martes, diciembre 13, 2016

Niños ‘bien’



Hay noticias que se procesan primero con el cerebro reptil: esa estructura que nos permite reaccionar ante el peligro huyendo o peleando a muerte. Apenas controlando la náusea, llamé a mi hija de 4 años que jugaba feliz en la terraza y con una explicación insulsa la instalé frente al capítulo repetido de Peppa Pig, a salvo entre mis cuatro paredes.

Es mi impresión que en Colombia procesamos el duelo a este nivel. De ahí la turba enardecida más sedienta de sangre que de justicia, las peticiones de pena de muerte, los ofrecimientos personales como verdugo, las descripciones gráficas del merecido castigo del asesino. En estas ocasiones, sale a la luz el paraquito que muchos llevamos por dentro.
  
Al conocer los pormenores de la historia, me indignó el hecho de que el pederasta hubiera elegido a su víctima en un barrio humilde. Este detalle, pensé, no se debía a su deseo de obtener placer haciendo sufrir a un ser indefenso, sino a su condición social. Sus sobrinos o vecinos eran sus iguales y no merecían esa suerte. La pobre Yuliana Samboní era simplemente un instrumento para sus sádicas intenciones, un ser desechable sin dolientes poderosos a quien temer.

Esto me trajo a la mente  los 150 niños víctimas de  Luis Alfredo Garavito, quien nos dio el Guinness record de ser el peor asesino en serie del mundo. Sólo en un país como Colombia desaparecen más de 150 niños y nadie se inmuta. Al denunciar los casos en la policía, las madres eran enviadas de vuelta con la indiferencia que amerita la pérdida de un menor estrato uno. Lo que separa a ‘la bestia de los Andes’ de Rafael Uribe Noguera es simplemente el determinismo circunstancial de las cámaras de seguridad y el niño que pudo escapar en su primer crimen y alertar a las autoridades. De no ser por esto, Uribe Noguera estaría tal vez muy tranquilo en búsqueda de su segunda víctima.

Tal vez estoy hilando muy delgado, y la triste suerte de Yuliana se debe a que simplemente los niños ricos no andan en la calle. Siempre salen con chófer y guardaespaldas. Juegan en sitios cerrados y supervisados y jamás van a la tienda de la esquina. Yuliana era entonces simplemente un objetivo más fácil desde lo puramente pragmático.

Estos crímenes atroces generan una ola de indignación que nos hace querer poner distancia entre ‘nosotros’, los buenos, y el asesino. Lo calificamos de ‘monstruo’, ‘bestia’, ‘animal’. Lingüísticamente, lo despojamos de su condición de humano ignorando que somos la única especie que tortura y mata por placer.  Estos seres indeseables, a quienes los expertos llaman psicópatas, se caracterizan por un total menosprecio por el bienestar de los demás, especialmente si se interponen en el camino para obtener sus objetivos. Varios estudios sugieren que aproximadamente el 1% de la población satisface los criterios para ser clasificados como psicópatas. Este porcentaje es mucho más alto entre, obviamente la población carcelaria, pero también entre grupos particularmente exitosos como atletas de alto rendimiento y altos corporativos, lo cual le brinda cierto peso al refrán popular: ‘el que nace pa’ gerente desde chiquitico es malo’.

Si bien la prevalencia de la psicopatía es un hecho inevitable en la sociedad, lo verdaderamente preocupante es el comportamiento de aquellos en el círculo del asesino. Más incomprensible que el actuar de Uribe Noguera, es el hecho de que haya recibido ayuda para la grotesca tarea de lavar el cuerpo violado y torturado de Yuliana. Una cosa es no estar obligado a denunciar o entregar a un familiar, otra muy diferente es manipular el cadáver de una niña de siete años para proteger a su asesino. No hay amor fraterno que justifique este comportamiento. He aquí el meollo del asunto.

Mi sospecha es que ésta no es la primera vez que el núcleo de Uribe Noguera intenta salvarlo de una ‘embarrada’. Su insistencia en comunicarse con su familia durante la lectura de la orden de captura en la clínica sugiere que está acostumbrado a recibir apoyo cuando ‘pierde el autocontrol’. Esta ayuda normalmente consiste en evitar que el infractor asuma las consecuencias de sus actos por cualquier medio que sea necesario. Esto refuerza el comportamiento antisocial en vez de prevenirlo, con consecuencias más graves cada vez. Lamentablemente, es un patrón que hemos visto en más de una ocasión.

Puedo citar por ejemplo, la violación y asesinato de Nancy Mestre por el comerciante Jaime Saade en 1994. La familia del asesino le dijo al padre de Nancy que ésta se había suicidado, aún cuando desde la casa se escucharon los gritos y el forcejeo antes del disparo. El paradero de Saade se desconoce, pero indudablemente tuvo que haber contado con el apoyo de su familia para escapar.

No todos los casos son de violadores y asesinos. A veces son simplemente muchachitos que quieren probar su hombría castigando el acelerador, como el caso que le costó la vida a dos adolescentes en Valledupar en el 2010, Ivanna Yamín y Carolina Consuegra. A esta última recuerdo como una de las alumnas más dulces e inteligentes a quienes tuve el placer de enseñar. Luis Fernando Daza Pavajeau, el conductor del automóvil,  jugaba a ‘la gallina ciega’ (desobedecer la señal de pare a alta velocidad con las luces apagadas) a pesar de las súplicas de las niñas. En este caso, quienes decidieron no exigir justicia fueron los padres de una de las víctimas, afirmando que  “dañarle la vida a un niño” no les devolvería a su hija.

Esta actitud malsana ante los errores de los hijos no empieza con homicidios o accidentes de tránsito. La alcahuetería empieza desde la infancia cuando la leche derramada es limpiada por la empleada, los vidrios rotos no se descuentan de la mesada y la asistencia a fiestas y la compra de ropa de marca no se ven afectadas en modo alguno por un pobre desempeño académico. Los jóvenes crecen no sólo sin sentido alguno de responsabilidad sino que también son incapaces de sentir culpa.  Tuve ante mis ojos excelentes abogados defensores en potencia. Al ser sorprendidos en flagrancia copiándose en los exámenes, alegaban frescamente: “Estás  confundida, Miss.” y prácticamente te exigían que les mostraras el vídeo. Y esta actitud no era exclusiva de los malos alumnos.

Recuerdo una conversación que tuve con los padres de un alumno a quien llamaremos Jaimito*. El padre de Jaimito había ocupado y ocupa aún altos puestos públicos a nivel local y nacional. Jaimito, a pesar de ser muy bueno académicamente e incluso agradable como persona, siempre llegaba tarde a clases, lo cual ocasionó que perdiera por primera vez la medalla de honor. 

Reproduzco la conversación a continuación:

Padres: Mira, Alexandra, tú eres nueva aquí y no nos conoces. Nosotros somos una familia de mucha tradición en el colegio. (Entiéndase: ‘usted no sabe quién soy yo’)

Yo: Yo trato a mis alumnos por igual sean hijos del celador o del presidente de la república.

Padres: Si pero, lo que te quiero decir es que Jaimito perdió por Inglés la medalla de honor por primera vez. Y él está muy afectado.

Yo: ¿Perdió por inglés o porque él llegaba tarde a la clase de inglés?

Padres: Lo que pasa es que él es el primero de la lista y como tú lo llamas siempre de primero entonces… si me entiendes… no es justo.

Yo: Jaimito es el tercero de la lista y los dos primeros no tienen ni una sola llegada tarde.

Padres: Si pero, es que tú deberías haberle avisado para que él supiera cuántas fallas tenía.

Yo: Yo leí en clase el número de faltas de cada alumno.

Padres: Si, pero tu debiste haberlo llamado aparte y hablar con él para que el entendiera. Es como cuando uno va sin cinturón y el policía lo para. En vez de ponerle la multa enseguida debe hacerle un comparendo educativo para que uno aprenda.

Yo: La ley de la inercia no tiene comparendos educativos. ¿En qué momento la nota de puntualidad de Jaimito es su responsabilidad y no la mía?

Padres: Bueno, muchas gracias, Alexandra.

Muchas de las conversaciones por el estilo terminaban con un ¿Tú eres madre?. Y no lo era en ese entonces. Ahora que lo soy, entiendo el instinto sobreprotector, el dolor por el llanto del niño, el deseo de evitarle tristezas, de complacer sus gustos, de hacerlo feliz, de dar otra oportunidad. Pero estoy consciente de que no poner límites ni consecuencias es abuso infantil. No estoy criando un monstruo. Mi hija necesita aprender que es responsable de sus errores, ya sea derramar la sopa o hacer trampa en un examen.

No estoy diciendo que todos, ni siquiera la mayoría de los padres acomodados sean igual de irresponsables. Según mi experiencia, tal vez podrían llegar al 5%. También estoy consciente de que esta actitud no es exclusiva de las clases altas. Sé de padres que pagan para que sus hijos pasen el año y madres que se levantan a vender fritos para cubrir el préstamo paga-diario del hijo calavera.

El problema con los niños ‘bien’ es que al tener más recursos, tienen la capacidad de hacer más daño. Pueden matar más gente borrachos manejando un Audi  que montados en un bus. Y peor aún, cuando crecen, son quienes dirigen el país. Si son excepciones quienes cometen actos tan brutales, los otros tienen el potencial de afectar a un mayor número de personas. Construyen urbanizaciones en terrenos movedizos, se roban los dineros públicos en carruseles de contratación, se ponen sueldos de 28 millones a costillas del estado, se enriquecen a punta de zonas francas, o mandan a matar líderes campesinos para no devolver las tierras.

Un funcionario que decide entregar millones a familias adineradas sabiendo que está perjudicando a miles de pequeños campesinos no se forja de la noche a la mañana. Se requieren años de experiencia ignorando las necesidades del más necesitado, pensando exclusivamente en el beneficio propio y haciendo trampa sin enfrentar las consecuencias. Estos son los tipos de liderazgos que el país, en la búsqueda de la paz, no necesita.