miércoles, julio 20, 2016

La máscara, la poesía. Ensayo sobre la crisis del arte y del sujeto creador

|Por Álvaro Marín|

Ya que no hay ni alma ni espíritu desempolvemos la máscara, parece ser este el enunciado que orienta la disposición social de este tiempo. Pero estamos equivocados, la máscara rechaza cualquier sustituto, no le va bien la rígida pose del maniquí. Para tener máscara primero hay que tener rostro, y aunque la máscara ha sido raptada y ya no acude a nuestro apoyo su fuerza expresiva ni su vigor mágico, también es cierto que ya había perdido buena parte de su valor simbólico. En donde antes estaba el rostro hay un vacío que la máscara ya no puede llenar, precisamente por ser la máscara su alteridad, y puesto que no hay rostro verdadero, tampoco hay verdadera máscara.

El rapto y sustitución del símbolo, es un atavismo del rapto de la máscara y sus poderes, pero hace ya mucho tiempo que la máscara abandonó su fuerza oculta; con la inocencia perdida nuestros ojos perdieron todo el brillo de la mirada arcaica. En la repetición vacía y la mediación continua, en la estandarización de la imagen y de la voz, se perdió esa nitidez de la expresión propia, y esa cualidad no se pierde sin perder a su vez la singularidad. Igual ocurre con el ojo, la mirada humana ahora es ciega, ya no ve porque cree que no hay nada que ver, el lente es una sustitución del ojo y la luz existe solo para las cámaras. Con la imagen impostada algunos alardean de su ceguera, y la visión, o lo que antes considerábamos visionario, perdió su relación con el espacio y el tiempo. En el estrecho recuadro de la mirada impuesta ya no se ve el entorno presente y menos se puede ver el futuro, ni siquiera se ve lo inmediato, lo que tenemos enfrente, menos podríamos ver lo que se nos oculta; como si ahora la cualidad visionaria consistiera en ver lo inmediato que a su vez se ha vuelto invisible o desleído. Hay un ocultamiento de los símbolos y lo grave es que ya no da ni tristeza, ni risa, ver al animal humano correr en busca de su rostro perdido.

Los sentidos perdidos no pueden leer el símbolo ocultado. Como medio de control social la sustitución ha sido una estrategia eficaz que ha tenido una incidencia devastadora en la cultura. El rostro no se refleja, no se revela ante la luz, y esta fantasmagoría sería un divertimento si no fuera como es, un extrañamiento brutal y violento. La extrañeza del ser perdido manifiesta una interioridad vaciada de sentido, el óseo residuo de una vasija abandonada, un fondo, una oquedad en donde solo el vacío queda de esa casa del ser, que ya se dijo, es el lenguaje. Cuando máscara y rostro confluían en su binaridad y significaban, la cultura tenía en el mito un sentido, una metáfora; el rostro y la máscara perdidos son un hecho cultural simultáneo con el mito perdido: el mito del sujeto. La pérdida del yo, que es la misma pérdida de la conciencia, o el rapto del alma que tanto angustiaba a las comunidades primitivas, la vive con naturalidad y sin angustias el hombre de hoy, ese estado episódico del enajenado que vive realmente su muerte social es la lamentable condición de la sociedad actual. Una especie de catalepsia que vive el ser como parte de su ocultamiento o mejor, de su aplazamiento, la emplazada es su agonía. Basta escuchar los gritos histéricos que anuncian el fin del mundo para saber en qué lamentable estado se encuentran las neuronas de este nuevo enfermo social que vive una peor condición que el enfermo mental. Al enfermo mental la sociedad lo aísla pretendiendo curar al mismo tiempo al enfermo y a sí misma, pero cuando la enferma es la sociedad ¿en dónde se aísla que no sea en su propia laguna histórica?, ya no hay ninguna profilaxis válida.

A estas generaciones catalépticas las precedió la modernidad que fue contrariamente el pedestal del Yo, y a la vez el dínamo del movimiento continuo; la modernidad consolidó al individuo como su mayor logro, pero solo después de haber sido singularizado por la épica pre moderna. ¿Existió el yo en el mundo arcaico?, es una pregunta que queda para la antropología que algunas veces parece negarlo. El yo no es otra cosa que la consciencia, pero lo que interesa por ahora saber es a dónde fue la autoafirmación del individuo en nuestro espacio y tiempo, a dónde fue a parar el sujeto.

Un fenómeno reciente y paradójico es el individuo en réplica, una singularidad clonada. Belén Altuna en una reflexión sobre la imagen recurre a una anticipación de Melville para poner de presente la masificación de arte y artista: “el retrato, en lugar de inmortalizar al genio como hacía antes, no hará dentro de poco más que mostrar un tonto al gusto de la moda. Y cuando todo el mundo disponga de su retrato, la verdadera distinción consistirá sin duda en no tener ninguno”. La cámara deviene espejo y la imagen resulta una sombra congelada puesto que la realidad también se nos oculta en forma de piedra inerte, en su versión lapidaria, en tumba. La sociedad cataléptica es una sociedad que ha sido agredida, y su choque ha sido tan fuerte que ha perdido el habla, la visión y el movimiento, pero ese era el objeto de tantas vueltas y alianzas del poder, y lo ha logrado, aunque solo provisionalmente.

Cuando el poder vocifera desde la academia: “no existe el afuera” lo hace realmente desde su cuerpo en descomposición, desde su propia tumba, desde ese anfiteatro de las ideas en que ha convertido el poder al alma mater, y lo afirma porque cree que todos estamos muertos como ellos, pero el asesino olvidó hacer su tarea completa, o no pudo, queda viva la poesía aunque hayan logrado matar al poeta. La poesía antes que la religión es la que tiene el don de la resurrección, la poesía desciende hasta lo más profundo del río torrentoso, lo atraviesa. El río arquetípico, no cualquier río, es el río que solo el poeta puede atravesar para regresar sin muerte y volver ante la especie agredida con los símbolos restituidos. En este sentido el intelectual, al que no han matado todavía, es un poeta. El poeta no es el que escribe versos sino el que atraviesa las fronteras de la muerte para recuperar el símbolo de su muerte temporal y devolvérnoslo vivo entre los vivos.

Lo que nos queda, lo que en nosotros no ha muerto es lo que prevalece para la restitución de la vida colectiva. Hay que dar sepultura a lo inerte que ya nos invade con su fetidez, y entre los escombros a barrer está el creador industrializado que es a la vez productor de muerte y de estupidez. Ya que no nos es restituida la máscara no podemos consolarnos con un mundo lleno de mascarillas, si se ha perdido el rostro puesto que no hay singularidad, entonces es necesario señalar la mascarilla allí donde esta trata de sustituir un signo, un gesto, un símbolo; hay que liberarnos de toda esa grasa cosmética que nos deja la industria cultural y que no nos deja ver el rostro, es necesario correr el arenoso y frío barniz con el que se disfraza la mentira.

Detrás de la mascarilla está el miedo al anonimato que oculta su verdadero rostro, paradójicamente para que lo vean. Es un tiempo en donde todos queremos estar en la primera plana, en la portada, en la página principal. Las redes muestran el síndrome fantasmagórico hasta la náusea: “enamorados” que se declaran su amor miedo, su amor muerte, en público; o como se dice, en la red, es decir, en el no lugar del amor. Seres anónimos aparecen, se muestran, se destapan, se desnudan, figuritas que se toman fotos con figurones, como si estuvieran protegidos por un perro guardián ¿de qué tienen miedo? Tal vez de su propio vacío, de su nada. De qué tamaño es su miedo y su vacío nos lo puede decir la infinita y asqueante repetición de la propia imagen.

La angustia de la pérdida del rostro, ya no se suple con el retoque del maquillaje, y ni los tintes y tatuajes con los que el cuerpo protesta parecen recuperar la expresión perdida. ¿Angustia? No parece ser la angustia sino la complacencia, el efecto que produce en el individuo su pérdida expresiva, en medio de una estandarización que repele a la crítica porque percibe la vulnerabilidad de su parafernalia de creadores, llenos de formalismos y descubrimientos que son realmente plagios y reiteraciones. La sociedad cataléptica no tiene ya el aliento de asumir una crisis que significa la pérdida del individuo diluido en la reproducción de una imagen que tampoco le pertenece. Es tanto el cansancio y la impotencia que se antepone como último recurso la esperanza en la naturaleza: que ella nos salve con otra crisis. Hay quienes imaginan un colapso de la naturaleza que pondría otra vez al hombre a pensar de manera visionaria, pero muerta la naturaleza ya no hay nada que decir ni hacer.

En la palabra escrita que antes expresaba una singularidad, un “estilo”, ahora encontramos el espejo del vacío, el clisé del sello editorial. El comercio como centro de la actividad humana homogeniza el texto y elimina la singularidad, es el derrumbe del escritor sustituido por un funcionario de ese texto universal en el que se ha erigido el mercado. En estas condiciones el lugar común ha encontrado nichos de lectores necesitados del espejo de su inanidad, un lector superfluo como imagen que reproduce al escritor inane. No es difícil observar el entramado de relaciones que al impulso vertiginoso del comercio mundial, se han vuelto una especie de alianza corporativa contra el símbolo, la Organización Mundial del Comercio, antes que la crítica literaria, es la que rige al lector. Creíamos que el sujeto, como el átomo, era indivisible, hasta que llegó la bomba devastadora del Estado mercantil diciendo: esta es una compraventa y “no hay afuera”, aquí no existe quien no compra y vende. El comercio como máxima expresión de la razón instrumental mató al mito y desbordó la vida comunitaria, un comercio libre en una comunidad atrapada como consumidora cautiva que lleva hasta el delirio y la compulsión la necesidad de reconocimiento. El mercado, volviendo a Altuna, rompió “El mito de la unidad del sujeto”: precisamente el sujeto es lo que parece haber saltado en pedazos en la época contemporánea, nos dice Altuna en su ensayo sobre la imagen. Tal vez sea por esta extraña y abismal pérdida del sujeto que la sociología este un tanto neurótica y en estado de choque.

Hay una sensación de parálisis y de muerte, pero no es el fin del mundo. La comunidad puede superar el estado catatónico, el miedo a la desaparición y el síndrome de fin del mundo que caracterizan esta segunda pérdida del alma, con creación, con el ejercicio de la poiesis, volver a su condición de sociedad creadora y autodeterminada, para superar el desborde del mercado. Pérdida del sujeto es lo que vivimos, de allí esa persistente y machacona pregunta de la sociología y de la historia por el sujeto, lo que quiere decir que a alguien le importa y ese ya es un comienzo. Si a nadie le importara el sujeto este desaparecería irremediablemente, que es precisamente lo que busca el poder: una sociedad sin sujetos, es decir, no una sociedad sino un rebaño, y esa es la razón de los mortíferos ataques al lenguaje y su poder significante, de la exclusión del sujeto creador de la vida social y el ocultamiento y negación del carácter simbólico de la poesía. Si en algunos momentos la poesía se ha convertido en la enemiga del símbolo, ha sido solamente para demoler dioses y reyes anacrónicos y restituir el poder significante del lenguaje.

Este miedo del fin, este apocalipsis psiquiátrico se desactiva de la misma manera como se neutraliza la práctica del mal hechicero: develando sus trampas. Aventuremos una salida: el sujeto es el alma catatónica raptada por el miedo, y el miedo es un instrumento psicológico del que se han apropiado históricamente las castas o las mafias para perpetuar su dominio. En nuestra historia reciente predomina el miedo al asalto, a la bomba, a la calle, a lo diferente y a otros miedos incluso más malsanos que estos como el miedo a la verdad y a la crítica. La autocensura se disfraza de fraternidad cuando es todo lo contrario: canibalismo y rapiña, como un atavismo del miedo primitivo a la sombra. El intelectual acrítico deviene en policía de la conciencia y en guardián carcelero de sus contemporáneos, convierte su oficio en parte del control, y el arma poderosa de la escritura que antes hacía despertar al hombre adormilado, ahora sirve de anestesia y somnífero.

Raptos, máscaras y desenmascaramientos

La declaración universal que defiende, de manera paradójica, la diversidad cultural, es más contradictoria aún si se tiene en cuenta que Unesco es miembro consultor de la Organización Mundial del Comercio. Ese doble lenguaje lo conocemos desde la Declaración de los Derechos del Hombre en 1789 y que terminó siendo entre nosotros el derecho a circular de la mercancía, el libre tránsito que doscientos años después muestra su verdadero afán en la declaración del libre comercio, radicalizado y singularizado en donde ya no hay tránsito de personas sino tráfico de mercancías. Es el momento de la aceleración del tiempo por el mercado, la producción y el consumo, y el lenguaje no escapa de esta condición histórica.

La conciencia de ser, el yo, es una noción aparentemente diluida. El ocultamiento del símbolo, el extrañamiento del lenguaje y su insignificancia se la debemos a quienes se pretendían sus guardianes. La alianza entre academia y poder económico, cada vez más estrecha, tiene buena parte de la responsabilidad de la pérdida del rostro y el rapto de la máscara. La academia claudicó ante la avanzada sangrienta de las finanzas y el interés privado, el interés monetario del nuevo lenguaje ya no se oculta y contrariamente se diversifica en el mercado. El creador, expulsado de este mundo solo para ser devuelto regurgitado en forma digerida, involucionó en gestor cultural de su expropiado yo del que ya no queda más que un registro en el sello editorial que le encarga una novela por año con tema y tratamiento incluido, o cuando se trata de un investigador, un “ensayista” o un académico, el encargo, parece ser, ponerle punto final al infinito, misión imposible en la que solo puede develar sus taras cuando asalta el medio con su voz apocalíptica del fin del mundo, del fin de la historia, o el fin del fin en donde ya no queda nada, ni siquiera el plástico de la sociedad fabril sino la nada, el arte como acto efímero y sin poder en la comunidad, sin comunidad, sin pasado, sin sentido, un remedo de arte sin símbolo, sin más afán que la sobremuerte en la circulación monetaria que avanza y coloniza heridas y territorios que se consideraban infranqueables para el interés privado.

La ruptura con las gramáticas precedentes creó por paradoja una tradición crítica, pero lo que hoy vemos circular no es la ruptura, ni la experiencia nueva que genera un nuevo sentido, sino la conciliación con una gramática que va más allá del texto y se extiende sobre las personas y las cosas, una gramática institucionalizada que excluye la crítica, o la domestica en la reproducción o en la anécdota simple y sin correlaciones, una gramática al uso de la industria que pretende imponerse como literatura, o como historia de la literatura. Esta “conciliación con el agresor” deriva en una de las más aberrantes formas de control: el corporativismo, que formaliza la alianza del intelectual con el poder, y aunque esta alianza no es nueva, lo nuevo es su poder de aniquilación del ser. La alianza entre academia, editorial y mercado es otra de las redes internacionales del crimen, pero como esta vez la sangre es invisible y es además “cultura”, crea en su extrañamiento un aire de inimputabilidad, un cinismo en grupo que constituye la forma y la estructura simuladora y mafiosa que invadió el arte. El que antes era el timador hace de profesor, el que era el comerciante ahora es editor y el único que permanece cebado en su poltrona original es el banquero que se ha cebado tanto que ya no le basta el mundo físico, ahora este cerdo se engorda también con lenguaje.

La mala fama de las editoriales y de la academia, que abandonaron los espacios de regulación crítica, viene de un ya largo ejercicio de estandarización que es propio del mercado y que facilita la producción en masa para el consumo en masa en donde la academia es estante y vitrina del “conocimiento” circulante al lado de la moneda. La proliferación de escritores y artistas no se la debemos a una elevación de la literatura mundial, contrariamente, es uno de los signos de su caída. La estandarización del lenguaje se fraguó primero en la banca, pero fue ejecutada por la academia, una estandarización que no significa otra cosa que la agonía de la literatura y la muerte del ser. Ya no podemos decir con el ensayista Guillermo Sucre: “la máscara, la transparencia” sino la máscara, la estandarización. La carga simbólica de la máscara raptada ha sido transferida a los fondos editoriales, y falsificada en la industria para diluirla en la gesticulación, pero quien gesticula ya no es un espejo irónico sino un otro real pero sin rostro, una oquedad. La máscara actuante, paradójicamente, se singulariza en la repetición, lo prefabricado, el arte facto carente de símbolo. Poesía sin metáfora que no alimenta, perro desleal que corre tras el hueso institucional, una institución que dejó de tener territorio porque es todo el territorio, incluido el cuerpo. El cuerpo se rebela, escribe sobre sí mismo, se raya, se tatúa, como diciendo que no tiene dueños, pero no deja de ser más que el cuerpo de un esclavo marcado por sí mismo, o un siervo del lenguaje que dejará de tener sentido si su señor no le ordena una nueva novela o no habla de él en los medios.

La estandarización crea grupos antes que corrientes de pensamiento y de creación, grupos que asumen exteriormente una “fraternidad” cuya única condición es el acriticismo y el elogio gratuito, actitud mental que esconde una especie de miedo pánico. El miedo acobarda y arrebaña, y aunque el rebaño tiene miedo, ya no hay faunos ni lobos en la pradera, el terror máximo es el miedo a la crítica, de allí la alianza mal simulada con el autoritarismo. Lo que pasa con el autor corre paralelo al resurgimiento del fascismo en el mundo cuyas bases son el corporativismo, la autocensura y el conservadurismo, las clases medias intelectuales son las más usadas en un convenido apoliticismo que no busca otra cosa que amortiguar la capacidad transgresora que viene de intelectual crítico y de la marginalidad. El mayor peligro de este miedo en masa es la pérdida del sujeto en la sumisión y la sesión y sustitución del yo por la imagen corporativa que representa seguridad, hasta el extremo de justificar el silenciamiento del pensamiento crítico, o el crimen político del otro que no es de nuestra posición ni de nuestra misma opinión.

Bajo los crímenes de este fascismo expandido se asoma el miedo, un miedo que homogeniza tanto el lenguaje como la imagen, un miedo que exalta a los mediocres hasta llevarlos a posiciones de dominio. Basta con ver la dirigencia en todos los aspectos de la vida social: la política, la cultura, el arte, para saber que tan cerca nos encontramos del abismo. El “liderazgo” de los mesócratas nos sirve para detectar la proximidad del momento de la caída. Aunque el miedo reaccione y busque sus mesías de todo orden, no deja de ser en últimas miedo pánico que aprovecha el mercado para vender armas y “literatura”. Si queremos encontrar los signos de este miedo en nuestro medio, basta con mirar las formas de interacción de nuestra intelectualidad, expresadas por el seguidismo a las figuras literarias que propone el mercado, no otra cosa hacen las revistas que se suponen críticas o que pretenden orientar lectores curiosos o despabilados. Otro signo es la estructura feudal de estos grupos en donde hay siervos de la palabra y señores de la palabra; su avanzada ideológica son las revistas que reproducen de manera infinita como infinito creen que es el mercado, las figuras feudales con su reino de obras. Un fascismo opulento y latente ha sido inoculado en la vida cultural y social.

En medio de la jauría y arrojado a sus colmillos, el animal racional, y sensible, parece estar obligado demostrar su propia existencia, y el mercado hace como que no le ve, que nadie lo ve, entonces grita, o se hace fotografiar con otros animales famosos, creyendo así lograr respetabilidad y ya no por sus obras. Pobre animal que no amerita ni siquiera un nombre.

Lo que ahora llama ensayo la academia, son pobres resúmenes de historia de la literatura intercalado con citas en donde la gran ausente es la poesía, el sentido múltiple y poliédrico de la imaginación y el pensamiento que es lo que caracteriza al ensayo. Hay una pose cosmopolita no solo en el ensayista de claustro, también en el escritor del mercado, basta con que este haya visitado un lugar por unos días para volverse especialista en ellos, firman sus notas y poemas con las fechas y el lugar de su visita; otro día se hacen fotografiar con las figuras locales para dejar el registro de su épica, pero cuando ya se hacen insoportables, es cuando creen que no existe nada más allá que su obra y ya no hay oriente más lejano para sus pensamientos. Un arte superfluo que se pretende erudito por citar a otros poetas, filósofos o narradores, pero que no logra un sentido más allá del pastich del momento: la mascarilla, la cosmética. Un turismo que se pretende literario de una falsa erudición que enumera y enuncia, pero no nombra, una pose que confunde la experiencia literaria, que es una experiencia vital, con el tour. Lo característico en este ensayo es la ausencia de pathos, y de metáfora, de pensamiento dialogante no solo con las artes mismas, el entorno propio desaparece. Tanatismo que no necesita matar para dominar porque lo hace desde una negación del otro que reproduce la ley tribal del robo de la máscara y la fagocitación del rey muerto.

Wifredo Lam - Your Own Life, 1942 at The Kreeger Art Museum Washington DC