domingo, julio 31, 2016

Las nuevas condiciones políticas en américa latina: los procesos de cambio ante un punto de inflexión

|Por Federico Montero Y Fernando Collizzolli|
 
El difundido diagnóstico que caracteriza la actual coyuntura regional sobre la base de un supuesto "fin de ciclo" del denominado "giro a la izquierda", suele partir de un conjunto de elementos insoslayables: los triunfos electorales de fuerzas políticas "neo conservadoras" en países claves como Argentina y Venezuela, la derrota del MAS en el referéndum de Bolivia, la crisis política del gobierno de Dilma Rousseff que permitió el avance del golpe institucional encubierto en la figura de impeachment en Brasil, y el inicio del proceso de referéndum revocatorio a Nicolás Maduro en Venezuela.
 
Es justamente allí en Venezuela, país que inició este giro político regional con la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998, donde la ofensiva de los sectores de derecha ha mostrado, finalmente, efectividad en las legislativas de diciembre de 2015.2 ¿Cómo entender este resultado?
 
El contexto de las legislativas venezolanas fue, quizás, uno de los más severos de los últimos 15 años: en lo social, la profunda crisis económica, derivada de factores internos y externos, implicó un retroceso importante en los avances alcanzados por el gobierno bolivariano. En lo político, las legislativas coronaron un largo proceso de conflicto violento, que comenzó con la impugnación por parte de la oposición de las presidenciales de 2013, donde Maduro logró un ajustado triunfo. Esta impugnación, incluyó el fracasado intento de desestabilización directa del gobierno electo conocido como "La Salida", promovido por el sector más duro de la oposición venezolana.
 
Mientras que el chavismo encaró las elecciones retomando los principales ejes del "Programa de la Patria" de Chávez en 2012,4 la oposición vertebró una campaña alrededor de la idea del cambio como contrapartida a los errores del gobierno, a quien responsabilizó por la situación económica del país. La opositora Mesa de Unidad
 
Democrática-MUD- ganó las elecciones con el 56,2% de los votos, lo que gracias al sistema electoral, le permite disponer por primera vez en 17 años, de una amplia mayoría en la Asamblea Nacional. Desde entonces, ha bloqueado las distintas iniciativas enviadas por el ejecutivo para hacer frente a la recesión que afronta el país, y ha iniciado el proceso para activar el Referéndum revocatorio de mandato de Maduro.
 
Numerosos analistas han subrayado los errores políticos y de gestión de los gobiernos chavistas para dar cuenta de la situación. No es que neguemos su existencia, pero entendemos que hay factores que van más allá de los factores subjetivos operando: en este complejo escenario, la relativa paridad política entre chavistas y antichavistas catalizó elementos estructurales no resueltos con nuevas condiciones producto de la coyuntura. Entre estas últimos, se destaca: la crisis económica suscitada ante la caída de los ingresos por exportación del petróleo; la "guerra económica" que llevan adelante los actores concentrados de la economía venezolana frente al gobierno, a través del acaparamiento de productos y divisas; las dificultades del ejecutivo conducido por Maduro para hacerle frente, mantener movilizada a su base de sustentación social y cohesionados a los distintos sectores chavistas; y finalmente, la importante presión internacional existente sobre el país, donde el devenir de la "revolución bolivariana" ha sido utilizado para la disputa política interna de países como Estados Unidos, España, Colombia, Argentina o Brasil.
 
Esta paridad política expresada en términos electorales se ha manifestado también en dos escenarios que suelen esbozarse para reforzar la idea de "fin de ciclo": tanto las elecciones argentinas (51,34% Cambiemos-48,66% Frente para la Victoria) como el referéndum por la reforma constitucional en Bolivia para habilitar un nuevo mandato del presidente Evo Morales (51,3% No a la reforma-48,7% por el SI) expresan la paridad de fuerzas del momento actual y su futuro incierto, en el que decisiones y elementos contingentes en el marco de transformaciones globales y regionales más profundas, definen parcialmente el devenir de la disputa política regional.
 
No obstante ello, la primera victoria presidencial de la oposición a los gobiernos progresistas ha contribuido a disipar las dudas respecto de la orientación que asumiría un eventual gobierno de la llamada "nueva derecha". Contra los que auguraban la existencia de una derecha renovada con una mirada social, democrática y pos- neoliberal, que llegaría para sostener las principales conquistas (Natanson, 2014, 2015; De Gori y Brito, 2015), el acceso de Mauricio Macri a la presidencia de la República Argentina, de la mano de un dispositivo político nuevo conformado por el PRO en alianza al anclaje territorial de un partido centenario como la UCR, supuso una transformación sustantiva en casi todos los aspectos de la política: desde la regulación económica, a la política cultural, pasando por la inserción internacional del país, se asiste a una verdadera restauración de los lineamientos propios de la etapa neoliberal, con aumento de la represión social e incipiente criminalización de la protesta social.
 
Este realineamiento supone la recomposición del bloque social comandado por el poder económico transnacionalizado, que ejerce el control directo de las áreas clave de la gestión a través de los CEOs de las principales empresas del país (Cifra, 2016), y traduce en políticas públicas los requerimientos impuestos por las reformas estructurales en marcha: devaluación, liberalización comercial, endeudamiento, etc.
 
Sin embargo, así como en los '90, esta derecha en ejercicio del gobierno parece decidida no solo a revertir el régimen de acumulación económica sino a desmontar el incipiente "horizonte de época" construido en la larga década anterior, poniendo en cuestión incluso políticas que han tenido un amplio consenso lo largo del periodo democrático: desde el ingreso irrestricto a la universidad pública hasta la "restauración" de prerrogativas a las fuerzas armadas, pasando por la desarticulación de la regulación a la concentración mediática, entre otras.
 
Si bien encuentra importantes resistencias que empiezan a desgastar la imagen pública del gobierno a pocos meses de haber asumido, este avance se ha construido haciendo eje en: la fragmentación del espacio opositor, parlamentario, sindical; el intento de aislar políticamente a los dirigentes más cercanos al gobierno anterior, empezando por la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner y su familia, a partir de la instalación de escándalos de corrupción como tema central de la agenda pública; y la edificación de un relato que promete un futuro próspero, como salida a un presente de deterioro so cial, supuestamente heredado del gobierno popular.
 
Por una diferencia similar pero inversa (51,64% PT-48,40% PSDB), había conseguido la re-elección Dilma Rousseff en Brasil en 2014. No obstante, en un marco de adopción de políticas de orientación pro mercado, y a partir de una combinación de movilizaciones callejeras, presión institucional y de los grandes medios de comunicación, tomó consistencia una avanzada sobre el gobierno que derivó en mayo de 2016 en un "golpe a la democracia brasileña", tal la definición de Salas Oroño (2016), en la figura del "impeachment" que se presentó como "la" herramienta de confluencia de distintos actores con intereses particulares pero convergentes para poner fin al mandato de Rousseff y con ello, a 13 años de gobierno del PT.
 
Salas Oroño señala que "la composición del gabinete interino de Michel Temer expone de forma bastante clara quiénes han estado detrás de este golpe de Estado". Sin presencia de mujeres ni afrodescendientes, el gabinete se conforma en su mayoría por dirigentes provenientes de las elites blancas de Brasil, representantes de los grandes intereses corporativos del país. Un gobierno cuyos dirigentes tienen escaso reconocimiento popular, que deberá mostrar rápidos resultados en un contexto recesivo, con un PT y movimientos sociales movilizados en las calles, y con la figura de Lula da Silva, siempre convocante a pesar del desgaste provocado.
 
A diferencia de la Argentina, además, donde "la corrupción" es presentada por los principales medios de comunicación ante gran parte de la opinión pública como un problema propio del kirchnerismo (al menos por ahora y a pesar de los casos variopintos que involucran a dirigentes de Cambiemos) en Brasil los casos de corrupción golpean también a las fuerzas de derechas y han debilitado al gobierno interino, con pretensiones de definitivo.
 
LAS CONCLUSIONES POLÍTICAS: LA IDEA DE FIN DE CICLO

Veamos ahora el tipo de análisis que interpretan estas transformaciones en el escenario político como el largamente vaticinado "fin de ciclo" del denominado "giro a la izquierda" en la región.
 
En abril de 2015, anticipando las elecciones argentinas y ante la complejidad del escenario político en Brasil y Venezuela, Steven Levitsky (2015) diagnosticó el fin del "giro a la izquierda" en la región, como resultado de la combinación de factores de índole interna y externa: por un lado, el inevitable desgaste en el gobierno que determinaría la imposibilidad de trascender los tres mandatos "en democracia" (factor interno), y por otro, el fin del denominado "boom de los commodities", que habría facilitado las experiencias de izquierda (factor externo).
 
Complementando, al menos desde el punto de vista de los casos el análisis de Levitsky, Maristella Svampa (2015) escribió pocos meses después un artículo en el que pone en cuestión dos de los procesos que el politólogo estadounidense analizaba como todavía relativamente fuertes: Bolivia y Ecuador. En "Termina la era de las promesas andinas", su artículo para la Revista Ñ del Grupo Clarín, Svampa señala que, incluso, en "aquellos dos países que más expectativas políticas transformadoras concitaron desde las llamadas izquierdas progresistas latinoamericanas", las promesas de generar otros modelos de desarrollo parecen ya muy lejanas, como resultado de la acentuación del extractivismo y del retorno de un populismo de alta intensidad, en el que se acentúan las características no democráticas contenidas en este tipo de experiencias. Y concluye terminante, la nueva izquierda latinoamericana ha evolucionado "hacia modelos de dominación de corte tradicional, basados en el culto al líder y su identificación con el Estado", es decir, aquí es el propio corrimiento de los actores políticos el que llevo al ciclo a su fin.
 
Yendo aún más allá en la impugnación del ciclo y a modo de balance de lo que define (sin problematizar ni argumentar) como terminación de los gobiernos progresistas en la región, Raul Zibechi (2015) escribió que este no solo no habría significado un avance, en tanto "no hubo cambios significativos en la desigualdad, ni reformas estructurales, hubo desindustrialización y se registró una re-primarización de las economías", sino que además el ciclo progresista habría dilapidado "la energía popular latinoamericana acumulada bajo las dictaduras".
 
De este modo, es posible sostener que si bien estos análisis expresan la intensidad -incluso, el dramatismo- del momento político regional actual, soslayan dos elementos decisivos para ponderar la coyuntura latinoamericana: i. invisibilizan la continuidad de gran parte de los gobiernos posneoliberales que hacen parte del ciclo regional y sus posibilidades ciertas de prolongar sus mandatos en las urnas, mientras enfrentan sus propios dilemas o "tensiones creativas"; ii. evaden la reflexión sobre la continuidad de estos procesos trascendiendo el mero ejercicio del gobierno y la administración, evaluando los avances de las transformaciones sociales producidas en términos de configuración de nuevas identidades políticas, entramados sociales y organizativos y arraigo de ideas fuerza en vastos sectores sociales.
 
El fin de ciclo aparece, entonces, como una posibilidad o un programa político, más que como una realidad consumada. Son nuevas condiciones políticas que los movimientos populares deben afrontar, tanto desde el gobierno como en su nuevo rol de oposición. Sin subestimar los cambios y sus potenciales implicancias, Emir Sader (2016) refuta la existencia de un supuesto "fin de ciclo", aunque sostiene que lo que está aconteciendo en la región es una "crisis de las dos izquierdas latinoamericanas": por un lado, de aquella que llegó al gobierno y puso en marcha procesos de salida del modelo neoliberal, y por otro, de la que en los restantes países no logró constituir fuerzas con capacidad real de discutir el poder político.
 
Más que ante un ciclo que concluye, para Sader estamos en "el final del primer período de la construcción de modelos alternativos al neoliberalismo", y el pasaje a un segundo periodo en el que se deberá apostar al consumo interno, la integración regional y los intercambios Sur-Sur para contrarrestar el escaso dinamismo del centro capitalista y la caída en el precio de los commodities.
 
MÁS ALLÁ DEL VOLUNTARISMO Y EL DETERMINISMO: UNA OBJECIÓN CONCEPTUAL
 
Para sustentar la idea de punto de inflexión como alternativa a la tesis de fin de ciclo, quizás convenga dar un rodeo y revivir los debates que se produjeron al inicio del ciclo de gobiernos populares, para buscar allí las claves que nos permitan retomar el análisis.
 
Este ciclo político generó, previsiblemente, un significativo debate al interior de las ciencias sociales latinoamericanas, donde la noción de "giro a la izquierda" adquirió consenso como organizadora de las reflexiones en torno a la caracterización de los cambios políticos que estaban aconteciendo en la región.
 
Sobre esta base, se construyeron análisis comparativos y clasificaciones de los procesos. Algunos autores, preocupados de la estabilidad política, tendieron a reducir la vida democrática al apego a las formas institucionales y a la canalización de las demandas populares por parte de partidos preexistentes y arraigados. En ese marco, se construyó tempranamente la "tesis de las dos izquierdas" (Castañeda, 2006; Paramio, 2006) entre una supuesta "izquierda democrática moderada" contrapuesta a una "izquierda populista autoritaria".9 Con idéntica clasificación pero inversa valoración, autores como Boron.
 
(2008) afirmaban que "en realidad, cuando se habla de izquierda en América Latina, tal caracterización le cabe exclusivamente a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Los demás son, en el mejor de los casos, gobiernos de centro a los cuales el rótulo de centroizquierda les queda demasiado grande ya que constituye una distinción inmerecida en función de sus pobres desempeños en materia de justicia social".
 
Ambas vertientes de análisis, estaban condicionadas por un conjunto de supuestos extrapolados de experiencias anteriores respecto de cómo debía ser un gobierno de izquierda y fallaban en considerar las condiciones particulares que configuraban los procesos de cambio en el siglo XXI.
 
Frente a estas limitaciones, autores como Marco Aurelio García y Franklin Ramírez Gallegos, pusieron el foco en las condiciones socioeconómicas y las herencias políticas de cada una de las experiencias para caracterizar el escenario latinoamericano del cambio de época.10
 
Sobre esta base, Mario Toer y otros (2010) identificaron dos obstáculos limitantes para la correcta interpretación del ciclo político como un "inédito proceso de disputa hegemónica de final abierto", apeando la necesaria renovación conceptual exigida por la etapa:
 
i. el obstáculo formalista que recoge el giro hacia el pensamiento liberal de parte de la socialdemocracia europea, adoptando una reducción tecnicista y procedimentalista de la política y de las instituciones, reforzando la concepción de un Estado limitado la regulación eficiente de las condiciones sociales para la reproducción del esquema de valorización financiera y la expansión del mercado.
 
ii. el obstáculo voluntarista, que desconoce cómo se configuran las correlaciones de fuerza-su estructuración y sus protagonistas-en los procesos políticos de sociedades crecientemente complejas, y que excluye a lo estatal de su espacio de construcción y acumulación política, desconociendo la recuperación de autonomía respecto al capital concentrado alcanzada por parte de los Estados nacionales en esta etapa, y no disputando la orientación estratégica de las políticas públicas.
 
Hoy como entonces, la superación de estos obstáculos conceptuales sigue siendo clave para una interpretación no reduccionista ni esquemática de la naturaleza, potencialidades y límites de los procesos de cambio en la región. No se trata de ignorar las evidentes transformaciones en el escenario regional ni las contradicciones internas y externas que atraviesan los procesos de cambio, tampoco de negar el necesario balance crítico de las experiencias, sino todo lo contrario. Es necesario un profundo reajuste de las coordenadas actuales, calibrar y ponderar el conjunto de determinaciones que operan sobre la escena regional y nacional para construir un balance productivo en términos académicos, conceptuales y políticos.
 
PUNTO DE INFLEXIÓN PARA LOS PROCESOS LATINOAMERICANOS: UN ESQUEMA INICIAL
 
Como alternativa a las dificultades que presenta la tesis del fin de ciclo, sostenemos con García Linera, que los procesos de cambio enfrentan un punto de inflexión, en el que la continuidad del giro político aparece seriamente cuestionada, pero no definida, en el marco de una conjunción de elementos y dinámicas globales, regionales y nacionales.
 
En este punto de inflexión se dan cita tanto los efectos sobre las economías de la región de las transformaciones, aún en curso, del patrón de acumulación del capitalismo global tras la crisis que estalló en 2008, la avanzada de una integración centrada en el libre comercio con la que Estados Unidos intenta recuperar la iniciativa en la región, y la aparición de nuevas demandas en el seno del campo popular, las cuales han intentado ser articuladas, con distintos grados de efectividad, por las fuerzas políticas de derecha.
 
Desde una línea de interpretación distinta, estos elementos han sido también subrayados por Elsa Llenderrozas (2016) para señalar que dinámicas globales, cambios estructurales, procesos hemisféricos, y acontecimientos políticos domésticos vislumbran una reconfiguración del escenario político regional, aunque sin alejarse ni problematizar la idea de "fin de ciclo".
 
CRISIS INTERNACIONAL: PERSISTENCIA Y TRASLADO A LOS PAÍSES EMERGENTES
 
Las políticas sociales expansivas, la recuperación del rol regulador y redistribuidor del estado y el intento de construcción de una nueva matriz de desarrollo que caracterizó a los gobiernos populares de comienzos de siglo (Sader, 2008) tuvieron en las condiciones derivadas de la reconfiguración económica y política global un puntal determinante, pero no excluyente. Si bien es innegable que sin la emergencia de China hubiera sido difícil la producción de un ciclo de esas características, también es cierto que ante las mismas condiciones, países que tuvieron otras políticas, como Perú, Colombia e incluso Chile, estuvieron lejos de los resultados obtenidos por los gobiernos populares.
 
En ese contexto, el estallido y persistencia hasta hoy de la crisis económica de 2008-2009 en EEUU, así como la respuesta política que los países centrales tuvieron frente a ella determinó nuevos ganadores y perdedores dentro de sus zonas de influencia directa, como se expresa en Grecia, España y Portugal, pero también en los llamados países emergentes. Allí, la desaceleración del crecimiento de China, junto a la baja en el precio de los commodities, son los rasgos salientes de esta nueva fase de la economía mundial. A esto se suma un nuevo protagonismo de los activos financieros como dinamizadores del alicaído crecimiento económico global (Cepal, 2015).
 
La caída en el precio de las materias primas, la desaceleración de la economía china, la débil recuperación de la zona del euro y el escaso dinamismo de la actividad económica regional, llevó a que en 2015, el producto interno bruto (PIB) de América Latina y el Caribe se contrajera un 0,4%, y marcara una reducción del 1,5% del PIB por habitante de la región. En esa dirección se han difundido también las proyecciones del Fondo Monetario Internacional-FMI- para este 2016, en el que se prevé una contracción regional del 0,5%, lo cual supone dos años consecutivos de crecimiento negativo, por primera vez desde la crisis de la deuda de 1982-83.
 
Tras un período de creciente relevancia de las potencias emergentes y, en particular, de los BRICS en el concierto internacional, asistimos al desarrollo de ciertas tendencias que marcan un intento de recomposición de un orden unipolar, aunque en un contexto de importante volatilidad e incertidumbre global.
 
Está claro que estas nuevas condiciones tienen profundas implicancias políticas para los gobiernos de la región, que ven restringida su capacidad de maniobra ante el poder económico concentrado, y deben enfrentar las tendencias a la subordinación de sus economías dependientes a los flujos del capital financiero trasnacional.

LA ALIANZA DEL PACÍFICO Y EL REGRESO DE LOS TLC
 
En el plano regional, la coyuntura aparece marcada por el avance de una integración de tipo librecambista, donde los tratados de libre comercio (TLCs) y el esquema de la Alianza del Pacífico (AP) forman parte de la ofensiva de los Estados Unidos para recuperar su centralidad como articulador de la economía regional, y del poder económico local concentrado y trasnacionalizado para imponer sus intereses.
 
Este avance se da en el marco de una disputa entre modelos de integración, que no es otra que la disputa entre modelos de desarrollo a nivel regional. Tras el fracaso del ALCA en la IV Cumbre de las Américas de 2005 en Mar del Plata (Argentina) a partir de la oposición de los países del MERCOSUR y Venezuela, que permitió la nueva orientación del MERCOSUR definida en el Consenso de Buenos Aires16 y la creación de nuevos esquemas de integración (UNASUR en 2008, CELAC en 2010), Estados Unidos incrementó sus esfuerzos hacia la constitución de TLCs con países de la región, en un proceso que había iniciado tiempo antes (Vázquez, 2015). Esta expansión libremercadista comprende actualmente la totalidad de Norteamérica, Centroamérica y la costa Pacífico de Sudamérica, exceptuando a Ecuador.
 
La articulación de estos acuerdos de integración económica con eje en el libre comercio encuentra en la Alianza del Pacífico una referencia de tipo político-ideológica y un horizonte de referencia para la derecha en la región; la AP tiene como principal socio comercial a los Estados Unidos, y todos sus países miembros han suscripto TLCs con la principal potencia.
 
Sus resultados económicos concretos son puestos en cuestión por varios estudios. La desgravación de más del 90% de los productos comercializados internamente por los países miembros de la Alianza, ha sido presentada como uno de los logros principales de la AP. Sin embargo, la mayor parte de su comercio no es realizado entre los miembros de la Alianza, sino con socios comerciales externos (Manríquez y Bonilla, 2014). Estas condiciones estructurales resaltan el carácter geopolítico de los objetivos del bloque: la Alianza del Pacífico se orienta hacia la liberalización de sus mercados y la expansión de las garantías a los grandes capitales, en detrimento de la situación social interna.
 
Esta estrategia a nivel regional de los Estados Unidos se da como parte de una reconfiguración de su proyección internacional, que busca reforzar su presencia en Asia Pacífico, Europa y América Latina. Como señalábamos en el punto anterior, tras un período de creciente influencia de los países emergentes en el tablero mundial, participación en el G-20 y creación del bloque de los BRICS mediante, uno de los pilares de la renovada presencia de Estados Unidos en el mundo es su reinserción comercial a partir de esquemas macro-regionales de integración como el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP). Fueron, precisamente, México, Perú y Chile (países pertenecientes a la Alianza del Pacífico) las naciones latinoamericanas que firmaron el pasado febrero, junto a Estados Unidos y otros 8 países, la creación del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), el área de libre comercio más grande del mundo, pendiente de ratificación por parte de los parlamentos nacionales.
 
La visita del presidente Obama a la Argentina tras la asunción de Mauricio Macri y los gestos inequívocos del propio Macri a favor del libre comercio y en detrimento del MERCOSUR, a los que se suma la iniciativa del presidente de facto M. Temer de Brasil, parecen operar también dentro del propio MERCOSUR y reconducirlo hacia el horizonte neoliberal con que fue concebido en los '90.20
 
LA NUEVA DERECHA Y LAS CONTRADICCIONES INTERNAS DE LOS PROCESOS DE CAMBIO
 
Además de cambiar las condiciones estructurales, para que exista un fin de ciclo tiene que aparecer el sujeto político que encarne la voluntad de clausurarlo. Debemos volver ahora a considerar la situación nacional y las estrategias que implicaron el fortalecimiento de las oposiciones de derecha en el marco de este nuevo escenario global y regional.
 
El primer aspecto a considerar es justamente el cambio de estrategia de la derecha en la región, que pasó de la resistencia corporativa a los gobiernos populares a su impugnación hegemónica, tal como lo describió Goldstein para el caso Venezolano (Goldstein, 2015) y luego Messore extendió a la comparación con la derecha chilena (Messore, 2015). En esta estrategia de expansión contó, en primer lugar con anclaje en el "desgaste" al que hace alusión Levitsky (2015), tras una década de gobiernos de izquierda o populares. Este desgaste surge como resultado de la aparición de nuevas demandas y contradicciones al interior del campo popular, derivadas en algunos casos del avance del proceso de cambio y en otros de temas que no eran prioritarios o no se contaba con las capacidades para abordarlos en la etapa reparatoria y que se vuelven urgentes en determinada coyuntura. Así lo atestiguan tanto las movilizaciones callejeras en Brasil de 2013 y 2014, como las tensiones en Bolivia en ocasión de la crisis del Tipnis en 2011 o el ciclo de cacerolazos en Argentina entre 2012 y 2014.
 
En ese mismo plano debe analizarse también el desgaste que produce la necesidad crónica de reformar la institucionalidad heredada - reforma política, reforma judicial, reforma de los medios - en particular en países como Brasil y Argentina, donde no hubo refundación del Estado a través de reformas constitucionales, a diferencia de Venezuela, Ecuador o Bolivia. Estas tensiones pusieron en escena nuevas demandas ciudadanas que fueron objeto de disputa entre los gobiernos populares y las oposiciones de derecha 21. A la luz de estos conflictos y movilizaciones apareció también un entramado de relaciones que conecta a variopintos sectores de la oposición a los gobiernos populares con los medios de comunicación y con sectores de las estructuras estatales y paraestatales con conexiones internacionales.
 
La capacidad para procesar estas contradicciones de segundo orden, o "contradicciones en el seno del pueblo", al decir de Álvaro García Linera, darán cuenta de las posibilidades de expandir la bases de sustentación de los procesos de cambio mediante el justo y "creativo" abordaje y resolución de estos conflictos.
Llámese Macri, Capriles o Neves, estos acercamientos, frecuentemente viabilizados a través de las embajadas norteamericanas, como ha sido documentado por WikiLeaks (Becerra y Lacunza, 2012; O´Donnell, 2012) son parte de estrategias convergentes cuya anatomía es llamativamente similar:
 
i. el poder económico local concentrado y trasnacionalizado que busca imponer una agenda neo restauradora como respuesta a la recesión económica en los países de la región, y subordinar a los sectores del empresariado nacional alineados con los procesos de cambio;
 
ii. la acción destituyente de los medios de comunicación concentrados que son, en lo económico, parte del bloque concentrado que quiere recuperar el control de la política económica, y en lo político-ideológico, la conducción real de las fuerzas políticas de oposición;
 
iii. una oposición política que tiende a unificarse a través de la constitución de coaliciones de nuevo tipo que combinan sectores de los partidos tradicionales con nuevos emergentes;
 
iv. la movilización social de sectores medios urbanos con una agenda de nuevas demandas heterogénea, sobre la cual se orientan los medios de comunicación para erosionar a los gobiernos y la oposición política para ampliar su base de sustentación;
 
v. la presencia de un entramado de relaciones que conecta la oposición política, los medios de comunicación (nacionales y norteamericanos) con sectores de la diplomacia norteamericana. Aunque es difícil de constatar, los vínculos de los venezolanos Henrique Capriles, Corina Machado y Leopoldo López y los argentinos Sergio Massa, Elisa Carrió, Mauricio Macri, Patricia Bullrich y Lauras con los servicios norteamericanos es de público conocimiento. También lo fue el escándalo por las escuchas ilegales a empresarios y políticos que involucró a la presidenta brasileña DilmaRusseff.
 
La articulación de estos sectores en una nueva identidad política se da a partir de una nueva retórica que busca la neutralización política y el cambio cultural. Su discurso polariza a través de la condena a la polarización, politiza a través de la crítica a la politización e ideologiza a partir de su pretensión de clausurar el debate ideológico en el altar de la gestión (Montero, 2015). En suma, la derecha, al intentar renovarse, logró encaminar su lucha al comprometerse con los emprendedores, con la clase media, con el mercado y el individuo. La derecha neoliberal se logra imponer culturalmente al producir la idea que el mérito individual, el crecimiento propio es más relevante que el bienestar de las comunidades locales y nacionales, y especialmente, alegando que la lucha por la comunidad es de carácter "clientelista". Teniendo como aliados a grandes grupos empresariales, compañías mediáticas, el capital internacional, la derecha se instaura como una solución a una grieta conflictiva que ellos mismos generaron, como una supuesta superación de lo "viejo", que en realidad era la superación al neoliberalismo (Messore, 2015).
 
CONSIDERACIONES FINALES

El escenario político latinoamericano se presenta, entonces, más complejo de lo que la tesis del "fin de ciclo del giro a la izquierda" hace suponer. En ese sentido, la continuidad del ciclo (o no) depende del estado de la correlación de fuerzas que se mide en elecciones pero que remite más allá de ellas, y las marchas y contramarchas deben interpretarse como parte de un proceso de disputa hegemónica, de final abierto (Toer et al., 2010)
 
A pesar de las diferencias que tienen los distintos procesos nacio nales, la estrategia de acumulación política de los sectores populares es una de las principales "innovaciones" del ciclo político iniciado en 1998 con el triunfo de Chávez. Y en esa línea es, justamente, que debe entenderse la continuidad de gran parte de los gobiernos populares en la región, e incluso, el hecho de que aun allí donde estas fuerzas representantes de los sectores populares han perdido el gobierno en elecciones o han sido sacadas a través de golpes de Estado, cuenten con chances relativas de volver al gobierno en el mediano plazo.
 
No obstante, es cierto que se atraviesan tiempos de definiciones en los que se definirá el cariz dominante que tendrán los próximos tiempos en la región. Una encrucijada en la que la continuidad del giro político aparece ya seriamente cuestionada, pero no definida ante la convergencia de elementos nacionales, regionales y globales, definiendo los contornos de "un punto de inflexión" regional marcado por: el traslado de la crisis internacional a los países emergentes, el avance global de una integración de tipo librecambista y el resonante avance de fuerzas de derecha en países clave de la región, donde han logrado articular la aparición de nuevas demandas en el seno del campo popular para promover una agenda de cambios "neo conservadora".
 
Como otras veces a lo largo de nuestra historia, el futuro inmediato de los procesos latinoamericanos está atravesado también por sucesos que se desarrollan fuera de la región como resultado de nuestra posición periférica en el escenario global. Nuestra América no permanecerá inmune a lo que suceda principalmente en Estados Unidos con las elecciones que tendrán lugar este año, al éxito que tengan en la periferia europea las fuerzas políticas que se han nutrido de la experiencia de los gobiernos posneoliberales de nuestra región, y al devenir de las potencias emergentes y sus iniciativas Sur-Sur.
 
La disputa política pasa por el acceso al gobierno, entonces, pero al mismo tiempo lo trasciende. Un análisis integral no puede quedarse únicamente limitado a señalar quienes son aquellos que alcanzan el gobierno, sino que debe resaltar el estado general de la disputa, incluso al interior del propio Estado, que lejos de ser un corpus monolítico se presenta también como relación, como campo de lucha (Linera, Prada, Tapia y Camacho, 2010).
 
En este punto, resulta pertinente volver al concepto de "horizonte de época" desarrollado por García Linera (2013), entendido como conjunto de representaciones, horizontes y expectativas dominantes en un tiempo histórico, en cuyo interior emergen las luchas, las diferencias, las tensiones y las contradicciones.
 
Ciertamente, las fuerzas conservadoras que han pasado a la ofensiva en distintos países de la región buscan desmontar este clima de época construido, en parte, por los gobiernos posneoliberales, pero, paradójicamente, para desmontarlo, como señala Linera, han debido utilizar el lenguaje y el norte marcado por este para llevar a cabo ladisputa política y acceder, allí donde lo han logrado, al gobierno.
 
Este "horizonte de época" aparece hoy seriamente cuestionado ante la conjunción de una serie de fenómenos globales, regionales y nacionales. Sin embargo, su futuro no está aún definido.
 
BIBLIOGRAFÍA
 
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