sábado, julio 02, 2016

¡Qué se vayan todos!

Durante el corralito generado por la crisis neoliberal en la Argentina a finales de los años noventa surgió una consigna que estalló a punta de cacerolazos: ¡Qué se vayan todos!, y los malos gobernantes salieron en helicópteros desde las terrazas de la casa de gobierno. Más tarde, el bravo pueblo ecuatoriano (mucho más bravo y participativo que el colombiano) sacó a cuatro presidentes con la misma consigna ¡Qué se vayan todos!
 
La ilusión de la democracia liberal nos muestra que la alternancia en el poder oxigena la política, pero si se toma como ejemplo el frente nacional -vigente en Colombia entre 1958 y 1974- pues esta alternancia no era más que un enroque de las élites tradicionales para focalizar la violencia contra los terceros partidos y cerrar las vías democráticas para el acceso al poder en Colombia. En general, la historia del siglo XX en Colombia es aquella en la que 15 familias se alternan el poder en la farsa total de “la democracia más antigua de América Latina”, es decir una dictadura concertada de la oligarquía. Ante esta crisis del modelo de la “democracia representativa”, no queda más que gritar ¡Qué se vayan todos!; exigir un modelo de gobierno más directo, donde el pueblo pueda decidir con verdadero conocimiento de causa, donde el pueblo pueda siempre revocar a sus mandatarios, a los que no cumplen o a los que roban; y donde se tengan en cuenta los procesos asamblearios y populares desde las regiones y los territorios.

La Universidad del Tolima está viviendo un momento donde las directivas llegaron al éxtasis del clientelismo, el favorecimiento sin méritos, la pérdida de dineros públicos y el despilfarro. Ahora la universidad vive una de las crisis más profundas en toda su historia, amenazada con el cierre definitivo o la intervención por parte de privados. La Universidad no es más que otra víctima del neoliberalismo. Y el agente del neoliberalismo enquistado en ella, es el actual rector José Herman Muñoz Ñungo, quien ha hecho de todo para desfinanciar a la Universidad y hacerla entrar en la desesperación de llegar a acogerse a la Ley 550, que por demás ha demostrado ser una ley nefasta para las entidades públicas, como es el caso de la Universidad del Atlántico. Esta ley la ha propuesto el rector Muñoz en por lo menos dos Consejos Superiores durante el 2016 por fortuna no ha sido acogida, pero la amenaza continúa. En todo caso el rector tiene que irse, tiene que renunciar (ya que en los estatutos está blindado ese cargo y no hay forma de revocarlo o destituirlo, por lo menos inicialmente), pero de nada sirve que se vaya un rector sino se acaba también con el régimen hacendatario y señorial en la UT, sino se transforma también la práctica politiquera que ha tenido a la Universidad a la merced de los gobernadores, senadores y presidentes de turno que han depredado los recursos sagrados de la educación pública, que es la esperanza de conocimiento para el espectro más amplio de la población tolimense y de otros departamentos.

Mientras que la única institución pública de educación universitaria del Tolima se debate entre la vida y la muerte, los invasores siguen llegando por nuestro oro, el coltán el carbón, por nuestros ríos y nuestras montañas. Y por todo lo que se les atraviese para seguir sustentando este sistema de consumo y de neoliberalismo explotador y expropiador. Sea con Uribe o con Santos, las multinacionales siguen llegando, siguen explotando y nos siguen despojando y asesinando. Quienes verdaderamente gobiernan parecen estas grandes empresas a las que todos los gobiernos parecen hacerles venias. El Estado y la paz de Santos están al servicio del Gran Capital y no del pueblo. El nuevo conflicto (que es muy viejo en realidad) es el de la defensa del agua, la soberanía, los territorios, y, en general, la vida.

Por otro lado, las consultas populares como la que se llevó a cabo en Piedras y la que se hará en la ciudad de Ibagué son muestras de que el pueblo quiere decidir sobre sus destinos y sobre sus territorios, porque el centralismo oligárquico no sirve para solucionar los problemas de las regiones y los territorios, no sirve para que la gente pueda participar y decidir. Es un clamor por una democracia más real y no de papel como la que hemos vivido. La actual crisis está asentando entre las comunidades la idea de la urgencia de proteger sus territorios y este debe ser el mejor escenario para que haya cambios radicales hacia el país que queremos con justicia, equidad social, protección del medio ambiente y participación política consciente.

Es por eso que, ante esta crisis de representatividad, decimos ¡Qué se vayan todos! ¡Qué se vayan el rector y sus funcionarios de la alta cúpula administrativa! ¡Qué se vayan las tres plagas de la UT…burocracia, clientelismo y corrupción! ¡Qué se vayan todos los que piensan en la Universidad como una gran arca de sus intereses privados! ¡Qué se vayan los ecocidas y sus proyectos de muerte y destrucción! ¡Qué se vayan todas las multinacionales y corporaciones! ¡Qué se vayan Anglogold y sus secundadores! ¡Qué se vayan los politiqueros y sus testaferros! ¡Qué se vayan los saqueadores de la dignidad pijao!

(*) Editorial Revista El Salmón, edición Número 26, junio 29 de 2016.
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