domingo, junio 05, 2016

Recordando la muerte de un mártir

|Por Pbro. Luis Eduardo Nieto Lucena|

Qué privilegio y bendición de nuestro Padre Dios, que  la Diócesis de Líbano Honda hubiera sido creada por su Santidad el Papa  Juan Pablo II y,  que en este año del jubileo de las bodas de plata de la Diócesis, el veintisiete de abril pasado, el Papa Francisco lo haya elevado al honor de los altares, proclamándolo santo. Y más aún, que este Santo, el seis de julio de mil novecientos ochenta y seis, a escasos meses de la tragedia de Armero, pisó, y bendijo, esta tierra calcinada por la erupción del volcán del Ruiz, oró por nuestros muertos y vivos y, consoló a los tristes que lamentábamos la desaparición de más de veinticinco mil personas la noche del trece de noviembre del año anterior.

Personalmente tuve la gracia de Dios de recibir al Papa en el playón que quedó de lo que fue la próspera ciudad de Armero, de estrechar sus manos y de recibir su bendición, juntamente con el Padre José Luis Rivera Millán, ambos sacerdotes nacidos y ordenados allí.  Fui el primer sacerdote ordenado en esa tierra, bañada años atrás por la sangre inocente de un sacerdote que entregó su vida en holocausto por la salvación y conversión del pueblo confiado a él por su Obispo, entonces de la Diócesis de Ibagué. Creo que se han cumplido las palabras del Padre Chucho Fernández Guzmán, el párroco de entonces,  el día de mi primera Misa solemne en el Templo parroquial: “La sangre derramada del mártir de Armero, ha germinado en este pueblo en un nuevo sacerdote”.

Aún está muy viva en mi recuerdo, de cuando era un niño de siete años, la muerte del  Padre Pedro María Ramírez, párroco de Armero, en la  nefasta tarde del diez de abril de mil novecientos cuarenta y ocho, al otro día del asesinato del doctor Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá  

El nueve de abril, mi padre Manuel José, después de haber escuchado la noticia de la muerte de Gaitán y habiéndose enterado de que muchas personas del pueblo estaban saqueando almacenes y negocios, asaltando las oficinas oficiales y metiendo a la cárcel a todos los señores conservadores, habló en secreto con mi madre María Teresa, se despidió de nosotros con un beso y salió para reunirse con su mamá,  la abuela Ana María quien vivía con mis tías Evita y Anita. De allí se pasó, en seguida, por la cerca de guadua que separaba la casa de mi abuela de la de la  familia Jassir, a esta última, donde mi padre se refugió hasta que pasó el peligro.  Esa misma noche llegó a mi casa, “la chusma”, como se les llamó a los revoltosos. Llegaron dando golpes a las puertas con machetes y palos buscando entrar para llevarse a mi padre que era conservador y encerrarlo  en la cárcel con los demás señores que ya habían apresado.

Al otro día, el diez, en las horas de la tarde, cuando íbamos camino a la casa de mi abuela, cargando en nuestros pequeños hombros algunos utensilios que nos servirían  para dormir y comer, pasó corriendo un joven, que llevaba un machete en la mano y le gritó a mi madre: “señora Teresita, mataron el Cura, viva la revolución”. Fue tal la angustia y el afán de mi madre que nos abrazó a los cinco hermanos, que éramos en esa  época, y nos llevó volando a casa de la abuela.

Esa noche todo fue silencio… había caído la lluvia sobre el pueblo….

Los hechos se habían sucedido vertiginosamente y han sido conservados por varios testigos de la época.
  
El nueve de abril, a eso de las cinco y treinta de la tarde, mientras el Padre Ramírez estaba en oración, en la capilla de las hermanas Eucarísticas, quienes regentaban un colegio para niñas de escasos recursos, contiguo a la casa Cural, llegó un hombre (mano e Ñeque, le decían) y le dijo al Padre que venía por él para llevarlo a la cárcel. Sin embargo, como ya se estaba haciendo oscuro, el padre Ramírez le pidió al mismo hombre que le ayudara a pasar algunas cosas del Templo a la casa para que no las profanaran, lo cual el hombre aceptó, pero con la condición de que al otro día venía por él. Esa noche las Religiosas fueron trasladadas a casas vecinas, por las tapias del colegio ante el peligro inminente de muerte, ya que las noticias que llegaban de Bogotá hablaban asaltos a los conventos  e incendios de iglesias, como efectivamente sucedió. Sobre el escritorio de su modesta oficina, el Padre Ramírez dejó tres cartas que escribió esa misma noche: Una, al Señor Obispo de la Diócesis de Ibagué, Mons. Pedro María Rodríguez, agradeciéndole su ordenación sacerdotal; otra para la Madre Superiora de la Congregación de las Eucarísticas, en gratitud por los servicios prestados en la educación de las niñas pobres de la parroquia; y una tercera a la Santísima Trinidad entregando su vida por la salvación de Armero.

Al día siguiente, en las horas de la tarde,  apareció el hombre en el tejado de la casa, persiguiéndolo.  Entonces, el padre consumió las Sagradas Formas, que aún quedaban en el Sagrario de la Capilla de las Hermanas y, rompiendo la reja de una ventana que quedaba en el primer piso, junto a la escalera de atrás, como estaba, se pasó a una casa vecina donde quedaba un restaurante. La muchacha del servició, corrió a la calle gritando: “Aquí está el Cura, aquí está el Cura”. Como la chusma estaba en la calle real o del comercio sobre la cual quedaba el restaurante, sacaron al Padre a empujones. Él quitándose el roquete y la estola, se los entregó a una prima mía que se asomó a la puerta, en ese momento. Lo llevaban para la cárcel y, al llegar a la esquina del Almacén Chileno, le abrieron el cráneo de un machetazo.  Al subir la esquina del parque central, el Padre cayó de rodillas pidiendo perdón al Señor por los que lo ultrajaban y fue cuando mano e Ñeque, le dio un golpe de varilla en la nuca, quitándole la vida de inmediato.  Desnudaron su cuerpo, le pegaron puntapiés y lo arrastraron por el parque. Luego lo echaron en la volqueta de la basura y lo pasearon por todo el pueblo, dejándolo abandonado junto a la puerta del cementerio. Y allí pasó toda la noche.

El día once de abril, dos mujeres de la zona de tolerancia juntamente con un  señor, abrieron la puerta del cementerio, cavaron una fosa y enterraron el cadáver, sin caja, dentro, junto a la puerta. Fuimos  testigos de primera mano de todos estos acontecimientos porque un señor que vivía en nuestra casa, y era liberal, sí podía salir a la calle y nos traía las noticias del momento mismo en que se producían. Mi papá entregó todos estos datos al Padre Daniel Restrepo S.J. para su libro “El Mártir de Armero”.
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Al término de la semana, cuando el ejército se  tomó el pueblo y la chusma desapareció por miedo a los militares, llegaron de la Plata, Huila, los hermanos del padre y la comisión de sacerdotes que el Señor Obispo envió para rescatar el cuerpo del Padre Ramírez, el cual fue llevado al Hospital para lavarlo y velar el cadáver en la capilla que, una de mis tías,  Evita Nieto y otras dos señoras, habían arreglado, ante la negativa del Alcalde Municipal de prestar el salón del concejo para su velación.

El templo de la parroquia y toda la población, fueron declarados en entredicho y no se podía celebrar la Santa Misa en ninguna parte del municipio, teniendo que viajar los fieles a Lérida  para cumplir con el precepto de la Misa Dominical. Solamente después de una gran misión de reconciliación y de perdón a Dios por el sacrílego asesinato del Padre Ramírez, dirigido por los Padres Jesuitas, de los cuales me acuerdo del Padre Daniel Restrepo quien llevó una gran amistad con mi padre Manuel José, por orden del Señor Obispo de la Diócesis, se abrieron nuevamente las puertas del Templo de Armero.

 Desafortunadamente el Señor Obispo de Ibagué, Monseñor Pedro María Rodríguez Andrade, en el mes de abril, ya había lanzado el anatema maldiciendo el pueblo: “por cuanto Armero deshizo al Sacerdote que le fue enviado, no vivirá dice el Señor Dios….No se apartará de allí la mano del Señor con la justicia y el rigor. No los libraré ni del rayo, ni del terremoto, ni de la muerte repentina porque allí fue vertida la sangre del inocente…..Esa sangre se convertirá en maldición y me causa náuseas la ciudad que rebosó la copa de la abominación. Maldigan los ministros del Señor por cuanto no hubo hombre ni mujer que tomara la defensa del sacerdote. Yo requeriré esa sangre de las manos de los que tenían el poder…..Sus moradores tengan desgracia en casa y fuera de ella; en la ciudad y en el campo; en la vigilia y en el sueño; sea que pasen o se detengan; en su carne y en sus huesos y de la cabeza a los pies no tengan nada sano. Que caiga sobre la ciudad la maldición de Moisés con respecto a los hijos de la iniquidad: que su nombre sea borrado del libro de los vivos….y sea borrada de la faz de la tierra…..que sea devorada por los elementos descontrolados de la naturaleza y su suerte sea con los ángeles rebeldes, si no se enmienda. Amen.”

Siendo yo seminarista y siempre que mi padre se encontraba con Monseñor Rodríguez quien lo  apreciaba mucho, le decía: “Profesor Nieto sálgase de ese pueblo maldito, acuérdese de Lagunilla”; a quien mi padre le respondía: “Monseñor el Padre Ramírez no dejará acabar a Armero”.

En mil novecientos cincuenta y cinco, estando Rojas Pinilla en la Presidencia de la República, mi papá había escrito un artículo de revista sobre la segunda destrucción reportada de Armero, en mil novecientos cuarenta y cinco. Ésta sería la tercera. En esas líneas mi papá relata cómo los testimonios de la época  indican circunstancias muy parecidas a las de mil novecientos ochenta y cinco. El volcán Nevado del Ruiz estaba en actividad intensa, hubo una erupción o una serie de erupciones, el Río Lagunilla se había represado y la avalancha había arrasado todo lo que había encontrado a su paso. Por esos tiempos se dice que no había más que algunas  casas y quizá alguna capilla, mayormente pajizas. Entre sus estudios queda bien postulado que la fertilidad impresionante de esas llanuras se debe, entre otras cosas, a los deslaves volcánicos recurrentes.

Una bendición muy particular experimento en que mi papá y el padre Ramírez habían sido compañeros de Seminario, en Garzón y luego en Ibagué, hasta cuarto de teología. Yo estudié en los libros de mi papá. Dos de sus profesores, es decir profesores también del Mártir de Armero, fueron profesores míos y Rectores. Monseñor Rodríguez, cuando mi papá salió del Seminario, ante la honestidad con que buscaba el sacerdocio para dar gloria a Dios, le aseguró que tendría un hijo sacerdote. Desde entonces su ejemplo de vida cristiana era verdaderamente  extraordinario. Espero que nunca se olvide que él nos educó con una disciplina verdaderamente francesa. La nuestra fue una familia que todos los días rezaba el Rosario y que todos los días asistía a la Santa Misa.

Mi padre quedó sepultado en Armero, en la avalancha de mil novecientos ochenta y cinco cuando la erupción del volcán del Ruiz, la noche del trece de noviembre.

Lo que he escrito es mi testimonio. No pretendo establecer un nexo de causalidad directa entre la maldición del Obispo y la tragedia, pero sí estoy seguro de que hay coincidencias que tienen que seguir cuestionando a nuestra  generación actual y a las venideras. Si la avalancha arrastró edificios de tres y cuatro  pisos bien cimentados, por qué no arrastró el muro  del cementerio, donde ni siquiera entró el barro, y sí se llevó todo lo que encontró a su alrededor, tanto en la ciudad como de ahí  para abajo hasta la salida hacia Méndez?

Y ¿por qué el hospital se mantuvo firme y el barro no entró al segundo piso?

No sería porque el cementerio fue el único lugar que tuvo entrañas de  misericordia con el cadáver del Padre y en el Hospital fue donde se lavó y se arregló su cuerpo ensangrentado?

Que nuestra Diócesis de Líbano Honda, sienta  como propia la causa de beatificación del Padre Pedro María Ramírez Ramos, quien murió con la fortaleza y el heroísmo de un  mártir de Cristo, derramando su sangre por la fe y la defensa de la iglesia.

Que con nuestra oración, con nuestro amor a la Iglesia  y con el testimonio de nuestra vida podamos verlo algún  día no muy lejano elevado también al honor de los altares para gloria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.