martes, junio 27, 2017

Valorar la mujer es potenciar la economía*



|Por: Constanza Botero @LetrasAndantes|

La época en la que “el conjunto de derechos y obligaciones que las leyes conceden al marido sobre la persona y bienes de la mujer”, como citaba el Código Civil colombiano de 1887, refiriéndose a las mujeres casadas que estaban bajo el yugo de la potestad marital, afortunadamente ha concluido. Las mujeres hemos comenzado a ser reconocidas como sujetos, especialmente a partir de los años 60, cuando la anticoncepción y la educación se convirtieron en la vanguardia de la revolución femenina. Por consiguiente, nuestra evolución ha cambiado la economía del mundo.

Desde entonces las mujeres, gracias a movilizaciones y demandas, también comenzaron a ingresar al campo laboral, término referido al trabajo remunerado, que significa para la gran mayoría —particularmente para las mujeres pobres— una doble jornada de trabajo, y que excluye ese trabajo gratuito que hacemos para nuestra familia, para el Estado y para la humanidad, llamado también trabajo doméstico o economía del cuidado**.

Esto indica que lo que hemos logrado hasta ahora no alcanza a ser igualdad de condiciones entre géneros, lo cual se evidencia en las brechas identificadas en los indicadores para la medición del mercado laboral, presentadas todos los años en el Foro Mundial de Davos y elaboradas en Harvard, que exponen las problemáticas de igualdad de género, las cuales, de una u otra forma, afectan la economía mundial.

Según estos indicadores del 2016, hemos avanzado en términos de educación y salud, donde la brecha de género es casi inexistente, pues las mujeres registran una mayor continuidad en la asistencia escolar que los hombres y presentan mayores niveles de afiliación a salud, tanto en el régimen contributivo como en el subsidiado (López, 2017).

A pesar de todos los esfuerzos realizados por las mujeres para educarse, tener menos hijos, lograr mejores indicadores de salud, las desigualdades en economía y política no se han reducido, pues los hombres siguen dominando el poder político y económico. La situación de participación en la política de las mujeres, si bien algunas se han destacado en este ámbito, es crítica. A pesar de una Ley de Cuotas del 30 % en los cargos del Estado, en pleno 2017 la participación de las mujeres en el Congreso de la República es una de las más bajas de América Latina, solo del veinte por ciento. Además, de un total de 63 alcaldías de capitales departamentales y gobernaciones para el último periodo, solo 4 mujeres ostentan el cargo.

Probablemente, según las expertas en cuyas teorías se basa este artículo, la limitación en la participación política de elegir y ser elegidas para representar los intereses de la población femenina radica en que las mujeres no cuentan con el tiempo extra suficiente para prepararse y participar en estas actividades públicas y políticas, puesto que están en labores del cuidado.

 Por esto mismo, las mujeres tienen mayores limitaciones frente a los hombres en el mercado laboral, dado que la mitad de las que están en edad productiva para entrar al mercado de trabajo se quedan por fuera (Arenas, 2017), pues al dedicarse al cuidado de sus hogares, de sus familias, de los enfermos y de aquellos con limitaciones físicas, dejan de generar o mejorar sus ingresos; pero, si lo hacen, es a costa de establecer extenuantes jornadas de trabajo, que pueden doblar las de los hombres, según los resultados de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT 2012-2013); además, aquellas que tienen trabajo remunerado también velan por el cuidado de la familia. Para las que no logran laborar, esto afecta su autonomía económica y las expone a la dependencia absoluta, aumentando su vulnerabilidad a la violencia, a la subordinación y, en consecuencia, desencadenando la pérdida de libertad y la indefensión.

Si bien las actividades de tipo doméstico y de cuidado no se incluyen en la contabilidad nacional, son indispensables para que los trabajadores acudan a laborar. Por lo tanto, aunque no se remunere, la economía del cuidado, ese trabajo gratuito y cotidiano de las mujeres, suma a la riqueza nacional y al sostenimiento del sistema de mercado capitalista. De acuerdo con el DANE, citado por López (2017), el trabajo no remunerado en los hogares colombianos equivale al 20 % del PIB. De ese porcentaje, el 16% es trabajo gratuito de las mujeres, contribución que no equipara ninguno de los sectores económicos medidos, mientras que el restante 4% lo aportan los hombres.

En los últimos años, como afirma Thomas (2017), la vida de las colombianas se ha visto afectada por el recrudecimiento del conflicto armado y sus consecuentes desplazamientos forzosos que, junto a otros factores como las reformas laborales, la flexibilización del trabajo, las maquilas, los contratos de trabajos parciales, temporales y los costos de seguridad social a cargo del trabajador, han generado crisis económicas que afectan principalmente a las mujeres.

Todo lo anterior nos lleva a entender que, hoy día, más allá de lo mencionado, el principal problema de las mujeres es la pobreza de tiempo, que solo se puede remediar cuando la economía del cuidado sea asumida por todos los integrantes de la sociedad, el Estado, el mercado y los hombres.

Si estamos en tiempos donde la tecnología facilita amplios procesos: ¿Por qué no promover el teletrabajo, incluso a tiempo parcial, para que las mujeres puedan laborar desde sus casas cuando es posible, en lugar de hacerlas perder valioso tiempo en reuniones innecesarias? ¿Por qué los directivos de las empresas no cambian el paradigma de “si no la veo es porque no está trabajando”? ¿Por qué no volvemos más eficientes los procesos y dejamos el anquilosamiento en antiguas fórmulas laborales que no nos permiten evolucionar?

Si la política de nuestro país durante años lamentablemente ha sido “mirar al norte”, ¿por qué no tratamos de mirar lo bueno del norte, del sur, del oriente y del occidente y dejamos de temerle a ´fantasmas rojos´? Recordemos que estos países desarrollados, potencias económicas, son los que otorgan licencias de maternidad de un año, subsidios por hijo para madres, opciones de trabajo semi-presencial, licencia por menstruación, entre otros incentivos que reconocen la importancia del rol de la mujer para el funcionamiento de nuestra sociedad. Son países como Islandia, llamado el “paraíso de las mujeres”, los que son tan fuertes económicamente como para resistir y resurgir en tiempo record de una crisis económica.

Un pequeño cambio de visión abriría el camino del liderazgo femenino, del trabajo remunerado, de la equidad de género, de la valoración de la mujer, de la autonomía económica y del poder. Ese pequeño cambio sea tal vez el salto que muchos países quieren dar para mejorar sus rendimientos económicos. Ese giro en las políticas del país sean lo que nos lleve a consolidar la paz que tanto hemos querido los colombianos, pues sin mujeres no hay nación, no hay economía sólida, no hay país, no hay paz.

Notas:

(*) Texto basado en artículos del libro Mujeres que Reconcilian.

(**)  Ley 1413 o ley de economía del cuidado presentada por Cecilia López el 11 de noviembre de 2010.

Referencias

Artículos del libro MUJERES QUE RECONCILIAN, un proyecto de la Corporación Reconciliación Colombia y la revista FUCSIA, auspiciado por ONU MUJERES.

Arenas Saavedra, Ana Isabel. LAS MUJERES COLOMBIANAS EN LA ECONOMÍA DEL CUIDADO Y DE MERCADO. Bogotá, Marzo de 2017.

López Montaño, Cecilia. LIDERAZGO: ¿SUEÑO O REALIDAD DE LA MUJER COLOMBIANA? Bogotá, marzo 6 de 2017.

Thomas, Florence. 1950-2016: UNA REVOLUCIÓN AÚN EN MARCHA PARA LAS MUJERES. Bogotá, 2017.

  Moore, Michael. “Where to Invade Next”, 2015.