lunes, septiembre 05, 2016

Endeudamiento y genocidio: la política indígena de Estados Unidos



|Por Rafael Rodríguez Cruz|

EL ÚLTIMO GRAN JUEGO DE TAKAPSICAPI

Tal y como lo había anunciado una vieja leyenda, Wasichu arribó a las Grandes Llanuras tardíamente, después de haber destruido a muchas otras naciones y pueblos originarios de América del Norte. Llegó por el sur, por el este y por el oeste. Vino montado en lo que parecía un alce gigante, aunque el animal no tenía astas, y su rabo era hermoso como la cabellera de los guerreros indígenas más valientes. Wasichu trajo en una mano un palo de fuego y en la otra, una cruz. Portaba un sombrero negro alto y largo. Su labio superior y su mentón estaban cubiertos de pelo amarillo. Su piel era pálida y sus ojos, azules y tenía piernas muy largas, como si estuvieran hechas para caminar pisoteando a otras personas. Parecía una araña segadora, como el daddy longlegs de las praderas. De su boca salían sonidos ásperos, imposibles de comprender.

Iktome, el mitológico mensajero indígena de las malas noticias, bajó de las nubes y abandonó la forma misteriosa de La Araña para difundir entre todos los pueblos de las Grandes Llanuras –lakotas, dakotas, arapahoes, crows, shoshones y pawness– la noticia de que Wasichu finalmente había llegado. Los pueblos indomados de las llanuras hablaban idiomas distintos, incomprensibles entre sí. Pero Iktome, que era mensajero mágico, podía hablarlos todos con facilidad y viajó de pueblo en pueblo expresándose en cada lugar en el idioma correspondiente. Lo primero que les dijo a todos fue que Wasichu era muy parecido a él, un ser embaucador y mentiroso. Sabía pasarse de listo y actuaba con mucha malicia, pues sus largas piernas estaban llenas de conocimiento y avaricia. Wasichu traía, además, cuatro cosas invisibles de las que los pueblos originarios podían y debían cuidarse esmeradamente: las enfermedades mortales, el odio, los prejuicios y la crueldad. No obstante, entre Iktome y Wasichu había algo distinto. Iktome era un ser mitológico que mágicamente adoptaba la forma externa del cuerpo humano al bajar de las nubes. Allá en los cielos era siempre La Araña. Acá en la Tierra era el fabuloso Hombre Araña de los indígenas sioux. Wasichu, sin embargo, era un mero ser humano, un ser mortal. Su nombre no describía poderes sobrenaturales, sino una actitud ante el mundo: la de apoderase egoístamente de toda la riqueza. Wasichu era, y todavía es, el hombre que consume egoístamente la grasa de la tierra, el que se lo come todo. Quizás algún día lejano podría cambiar sus actitudes –había dicho Iktome– pero al menos en el momento de su llegada a las Grandes Llanuras, Wasichu representaba una nueva generación, un hombre nuevo y toda una nueva nación desprovista de sabiduría natural. Wasichu se movía por todas partes lentamente, dejando huellas de su capacidad destructiva y de su sordera ante el lenguaje de las hierbas, los animales y los árboles. El resultado sería, al menos temporalmente, la destrucción de las Grandes Llanuras y el ocaso de los pueblos originarios.

En cuanto cumplió su misión de emisario de malas noticias, Iktome encogió su cuerpo humano en una bola de la que salió una araña gigante. Acto seguido, cayó del cielo una hebra de hilo plateada, que usó para subir a las nubes y desaparecer. Pero Wasichu, astutamente, no se mostró a un tiempo ante todos los pueblos originarios de las Grandes Llanuras. Al fin y al cabo, estas últimas se extienden desde la frontera de Canadá al norte, hasta el río Grande al sur, comprendiendo millones de acres de terreno en la región central de Estados Unidos. De las tribus aún indómitas, los comanches (descendientes de los shoshones) fueron los primeros en enfrentar la brutalidad y crueldad de Wasichu, en los estados que hoy se conocen como Texas y Oklahoma. Por eso, mientras él tardaba, a paso lento, en llegar a las regiones norteñas de las Grandes Llanuras, no faltó, ni siquiera entre los indígenas sioux, quienes dudaran momentáneamente de las advertencias de Iktome. Los distintos pueblos fallaron en no actuar como uno. Destruidos los comanches (los grandes guerreros de las Llanuras del Sur) enfiló su curso hacia el norte. Allí llegó en plena primavera, cuando florecían las hierbas en el campo y en la noche las estrellas se reflejaban unas en otras. Se presentó en la mañana. Dos mujeres sioux que recogían capulines lo vieron llegar envuelto en una niebla oscura. Wasichu sacó de su abrigo algo duro y transparente que parecía servirle de envase de agua y les ofreció de tomar. El líquido cristalino les quemó las gargantas y sus cabezas empezaron a flotar. Era mini wakan, el agua que enloquece. De su ropa, saltaron enfermedades invisibles que pronto llenaron de pústulas la piel de las mujeres. Las indígenas no tardaron en morir. Así fue, según la historia oral, que todo el mundo vino a reconocer finalmente la llegada de Wasichu. Un hombre nuevo, una nueva nación, había arribado a las Grandes Llanuras. Todo habría de cambiar, al menos por un tiempo…

Desoyendo las advertencias de Iktome, el 13 de julio de 1852, millares de indígenas dakotas se dieron cita en la confluencia de los ríos Mni Sota Wakpa y Haha Wakpa, en el corazón mismo de las Llanuras del Norte, para honrar a Wasichu con una competencia de takapsicapi o juego de palo y bola. Por cientos de años, el takapsicapi se jugó del mismo modo entre las bandas y comunidades originarias de la región. Dos equipos de al menos 100 jugadores y jugadoras se disputaban el control de un pequeño nudo de madera en forma de bola, llamado tapa. La regla inviolable era que no podía tocarse con la mano, sino cargarse en el aro de un palo fino, llamado takapsicapi. El aro estaba provisto de una suave malla hecha de piel de animal y, de ser necesario, el duro nudo de árbol podía lanzarse al aire, de un jugador a otro. Se jugaba en la pradera abierta, en lugares naturalmente llanos y colindados por ríos, arboledas y lagos. El área de acción era rectangular y medía al menos 1,2 kilómetros de largo por 0,8 de ancho. En los extremos más distantes se demarcaban dos líneas, que servían de objetivos. Para ganar, un equipo tenía que atravesar el lado adverso cargando la bola en la pequeña malla, que no era mayor que la propia mano del jugador o jugadora.

El takapsicapi siempre tuvo una diversidad de significados para la cultura y la sociedad dakota. Todo, desde el diseño de los palos del juego, hasta la preparación física y mental de los participantes, era pieza de una relación espiritual con el Gran Espíritu. Sin negar su alta función de entretenimiento, el takapsicapi era un acto ceremonial en que se integraba toda la comunidad, jugando directamente o asistiendo a los jugadores. Los juegos más cortos duraban tres o cuatro días, sin incluir el tiempo de los elaborados actos de preparación; los más largos, meses enteros. Como en la cultura dakota todo guarda una relación espiritual directa con la Madre Tierra (Ina), se jugaba, por lo general, en los meses de verano, cuando se había completado la caza de bisontes y venados y cuando la agricultura rendía sus frutos. En no poca medida, era una celebración del ciclo de vida. Para mediados del verano, las distintas bandas dakotas se aseguraban de haber creado precisamente las condiciones para sobrevivir el invierno. La primavera era época de caza y cosecha de arroz, de maíz, papas y frutas. En los meses de luna caliente, todas las bandas de indígenas trabajaban, pues, en secar los alimentos y coordinar su distribución para el consumo posterior en el duro invierno de las Llanuras del Norte. Sí, Takapsicapi era una celebración de las bendiciones de Wakan Tanka, el gran espíritu creador del universo. Pero, además, era el principal mecanismo regulador de las relaciones sociales entre las distintas bandas y grupos de indígenas. El uso común de la tierra, particularmente para la caza de bisontes y venados, no estaba exento de conflictos, especialmente en períodos de carestía y climas extremos. Takapsicapi era un modo de afirmar la unidad étnica, económica y social de la nación dakota, de solidificar, incluso por medio de matrimonios, lo que unía a las bandas. También era un modo de evitar los conflictos armados.

Durante las celebraciones del juego, cada banda escogía a sus guerreros más hábiles, a los jóvenes más espiritualmente inquietos, y les dejaban medir el poder y la fuerza relativa de cada grupo. Nadie podía negarse a ser parte de la competencia, pues esta era, como en los tiempos de la antigua Grecia, un ensayo o advertencia de guerra. Era una prueba extraordinariamente física y violenta. Vestidos con tan solo taparrabos y mocasines, los guerreros se decoraban hermosamente y parecían dotados de un poder sobrenatural. Se cubrían todo el cuerpo de diseños magníficos y de figuras que simbolizaban las fuerzas dominantes de la vida natural, los rayos, el sol, las estrellas y los animales más hábiles y veloces. De pelo de caballo, se hacían rabos hermosos que colgaban de la parte posterior del taparrabo; de plumas de aves veloces, se adornaban la cabeza; de alas de murciélagos, ataviaban sus instrumentos de juego. Previo al encuentro con los adversarios, se entregaban a largos períodos de adiestramientos extremos: no consumían alimentos, vomitaban todo lo que les quedaba en el estómago y se dejaban flagelar con instrumentos de martirio dotados de dientes de las serpientes más nocivas al ser humano. El takapsicapi era lo más cercano a la guerra, sin llegar a ella. No era juego de cobardes ni mentirosos. Era, según la mitología de los indígenas, el «hermano menor de la guerra». Por él se medían las consecuencias funestas de un posible conflicto abierto entre las bandas. Pero también se consagraban, en la memoria colectiva y tradición oral, las reglas y acuerdos temporales de convivencia y uso común de los recursos de la Madre Tierra en todo el territorio de Mni Sota Makoce. En el invierno, cuando llegaba la dureza del frío y los fuertes vientos, las bandas tenían que ser fieles a la palabra empeñada en las celebraciones y a los acuerdos que se establecían en el verano. El takapsicapi era un juego de honor entre guerreros que protegían a sus comunidades. Lo otro era la guerra abierta entre hermanos. Wowicake –la honestidad con uno mismo y la comunidad entera–, era el código de honor que definía al juego dakota del palo y la bola.

Para leer artículo completo en: Red Latina Sin Fronteras