jueves, octubre 06, 2016

Las dos Colombias del post-no



|Por  Alberto Pinzón Sánchez|

Es sorprendente la sofisticación en los análisis que en el aparato mediatico dominante, han hecho tanto los partidarios del Sí como los partidarios del No; antes y después del Plebiscito del 03 de octubre. Hay argumentos de todo tipo: racionales y no racionales, justos e injustos, verdaderos y mendaces, sustantivos y adjetivos, literarios y prosaicos, refinados y zafios, decentes e indecentes, morales y A-morales, políticos y militares. Superficiales y profundos, progresistas y reaccionarios, escolásticos y dialecticos, optimistas y pesimistas, religiosos y agnósticos, clericales y anti clericales, futuristas y retrógrados, quietistas y dinámicos, ect. De todo. También hubo buenos y malos, pues no podía faltar esta división maniquea en Colombia.

Pero el hecho más protuberante que ha puesto en evidencia este histórico evento electoral, es la realidad oculta a la apariencia normal de cualquier observador: Que desde cuando el Narco-Para-Militarismo (tres personas distintas y un solo dios verdadero) se tomó el Estado Colombiano, coexisten DOS PODERES DOMINANTES RIVALES Y ELECTORALMENTE EQUIVALENTES, los que,  talvez por inercia intelectual, hemos aceptado en llamar “dos fracciones de la Oligarquía trasnacional dominante:

Uno burocrático oficial en este momento representado por JM Santos y otro, fáctico e informal de gran influencia en las regiones territoriales y localidades, que es representado por Uribe Vélez; ambos atados al neoliberalismo depredador imperante y, con una visión común con respecto al qué hacer con las Insurgencias levantadas en armas:  Desarmarlas y evitar a cualquier costo una Asamblea Constituyente que modifique las relaciones de Poder actualmente vigentes.

Con la única diferencia de método para lograr ese objetivo, y que hasta el momento los ha separado acremente. Santos junto con su equipo se ha mostrado proclive a una solución política del conflicto armado, mientras que Uribe y sus partidarios son tercamente partidarios de una solución militar a secas.

Las insurgencias colombianas, quizás de manera ingenua, han sobrevalorado el Poder efectivo y real de la fracción de Santos, en especial las FARC-EP, partidarios decididos de la solución política al conflicto interno colombiano, y, después de 6 años de difíciles diálogos y conversaciones han firmado con dicha fracción el conocido acuerdo de la Habana-Cartagena, el 26 de septiembre 2016.

El objetivo estratégico de Santos y su equipo de desarmar a las Farc, concentrarlas y rodearlas por el ejército y evitar la constituyente, remplazándola por un Plebiscito refrendatorio que diera facultades para incorporar los acuerdos alcanzados a la constitución vigente; fue cerrilmente rechazado por el jefe del Poder fáctico informal, oponiéndose a cualquier acuerdo que no fuera el D.D.R (desarme desmovilización y reinserción) realizado en los anteriores procesos de la década del 90 con otras guerrillas derrotadas, y de imposible aceptación por una guerrilla como las Farc-EP que no ha sido derrotada ni política ni militarmente.

El plebiscito del 03 de octubre mostró que electoralmente ambos Poderes dominantes son equivalentes, o como llaman las encuestas están en “empate técnico”. Es decir que no hay un claro vencedor en las urnas. La diferencia de votos no es significativa.

Sin embargo, el Poder fáctico, que hasta el momento de informe final del aparato electoral desconocía su volumen y fuerza electoral, ha reclamado ese hecho como una victoria política y ha entrado a imponer la revisión del acuerdo alcanzado con las Farc-EP, al derrotado y atolondrado presidente Santos, quien en su triunfalismo y pedantería bogotana no estaba preparado para un golpe así.

Esta condición de revisión del acuerdo equivale a su ruptura. A su desconocimiento como un hecho jurídico legitimado tanto nacional como internacionalmente, y está muy de acuerdo con la concepción DDR que anima tal Poder que convierte mediante “rabulerías” (muy del estilo de Londoyos o del prevaricador Ordoñez) lo político en jurídico.

Si el acuerdo de las FARC-EP con el Poder formal de Santos demoró 6 años en cristalizarse, un acuerdo imposible y totalmente antagónico con el Poder factico de Uribe demorará, como lo dijo Humberto de la Calle, por lo menos diez años más o más gráficamente, como lo expresó el comandante Alfonso Cano cuando en Tlaxcala en 1992 cuando exclamó: “nos vemos dentro de cien mil muertos”. 

Como suele suceder en la historia, cuando dos Poderes equivalentes están enfrentados y se presenta una situación prolongada de incertidumbre, descontrol y nubarrones en el horizonte económico-social, surge inevitablemente un tercero que resuelve la situación. En este caso, dada la debilidad de la movilización social y popular sometida por el Estado a un sistemático exterminio de sus dirigentes y apenas está empezando a emerger para forzar en las calles y carreteras de Colombia la aceptación del acuerdo de la Habana-Cartagena, ese tercero es el ejército de Colombia.

No que este vaya a dar un golpe de Estado. No, sino que la mayoría de la oficialidad formada desde hace muchos años en la doctrina contrainsurgente de los manuales norteamericanos y quienes de manera soterrada apoyan el militarismo del Poder fáctico de Uribe, incluso por ser parte clandestina de este entramado, como por ejemplo el general de la aviación que ordenó la provocación al comandante Timoleón durante su discurso el 26 de septiembre; lo más seguro es que la mayoría de ellos (salvo algunos militares de alto rango o traidores como los llamó Marie Fernanda Cabal) fuercen al debilitado Santos a cancelar el cese bilateral de fuegos y se apresten a iniciar una provocadora ofensiva sobre los guerrilleros que están prácticamente cercados. Y así, la situación se resolverá, pero regresándonos 70 años en la historia universal. El fantasma de Guadalupe Salcedo y sus llaneros “protegidos” por el ejército colombiano, empieza a estrujar la cabeza de los vivos que aún quedan.

NO. No es la paz la que está en peligro. Son los 6 mil muchachos de las Farc que han empacado sus armas es decir están prácticamente desarmados y cercados, quienes si están en un inminente peligro.

Definitivamente el viejo topo de la historia sacó el hocico en donde menos se le esperaba. Sin embargo, ¡bien hozado viejo topo! porque has puesto en evidencia las dos Colombias del post no y has trasformado el pomposo post-conflicto, en un simple e incierto post- plebiscito.