domingo, febrero 19, 2017

Parques Arqueológicos de San Agustín y Tierradentro: memorias y paisajes personales



|Por: Alexander Martínez Rivillas*|

En estas materias de la arqueología soy todo un aficionado, por no decir que un especulador. Desde que visité los hipogeos de San Andrés de Pisimbalá (Parque de Tierradentro) experimenté un verdadero sueño metafísico. Un sueño racional sí, pero desatado por una imaginación febril que me decía incontables cosas del pueblo antiguo que ocupó las empinadas laderas del macizo colombiano. Como ingeniero visité esas crestas que alcanzaron el cielo estrellado de ese pueblo impreciso, y desde allí vi la emergencia de las cordilleras, feroces, alargadas, puntiagudas, creaciones de una tectónica implacable que dio sus mejores frutos de la tierra. Es difícil ver en otro lugar montañas con pendientes tan largas y tan inclinadas, me decía. Claro que la erosión en “V” de las cuencas de los ríos Páez y Ullucos contribuyó de manera importante.

El volcán está cerca, el del Huila me refiero. Los asentamientos y los cementerios se localizan desde antiguo, es cierto. Pero las recientes actividades volcánicas propalaron esas rocas falibles, la toba mejor dicho, que sirvieron de materia informe para construir su estatuaria. Sus suelos son ceniza antediluviana, ceniza consolidada. Es ese grueso estrato se esculpió esa bóveda celeste que cubría los entierros secundarios, según parece, y que dieron nombre al actual hipogeo. Se trata de una nave del medio subterráneo, que sigue las estelas del sol o sus circunvoluciones.

El hipogeo mayor revela el tránsito oriente-occidente en la bóveda misma empleando un círculo máximo. Se destaca el rojo y el negro en las repeticiones incesantes de esos glifos en forma de rombo. Para mí estos pictogramas eran estrellas, un submundo de los muertos que hacía cierta isometría con el de los vivos. Los cuerpos celestes en el día o la noche eran representados. Los glifos también pudieron reflejar otra semiología, la que se ha desatado en San Agustín, por ejemplo. Rica en bestias amazónicas y chamanes, modelo traspuesto del animismo de los pueblos vivos de estas selvas, y que quizás fue bien decodificado por el antropólogo Philippe Descola, entre otros.  

Varias veces visité los hipogeos y los monolitos, con la licencia que me permitía ser funcionario público. Transité por varias zonas potrerizadas y con pesar me tropezaba con estatuaria de enorme belleza, allí en medio de los lotes de ganado del resguardo de San Andrés. No recuerdo el número, pero en el parque arqueológico y las veredas aledañas, como Llanitos, observé decenas de obras. Solo yacían allí, inmutables, fijadas por el tiempo, y quizás por su enorme peso no habían sido robadas.    

Me insistían mis amigos antropólogos sobre el origen amazónico de esa civilización de pequeñas necrópolis, casi siempre instaladas en las crestas de los paisajes. Entre el 600 y 900 a.C. se sucedieron los hechos, escuchaba, “era el periodo de mayor esplendor”, me referían, y casi siempre remataban con lo previsible: “pero misteriosamente desaparecieron”.
Los líderes indígenas del resguardo de San Andrés de Pisimbalá eran más cautos en sus afirmaciones y se limitaban a hablar del “pueblo antiguo”, de la enorme brecha temporal que se imponía entre los Nasa y esa nación inveterada, y de los lazos que podían existir con el mundo agustiniano, cuyos enterramientos conocieron en su momento.

Me inquietaba escucharlos en medio de tierras y estatuas mudas: ellos sin poder decirme nada sobre los vestigios arqueológicos de esa necrópolis, y yo casi siempre tentado a pensar que eran los herederos directos de ese patrimonio.  Pero nunca fue así, esos fragmentos de una civilización de efluvios volcánicos arrojados al viento o sedimentados, no les ha pertenecido y no les interesó más allá de querer regular algunos aspectos administrativos del parque arqueológico.    

Un viejo guaquero de San Andrés me reveló que había localizado una docena de tumbas, todas ellas saqueadas y luego dejadas de nuevo bajo tierra. Me hablaba de toda suerte de tiestos, y del poco oro que recuperó en sus faenas. Solo distinguía entre los elementos exhumados el “tunjito”, la rueca o “vasijita” de barro. Quizás fue así, pero la conclusión de mi amigo guaquero era el estribillo: “esas tumbas son muy pobres”. 

Vi pasar durante meses alemanes, norteamericanos, franceses, suizos, holandeses, en una especie de peregrinación por el Parque de Tierradentro. Algunos de ellos, embebidos de una especie de misticismo cósmico, hablaban de las conexiones energéticas del universo con algunos lugares del Parque. Referían pasajes de la biblia, apariciones fantasmales o físicas de extraterrestres. Alimentaban sus convicciones con cada guijarro que exhibiera alguna señal geométrica o simbólica. Era el frenesí del ufólogo bajo la embriaguez del trópico y de la noche estrellada con mensajes codificados que recreaban sus horas de trance.

Y es muy peculiar esta reacción de varios visitantes, me refiero a los extranjeros euronorteamericanos (nuestros locales deben ser tratados de otro modo), que llenan de significados místicos los elementos arqueológicos de nuestros pueblos, desde México hasta la Patagonia. El instinto de conocimiento no solo contiene lógica, también imaginería, diría Wittgenstein. Lo que aplica a todos los pueblos de la tierra, y de lo cual no sale indemne Europa o Norteamérica con sus particulares formas de hablar de sustancia y accidente, las cuales inundan la ciencia paradigmática de hoy.

Era el año 2004, y el nasayuwe se remozaba en cada asamblea indígena de los distintos cabildos de Inzá y Páez. Todo en ellos estaba politizado, y en especial su lengua. Era la tierra, el alimento, la educación, el ganado, los puentes, etcétera, lo que estaba en juego. Todo se sometía a una deliberación donde las generalizaciones o los particularismos tenían la misma importancia, creo. Yo me encontraba casi siempre al margen de los debates, esperando una exigencia o una recriminación por mi investidura de Secretario de Planeación. Pero, a decir verdad, en muchos momentos fatigaba mis pensamientos en hipótesis sobre esos pueblos ignotos de inmensos cementerios y estatuaria instalada como ojos vigilantes en esas terracitas naturales o modificadas de las laderas.

Todas estas imágenes de San Andrés de Pisimbalá las desató un reciente viaje al Parque Arqueológico de San Agustín. Algo que me pareció completamente inadvertido en la información turística y que para mí es una evidencia inequívoca: el pueblo agustiniano era el mismo pueblo de Tierradentro. Lo que se llama enterramientos son en realidad hipogeos.

Los hechos: debido al saqueo se destruyeron las cámaras subterráneas de San Agustín y las de San Andrés afortunadamente persistieron, los entierros secundarios se replican en los dos sitios, la estatuaria que custodia a sus jefes o notables está dispersa o fue robada (pero en los dos sitios se encontró en sus inmediaciones), el criterio de escogencia topográfica de los santuarios es el mismo en cada caso; y claramente, el cementerio excavado del corregimiento de Obando, municipio de San Agustín, el cual fue tratado con benignidad por los expertos, muestra en sus hipogeos una misma cultura material, separados de los de Tierradentro por algunos kilómetros en el sentido sur-norte. No me refiero a las dataciones, pues casi que coinciden con los periodos de mayor esplendor.

El Parque de San Agustín es la necrópolis mayor de ese pueblo montaraz, pletórico de turistas nacionales por fortuna. En los sesentas ni siquiera se encontraba hospedaje, me cuentan los viejos viajeros, y solía ser visitado con frecuencia por extranjeros, lo que en efecto no ha cesado. Los místicos del igualitarismo ecosférico, del budismo zen, del pachamamismo, de la ecología profunda y de otras cosmologías personales, abundan entre las calles y sitios de interés. En efecto, el hervidero de especulaciones es casi desesperante. Tierradentro es más silente y sus guías menos dicharacheros. 

Con base en unos manuales de interpretación de la estatuas monumentales, un autor que no quiero mencionar encontró la geometría del binomio cuadrado, identificó la solución al problema de la diagonal de los egipcios o griegos, y encontró la teoría de la descomposición de la luz blanca en el reverso de una pieza. El delirio se difundió entre los guías del Parque Arqueológico y no sería raro que se fundara una iglesia o doctrina con fundamento en tales especulaciones.

Efectivamente, patrones en monumentos urbanísticos, arquitectónicos y artísticos, o en  geoformas, caparazones de animales, remolinos de agua, etcétera, pueden ajustarse, a cierta escala, a la serie de Fibonacci, la proporción áurea, la expansión de irracionales, o a modelamientos matemáticos más complejos. Pero son solo eso, patrones que se le imponen a la realidad concreta, que no dicen nada de ella, sino que prescriben algo de ella. La prueba es la misma, la escala de aproximación: una vez se refina de manera significativa se ingresa a un campo de incertidumbre irreductible donde todos los patrones estallan.

Otro asunto, muy distinto, es que el artífice de las obras del hombre o de la naturaleza haya seguido a su voluntad tal o cual principio geométrico. El artista o los dioses no juegan al azar. Pero eso debe ser probado, y en arqueología sí que es difícil hacerlo.

Continuando con la estatuaria de San Agustín, algunos autores han establecido otros patrones geométricos sugestivos. Sin embargo, considero que los mismos podrían encontrar explicaciones en distintas modelizaciones matemáticas. No es creíble que el pueblo agustiniano conociera (o inventara) la geometría y sus relaciones con las cantidades naturales, racionales e irracionales. En efecto, de esas abstracciones Euclides nos dejó los “Elementos”, y en cambio, el pueblo agustiniano una obra monumental de la cual podemos predicar tantos modelos volitivos como modelos geométricos. Recordemos el “Hombre de Vitruvio” o la “proporción de Le Corbusier”, que no describen nada, pero si aspiraban a regular el diseño del mundo.   

Terminando de recorrer el circuito, en un lugar dolorosamente descuidado, vi los sarcófagos (que no existen en San Andrés de Pisimbalá) utilizados como depósito de latas de cerveza. Y de pronto, esa sensación de mudez absoluta que experimenté en el Parque de Tierradentro, me invadió de nuevo entre las gentes de esas tierras del Puracé, poblada en antiguo por payaneses y nariñenses, muy lejanas del calentano huilense. Y recordé el bullicio en nasayuwe de los amigos indígenas del cabildo de San Andrés, que siempre me era ininteligible, y que apenas desvelaba cuando hablaban de ese “pan çi aich”, o sea, cuatro ojos, en una clara alusión a mí.

(*) Profesor de la Universidad del Tolima.