lunes, diciembre 05, 2016

Oro, patrimonio social y deuda pública en la historia de Ibagué



|Por Hernán Clavijo Ocampo / Docente Universidad del Tolima|

En el año 2050 Ibagué tendrá 500 años de edad en la historia del mundo. Faltan 34 años, para esa conmemoración, que acaso recordará otras semejanzas, como que la se hizo en 1992 para el V Centenario de América, en nuestro caso estrenando nueva Constitución Política. En el 2050 llegarán a la edad adulta los niños que empiezan su ciclo vital en el tiempo presente. En los años que restan esta generación que empieza a vivir su recorrido por en este mundo, en esta ciudad y municipio, podrá ir tomando conciencia de si sus mayores, les habrán defendido sus derechos fundamentales: salud, nutrición, educación, urbanidad – ruralidad armónicas.   

Por ahora podemos empezar a contar la historia anterior al principio de esos 500 años, cuando los españoles llegaron buscando con ansiedad el Dorado. El Dorado era un imaginario colectivo de un país lleno de oro y plata, que lo encarnaba en el país de los Muiscas, el señor de Guatavita. Desde antes de la llegada de los españoles, los valles de Saldaña, Neiva y la Plata eran atractivos para los Incas y para los caciques de los Muiscas.

Los españoles, como los maravillados europeos con las noticias originadas en Barcelona, por la visita de Cristóbal Colon a los reyes católicos acompañado de indígenas, animales y productos admirables del Nuevo Mundo, venían poseídos por la febril utopía de El Dorado. Quien mejor lo encarnó fue el legendario licenciado Gonzalo Jiménez de Quezada, conquistador del país de los Muiscas y uno de los fundadores de la ciudad de Santa Fe de Bogotá, un personaje digno del Quijote de la Mancha que estaba por escribirse como fruto del agonizante Siglo de Oro Español.  Jiménez de Quezada murió en la ciudad de Mariquita, agotado y endeudado por El Dorado.

Los españoles encontraron el Dorado realmente existente en los ríos la Miel, Guarinó, Gualí, Sabandija, Bledos, Venadillo, Coello, Combeima, Saldaña y Neiva.  Además lo encontraron en las montañas de las ciudades de Vitoria y Remedios, fundadas al norte de Mariquita, por los capitanes Ascencio de Salinas Loyola y Francisco de Ospina, respectivamente, y en los cerros tutelares de la ciudad y municipio de Ibagué: Ancón – Chipalo, Morochusco y, sobre todo, en la llamada Mesa de Ibagué, actual Cajamarca. Ciertamente también en las ciudades de Cáceres y Zaragoza en el nororiente de Antioquia, cerca del río Cauca.  Todo ello ocurrió entre 1560 y 1606, periodo del primer ciclo del oro en la Nueva Granada. 

Curiosamente, si Jiménez de Quezada terminó sus días, materialmente pobre y endeudado, un paisano suyo, Díaz Jaramillo, construía en la ciudad de Tocaima unos palacetes, que eran la maravilla de la época para los viajeros que cruzaban camino del Perú, a vivir el Dorado de las minas de Potosí. Esos palacetes estaban hechos con mampostería y acabados sevillanos y eran el producto de “las grosedades de oro” que los esclavos e indígenas del legendario Juan Díaz le sacaban de las auríferas aguas de los ríos Sabandija, Bledos y Lagunilla. Curiosamente, esta ciudad fue destruída en 1582 por una crecida del río Bogotá.  

El mencionado ciclo del oro coincide en el Alto Magdalena con un ciclo de rebeliones  indígenas y sublevaciones de esclavos. Los indígenas se defendieron destruyendo por lo menos diez ciudades fundadas por los españoles: Neiva, La Plata, Medina de las Torres, Los Angeles, Escorial, San Vicente de Páez, San Miguel de Pedraza, Simancas, y por poco acaban literalmente con la de lbagué, que el ataque Pijao de julio de 1606 dejó incendiada y semidestruída. Este último hecho marcó el umbral entre el ciclo de rebeliones indígenas y el inicio a la guerra sistemática que la Monarquía de España decretó contra estos, bajo el mando personal del presidente Juan de Borja.   

Lucena Salmoral describió con tímida vivacidad la escena extraordinaria ocurrida en la ciudad de Santa Fe, el 27 enero 1607, cuando los vecinos se agolparon asombrados a la vera de la calle y del camino real para contemplar la partida de un ejército de más de 450 soldados, cientos de indios cargueros y una compañía de retaguardia formada por 50 soldados reclutados en la gobernación de Muzos y Colima que, solemnemente organizado y disciplinado por las élites del nuevo reino, bajo el mando del propio presidente de la Real Audiencia, el primero de capa y espada, salía a hacer la guerra a los indios Pijao, reconocidos como el mayor enemigo común del Nuevo Reino y Gobernación de Popayán[1]. Los indios Pijao eran sentidos en ese momento como el más peligroso enemigo de la corona y de los vecinos de estos territorios pues, “estaban a punto de expulsar definitivamente a los colonos situados en las tierras del Valle del Alto Magdalena”.  

Según Lucena, “los apellidos más famosos, los militares más valientes, los encomenderos más ricos, los soldados más veteranos, figuraban orgullosamente en las filas del primer ejército organizado en la nueva Granada”[2]. En la lista de los oficiales y personalidades más importantes del ejército iban cuatro sacerdotes, del clero regular, incluido el padre Alonso Gutiérrez de Escobar, capellán del ejército y clérigo presbítero, buen conocedor de los indios Pijao, por haber sido párroco de la ciudad de Caloto y el padre Isidro Cobo, criollo de la ciudad de Ibagué, el más importante conocedor de la lengua de los Pijao, 10 capitanes de compañías, más 26 jefes con título de don. Entre estos figuraban personajes de la categoría del gobernador de los Muzos y Colimas, el teniente y capitán general del ejército, Domingo de Erazo, experto en la guerra contra los araucanos, Hernando de ángulo, escribano de la real audiencia y secretario personal del presidente Borja, el gobernador de Timaná, Isidro Coronado, el capitán Diego de Bocanegra, Maese de Campo, vecino de la ciudad desde Buga e Ibagué y el más valiente y veterano soldado de la guerra contra esos indios, los capitanes Hernando y Diego de Ospina, de los primeros y más auténticos, ricos y poderosos empresarios del Nuevo Reino, Andrés Pérez de Piza, contador del ejército, Francisco Maldonado, caballero del hábito de Santiago y se ubicó Antonio, Pedro Henríquez, tesorero de la real hacienda, el gobernador Antonio de Olaya, el licenciado Álvaro de la Auñon, médico muy reputado, Hernando Beltrán de carnicero, vecino y encomendero de la ciudad de remedios y capitán de una compañía, Bernardino de Mojica, sobrino y único heredero de don Bernardino de Mojica, gobernador perpetuo que fue de la provincia de los Pijao en la década de 1590, Alonso Ruiz de Saajosa, vecino encomendero de la ciudad de Ibagué y capitán del fuerte de San Lorenzo de Chaparral y de la guardia del presidente, Gonzalo de León Venero, al igual que apellidos de renombre militar y social[3].  

El resultado de la guerra fue la incorporación de los valles de Saldaña, Neiva y la Plata a los dominios del patriciado santafereño, simbolizado en la fundación de Neiva por el capitán Diego de Ospina, en 1612, quien, a partir de entonces, efectivamente dirigió el poblamiento de hatos, la fundación de trapiches, el establecimiento de un real de minas en Saldaña (hoy Ataco) y la navegación del río Magdalena hasta Honda.  Además, la Real Audiencia de Santa Fe consolidó la alianza con los Coyaimas y Natagaimas, declarándolos pueblos de la Real Corona y otorgándoles extensos resguardos de tierra, a cambio de tributar al rey, más o menos un total de 1200 pesos de oro, de buena ley, cada año.    
  
El Tolima ha sido rico en oro y en Plata pero también en recursos forestales y productos agrícolas comerciales. En el siglo XVII, el ombligo de la economía de la Nueva Granada, antiguo nombre de la actual Colombia, fue la provincia de Mariquita, hoy Departamento del Tolima. En el último cuarto de siglo XVIII y buena parte del siglo XIX fue el epicentro de articulación con la economía mundial a través del tabaco. En el siglo XIX, el gobierno de la Gran Colombia entregó a los banqueros ingleses las minas de plata y el monopolio del tabaco, en abono a la deuda contraída para financiar la guerra de Independencia contra España. Las guerras civiles y otros sucesos afectaron las explotaciones de minas.  

A mediados del siglo XIX, en el marco del auge tabacalero de Ambalema, la oligarquía antioqueña, dueña del oro que necesitaba el comercio y las arcas públicas del Estado Colombiano, pero obstaculizada por la geografía y el conflicto con los caucanos, costeños, santandereanos y neivanos, puso pie en la zona y continuó su colonización de la cordillera central, desde el puerto de Nare hasta más abajo del camino de Herveo. En este proceso el oro siguió explotándose de manera más o menos aislada e intermitente.

Desde la Guerra Civil de 1860, el General Mosquera les entregó a los comerciantes paisas, parte del territorio de la provincia de Mariquita al momento de constituir el Estado Soberano del Tolima. Los antioqueños hicieron una avanzada hacia las montañas del norte de esta nueva entidad política pero fue, sobre todo, a partir de la derrota de los conservadores, liderados por el general antioqueño Marceliano Vélez, que empezaron a poblar con cierta acuciosidad la cordillera central, desde Anaime hasta Herveo, movidos por el hambre de tierras y de oro.  Un oro que invariablemente se lo disputaban los comerciantes paisas y extranjeros así como las autoridades del ministerio de hacienda.

Un  nuevo ciclo de la minería del oro se dio en Colombia y, en particular, en Ibagué y el Tolima entre 1880 y el comienzo de la Guerra de los Mil Días. Un testimonio del auge de la fiebre o especulación con la minería del oro fueron: el intento de una escuela de Minas en el Colegio de San Simón y la creación del club social llamado “Club Minero, Tolima”. En esos años de euforia Ibagué era considerada la Potosí de Colombia.  Aunque el proyecto académico asociado a la imaginada prosperidad por la minería pronto se extinguió por la poca recepción social, el club sobrevivió a la escuela pero de todos modos también se agotó debido a la dicha Guerra y reapareció en 1912 con la fundación del Círculo Social de Ibagué.  

Poco después de la Guerra, se reactivó la colonización de las montañas del Quindio con el atractivo de la minería, los estímulos de la titulación de baldíos a los colonos que poblaren las tierras vecinas a la proyectada ruta de la ampliación del Ferrocarril del Pacífico hasta Armenia, fundada en 1890 y, desde esta hasta la capital del Tolima para a su vez prolongar el Ferrocarril de Girardot hasta la ciudad de Ibagué.  

Ibagué vivió un nuevo ciclo del oro entre las décadas de 1910 y 1920.  Sociedades y compañías formadas con el fin de titular y explotar minas en el territorio ibaguereño abundan en el protocolo notarial de esta ciudad en ese periodo. Alemanes, ingleses, españoles y colombianos, predominan en el negocio. Entre los íconos de la fiebre del oro en este periodo figura de manera destacada el colono antioqueño Martín Restrepo quien logró acumular una fortuna con el oro y la madera que sacó del Cañón del Combeima, parte de la cual reinvirtió en su hacienda Tolima y en el palacete que construyó en la calle once entre segunda y tercera, justo donde actualmente es el Hotel Ambalá[4].  Fue una figura polémica pues detestaba a la elite ibaguereña a quien consideraba parásita de los cargos públicos.

Otro ícono de este auge fue un minero de origen caucano de apellido Moreno, cuya riqueza, según el relato del también exitoso minero ibaguereño, Elíécer B. Súarez[5], se midió por su casamiento con una mujer blanca a quien construyó un caserón en el Barrio La Pola y por haber pagado en oro puro y duro, el peso del cadáver de un capitán del Ejército, a quien mató en unas fiestas en Girardot, como forma de obtener su libertad, gracias al acuerdo a que llegó con la viuda del difunto y con el juez de la causa.  

Por entonces se mantuvo activa la explotación de las minas de oro que bordeaban la periferia de la ciudad, desde china alta hasta Cay, pasando por la parte alta de Ancón, por donde había camino para ir a Manizalez, ciudad a donde se llevaba el oro de Ibagué.  Este fenómeno fue percibido por el historiador Hernando Márquez Arbeláez que lo puso en perspectiva histórica desde la fundación de la ciudad en su libro San Bonifacio del Valle de las Lanzas, publicado en 1938. 

El ciclo del oro de la primera mitad del siglo comienzos del siglo XX en el Tolima y particularmente en Ibagué estuvo acompañado por la expansión de la economía cafetera y la industria maderera, pero todos resultaron afectados en la década de 1920, por el auge de las obras públicas (construcción del ferrocarril Girardot – Ibagué y de la carretera Ibagué – Armenia), en tanto fueron fuente transitoria de buenos salarios.  Posteriormente la modernización de la agricultura en la banda occidental del valle del Magdalena, especialmente a partir de la adecuación de tierras y la construcción de los sistemas de riego de los ríos Coello y Saldaña para los cultivos de algodón, ajonjolí y arroz presionaron, junto con el fenómeno de la violencia bipartidista y la guerra anticomunista, la expulsión y movilidad geográfica del campesinado de las cordilleras.

A comienzos de la década de 1970, apareció con fuerza la idea de estimular la economía tolimense con la reactivación de la minería del oro en la zona de Ataco, mediante el sistema de dragado del río Saldaña. El proyecto fue promovido por una compañía antioqueña con el curioso nombre de “Mineros El Dorado”, al parecer respaldada por un sector de empresarios y académicos que concibieron la apertura de un nuevo programa curricular de Ingeniería de Minas en la Universidad del Tolima.  Sin duda influyó en la concepción del proyecto el hecho de que un jefe político tolimense ocupara el Ministerio de Minas y Petróleos, durante toda la administración del presidente Misael Pastrana Borrero y que un ibaguereño, el intelectual Hernando Márquez Arbeláez, fuera su viceministro, en los últimos años de esa administración[6].

Estos proyectos empresariales y académicos originaron una fuerte y coordinada reacción académica, intelectual y política en la misma Universidad del Tolima con un movimiento social agrario que articuló a los arroceros, a los mineros artesanales y a las nacientes asociaciones campesinas de la región del sur del Tolima.  Justamente, esa campaña dio origen al primer grupo ecológico en Colombia, liderado por los ingenieros agrónomos Gonzalo Palomino, José María Mosquera y la médica veterinaria, Gloria Beltrán, entre otros, docentes de dicho claustro y por numerosos estudiantes activistas, el cual se identificó con la publicación de un boletín seriado titulado “S.O.S Ecológico”. 

De ese largo e intermitente ciclo quedó en la memoria local, el nombre de minas de oro legendarias, en los alrededores de la ciudad: “El Pencil”, “Santa Clara”, “Cantagallo”, “El Pañuelo”, entre otras, que todavía se pueden reconocer y que poco después de la Violencia, hasta tiempos recientes volvieron a ser explotadas y todavía tientan la imaginación de riqueza de algunos ibaguereños y extranjeros. Otra de las minas legendarias del distrito de la ciudad son las denominadas “tetas de Doyma”, ubicadas en el marco de las tierras de la hacienda “El Aceituno”, cuyo subsuelo hacer parte de la formación geológica de Gualanday, y que acaban de ser compradas por el multimillonario Pablo Laserna. El caso es que ahora la multinacional surafricana, Anglo Gold Ashanti, pretende las minas mejor recomendadas de las montañas del Quindío para su proyecto megaminero de la Colosa. 

En balance, a menos que no se repita el método de la Guerra contra los Pijao o el más sofisticado que posibilitó la construcción de las hidroeléctricas de El Quimbo y de Las Hermosas, hoy en manos de una multinacional canadiense, una vez los amigos de las montañas del Quindio y Cajamarca, derrotemos en las urnas el proyecto de la Anglo Gold Ashanti, exigiremos a Cortolima a invertir los multimillonarios recursos que pagamos los ibaguereños para conservar las fuentes de agua, para que elabore y ejecute en alianza con la Universidad del Tolima, un megaproyecto de recuperación con especies nativas de los bosques de los cañones de Cocora y Anaime, al igual que la cuenca del río Coello que complemente la del valle de Cocora en el Quindio. Es la aurora de un proyecto planetario de los ibaguereños y quindianos por recrear la mítica Selva de este nombre y saldar así la deuda ecológica, la amenaza ambiental que dejó la colonización antioqueña, la urbanización de Ibagué, Armenia, Girardot, Bogotá y los cultivos de amapola y coca, a costa de los bosques de alta montaña con los cuales se financió la última fase de la guerra de casi setenta años que padeció Colombia.  

Es claro que la paz y el postconflicto requieren ingentes recursos para enfrentar las deudas de la guerra y sus efectos colaterales, empezando por la corrupción del Estado y la involución social. Pero el gobierno, no pude facturarle a la Anglo Gold Ashanti, que, como los paisas en el siglo XIX, intentan aprovechar los déficits del Estado Colombiano y el acumulado de la deuda social de este.  A lo anterior, se suma el pago de la deuda externa que ronda o sobrepasa ya los cien mil millones de dólares, y que se cierne como Espada de Dámocles sobre las actuales y próximas generaciones a cuenta de la paz.  

Por otra parte, las amenazas que se ciernen sobre el árbol nacional, la Palma de Cera, especie nativa del valle del Cocora y en general del bosque andino de alta montaña en la cordillera central, entre los municipios de Salento, Armenia, Cajamarca e Ibagué, ha venido prendiendo las alarmas a medida que avanza el proyecto de la Colosa.

En el caso de Ibagué, según un artículo de prensa, entre las micro-cuencas de los ríos tochecito y Anaime, está ubicada la zona donde más palmas de cera existen. El flujo genético de cerca de 600.000 árboles de esta especie está amenazado con el proyecto de “la Colosa”[7]. En el corregimiento de Toche, agrega, existen árboles de la especia Palma de Cera con edad entre 90 y 100 años. Ciertamente se trata de sobrevivientes del bosque tupido que existió en los siglos de la colonia y antes de ser abierto el camino del Quindio para comunicar a las ciudades de Cartago y de Ibagué.  

Una deuda con el planeta que alberga a la especie humana debe ser asumida solidariamente por los ciudadanos ibaguereños y quindianos, como el proyecto de vida social más importante de la primera mitad del siglo XXI, que debe empezar a ser asumido con la masiva votación en la próxima consulta popular por la defensa del agua y del territorio, a favor de la generación de vida, trabajo, recreación y nutrición. El proyecto de reforestar, bajo la dirección de los expertos en especies nativas, animal y vegetal, lo que vieron y gozaron los viajeros, la antigua selva del Quindio, es una elemental reacción contra las amenazas que se ciernen con el proyecto la Colosa.   

Así, dentro de 34 años, tiempo que le resta a Ibagué para conmemorar sus 500 años, sus ciudadanos podrán celebrar el ritual de renacimiento y regeneración en nuestros paisajes y territorios, en la biodiversidad de los bosques y corrientes de agua de las montañas del Quindio, como la mejor celebración del cumplimiento del pacto por la restauración y conservación de “las maravillas de la naturaleza”, como resultado de la voluntad política de los ibaguereños, al asumir un vínculo sagrado con el hábitat de muchas especies extinguidas por la deforestación de esas montañas. Podremos reinventar el mundo de la paz para fructificarnos responsablemente con las generaciones que ahora están empezando su ciclo vital en los hogares y en la escuela básica.

(*)  Artículo publicado en el Desove Número 26 de la Revista El Salmón de la Universidad del Tolima. Disponible AQUÍ 



[1] LUCENA SALMORAL, Manuel.  Nuevo Reino de Granada.  Real Audiencia y Presidentes.  Tomo I, presidentes de Capa y Espada.  (1605 – 1628).  Historia Extensa de Colombia.  Volumen III.  Ediciones Lerner.  Bogotá, 1965. P. 165.
[2]  Ib. p. 169
[3]  LUCENA SALMORAL, Manuel.  Nuevo Reino de Granada.  Real Audiencia y Presidentes.  Tomo I, presidentes de Capa y Espada.  (1605 – 1628).  Historia Extensa de Colombia.  Volumen III.  Ediciones Lerner.  Bogotá, 1965. P. 169.
[4]  Agradezco al Doctor Armando Polanco Urueña ese dato.
[5]  Entrevista con el señor Eliécer B. Suárez. Ibagué, agosto de 1985.
[6]   Agradezco a Hernando Bonilla Mesa ese dato.
[7] Sergio Silva Numa.  “El oro, la nueva amenaza de la palma de cera”.  En, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/el-oro-nueva-amenaza-de-palma-de-cera-articulo-63114