domingo, octubre 16, 2016

“Gane Trump o Clinton, la clase trabajadora estadounidense seguirá empobreciéndose”: Robert Pollino



|Por Álvaro Guzmán Bastida / CTXT|

Desde que arrancó la campaña electoral en EE.UU., se ha hablado más de comercio internacional de lo que casi nadie hubiera podido imaginar. El debate sobre el legado de tratados como el NAFTA, que entró en vigor hace ya 22 años entre Estados Unidos, Canadá y México, y la conveniencia de firmar otros, como el TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífico) o el TTIP (Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión), resulta inseparable del éxito de Donald Trump, que se hizo con la nominación republicana contra todo pronóstico, y de Bernie Sanders, que logró poner contra las cuerdas durante meses a la candidata del aparato demócrata, Hillary Clinton. La propia Clinton se vio obligada a virar en plena campaña, claudicando de su apoyo al TPP, cuyas virtudes había defendido por medio mundo, en privado y en público, como secretaria de Estado.

¿Qué se esconde detrás de este renovado énfasis en el ‘libre comercio’ y sus consecuencias? Para el economista Robert Pollin(1950), director del Instituto para el Estudio de la Economía Política de la Universidad de Massachusetts, lo que ha llevado al comercio al centro del debate –y a Trump a superar el 40% de apoyos en todas las encuestas— es el profundo descontento de la clase trabajadora estadounidense después de décadas de empobrecimiento. Pollin, autor de una decena de libros sobre política económica y empleo en EE.UU. y a nivel mundial, analiza para CTXT el ascenso de Trump, y compara sus recetas económicas con las de Clinton.

La política comercial ha sido uno de los asuntos centrales de esta campaña desde las primarias, rompiendo con décadas de consenso sobre el tema. ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué cree que se presta tanta atención al ‘libre comercio’?

El problema no es el comercio en sí, sino el estancamiento o declive en las condiciones de vida de la clase trabajadora en EE.UU. Por tomar solo un indicador: el salario medio de los trabajadores ‘no supervisores’ es hoy un 10% más bajo que en 1973. Los sueldos llevan estancados, en el mejor de los casos, cuarenta años, al tiempo que se disparaba la productividad. Se ha creado una clase de gente, y sus familias, que vive peor que hace una generación. Eso es algo que nunca antes había sucedido en EE.UU. El comercio con otros países es una de las causas, pero desde luego no la única. Trump se ha aprovechado de este panorama poniendo el acento en el comercio, y obviando otros factores. En cierta medida, es lo más fácil, porque le permite echarle la culpa de todo a “los mexicanos” o “los chinos”.



Ha mencionado otros factores. ¿Cuáles son?

Para empezar, la ausencia de una política industrial que promueva la manufactura estadounidense y el desarrollo de la economía ‘verde’. Por otro lado, la falta de inversión pública que renueve nuestra maltrecha infraestructura, lo que redundaría en creación de empleo. Y luego están los asuntos puramente ‘distributivos’, como el desvanecimiento del poder de los sindicatos, que defendían a los trabajadores y lograban aumentos salariales. Si nos fijamos en Alemania, por ejemplo, el salario medio en la industria es un 43% más alto que en EE.UU. Y, sin embargo, son una potencia exportadora. Lo son porque tienen una política industrial muy activa, que promueve todo lo que nosotros no promovemos, como la infraestructura, la investigación y el desarrollo, la formación de los trabajadores o los programas de empleo. No digo que Alemania sea una utopía, pero defiende con éxito el bienestar de la gente trabajadora en su conjunto.

Puede que los europeos del sur no estén del todo de acuerdo…

Claro, pero eso es debido a la austeridad. Su modelo podría funcionar permitiendo un aumento de salarios en toda Europa, porque eso aumentaría la demanda, incluida la de productos alemanes. Estoy separando la política industrial de la fiscal, que, como dice, consiste en la imposición de la austeridad al sur de Europa. La austeridad no es necesaria para el éxito del modelo alemán, basado en la política industrial, que brilla por su ausencia en EE.UU.

¿Qué se puede hacer, desde la política, para frenar algunos de los efectos nocivos de la integración global?

Incluso si estamos de acuerdo en que abrir las puertas al comercio es bueno para un país, porque aumenta su capacidad productiva, siempre se ha entendido que el comercio es malo para los trabajadores de los países ricos. Es algo que viene implícito en la teoría básica, pero que los economistas a menudo preferimos ignorar. Nos centramos en la primera parte –que el comercio aumenta la eficiencia—, pero eso no quiere decir que sea bueno para la igualdad. Como mínimo, son necesarias políticas redistributivas sustanciales para los trabajadores desplazados por el comercio, que pierden su trabajo por la competencia salarial de otros países. Estas existen, pero son tan mínimas que los sindicatos las llaman, con acierto, ‘seguros de entierro’. Hay que tomarse esas políticas de asistencia más en serio. Pero lo más importante, más allá de tratar los síntomas de la integración global, es propugnar la inversión pública en infraestructuras y energías renovables, además del gasto de los gobiernos locales en educación y sanidad. En lugar de recortar esas inversiones, como hacemos ahora, deberíamos expandirlas, porque son buenas para el bienestar social y crean empleo. Eso es lo fundamental, fortalecer la economía doméstica.

Si EE.UU. hiciera lo que dice, los trabajadores de otros países lo pagarían muy caro, ¿no cree?

Por eso los países, sobre todo los más ricos y los gigantes emergentes, como China e India, deberían permitir que sus mercados internos crezcan aumentando los salarios de sus trabajadores. De este modo, no dependerían tanto del comercio exterior. No estoy en contra del comercio, pero no debería ser la pieza fundamental del bienestar nacional. Así, si EE.UU. lograse cerrar la brecha de su déficit comercial por medio de la política industrial, no lo haría en detrimento de otros países, ya que estos estarían creciendo a base de salarios más altos y consumo doméstico.

¿En qué diría que se basan las políticas económicas propuestas por ambos candidatos?

Hillary Clinton está más o menos en línea con lo que hemos vivido bajo el mandato de Obama. Sus principales puntos de disenso son propuestas que ha adoptado como respuesta a la campaña contra Bernie Sanders en las primarias. Por ejemplo, en lo relativo al comercio, Obama sigue apoyando el TPP y tratará de aprobarlo antes de terminar su mandato. Clinton, sin embargo, ha decidido abandonarlo, aunque antes lo apoyaba. Obviamente, no es estúpida y esto responde a un cálculo electoral. Otra novedad es que ahora apoya una versión moderada de la educación universitaria gratuita que puso encima de la mesa Sanders. Más allá de eso, es continuista con Obama en cuestiones como la regulación de Wall Street o el salario mínimo. Sobre este último, no apoya el aumento del suelo salarial a 15 dólares por hora, sino “un salario que alcance para vivir”. No ha concretado a qué se refiere. En lo relativo a Trump, sus propuestas son un auténtico caos. Ha sido durísimo en su oposición a los tratados comerciales y en su insistencia en que han sido muy perjudiciales para los trabajadores estadounidenses. En general, coincido con él en eso. Pero, por otro lado, es evidente que no tiene un programa para apoyar a los trabajadores. Quiere recortar los impuestos, y no tiene intención de aumentar el salario mínimo. Sus propuestas sobre impuestos suponen volver a Romney, o incluso a Reagan.

Usted ha defendido que, salvo en relación al comercio, Trump encaja perfectamente con la ortodoxia republicana. ¿Por qué lo dice?

Su política fiscal, que es la que ha delineado con mayor detalle, consiste en recortar los impuestos para los ricos. La estrategia republicana de los recortes de impuestos ha sido siempre ‘compartirlos’, darle una rebaja a todo el mundo. Y eso es lo que propone Trump. El problema es que, si se recortan los impuestos de todo el mundo de manera proporcional, la inmensa mayoría de esos recortes recaerán sobre los ricos, que tienen más dinero y pagan más. Por otro lado, Trump ha dicho que quiere duplicar el gasto en infraestructuras en relación con el de Clinton, y aumentar en gran medida el gasto militar. ¿Cómo demonios va a lograr eso si además pretende recortar los impuestos? Esa era la fórmula de Reagan, que Trump parece querer llevar más allá.

Trump se dirige a menudo a la clase trabajadora, y ha basado gran parte de su éxito en el apoyo que tiene entre los obreros, en especial los de raza blanca. ¿Se beneficiarían estos de sus políticas económicas?

Tomadas en su conjunto, no creo que sus propuestas beneficiasen a la clase trabajadora. Aunque son tan incoherentes que es difícil de entender qué propone realmente. Su principal rasgo es la agresividad. A veces habla de imponer aranceles del 35% a China. Eso supondría un trastorno enorme para la economía global. EE.UU. tiene una relación simbiótica con toda Asia. Decir: “EE.UU. tiene que cerrar su déficit comercial” es algo con lo que yo estaría de acuerdo. Pero ser tan agresivo con China, o con México, haría que la economía se volviera mucho más frágil. No es la manera de solucionar nada.

A Hillary Clinton se le acusa a menudo de ser demasiado cercana a Wall Street. ¿Se ve reflejada esa cercanía en sus propuestas o su discurso económico?

Creo que sí. El problema con los demócratas, incluido Obama, ha sido la implementación. La ley de regulación financiera Dodd-Frank está bastante bien sobre el papel a la hora de limitar los excesos de Wall Street, pero sigue estancada, seis años después de aprobarse, y casi no se ha puesto en práctica. Las regulaciones propuestas en el programa de Clinton son razonablemente buenas. El problema, de nuevo, recaerá en la implementación. Si uno es tan cercano a Wall Street… si no es firme a la hora de hacer cumplir las políticas, o de nombrar a los reguladores adecuados, las propuestas no importan. Que el programa contenga ciertas cosas no quiere decir que luego se vayan a poner en práctica. No es un problema de Clinton, sino del Partido Demócrata históricamente.

A Clinton le gusta alardear de los éxitos económicos de la presidencia de su marido. En los debates de la campaña ha celebrado el aumento de la calidad de vida en los noventa. Usted escribió un libro sobre la política económica de aquellos años y sus resultados. ¿Cuál es su veredicto?

Lo que dice es falso si uno se centra en datos básicos y no los que más le convienen en cada momento. Durante los ochos años de mandato de Bill Clinton, los salarios se estancaron. No aumentaron, ni siquiera en comparación con la época de Ronald Reagan. Otro indicador básico, como la tasa de pobreza individual, se mantuvo al nivel de la era Reagan y por encima de los gobiernos de Jimmy Carter o Richard Nixon. Lo mejor que se podría decir es que el saldo de su gobierno fue mediocre en lo económico. Es cierto que en los últimos dos años hubo un gran boom, pero estuvo basado en una gran burbuja tecnológica, la de las puntocom. Y Bill Clinton culminó su presidencia con la desregulación financiera, al derogar la ley Glass Steagall, de los años treinta. Eso nos llevó, directamente, a la burbuja y el crash de 2007.

Y usted tiene la impresión de que Clinton continuaría con esa tradición…

Nadie puede saberlo con certeza. Pero sí creo que continuará la línea de los Demócratas ‘de centro’. Hoy en día, eso se traduce en políticas neoliberales, a favor de Wall Street, y poco apoyo a la regulación financiera, los aumentos salariales o la política industrial.

Dada la dicotomía entre Clinton y Trump, ¿cree que la trayectoria de declive en las condiciones de vida que ha mencionado al principio de la entrevista se verá alterada a partir de noviembre?

Desgraciadamente, no lo creo. Resulta irónico, pero Trump es el más agresivo de los dos a la hora de denunciar que las cosas no han ido bien en mucho tiempo, y hay que mejorar la situación. Por eso su mensaje ha calado entre la clase trabajadora. Clinton ni siquiera habla de esos problemas. Pero no creo que Trump tenga la intención, ni la capacidad, ni tan siquiera un programa coherente para resolver ninguno de esos problemas. Así que sí, diría que al margen de quién salga elegido, lo más probable es que continúe esa trayectoria descendente. La única manera de que esto cambie de manera significativa es que la facción del espectro político de Bernie Sanders gane influencia, ya sea bajo una presidencia de Trump o, lo más probable, de Clinton. Sanders es el que más se ha aproximado a articular una visión alternativa igualitaria.

Así que, si hay alternativa, ¿será después de las elecciones?

Eso es. A mí ya se me han acercado varios grupos que tratan de organizar movimientos de resistencia, gane quien gane. La Historia nos sorprende a menudo. Los movimientos sociales pueden ganar impulso. ¿Habías oído hablar de Bernie Sanders hace año y medio?