos e ideas del anticapitalismo y el antimperialismo. Son los mismos que hicieron retroceder las dictaduras del terrorismo de Estado. Sin embargo el progresismo continúa debatiéndose en su duda existencial: ¿continuar en la fijación legalista, aferrado al Estado de Derecho? ¿o cruzar las fronteras de la hegemonía capitalista y se jugarse en las calles con el pueblo organizado? En el caso del PT de Brasil, seguir siendo pusilánime es suicida.

No hay réquiem, porque las ideas de justicia social y poder popular, extraviadas en el laberinto por el progresismo, se mantienen en manos de sus legítimos dueños, los luchadores sociales: los 43 de Ayotzinapa, la dignidad del zapatismo, la resistencia del movimiento indígena hondureño, la pelea por la autodeterminación del pueblo haitiano, la lucha del movimiento campesino colombiano contra el libre comercio, el desafío de la lucha indígena a los dueños del Perú, los más de 500 años de lucha sin cuartel del pueblo mapuche, la porfiada voluntad de transitar hacia el socialismo del pueblo cubano, el movimiento campesino del Paraguay, los campamentos de los ‘sem terra’ de siempre en Brasil, el movimiento de autogestión en Argentina… No luchará el progresismo tal vez, pero siempre la lucha continúa, en el campo de las ideas y de la práctica social, por afuera de las instituciones y de la conciliación de clases.