jueves, febrero 09, 2017

Humberto Cañón Salinas. Seis años de impunidad: nos negamos a olvidar



|Por: Ruta Directa

Que rápido pasa el tiempo.

El vacío que dejo la partida de Humberto sigue igual o peor, porque hasta hoy nada ha ocurrido y como vaticiné hace 6 años, nada va a ocurrir.
 
Para la justicia colombiana este humilde hombre solo era un insignificante campesino más, un ermitaño de páramo, una cifra.

Su verdadero valor solo estaba en el corazón de quienes lo conocimos y nos resistiremos por siempre a olvidar.

Conocí a Humberto Cañón por recomendación de Jairo Gaspar, viejo compañero de montaña quien había llegado por primera vez a su casa una fría noche de 1996. Jairo, quien había hecho ese día el camino de las Nieves desde el caserío de Juntas le explicó que estaba allí porque quería conocer el nevado.

Y naturalmente Humberto, quien era un campesino del páramo que no sabía aún mucho de montañistas ni de turismo, no comió cuento. Con desconfianza le permitió quedarse, pero no allí, sino en el pequeño cañón a orilla de la quebrada, a unos 100 m de su casa.

Al día siguiente, luego del baño en la piscina termal, los recelos quedaron atrás y Jairo se despidió prometiendo volver, lo que cumplió muchas veces en los años siguientes.

La historia de este encuentro y de este curioso lugar de aguas calientes cerca de las nieves y su  solitario custodio fueron suficiente motivo para preparar mi viaje.

Llegué a su casa una tarde cualquiera de ese mismo año.


Un poco después de asomar al alto que por el camino de la meseta domina la planicie en la que esta su casa, note una pequeña figura que asomaba de la habitación principal y luego se dirigía a un anexo, de donde un momento después una columna de humo se elevaba hacia el cielo.

Con los años todos reconoceríamos su significado ese humo: agua de panela con menta, sopa de col, papa y pasta, el sello de bienvenida para todo el que llegara a su casa. Una cocina siempre tibia, refugio de muchas tertulias, de muchos sueños.

Nunca sabré el motivo, pero Humberto no me envió al cañón de la quebrada. Esa noche, después de una animada y larga charla me invito a armar mi carpa en el que se convertiría no solo en el campo base de mis ascensos a los glaciares y espolones del nororiente del nevado, si no en la casa de quien llegaría a querer y a respetar como un amigo.

Recuerdo mi primer intento al espolón del Placer en 2.006. Antes de salir aquella madrugada me advirtió que de no regresar en la tarde, partiría a bajarme de donde estuviera.

Su expresión me convenció de que su intención era real. No sería la primera vez que Humberto rescataba de su montaña a algún asorochado o encontraba algún perdido. Pero esta vez sería más arriba y más difícil.

- "Ya tengo los crampones" me dijo muy serio.

Y era cierto. Meses atrás, le había regalado mis primeros crampones y la mitad de mi cuerda, y para él era suficiente.

Pero no fue necesario. Regrese molido del espolon directo a su cocina. Humberto estaba preparado: de un oscuro rincon apareció quizá la cena más especial que alguna vez ofreció: carne seca de chivo, trucha, arroz, queso campesino y una botella de vino.

Brindamos por una escalada que para él también tenía valor y el vino se convirtió en aguardiente.

Al día siguiente desperté por los gritos de Humberto a eso de las 5 de la mañana.

-"Hermano salga, salga rápido que está nevando...!"

Me costó salir del calor de mi sleeping a vivir uno de los momentos mas toscamente capturados con mi cámara pero también uno de los mas significativos en mis correrías por el nevado del Tolima.

- "El nevado está feliz por el espolón... si ve..?

Fue una de las nevadas más fuertes que recordaba Humberto y que no se repetiría hasta 10 años después. Ocasionalmente las heladas del verano escarchaban el rocío sobre el suelo, pero aquella era una verdadera nevada a 3.800 m: estalactitas de hielo colgaban de las canales en las tejas de zinc del techo de la cocina y las piscinas, usualmente calientes incluso en las frias noches de verano, estaban frías.

Observamos la nevada -agua de panela en mano- y visiblemente preocupado me hablo de un reciente incendio causado por sus vecinos para abrir espacio a los pastos y al ganado.

Le dolía ver su montaña ardiendo, le dolía pasar del verde paramuno al negro de los frailejones carbonizados. A mi regreso pasaría por el lugar de la quema y vería con tristeza como la nieve de aquella especial nevada en su deshielo formaba pequeños riachuelos de carbón y algunos frailejones chamuscados aun se mantenían en pie, como espantapájaros de cuento de terror sobre los filos de la montaña.

De donde venía su conciencia sobre el delicado equilibrio ambiental de la montaña?

Humberto era mi amigo. Lo fue desde ese primer día desde 1996, lo fue allá en la montaña en larguísimas tertulias sobre todos los temas imaginables: la vida, el parque, sus sueños para su termal, el montañismo y hasta  la situación mundial, de la que siempre estaba informado.

Recuerdo con especial regocijo una animada charla que tuvimos sobre las mujeres, -tema de tertulia donde quiera que hay más de un hombre- y que se prolongó hasta muy avanzada la madrugada de un día cualquiera al abrigo de su cocina y un canelazo de ron:

-“…Noooo manito, para eso estoy mejor solo…!” fueron –entre risas- sus palabras, reflejo de un carácter fuerte e independiente.

Humberto era mi amigo. Lo fue en cada atencion, en cada plato de sopa, en cada agua de panela que preparó y llevo y a mis compañeros y a mí con humildad hasta su artesanal jacuzzi.

Lo fue, porque su casa nunca tuvo puertas, porque compartimos desde tardes recogiendo leña, cosechando cubios, limpiando las canales del agua termal y viendo “El hombre nuclear” a blanco y negro en su pequeño televisor solar hasta tardes técnicas discutiendo de rutas, glaciares, haciendo nudos, atando crampones y tejiendo sueños.

Fui amigo de Humberto, el ser humano y sensible -pese a su aparente rudeza- y también compartimos momentos bajos.

Recuerdo con especial tristeza la trágica perdida de nuestro amigo Jairo Triana. Humberto había bajado a Ibague para asistir a una misa en honor a su madre y Jairo había subido a cuidar de su casa y el termal, un gesto de amistad que se convertiría en una cita con su muerte a manos de un ejército que bajo un régimen que premiaba por cada “baja”, disparaba primero y después preguntaba.

Tiempo después, juntos recreamos la tragedia guiados por las marcas de las balas en el suelo donde hoy muchos caminantes que no conocen la historia, levantan sus carpas.

Veo a Humberto en la puerta de su casa: en una mano un gastado cubre carpas y en la otra un guante y unas llaves. Las mira con intensidad, como tratando de entender lo sucedido.

Pasan eternos segundos.

-"Esto es de Jairo, lo único que no se llevaron. Él me estaba reemplazando ese día…"

Su voz se quiebra, sigue el silencio. Se repone en un segundo.

-"Quiere otra aguapanelita manito?"


.........

Recibí la noticia de su muerte mientras viajaba con el equipo del documental “La era del deshielo” hacia la cordillera blanca del Perú. Había hablado con él  en el Hospital Federico Lleras de Ibagué después del primer atentado y ante su firme intención de regresar al termal, le expresé mi temor por su vida.

Adolorido en su camilla, solo sonrió. Le pedí pensarlo bien, pero en mi interior sabía que aquello era perdido. Humberto pertenecía a su montaña.

No estuve en su funeral. Necesite seis meses para reunir el valor necesario para regresar al termal. Una tarde del 28 de agosto de 2011 llegue al alto sobre su casa, pero nadie se asomó. Nadie corrió a la cocina, ni la columna de humo se alzó al cielo.

Seis años después, revivo lo que sentí ese día. Baje hasta la casa a encontrarme con el significado de su muerte y la profunda herida que causaba su ausencia.

Ese día descubrí que la montaña había cambiado. Siempre quise que mi hijo le conociera, que escuchara sus historias, sus sonoras carcajadas, quería que me acompañara algún día a escalar “la Kraus”...quería que viviera mucho tiempo más.

He pasado algunas veces más por el termal. Visité en su momento a Andrés y a Claudia y tiempo después a Don Gerardo -amigo de Humberto- pero hoy me doy cuenta que realmente no es importante quien esté allí. Ahuyentada la ira e instalada la aceptación, descubro que su legado no está en esas piscinas allá en la montaña, su legado está en las personas que nos resistimos a olvidar.  No habrá otro Humberto, es verdad, pero tuve la fortuna de conocerle.

Y estoy agradecido por ello.



Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte, los valientes gustan la muerte sólo una vez. - Shakespeare


ALGUNAS NOTAS y VINCULOS








Publicación de  la Universidad nacional de Colombia (agradecimientos a Humberto por su apoyo a la investigación de turberas en el nevado del Tolima). 

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En 2010, finalizado un intento de escalada al espolón de Mesetas, fuimos entrevistados en el termal por un equipo de jóvenes que trabajaban en un corto audiovisual sobre Humberto. Perdí su contacto y tengo la esperanza de que quizá alguien cercano a ellos vea esta nota y puedan hacer un puente para saber un poco sobre dicho audiovisual. Ver foto  

Agradecimientos por las fotos: Cleo Cañon, Carolina Cruz Vallejo, Camilo Páez.