martes, mayo 09, 2017

Trump: la apoteosis del Homo americanus



|Por: Alfonso Hernández|

La escritora Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura de 2015, sostiene que la Revolución Rusa se propuso crear el hombre nuevo, y lo logró, con lo que se originó lo que ella denomina, con ironía, el Homo sovieticus; así, tituló uno de sus libros El fin del “Homo sovieticus” (Alexiévich, 2015), en el que pretende caracterizar a esta “especie”, que a nuestro juicio —y siguiendo el estilo clasificatorio de Alexiévich—, es resultado de la evolución de un alto grado de conciencia del Homo laboriosus. El sovieticus pobló ciertas regiones de la tierra, a partir de la Rusia Bolchevique, desde el año 1917.

Era una especie extraña a los ojos de las gentes de hoy, en la cual los individuos no dudaban en sacrificarse por la colectividad, los trabajadores gobernaban y no se le rendía culto, sino que se repudiaba, la explotación del hombre por el hombre y el egoísmo. Después de llevar a cabo verdaderas hazañas históricas, tales como derribar la dictadura de zares, terratenientes y capitalistas, poner al mando a los obreros, derrotar el fascismo, alentar la descolonización y obligar a que se respetaran algunos derechos laborales en las propias tierras de su contrario (el Homo americanus), el Homo sovieticus, traicionado, calumniado y confundido, cedió la primacía generalizada a su antagonista, quien, con sus instintos y pasiones irrefrenadas, extendió su depredación por toda la superficie del planeta.

Un verdadero prototipo del linaje victorioso lo constituye Donald Trump, que hace poco celebró los cien días de su ascenso a la presidencia. El estrafalario personaje derrotó uno a uno a los precandidatos que le opuso la cúpula del partido Republicano y, luego, a Hillary Clinton, candidata demócrata y preferida por la gran prensa, las altas finanzas, las cumbres corporativas y el cenáculo que dicta la ética y las normas y formas de lo políticamente correcto.

El terremoto que constituye el triunfo de Donald Trump merece un examen atento, ya que ha puesto al descubierto poderosas tensiones subyacentes en la sociedad norteamericana. Periodistas, políticos, investigadores de las ciencias sociales, diplomáticos han venido haciendo un esfuerzo para dilucidar, primero,  las circunstancias que dieron lugar a ese imprevisto resultado y, segundo, para vislumbrar algunas de sus consecuencias para el acontecer de esa nación y de los demás países del mundo. Ahora que empieza a aclarase qué parte de las promesas se propone cumplir el nuevo mandatario y cuáles eran solamente trucos para captar votos, es más factible entender las verdaderas dimensiones del hecho electoral que, con algunas similitudes, afecta a diferentes naciones.

La tarea consiste en ver a través del personaje, de sus ademanes y discursos, de sus procedimientos, de su vida, las características de la sociedad que lo ha elevado a la jefatura del Estado más poderoso, no sólo de nuestra época, sino de toda la historia. Hay que entresacar, de un abigarrado conjunto, los principales motivos y anhelos, prejuicios y juicios que llevaron a casi sesenta y tres millones de ciudadanos a apoyarlo contra viento y marea.

No faltarán quienes piensen que escudriñar los rasgos de la personalidad constituye un empeño vano puesto que son las fuerzas sociales, y no los individuos, las que en una lucha perpetua determinan el discurrir de la historia. No obstante, no debe menospreciarse la incidencia que en ese fluir ejercen los personajes y personajillos, los cuales son, a la vez, espejo del medio que los engendra y polo de atracción o repulsión de sus conductas y concepciones. Otros, más descaminados, toman al pie de la letra las palabras y, haciendo caso omiso del contexto social y de la trayectoria del sujeto, piensan que este es partidario de producir un cambio drástico que alzaría los salarios del obrerismo y pondría fin a la naturaleza financiera y globalista, es decir, imperialista, del coloso del norte. (Petras, 2016)

Por el contrario, los acontecimientos más recientes están demostrando que, si bien la revuelta popular electoral encabezada por el plutócrata dio al traste con la plana mayor de los dos partidos tradicionales —Republicano y Demócrata—, Wall Street y las multinacionales (que salieron derrotados con Clinton y la docena de precandidatos republicanos) han resultado, sin embargo, victoriosos con Trump. Todo por esa ley definitoria de la democracia capitalista que les permite a los potentados ganar también cuando pierden.

Trump ha sido un hombre de negocios y del espectáculo, con los que ha amasado fortuna y fama, pedestales para su ascenso al poder. Dediquemos esta primera entrega a examinar algunos de los rasgos del carácter y los métodos del nuevo inquilino de la Casa Blanca a través de su desempeño empresarial. La siguiente se ocupará de sus actividades de beneficencia y en el mundo de los medios de comunicación; otras más echarán un vistazo a la situación internacional y a la política interna de los Estados Unidos, algunas veces rebasando el objetivo de estudiar el triunfo mismo de Trump y sus consecuencias, para ver de otear un panorama más amplio.

Un espécimen bien adaptado a su medio

“Yo soy el sueño americano en versión agigantada”, Donald Trump.

Una de las primeras definiciones de lo que llegaría a ser llamado “el sueño americano” la dio Abraham Lincoln: “Cierto que no nos proponemos hacerle la guerra al capital, pero sí queremos que todos, incluso los más humildes de los hombres, tengan la misma oportunidad de hacerse ricos. Cuando uno empieza la carrera de la vida en la pobreza, como nos ha ocurrido a la mayoría, la sociedad libre es de tal naturaleza que uno sabe que puede mejorar su condición, uno sabe que no estará sometido durante toda la vida a la suerte de trabajador... Este es el verdadero sistema”. (Hofstadter) En esta frase se resume lo que, según se afirma, han ofrecido los Estados Unidos: oportunidades iguales para todos. Era la época anterior a la formación de los grandes oligopolios que llegaron a concentrar la producción industrial y la riqueza. Nunca las oportunidades fueron de veras para todos: los negros eran esclavos y los indios sufrían el despojo y el exterminio, pero una masa de población blanca, con numerosos inmigrantes, podía, mediante el trabajo duro y la frugalidad, —y la explotación de la mano de obra “libre”— acumular un cierto capital. Las escalinatas del ascenso económico y social no estaban clausuradas de un todo. La situación cambió, pero la quimera se mantiene.

Hoy, el sueño americano es como una lotería —cada vez más trucada—: a todos se les vende, pero solo premia a un puñado; la fabulosa retribución a este pequeño grupo depende del saqueo a la inmensa mayoría, que debe mantener vivas sus fantasías para que el casino continúe el pillaje. Trump dice la verdad, su éxito constituye la encarnación de las ilusiones de muchos, y la prueba de que el camino está cerrado para casi todos, agregamos nosotros. Su vida nos muestra con nitidez cómo funciona el paraíso de la iniciativa individual, de la libre empresa, de la democracia capitalista.

El hombre de negocios[i]

Sus antepasados. De sus ascendientes recibió muchas de las enseñanzas que habrían de convertirlo en el hombre victorioso que se ufana de ser. La madre y el abuelo paterno de este declarado enemigo de los inmigrantes provenían de Europa. Mary McLeod nació en Escocia, en 1912, y a la edad de dieciocho años se embarcó en el SS Transylvania para los Estados Unidos. Por la época en que Mary arribó, el Ku Klux Klan —precediendo al que habría de ser su hijo— exigía mediante acciones agresivas, muchas de ellas abiertamente criminales, que se limitara drásticamente la inmigración y dirigía sus ataques en buena parte contra los católicos. (Kranish & Fisher, Marc, 2016)

El abuelo de Donald, Friedrich, se crio en Kallstadt, una región productora de vino, al sudoeste de Alemania, en el Palatinado, valle del Rin. La familia poseía tierra para cultivar uvas, higos y castaños; además, disponía de espacio para algunas cabezas de ganado. No obstante, Friedrich, deseoso de escabullirse de la vida rural y del servicio militar, emprendió viaje a Nueva York, ciudad a la que llegó el 19 de octubre de 1885, a la edad de dieciséis años, con el carácter de inmigrante ilegal. Comenzó como barbero y, cierto tiempo después, cogió rumbo a Seattle, lugar en el cual se dedicó a ofrecer a los viajeros alojamiento y comida, ocupación que le permitió establecer relaciones amigables y productivas con proxenetas y tahúres. Desde entonces, empezó a comprar tierras. Posteriormente se dirigió a la comunidad minera de Monte Cristo, donde se había construido un ferrocarril para transportar el oro y la plata extraídos de las montañas. Friedrich evitó a toda costa la agotadora faena de la excavación y, en vez, abrió un hotel y consagró sus mejores esfuerzos a hacerse a tierras ajenas preñadas de minerales preciosos. Gracias a la respetabilidad adquirida con esas riquezas, en 1896 fue elegido juez de Paz de Monte Cristo. (Ibid.) Su establecimiento, el Artic, al que después llamó Caballo Blanco, mereció comentarios del periódico local, el Yukon Sun, que, luego de alabar la atención prestada, recomendaba a las mujeres decentes evitar alojarse en tal lugar, pues, según decía, era frecuentado por lo más depravado del sexo femenino. El muy listo Friedrich vendió sus acciones cuando las autoridades comenzaron a tomar medidas contra la práctica de los juegos de azar, el alcoholismo y la prostitución, que tenían su centro en el hospedaje del joven señor Trump. Este decidió probar suerte en Wall Street, pero no como financista, sino, de nuevo, como barbero.

Por aquel entonces, estalló la Primera Guerra Imperialista Mundial, que desató fuertes sentimientos antigermanos en los Estados Unidos. Poco después, Friedrich falleció y les dejó a sus hijos una importante riqueza en propiedad raíz. Friedrich Christ Trump, el padre de Donald, era apenas un adolescente cuando su padre murió. La viuda, Elizabeth, fundó una empresa de bienes raíces, E. Trump e Hijo. El mayor de los Trump, Fred, edificó su primera casa a la edad de diez y siete años y desplegó su actividad constructora en Queens, comprando tierras ociosas y casas a menos precio porque sus propietarios estaban bajo el riesgo de enfrentar ejecuciones judiciales.

Se vivían tiempos de ruina financiera, de tasas de desempleo que alcanzaban el 25 %, y las calles se llenaban de desarrapados. Haciendo, como se dice hoy, de la crisis una oportunidad, Friedrich emergía de la ruina general convertido en uno de los más exitosos hombres de negocios de la ciudad de Nueva York (Loc 561). Después, con la recuperación, logró apañar más propiedades y construir más unidades residenciales, estilo Tudor; también incursionó en Brooklyn. En 1936 se casó con Mary Anne Mc Leod, madre de Donald Trump.

Como para el capitalista la ruina ajena y la guerra son ocasiones felices, por aquella época, Friedrich se congratulaba de la posibilidad de obtener jugosas ganancias como resultado de la Segunda Guerra Mundial: “En caso de guerra, creo que las utilidades serán más rápidas y abultadas”. Al tiempo que demostraba habilidades para los negocios, desarrollaba destrezas de hombre espectáculo. En una ocasión utilizó su yate para hacer publicidad entre los bañistas a sus apartamentos en venta y alquiler, lanzando miles de inflables en forma de pescado que contenían cupones para un descuento en la compra de las viviendas.

De los cinco hijos engendrados en el matrimonio de Friedrich y Mary, el cuarto, Donald John, que nació el 14 de junio de 1946, habría de aprender y desarrollar estas pericias de publicista y negociante.

A medida que los veteranos de guerra regresaban a Queens y Brooklyn, Friedrich Trump vio una oportunidad de sacar tajada de un mercado de viviendas de pésima calidad, baratas, fáciles de construir, de vender o alquilar a aquellos hombres que volvían mutilados y empobrecidos. En Brooklyn construyó 1.344 unidades de vivienda que arrendaba a sesenta dólares el mes, a las que los neoyorquinos llamaban los vertederos de Trump para los amputados.

Friedrich mostraba un egoísmo y un ventajismo exacerbados. En una ocasión le pidió a una vecina que le permitiera instalar una antena de televisión en la casa de ella, por ser más elevada y captar mejor la señal. Luego le prohibió a la servicial señora hacer uso de la antena.

Primeros pasos. Sin lugar a ninguna duda, Donald fue un niño precoz. La precocidad se da en diferentes actividades y destrezas: Mozart, por ejemplo, ya a los cinco años componía obras que causaban admiración entre los adultos educados en el arte musical y mostraba dominio incipiente de teclados y violines. Darwin desarrolló tempranamente una insaciable curiosidad por las plantas y los animales. El pequeño Donald mostró con harta prontitud una alerta y dinámica perversidad. Entre sus goces predilectos estaba el mortificar a su hermano menor. Él mismo se ufanó de golpear a su profesor de música y haberle puesto un ojo negro. Otro profesor, entrevistado años después por los reporteros del Washington Post, les dijo que recordaba a Donald como una pequeña m…

Su padre le cultivó con ternura pero con rigor esos rasgos: le repetía “tienes que ser el rey y convertirte en un depredador, en un matón (killer) en todas las cosas que hagas”. (690) Lección esta de primera importancia para sobrevivir en el hábitat del Homo americanus. Tomó tan al pie de la letra el pequeñuelo las enseñanzas paternas que frisando los diez años andaba con algunos amigotes coleccionando cuchillos y navajas, con las que hacían fintas en las horas de descanso. Pero Fred no quería que su hijo llegara a ser un delincuente ordinario; alarmado, lo matriculó en la academia militar, en septiembre de 1956, a fin de frenar las tendencias de granuja de su cuarto heredero.

Si bien allí Donald se apartó de las armas blancas, su actitud de perdonavidas se acentuó. Mereció medallas por la limpieza y el orden, pero desagradaba a sus compañeros porque todo el tiempo presumía de rico, era arrogante y agredía a quienes le ganaban en los deportes u otras actividades. Siendo sargento, golpeó con un garrote a un cadete por romper la formación. En otra oportunidad, rasgó las sábanas de una cama que consideró mal tendida y trató de lanzar por la ventana al cadete que había cometido tal infracción. Siempre pretendía doblegar a quienes no se sometían a su voluntad. Quería ser reconocido como el número uno en todo; en los deportes se destacaba, pero en materia académica nunca logró superar la mediocridad, que se recrudecía por la falta manifiesta de interés. Se graduó en 1964 y se ocupó de eludir por todos los medios el servicio militar. Luego se matriculó en Fordham, institución en la que en la clase de filosofía se convirtió en una completa nulidad, pues, en vez de prestar atención a las lecciones, se dedicaba a dibujar edificios.

Vestía formalmente y con elegancia, nunca bebía. Aficionado siempre a los deportes, llevaba a los compañeros de equipo en su automóvil a los lugares de los encuentros, pero les cobraba la gasolina y los peajes, siendo que el entrenador le daba para cubrir esos gastos. Mostraba repugnancia porque en aquella universidad había muchos italianos e irlandeses; además, no consideraba a ese centro de enseñanza a la altura de su categoría. Se cambió por ello a la Wharton School, de la universidad de Pennsylvania. Allí aseguró que llegaría a ser el mayor constructor de Manhattan (876). Aunque él afirma que estaba entre los mejores estudiantes, ni los registros académicos ni sus compañeros corroboran esa aseveración. Lo que sí dicen quienes compartieron esos años de estudio es que Donald “no era lo que se llama un intelectual”. Sus preocupaciones estribaban en el comercio y en los negocios apalancados. Por supuesto, no participó en las protestas contra la agresión a Vietnam ni en las que se adelantaron por los contratos suscritos entre la universidad y los militares para desarrollar armas biológicas y herbicidas para ser arrojados en la jungla vietnamita y así poder detectar a las fuerzas guerrilleras.

Después de graduarse, se dedicó de lleno a acompañar a su padre en los negocios. Este le aconsejó: trabaja duro, sé humilde y agradecido y aférrate a la fórmula ganadora de construir hogares para la clase media en Queens, Staten Island y Brooklyn. Había otras lecciones: Fred había aumentado la fortuna que le heredó su padre con esmero y frugalidad y mucha ayuda de los programas gubernamentales de vivienda, de los que obtenía un provecho non sancto. Ya en 1954, había sido llamado ante el Congreso porque se le acusaba de haber hecho uso ilegal de préstamos garantizados por el gobierno para un proyecto habitacional en Brooklyn, denominado Beach Haven: había tomado en préstamo tres millones y medio más de los que se requerían para desarrollar el programa. (962). Luego, en 1966, Fred fue acusado de haber apañado mil ochocientos millones de un programa estatal, para construir la Villa Trump. Los investigadores de Nueva York sostuvieron que había inflado los costos del programa.

Un racista consumado. Muchos de los complejos de apartamentos estaban en vecindarios conflictivos y racialmente divididos. El propio gobierno venía fomentado conductas racistas al aconsejar que se evitaran los proyectos “inarmónicos”. Pero el racismo de los Trump fue desaforado, al punto de que el famoso cantautor y guitarrista Woodrow Wilson Guthrie, Woody Guthrie, escribió una serie de versos que afirmaban que Fred Trump expulsaba a los negros de Beach Haven, complejo en el que habitaba el artista (975):

Imagino que el anciano Trump sabe
Cuánto odio racial atizó
En el fondo de  los corazones humanos
Cuando dibujó esa línea de color en su proyecto de mil ochocientas residencias. (htt)

Múltiples veces, la compañía de Fred enfrentó investigaciones por esta conducta, que la ley federal de 1968 había declarado ilícita, como fruto de las innumerables movilizaciones antirracistas. Donald y Fred se negaban a arrendarles a los negros, especialmente en algunos conjuntos, mientras que destinaban otros para la gente de color y más pobre. Las pruebas abundan. En marzo 18 de 1972, Alfred Hoyt solicitó en arriendo un apartamento de dos habitaciones en el complejo Trump, en Westminster Road, en Brooklyn. Se le dijo que no había en el momento apartamentos de esas especificaciones para arrendar. Al día siguiente, su esposa, Sheila Hoyt, de piel blanca, recibió la aprobación para alquilar una unidad de dos habitaciones en el mismo complejo. Dos empleados de la firma Trump declararon a la Justicia que tenían instrucciones de Fred y de Donald de acoger solamente a judíos y a ejecutivos y de rechazar a los negros (1015). A las minorías raciales se les enviaba a Patio Gardens, otro complejo, en Flatbush Avenue, en Brooklyn, donde el 40 % de los inquilinos eran negros. Para Donald Trump, los negros son perezosos, no se les puede confiar el dinero, no saben controlar nada (2634).

A Donald no le agradaban mucho los negocios de su padre, él quería algo más elegante, por lo cual, en 1971 se mudó para Manhattan, contrató a un diseñador de interiores y empezó a merodear en los clubes más exclusivos de Nueva York, con miras a abrirse campo en la sociedad de mayor alcurnia.

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