lunes, febrero 06, 2017

Los partidos revolucionarios y el Estado oligárquico dependiente



|Por Fernando Bossi|

En la América Latina Caribeña las fuerzas revolucionarias deberán retomar la ofensiva unionista e independentista o un nuevo ciclo de coloniaje se impondrá para desgracia de nuestros pueblos.

Si bien la segunda ofensiva unionista  e independentista no ha sido derrotada, hoy transita una suerte de meseta; avanza, pero muy lentamente.  Aquella ofensiva, iniciada por Chávez, Kirchner y Lula, y a la luego se sumaron Evo, Correa y Daniel Ortega –más allá de Cuba, por supuesto–, aparece frenada, desconcertada, sin iniciativa en ciertos aspectos.

Separando a aquellos que ya han firmado el certificado de defunción de la llamada “ola progresista”, quienes entendemos que esto es solo un reflujo coyuntural, afirmamos que se puede retomar la iniciativa si nos desprendemos del contrabando ideológico de la socialdemocracia, que ha penetrado en muchos espacios de las filas revolucionarias.

La idea socialdemócrata de derrotar el capitalismo conquistando paulatinamente posiciones a través de la lucha parlamentaria, obviando la lucha de clases y esquivando la tarea de demolición del orden oligárquico dependiente, nos ha llevado, en diferentes ocasiones, a  permitir que la contrarrevolución nos arrincone.

Los partidos u organizaciones revolucionarias, han mutado, en muchos casos, en partidos políticos de corte liberal-burgués, reduciendo su accionar a meros apéndices de los gobiernos o a simples maquinarias electorales. Con esto no subestimamos la importancia de la vía electoral en la lucha por el poder, pero reducir las fuerzas revolucionarias a esa función exclusiva es un verdadero suicidio. Sin la presencia del partido u organización revolucionaria, el Estado oligárquico dependiente que hemos heredado se va comiendo uno a uno a los funcionarios provenientes de las filas del pueblo. Sin la herramienta revolucionaria que fiscalice, controle y haga cumplir el programa de liberación, el Estado conformado para reproducir el orden dominante se impone; ya no es el partido o la organización revolucionaria junto con el pueblo quien tiene la tarea de destruir el Estado opresor, sino que es ese Estado quien con su estructura de privilegios coopta a los cuadros populares, convirtiéndolos en meros burócratas temerosos de todo tipo de cambio radical.

Esta situación se verifica –quien más quien menos– en casi todas las fuerzas políticas progresistas que actualmente están en nuestros gobiernos, y precisamente allí es donde radica el punto de vulnerabilidad: el haber descuidado la organización revolucionaria, el partido revolucionario. Agregaría también que un porcentaje elevado del fuego de artillería lanzado por la contrarrevolución, se ha dirigido a confundir, desmoralizar, desmotivar y cuando no a corromper a los cuadros militantes del partido. Falta de escuelas de formación política y de cuadros y trabajo verdaderamente voluntario, debilidad en la presencia activa territorial y en los lugares de trabajo, carencia de democracia interna, ausencia de sanciones disciplinarias a aquellos que han cometido actos reñidos con la ética revolucionaria, amiguismo, nepotismo, sectarismo, internismo y otras desviaciones han reducido a los partidos u organizaciones revolucionarias, como lo afirmamos anteriormente, a meros aparatos electorales o a simples apéndices del gobierno. Esta situación es imprescindible revertirla.

La izquierda latinoamericana caribeña debe de recomponerse, activar urgentemente mecanismos de discusión interna para fortalecer al máximo su capacidad de lucha contra la oligarquía, el imperialismo y el Estado heredado.

No es a través de ese Estado heredado que se podrán realizar las grandes transformaciones para traspasar la línea de no retorno, como señalaba el Comandante Chávez, sino que será a través de la organización revolucionaria,  conduciendo el desmoronamiento de ese Estado oligárquico al servicio de la reproducción de la dependencia y avanzando en la construcción de un nuevo Estado popular, soberano y socialista. En el caso de Venezuela, por ejemplo, la definición asumida por las fuerzas armadas, de haberse constituido como fuerzas armadas bolivarianas, antiimperialistas, socialistas y chavistas ha sido un elemento fundamental de trasformación del aparato del Estado oligárquico y pro imperialista, y un verdadero sostén del proceso revolucionario. La idea de la constitución de comunas también ha sido un avance significativo para la trasformación del Estado, en tanto y en cuando no sea dirigido por el Estado oligárquico heredado, que convierte esa iniciativa revolucionaria en meros receptáculos de políticas asistencialistas. En ambos casos tiene que estar la presencia y el acompañamiento permanente del partido y sus mejores cuadros…

Pero esta reflexión apunta a un elemento sustancial en la gran estrategia de la Revolución Latinoamericana Caribeña, que no es otra que señalar la necesidad que los partidos y organizaciones revolucionarias de los diferentes países que componen la Patria Grande se unan en una suerte de coordinación regional, para así fortalecerse mutuamente y aunar experiencias, criterios y visiones, como también para abordar nuevas etapas de lucha cualitativamente superiores.

Si entendemos que no es posible la independencia integral de ninguno de nuestros países en forma individual, también tenemos que entender que la tarea suprema no se va a resolver solamente desde los gobiernos aislados, y más cuando éstos sufren el lastre de Estados oligárquicos y pro imperialistas heredados y que fueron conformados desde sus orígenes para la desunión. Esto implica, entonces, que otro factor deberá jugar directamente en la tarea unionista necesaria, y ese factor no es otro que los pueblos a través de sus organizaciones reales, existentes; que incluye, en primer lugar, los partidos revolucionarios comprobadamente patrióticos, antiimperialistas, latinoamericanistas y socialistas. Lo que no pueden hacer los gobiernos, por leyes, instituciones o trabas  de distinta índole, sí, muchas veces, lo pueden ir haciendo los pueblos a través de sus organizaciones revolucionarias, que no están sujetas a la burocracia estatal o al orden establecido por los tradicionales mecanismos de la desunión. ¿Qué impide, por ejemplo, la constitución de una poderosa Grannacional de trabajadores latinoamericanos caribeños? Esta iniciativa ¿no podría ser pivoteada por los partidos u organizaciones revolucionarias de la región?

La lucha por la liberación nacional y el socialismo no puede desperdiciar la segunda ofensiva unionista e independentista. Si en la primera ofensiva luchamos juntos dentro de los límites reales que imponía el momento histórico ¿por qué hoy no podemos hacer lo mismo? ¿No es hora de la constitución de una coordinación de los partidos revolucionarios de nuestra América?

A la socialdemocracia poco le importa el tema de la unidad nuestramericana, ya que este es un tema netamente revolucionario, de ruptura con todo el orden institucional establecido, de creatividad y desafíos permanentes, de audacia y movilización activa del pueblo y la clase obrera. Cuando se trata de crear una nueva estructura política, económica, social y cultural y barrer con todas las trabas impuestas por los agentes de la desunión a fin de mantenernos en constante anemia, la socialdemocracia irrumpe con discursos chauvinistas, institucionalistas, reformistas, conciliadores…

Chávez, con su audacia y coraje que lo caracterizó siempre, supo bocetar un programa de liberación continental, proponiendo el Banco del Sur, el gasoducto suramericano, Petrocaribe, las empresas grannacionales de la energía, el hierro, el aluminio; las misiones sociales a nivel regional, la Universidad del Alba, la empresa de aerotransporte, una sola central latinoamericana caribeña de trabajadores y otra de campesinos, una empresa grannacional de alimentos e insumos para producirlos, una Grannacional de medicamentos, una nueva doctrina de defensa para la región, encaminarnos hacia una moneda en común, etcétera.

Confeccionar un verdadero programa continental de unidad e independencia puede ser el motivo para una primera reunión de los partidos revolucionarios nuestramericanos a fin de constituirse en un espacio permanente de coordinación y reagrupamiento de fuerzas, conscientes que nuestra revolución será continental o no será. Y esa es una tarea que las fuerzas revolucionarias y sus organizaciones deben asumir, contando con los gobiernos que hemos sabido ganar, pero no dependiendo  exclusivamente de ellos. Así se logrará fortalecer el vínculo insoslayable entre gobiernos y pueblos, se incrementarán los grados de conciencia de las masas populares nuestramericanas y se vigorizará a los gobiernos ante la carga de los componentes reaccionarios que perduran dentro de los Estados heredados.

A través de los gobiernos, por ejemplo, se constituyó el Alba, el espacio más afín a las ideas antiimperialistas con perspectiva socialista. Pero aún no existe una coordinación de los partidos u organizaciones revolucionarias que lo constituyen… ¿No es esto un error? Honduras estaba en el Alba, pero derrocaron ilegítimamente a su gobierno y ese país quedó automáticamente afuera ¿No tendría que estar al menos el partido LIBRE integrando un espacio de fuerzas políticas en esa Alianza? Por diferentes razones el gobierno de El Salvador no se ha sumado a la Alianza, pero ¿no podría incluirse al FMLN en esta coordinación de partidos políticos?  Y agrego temerariamente ¿no podría incluirse en esta coordinación a aquellos partidos u organizaciones revolucionarias que hoy no son gobierno pero que estarían dispuestos a incorporarse en la Alianza ni bien ganaran el poder? De darse esto así, sumaríamos al espacio Alba, de una forma poco ortodoxa pero valorable al fin, a gobiernos regionales y locales controlados por los partidos dispuestos a sumarse al Alba cuando alcancen el gobierno nacional.

El fortalecimiento de los partidos de izquierda en nuestra América es primordial en la hora actual. En ellos está la mayor responsabilidad de apoyo a los gobiernos revolucionarios, entendiendo que el objetivo supremo es a largo plazo y que no es otro que la construcción de la Nación de Repúblicas Socialistas de América Latina y el Caribe. No será con meras reformas ni con partidos descalcificados que se alcanzará tan magno objetivo.