viernes, septiembre 30, 2016

Francois Houtart: ¿el final de un ciclo o el agotamiento del posneoliberalismo?



|Por Laura Farina|

El sociólogo y ex sacerdote belga Francois Houtart, fundador del Centro Tricontinental (Cetri), expuso su visión acerca de la situación por la que atraviesa América Latina en el seminario internacional “La crisis del capitalismo en la perspectiva de la clase trabajadora”, realizado recientemente en Sao Paulo. A su entender, las alternativas progresistas que han gobernado la región en los últimos diez o quince años han sido experiencias posneoliberales pero no poscapitalistas.

Es decir, después de un periodo de brutal neoliberalismo hubo reacciones populares que han traído un cambio político con gobiernos progresistas y nuevos movimientos sociales. Esta situación se creó para “reconstruir las funciones sociales del estado, en particular de redistribución de riquezas, de mejor acceso de servicios públicos: salud, educación, cultura; inversiones públicas importantes, restablecimiento del Estado como un actor en el desarrollo del país y también en la construcción de organismos de integración de Nuestra América, la integración del tipo Bolívar”, aseguró Houtart.

Estas experiencias han tenido logros reales: millones de personas han salido de la pobreza, se ha constituido una nueva clase media, se ha ampliado los alcances del sistema educativo. Éxitos que han sido, según este pensador, quizás más cuantitativos que cualitativos.

Sin embargo, Houtart planteó algunos elementos que a su entender muestran las falencias de estas iniciativas. Por empezar, consideró que el sector privado continuó dominando las economías de todos los países progresistas. “El capital internacional sigue teniendo un papel importante en sectores centrales de la economía local, como el petróleo, la minera, el agronegocio, las finanzas”, explicó.

Además, agregó, se desarrollaron nuevos actores capitalistas que han tenido grandes posibilidades de acumulación: los que negocian con las telecomunicaciones, con la alimentación, los intermediaros con los capitales chinos y los empresarios ligados a las exportaciones.

Al mismo tiempo, “no hubo una reforma agraria seria y continúa la marginación de la agricultura campesina que en la mayoría de los países (tal vez a excepción de Venezuela, por razones históricas) produce más del 60 % de los alimentos”. A esto se la suma la pérdida progresiva de la soberanía alimentaria en beneficio de multinacionales que promueven el agronegocio.

Toda esta sobrexplotación de los recursos naturales ha sido justificada en nombre de un desarrollo y una modernización que están más vinculadas a los intereses capitalistas que a la construcción de otro tipo de sociedad, de otras formas de vínculos entre personas y con el mundo.

“Ignorancia de las externalidades del desarrollo; es decir, lo que queda afuera del cálculo del mercado: los daños ambientales, los daños sociales, culturales, en particular a las poblaciones indígenas. Y finalmente una concepción de transformar la sociedad pero modernizándola, en base a un modelo capitalista de crecimiento. Es decir, una modernidad a-crítica”, sentenció Houtart.

Posición que propone al desarrollo como un proceso lineal e inagotable, cuando sabemos que la realidad es dialéctica, no lineal, y que el mundo se agotará si se continúa con este ritmo de crecimiento capitalista.

Esta mirada estrecha ante la búsqueda de recursos, produjo, a entender del intelectual belga, una reprimarización de la economía, una vuelta a la monoproducción de materias primas que se venden a los centros de industrialización mundial. Lo que, indudablemente, ha permitido financiar las políticas sociales de los países progresistas.

Tendencia que se profundizó luego de la crisis mundial del 2009. “El resultado en los países progresistas de este duro golpe de la crisis fue el de acelerar una reacción que va en la dirección del mercado mundial. No han visto otra solución”, criticó.

Houtart reconoció que era necesario, luego de la destrucción neoliberal, reconstruir el Estado para poder satisfacer al menos las necesidades básicas de la población. Pero, lamentó que la restauración se haya hecho con profundas contradicciones. Con una mirada tal vez más generalizadora (excluyendo experiencias particulares de algunos países), el pensador belga definió que la descentralización del Estado se hizo de manera piramidal, con poca participación de las bases.

Al mismo tiempo, “toda esta concepción del Estado finalmente es para construir ciudadanos con mismo derechos, mismos deberes, pero que hacen desaparecer las diferencias; en particular, las diferencias de lengua, las diferencias étnicas. Finalmente, crea un Estado que entra en conflicto especialmente con las comunidades”, precisó.

Al mantener el juego de la democracia representativa, se privilegió la lógica electoral que manipula a los movimientos sociales, creando organizaciones afines al gobierno ante las diferencias con los grupos tradicionales. Llegando en algunos casos hasta criminalizar las protestas.

A todo esto, se le sumó la burocratización paralizante y –en algunos casos- la corrupción sistemática. Cuando el gobierno es el principal motor transformador, se corre el riesgo de que el poder ejecutivo absorba las funciones parlamentarias y judiciales.

“Es totalmente ilusorio pensar que podemos construir un socialismo instantáneo, ni por las armas. Porque la resistencia, la reacción económica mundial y también la intervención militar de Estados Unidos, que tiene todas sus bases y su flota alrededor del continente, inmediatamente actuarían”, reflexionó. El capitalismo, dijo, está al fin de su ciclo pero todavía tiene una fuerza enorme. Fuerza que se basa también, en el miedo.

En síntesis, para Houtart hubo una contradicción entre el proyecto original (las Constituciones de Bolivia, Ecuador, Venezuela), las leyes que se establecieron, y la realidad.

“La restauración conservadora, de la que se habla mucho últimamente, empieza en los gobiernos progresistas de América Latina. Por el hecho de que son alianzas entre una izquierda y una derecha y en los últimos años es la derecha la que ha tenido el papel más importante. La derecha tradicional y la derecha moderna quieren retomar el poder a todo precio”, explicó.

Ante este crítico análisis, el sociólogo se preguntó: ¿era posible hacerlo de otra manera? “No estamos ante el fin de las luchas sociales, pero debemos redefinir el proyecto, redefinir los pasos de transición, no como adaptación del capitalismo. No creo que sea el papel de la izquierda el de permitirle al capitalismo reproducirse como moderno, como verde, como social en un momento en que está en crisis de su propia existencia”, concluyó Francois Houtart.