viernes, mayo 27, 2016

El secuestro de Salud Hernández y las escenas retrospectivas



|Por Alberto Pinzón Sánchez|

En cine y tv se usa el anglicismo “flashback” (destello hacia atrás), en literatura la palabra griega “analepsis” que significa volver atrás para recuperar o restaurar, y en psicología para designar el extraño fenómeno de la amnesia de reconocimiento se usa la palabra francesa “dèjá-vu” (ya lo vi).

Francamente no sé cuál de estos tres extranjerismos usar para la matrix mediática que el oligopolio mediatico contrainsurgente de Colombia ha puesto en escena, a raíz de la extraña desaparición de la columnista colombo- española del diario El Tiempo Salud Hernández, y que inmediatamente, sin ninguna información sostenible, fue calificada como un secuestro guerrillero realizado en la República independiente del Catatumbo (semejante a  otras 6  “zonas rojas” existentes en toda Colombia) donde tres grupos guerrilleros junto con otras Bacrim o “GAOS”  delinquen y se disputan los negocios del narcotráfico.

Dicho esto, el Procurador Ordoñez mostró el plateado colmillo izquierdo y colérico gritó que el Estado colombiano había perdido el control de esta zona paradójicamente llamada el Filo del Gringo (junto con las otras seis por controlar) y que era inadmisible que 72 horas después de desaparecida la señora columnista, los muchos organismos de inteligencia del Estado, tanto civiles como militares, no tuvieran idea, ni información de donde estaba la señora Salud.

La respuesta oficial a tal demanda no se hizo esperar: el presidente JM Santos públicamente ordenó al “estado mayor conjunto de la Fuerza Pública” ir a la zona donde un “moto-taxista reinsertado” (bella palabra colombiana) había visto por última vez a la señora Salud y ofreció, como es usual, una millonada de dólares por información sobre su “paradero”. No dijo nada sobre su “acostadero” porque ese si, según las leyes vigentes en Colombia, es propiedad o “pertenece” a la esfera privada y puede ser demandado.

Bueno, me dije, tal vez como la mayoría de los colombianos, esta película ya la he visto, o mejor esta pesadilla ya la he vivido.

Y para no detenerme en el ya muy conocido pero también extraño caso de Ingrid Betancur y su planeado ingreso el 23 de febrero 2002 al Caguán ya retomado y controlado por el ejército, una vez finalizado el proceso de paz con Pastrana; me acordé que exactamente diez años antes, el 26 de febrero de 1992, en pleno proceso de paz de Tlaxcala Méjico, cuando el gobierno de Cesar Gaviria por boca de su alto comisionado para la Paz había dicho que el proceso se había agotado;  Angelino Duran Quintero, el por muchos años ingeniero de la Shell, ex ministro de obras públicas y senador conservador por la región del Catatumbo, tuvo (como la señora Salud y como Ingrid) la extraña pero genial idea de ir a una región tan des-controlada a revisar en un remoto puesto de salud, la dotación de instrumental quirúrgico que el Fondo Nacional Hospitalario le había asignado a ese puestico de salud.

El Ingeniero desapareció y al parecer no soportó el asedio militar para rescatarlo que el glorioso e invencible ejército colombiano sometió al grupo armado maoísta (GAM) que lo tenía en su poder. Tuvo un infarto cardiaco fulminante de esos que saben dar en determinada edad, muriendo en tan lamentable situación.

Pero más lamentable fue que sus retenedores o captores envolvieron su cadáver en una hamaca tricolor (amarillo, azul y rojo) de esas que se usan por allá, y lo medio-enterraron precisamente en el Filo del Gringo, echándole unos puñados de hojarasca terrosa, donde fue encontrado y después llevado a Cúcuta por el sacerdote Álvaro Suarez y el capitán Juan Manuel Bejarano, en un helicóptero del ministerio de obras públicas.

El resultado fue el previsto: Un mes y 10 días después de su entierro, el 4 de mayo de 1992, Cesar Gaviria como presidente de Colombia anunciaba satisfecho a Colombia y al mundo que, la guerra contrainsurgente o conflicto colombiano seguía o continuaba su marcha sangrienta y depredadora neoliberal. A continuación, vino la revancha narco-para-militar en forma de masacres, motosierras, hornos crematorios en la Gabarra y en todo el Catatumbo, y la región se des-controló aún más. Como si el destino se encargara de recordarle a los colombianos aquella sentencia amarga de que “lo que se olvida se repite”.

Hoy, en esta pesadilla que ya hemos visto o tenido varias veces, J M Santos se ha convertido en víctima de su propio soporte político ideológico:

El oligopolio mediatico contrainsurgente, del cual forma parte privilegiada su familia (el diario el Tiempo y la revista Semana de su sobrino) que junto con el narco-para-militarismo (tres en uno) y las otras ruedas dentadas descritas por la investigadora Vilma Liliana Franco que integran el Bloque de Poder Contrainsurgente dominante en Colombia, profundamente dominado por la ideología contrainsurgente y anticomunista que ha servido de cemento a este robocop blindado para ejercer su  centenaria dominación y hegemonía; se resiste a sus llamados de paz e insiste en su odio anticomunista:

“Las Farc saben que si salen a hacer política fracasarán porque el país las odia” (no se atreven a decir que son ellos los que odian) y presentándose como de avanzada o incluso progresistas de izquierda, siguen sembrando la desazón y la incertidumbre sobre los inminentes acuerdos de la Habana, aprovechándose de las indecisiones y la incapacidad comunicativa de Santos, y generando dudas e inseguridad sobre lo que ellos mismos denominaron en su jerigonza mediática “el post conflicto”.

Y con el cuento del equilibrio informativo, dándole “manivela” a Uribe Vélez y al fanático religioso Ordoñez sobre cualquier banalidad, o intrascendencia vulgar que expelan o secreten contra el proceso de la Habana, con la clara finalidad contrainsurgente de presentarlos como la oposición al gobierno (cuando son parte del mismo gobierno y del mismo neoliberalismo trasnacional) y con el fin claro y alevoso de desconocer la verdadera Oposición de Izquierda.  También desconociendo o deformando la realidad real del país y construyendo a su antojo una ficticia realidad mediática que termina tarde o temprano en un estruendoso “barrigazo”, como lo reconoce hoy el columnista del espectador Mario Morales. Vale la pena leerlo.

Lo que está en juego, como se lo dice a JM Santos su propio periódico El Tiempo en editorial de hoy 25. 05.2016, ya no es el sacrosanto derecho a la propiedad privada y la violencia oficial condensadas en una Constitución: Lo que está en cuestión, es un derecho que en Colombia se ha sobrepuesto a este y es “el pilar de la libertad de expresión e información”, obviamente, dominado por ellos los contrainsurgentes anticomunistas, y sobre el cual obligatoriamente se ha de construir la paz. Como quien dice: cero medios alternativos populares.

Esa película de planear un secuestro para romper un avanzado proceso de paz en curso, para continuar con el negocito de la guerra, ya la hemos sufrido los colombianos varias veces. Por favor señores contrainsurgentes, no la vuelvan a presentar que ya resulta impresentable y aburridora.