lunes, enero 16, 2017

El invisible genocidio global de la individualidad



Decía el desaparecido Zygmunt Bauman que en el mundo actual todas las ideas de felicidad empiezan y acaban en una tienda. El individuo medio, como producto de la industria política de la modernidad, ha sido muy bien instruido en esa comprensión de la existencia.

En el tiempo europeo de hoy -no olvidemos que en el mundo hay otros tiempos-, cuando vemos llegar a millones de personas que buscan refugio en Europa, personas que hasta hace poco llevaban vidas como las nuestras, incluso con trabajo y casa propia, cuando somos espectadores de su televisiva irrupción en nuestras vidas, ello nos coloca en una incómoda situación, en un estado de ansiedad y miedo al futuro que surge de un sentimiento a la vez novedoso y muy primitivo, acerca de la precariedad de nuestras vidas. Cuando vemos a miles de refugiados acampados bajo la nieve en Grecia, Italia o Turquía, a escasos kilómetros de nosotros, empezamos a darnos cuenta de que no es un documental más, otro espectáculo televisivo, sino una realidad en estado puro, sólo porque lo tenemos cerca y lo sentimos como una amenaza directa.

A partir de esa ansiedad, bien condimentada desde los noticiarios, se va construyendo una idea de seguridad amparada en la añoranza de un estado-protector que nos defienda de los extravíos de la globalización y nos proteja de la invasión migratoria. Eso es lo que anticipa el brexit, amplificado con el éxito electoral de Trump en USA y a punto de reproducirse en Europa, en el caso bastante probable de que Marie Le Pen alcance la presidencia de la república francesa en este mismo año de 2017. La democracia neoliberal se está reseteando en neofascismo a partir de su inteligencia estratégica... y del fracaso de su utopía del “estado de bienestar”, ahora que se ha quedado en paños menores, ahora que ha demostrado su incompatibilidad con la globalización de la democracia.

Ahora toca volver al repliegue estatalista, iniciar una nueva deriva aunque no apunte a ninguna parte, porque el sistema de producción y de mercado capitalista ya no dispone de trabajo que ofrecer en los países ricos, produce mucho más de lo que necesita con mucha menos gente trabajando, se ha quedado atascado en su ficcion tecnológica y mercantil, no venderá sus productos fuera de sus propias fronteras estatales, seguirá obligado a comprar productos baratos en el plus ultra colonial, en un círculo vicioso sin solución de continuidad que barrunta más guerras, crisis económicas y políticas, replicadas y cada vez más profundas. Sólo puede ofrecer una seguridad precaria en el trabajo y en el consumo, la suficiente para perpetuarse. Y sólo puede compensarlo con el odio al emigrante, a ese extraño que viene a trabajar por un salario de dos reales, a robarnos el empleo. No tiene solución: el inminente futuro de nuestras democracias será neofascista y para eso hay que prepararse.

El asustado individuo-medio-occidental no ve más que males por todas partes, se ha situado en un estado de perpetua resignación: “somos así, no tenemos arreglo, es nuestra naturaleza, así es el animal que llevamos dentro”. Y a partir de ese pensamiento fundante es incapaz de imaginar cualquier salida mejor, ya no puede concebir la vida sino como una lucha en competencia perpetua, eso sí, mejor si es asistido por un estado justo y militar, que le proteja en la adversidad y le defienda de cualquier posible invasión, de terroristas o de emigrantes. Y en ello, a la desesperada, deposita toda su fe. A eso vamos, porque eso es lo que ahora quiere el individuo medio occidental, ese ser irresponsable, producto genuino de la democracia industrial y de su moderno estado del bienestar.

No se fía ni de sí mismo ni de los demás, sólo confía en la regeneración y fortalecimiento de un estado utópico que sea capaz de meter en vereda a la economía capitalista, como si ésta no fuera constitutiva del estado, el histórico y realmente existente. Piensa que sólo cabe una evolución positiva, se siente progresista, ha aprendido en la escuela que el pasado siempre fue peor y que, por tanto, el futuro, “lo nuevo”, será siempre mejor. Tal es su moralidad “humanista”, una creencia tan poderosa como su religiosa fe estatal. Su concepción de sí mismo, del ser humano que es, se basa en una autoinculpación de origen moral, como rastro del pecado original, por su maldad natural y congénita. Su asociación de la maldad con la naturaleza y, por tanto, con la genética humana, le lleva irremediablemente a ver la naturaleza como algo con lo que hay que romper, un estado primitivo y carente de moralidad; según él, los humanos somos primates que evolucionan hacia un estado moral opuesto al de la naturaleza, del que necesitamos desertar, que necesitamos superar y dominar para evolucionar hacia el ideal progresista de moralidad, en las antípodas de aquel estado primitivo del que venimos, cuando iniciábamos la evolución y empezábamos a “progresar” a partir de nuestro despegue, ruptura, con la naturaleza.

Frans de Waal es un primatólogo que ha investigado a fondo el comportamiento y costumbres de los primates. Sostiene que “al hacer hincapié en nuestros genes egoístas, la biología evolutiva moderna adolece de una visión poco favorable del mundo natural”. Así, la ciencia ha exacerbado nuestra costumbre de culpar a la naturaleza cada vez que actuamos mal y de calificar de “humanas” sólo a nuestras buenas acciones. Al buscar el origen de la moralidad humana no en la evolución sino en la cultura, la ciencia insiste en que somos morales sólo por elección, no por naturaleza.

En sus investigaciones, De Waal ha llegado a la conclusión de que “procedemos de un largo linaje de animales que se preocupan por los débiles y que cooperan entre sí mediante transacciones recíprocas, lo cual demuestra que existe una fuerte continuidad entre la conducta humana y la animal”. Lo explica en su fascinante libro “Primates y filósofos”.

Pues bien, en esa moralidad humanista que considera la moral humana como producto de la evolución cultural al margen de la evolución natural, se basa la ideología dominante, nutrida y custodiada por una policía social anónima, a cuya nómina pertenece nuestro individuo medio occcidental, convertido así en incondicional funcionario del Estado, en un patético proletario burgués y progresista.

Yo creo que somos primates bipartitos, tan capacitados para el bien como para el mal. Y ya que nuestra avanzada inteligencia nos permite elegir en conciencia a partir de la propia experiencia, es por lo que deberíamos inclinarnos por el bien, sin renegar de la naturaleza, del primate que somos, aún sabiendo que siempre viviremos en conflicto con el mal, al que sólo podemos ganar por propia y libre elección, en un voluntario y permanente combate, por afán de perfección evolutiva.

Ese miedoso existencial, que desconfía de sí mismo, tampoco va a confiar nunca en los demás, por eso necesita de Alguien al que situar “por encima”, una autoridad en la que delegar su propia responsabilidad. Y con ello sacrifica su propia autonomía, su soberanía individual y hasta su propia libertad más elemental, la de conciencia. El irresponsable que todo lo fía a lo aprendido en la escuela, a lo jerárquicamente establecido, es el cómplice pasivo y necesario del mayor y más perfeccionado genocidio, previo a todos los demás que vemos sucederse en el tiempo presente, un genocidio invisible, aniquilador de la individualidad, que ni siquiera permite imaginar la posibilidad de una vida humana más perfeccionada, en verdadera democracia y convivencia, en comunidad y en paz con la naturaleza. El individuo-masa es su lamentable resultado: un retroceso evolutivo que nos retrotrae a etapas primitivas de la evolución, en las que predominaban los más elementales instintos de supervivencia. Por todo eso, hoy más que nunca, una revolución integral es necesaria, es un deber individual y universal que tiene plena justificación y sentido.