lunes, enero 02, 2017

Manuela Sáenz: “Jamás me harán ni vacilar ni temer”



|Por: Francisco Mosquera|

(FRAGMENTO)

“ ¿Por qué llama hermanos a los del sur y a mí extranjera? Seré todo lo que quiera: lo que sé es que mi país es todo el continente de la América y he nacido bajo la línea del Ecuador”.


Todo aquel que lee la historia, en los pocos libros que se han escrito sobre ella, y conoce la vida de Manuela Sáenz, se da cuenta inmediatamente que se encuentra ante un ser humano excepcional. Tardíamente  leí su diario de Paita y algunas cartas de su puño y letra, como se dice en esta expresión congelada. Así que sabía de ella lo poco que se sabe en Colombia, que fue “la amante del libertador” que fue “la Libertadora del Libertador” y que era una hermosa quiteña. Es decir, sabía casi nada, porque cuando me di cuenta de las patrañas de los tergiversadores de la historia oficial, para no aburrirme dejé de leerlos. Las Biografías del Libertador, bien escritas algunas, pero ni siquiera la mencionan en una mezquindad sin límites… una mezquindad que no tiene nombre… como si el Libertador solito hubiera hecho todo… Bolívar es justo cuando le dirige desde Turbaco su última carta: ‘Donde te halles allí mi alma hallará el alivio de tu presencia aunque lejana. Si no tengo a mi Manuela, ¡No tengo nada!”.

Manuela es una excelente escritora. Tiene la tremenda capacidad de una narradora romántica. Cuando digo romántica, la veo en la misma dimensión de José Maria Vargas Vila, Rafael Pombo o Gonzalo Arango etc., hombres que trabajaron para transformar la disposición sumisa, traidora, hipócrita, mediocre, falsamente cristiana y sobre todo desleal, enquistada en la mentalidad de muchos colombianos y colombianas que recibieron esa formación ideológica en los últimos doscientos años de historia.

Simón Bolívar le reconoce también ese talento; “¡Sabes que me ha dado mucho gusto tu hermosa carta. Es muy bonita, la que me ha entregado Salazar. El estilo de ella tiene un mérito capaz de hacerte adorar por tu espíritu admirable”.-Le escribió en 1825; pero mejor veamos este párrafo observado por muchos que se acercan a sus escritos y que nosotros queremos igualmente destacar aquí por su belleza:

“Hoy se me hace preciso escribir, por ansiedad. Estoy sentada frente de la hamaca que está quieta como si esperara a su dueño. El aire también está quieto; esta tarde es sorda. Los árboles del huerto están como pintados. En este silencio mío medito. No puedo olvidar”.

Manuela narra con precisión admirable todos los sucesos de la sombría noche del 25 de Septiembre de 1830, a pedido de su amigo el General O’Leary, biógrafo del  Libertador. Es más, decide contarle lo que paso antes en esa carta muy preciosa donde le responde todas las inquietudes, toda llena de dulzuras por los recuerdos.

MANUELA Y BOLIVAR  VS SANTANDER Y PAEZ

Manuela pensaba, y lo decía abiertamente, que hombres como Páez y Santander merecían ser fusilados por malvados.

Esta idea la obsesionaba. Simbólicamente le colocó el nombre de Páez a uno de sus perros y el de Santander a otro... Cuando el animal se enfermó por la edad, para acabar con su sufrimiento lo mato de un tiro… y escribió en el diario: “al fin fusilé a esa sabandija”. La Mar y Córdoba se llamaban los otros dos perros que tenía.

A Santander debemos mirarlo como un hombre que no miraba más allá de su tiempo ni de sus narices, y a Bolívar como un hombre absolutamente genial y que está más allá inclusive del tiempo nuestro, pasados dos siglos de su muerte, donde todavía no se han podido concretar sus sueños.

Con su espada liberó cinco naciones y como estadista era aún más deslumbrante y visionario. Mejor Militar que él fue Antonio José de Sucre quien jamás perdió una batalla planificada y dirigida por él. Sucre quien recibió el apoyo de Manuela y las mujeres en las Batallas decisivas del Sur, solicitó oficialmente se le ascendiera al cargo de Capitana del Ejército Colombiano.

Santander en Bogotá, enfurecido con la noticia, como era de esperarse de su personalidad, pensaba que el ascenso se debía a una “debilidad amorosa” del Libertador y le escribe una enérgica carta privada, donde le pide degradarla e inclusive amenaza con obligarlo a una discusión sobre el caso en Fucha, con los otros oficiales de rango superior, si no presta atención a los términos de la carta. Vean amables lectores:

“Pero mi asombro vive una verdadera y cruda realidad, el Ejercito que no necesita auspicios de huelga, recibe el aliento de su Jefe Supremo que premia en conceder un alto rango que sólo se obtiene con el valor demostrado en el rigor del combate. ¿Ser Coronel del Ejército Colombiano merece sólo la consideración que V.E le está dando? Solicito a V.E.., con el respeto que le merezco, el que S.E degrade a su amiga, pues que actos de ascensión como ese, sólo perjudican la política a V.E. y más grave aún en lo castrense, el recibir el disfavor de este cuerpo, cuyos hombres ven con repudio tan fácil concesión de hace más de un mes.”

Y Bolívar le responde con otra más dura:

“Usted la conoce (a Manuela) muy bien, e incluso sabe de su comportamiento cuando algo no encaja. Usted conoce tan bien como yo, de su valor, como de su arrojo ante el peligro. ¿Qué quiere usted que yo haga?. Sucre me lo pide por oficio, el batallón de Húzares la proclama; la oficialidad se reunió para proponerla, y yo, empalagado por el triunfo y su audacia le doy el ascenso, sólo con el propósito de hacer justicia. (…) ¿Que la degrade? ¿Me cree usted tonto? Un ejército se hace con héroes (en este caso heroínas), y estos son el símbolo del ímpetu, con que los guerreros arrasan a su paso con las contiendas, llevando el estandarte de su valor."

Así que no tenemos ninguna duda. Santander y sus amigos pusieron todo su empeño para borrar su nombre de la historia.

Pedirle a Santander que aceptara las ideas de Bolívar y Manuela era peor que pedirle uvas al coco. Ella  consideraba que Páez y él eran un par de traidores a la causa, que sólo buscaban complacer sus ambiciones personales y a quienes nada les importaba la suerte del continente. Como mujer muy franca que era, no ocultaba su deseo de que fueran  fusilados “con diez más para salvar millones”. Le escribió a Bolívar.

Ella lo descubrió, sin todavía conocerlo personalmente, o diré mejor, que con su sensibilidad de mujer y con su agudeza intelectual, se dio cuenta desde el primer instante quién era verdaderamente ese tal Francisco de Paula Santander, e inmediatamente se lo advirtió a Simón Bolívar en una carta que le escribió el 16 de junio de 1824 desde Huamachuco:

“Quisiera Usted referirme ¿Qué clase de hombre es este Santander, que siendo su enemigo usted lo tolera?; sin que haga nada usted por esquivar esas infamias por las que, en su correspondencia, me doy cuenta cómo injusta y deliberadamente, él no acoge las peticiones de usted. Tenga cuidado”.

BOLIVAR: PROTEJE A MANUELA

Es indudable el gran respeto que sentía Bolívar por Manuela y trataba siempre de protegerla evitando por todos los medios entrara en los combates. Manuela no cedía un centímetro dada su condición natural  de mujer aguerrida entonces el Libertador le pide a Manuela casi un imposible:

“Tú serás muy útil al lado de Héctor, pero es una recomendación para ti, y una orden de tu general en jefe, de que te quedes pasiva ante el encuentro con el enemigo. Tu misión será la de “Atenderme”, entrando y saliendo de la tienda del Estado Mayor, y llevando viandas de agua para “refrescarme”, al tiempo de que en cada salida llevas una orden mía (de los partes que estoy enviándote) a cada general.

No desoigas mis consideraciones y mi preocupación por tu humanidad. ¡Te quiero viva! Muerta, yo muero!”

Y en otra carta muy (personal) y respetuosa le escribe a su gran amigo el señor General en Jefe del Ejército de Colombia, Antonio José de Sucre, orientaciones precisas para que disponga todo lo necesario en la protección de la integridad de Manuela:

“Sabiéndome que en sus decisiones de usted, está autorizado en impartir las ordenes de movilización pertinentes; ruego como superior de usted, de cuidar absolutamente a Manuelita de cualquier peligro. Sin que esto desmedre en las actividades militares que surjan en el trayecto, o desoriente los cuidados de la guerra”.

EL  FINAL

Luego de la muerte del Libertador Manuela quedó muy desamparada en medio de tantos enemigos, pero hasta el final fue una mujer que se defendió con valentía contra la insensatez e ignorancia de quienes la trataron, como lo hace notar en esta carta que le escribió a su amigo Juan José Flores, Presidente de Ecuador en 1835:

“Ayer salí de aquí para el Sinchig y hoy he tenido que regresar por obedecer a las órdenes del Gobierno. Usted se impondrá por la copia que le acompaño; en ella verá que es dictada por un ebrio y escrita por un imbécil. ¿Hay razón para que esta canalla ponga por argumento mi antigua conducta? Señor: mis hermanos mucho me han hecho sufrir; ¡basta!”

Y ya para terminar acudo a un testimonio de Bolívar donde le responde a un amigo que le pregunta por Manuela:

“¿Me pregunta Usted por Manuela o por mí?  Sepa Usted que nunca conocí a Manuela. ¡En verdad nunca termine de conocerla! ¡Ella es tan, tan sorprendente! ¡Carajo, yo! ¡Carajo! ¡Yo siempre tan pendejo! ¿Vio Usted? Ella estuvo muy cerca, y yo la alejaba; pero cuando la necesitaba siempre estaba allí. Cobijó todos mis temores…” (…) La amo. ¡Mi amable loca! Sus avezadas ideas de gloria; siempre protegiéndome intrigando a mi favor y de la causa. Algunas veces con ardor, otras con energía. ¡Carajo, ni las catiras de Venezuela que tienen fama de jodidas!

(…) De batalla en batalla, a teniente, a capitán y por último, se lo gana con el arrojo de su valentía que mis generales atónitos* veían; ¡Coronel! ¿Y qué tiene que ver el amor con todo esto? Nada. 

(…)Lo consiguió ella como mujer (¡era de armas tomar!) Bueno es mujer… y así ha sido siempre, candorosa febril, amante. ¿Qué más quiere Usted que yo le diga?

(Fragmento del testimonio de Simón Bolívar a Perú de la Croix…  donde le cuenta el incidente que tuvo con Manuela Sáenz por un zarcillo de otra mujer que ella encontró en su cama).

(* Estupefactos, pasmados, boquiabiertos, fascinados, alucinados, aturdidos)
“Jamás me harán ni vacilar ni temer.” Manuela Sáenz