lunes, julio 03, 2017

Desentrañar la crisis: sentir y pensar alternativas



|Por: Eduardo Gudynas|

Se ha vuelto común alertar que enfrentamos un momento de crisis sin precedentes y a la vez multidimensional. En efecto, esta crisis se expresa en los campos sociales y económicos, se repite en la dimensión política y, en paralelo a todo esto, tiene graves expresiones ecológicas globales. Sin duda, las cuestiones económicas cruzan todas esas dimensiones, pero a la vez todo ese conjunto expresa una problemática de nuevo tipo que requiere alternativas más allá de las que tradicionalmente se han esgrimido.

En ese sentido, en el presente texto se ofrecen algunas primeras reflexiones sobre esta crisis que a su vez está montada en varias otras. En especial, se señalan algunas dificultades para lidiar con esta problemática, destacándose que sus causas son más profundas de lo que usualmente se reconoce. Por ello, las alternativas deben apuntar también hacia esas raíces.

Una crisis múltiple

Muchos aspectos de las diferentes crisis contemporáneas son bien conocidos. Entre ellos están, por ejemplo, los serios problemas económicos que se viven en diferentes países golpeados por el endeudamiento, desempleo o precariedad laboral, míseros salarios o pérdida de coberturas sociales. El derrumbe de salidas laborales, la presión consumista y las malas condiciones de vida empujan, a su vez, al deterioro de la vida, especialmente en las grandes ciudades, con crecientes niveles de violencia.

A su vez, es evidente una crisis en los sistemas político partidarios tradicionales. Sus síntomas más notables son el derrumbe electoral, primero de los socialismos y luego de las socialdemocracias, frente a la expansión de la extrema derecha. En esa vorágine hay, a la vez, una crisis en los significados que se asignan a conceptos como «izquierda» o «derecha», donde no son pocos los que insisten en que esos rótulos carecen ahora de sentido. A la vez, los debates se desplazan a etiquetas como «populismo». Finalmente, una y otra vez emerge el papel de la corrupción en mantener esos entramados político partidarios, y con ello el descreimiento ciudadano en cualquier tipo de política aumenta todavía más.

No puede dejar de subrayarse que la crisis ambiental sigue su marcha en todos los continentes, y los efectos a escala planetaria se refuerzan. Esto es evidente en el cambio climático global, cuyas consecuencias —como las alteraciones en regímenes de lluvias— se padecen en muchas regiones. A éste se le suman otras alteraciones planetarias, como la acidificación de los océanos o la proliferación de nano-partículas de plástico en los mares. Estamos avanzando hacia una época de colapso ecológico generalizado.

Desentrañar la crisis

Hasta el presente, esas crisis han sido interpretadas como más o menos separadas o con vinculaciones simples entre ellas. Los economistas convencionales se enfocan en las cuestiones como producción, tributos o competitividad; los politólogos analizan el colapso de los grandes relatos ideológicos o la adhesión electoral de cada líder o partido; y así en cada dimensión. Más alejados están los científicos ambientales, quienes, por ejemplo, alertan una y otra vez que el cambio climático ya está entre nosotros y que es necesario aplicar drásticas medidas inmediatamente.

Por lo tanto, los abordajes sobre estas crisis son parciales, casi siempre acotados a disciplinas de estudio, y con dificultades para ir más allá de sus síntomas más evidentes. Se vuelve urgente otra perspectiva, y aquí se propone una basada en «desentrañar» esta crisis. Recordemos que el significado de esta palabra, según la Real Academia Española, significa arrancar desde las entrañas, averiguar, penetrar lo más dificultoso y recóndito de una materia. Bajo esa perspectiva es posible ofrecer algunas reflexiones sobre esta crisis contemporánea.

Comencemos por recordar que en momentos de la aguda crisis de 2007-8, que se inició con el colapso hipotecario financiero en Estados Unidos y se contagió a varios países (especialmente europeos), no faltaron voces que entendían que estábamos ante una inminente caída del capitalismo. En la actualidad, diez años después, en muchos países todavía se padecen los efectos de esa crisis, pero desde una mirada planetaria hay que reconocer que la marcha del capitalismo continúa. Debe reconocerse que los desarrollos capitalistas son mucho más resistentes, y que las crisis son uno de sus elementos constitutivos.

Es así que, por ejemplo, el volumen de comercio global no ha dejado de crecer desde la década de 1990, a pesar de la crisis de 2007-08; y lo que es más importante, los países no postulan abandonar la Organización Mundial del Comercio. De la misma manera, al observar indicadores agregados como el Producto Bruto Interno para distintos continentes, se observa que han aumentado considerablemente desde la década de 1990 (notablemente en Asia). No deben minimizarse las crisis y sus efectos, pero debe advertirse que se la califica como «global» cuando golpea a países industrializados, pero mientras ocurría en el sur era catalogada como «regional» (por ejemplo, el efecto tequila de México o el desplome tailandés). Hay una cierta petulancia cultural en esos abordajes.

Tanto los indicadores agregados nacionales como los globales encierran distintas distorsiones que obligan a manejarse con precaución. Pero, de todos modos, alertan de que desde los años noventa ocurre en algunos países industrializados un desacople entre los beneficios económicos de CEOs, ejecutivos y otros actores empresariales frente a la riqueza que queda en manos de los trabajadores: los primeros capturan ingresos cada vez mayores, mientras que los salarios se estancan o retroceden. El capitalismo sigue su marcha, pero en esta nueva fase pierde paulatinamente sus mecanismos de redistribución económica y la concentración de la riqueza, y con ello la desigualdad, se incrementa en casi todos los sitios.

Reacciones ciudadanas y experimentos progresistas

La crisis económico-financiera de 2007-08 y sus secuelas promovieron todo tipo de debates. En aquellos días se sucedían las imágenes de la debacle en Wall Street y, meses más tarde, el encadenamiento de las crisis económicas y políticas en varios países (como Islandia, Irlanda, Grecia, España, etc.) o el estallido de nuevas expresiones de protesta ciudadana (desde el Ocuppy Wall Street en Estados Unidos al 15-M en varias ciudades dentro del Estado español). Parecía que estaba en marcha la transición a un nuevo mundo.

Esas circunstancias fueron particularmente impactantes en América del Sur. Y es que, en esos años, mientras se presenciaba esa crisis en el centro del capitalismo, en casi todos los países sudamericanos existían gobiernos que se calificaban a sí mismos como de izquierda. Se podían listar desde Lula da Silva en Brasil a Rafael Correa en Ecuador, y desde Cristina Kirchner en Argentina a Hugo Chávez en Venezuela.

En su momento de mayor expansión, el progresismo estaba presente en siete de los doce países sudamericanos, gobernando sobre unos 300 millones de personas.

Eso hacía a ese contexto particularmente notable: por un lado, gobiernos que se califican como de izquierda y populares y, por el otro lado, el derrumbe del capitalismo financiarizado. Eran condiciones realmente excepcionales y que ofrecían muchas opciones para explorar nuevas alternativas.

Pero nada de eso sucedió. Las estrategias de desarrollo se mantuvieron esencialmente iguales. De hecho, ese progresismo sudamericano aprovechó esa crisis para globalizarse todavía más, ensayó otra presencia estatal y programas de asistencia social, pero fortaleció sus estructuras económicas como exportadores de materias primas. Solo cambió el destino de las exportaciones; en el pasado iban al norte y ahora se dirigen hacia China.

Esta resistencia al cambio, sea en los países industrializados como en el sur, e incluso en circunstancias tan favorables como fueron esos progresismos, muestra que las ideas del desarrollo están muy profundamente arraigadas.

El caso sudamericano ofrece muchas enseñanzas, ya que allí se ensayaron varios tipos de desarrollo, incluso algunos que no se definen a sí mismos como capitalistas. Entre ellas se encuentran, por ejemplo, variedades como el «Novo desenvolvimentismo» en Brasil (bajo la administración de Lula de Silva y el Partido de los Trabajadores), las posturas «nac & pop» (nacional y popular) en la Argentina de los presidentes Kirchner, pero también los distintos «socialismos del siglo XXI» de Ecuador (con Rafael Correa y su «revolución ciudadana»), Bolivia (con Evo Morales) y Venezuela (con Hugo Chávez y Nicolás Maduro y su «revolución bolivariana»).

Sin duda, existen diferencias entre esos estilos; por ejemplo, el papel del Estado es otro o las bases por las cuales se aplican los programas de asistencia social son diferentes. Pero también hay similitudes en aspectos esenciales, tales como repetir una estrategia de desarrollo basada en una apropiación masiva de los recursos naturales para exportarlos a la globalización. Sea desde políticas conservadoras como desde el progresismo del «socialismo del siglo XXI», todos confluyeron en los extractivismos, compartiendo ideas básicas sobre el desarrollo.

Dicho de otro modo, las diferencias políticas existen, pero se acotan a cómo instrumentalizar el desarrollo, a cómo apropiarse de la naturaleza y a cómo justificar los controles sobre la sociedad. Los entendimientos sobre el desarrollo son previos a las definiciones sobre capitalismo o socialismo, sea en los planos teóricos como prácticos. El derrotero seguido por China avala esta distinción, ya que, por un lado, es guiada por un Partido Comunista y repite la fe en una economía marxista y, por el otro lado, comulga con una idea del desarrollo como progreso material que todos califican como capitalista.

Esto permite indicar que en las entrañas de la crisis está un núcleo básico de posturas enfocadas en el crecimiento económico, las exportaciones, el ingreso de inversiones, la asistencia social monetarizada y el acceso al consumo popular, entre otros aspectos. La idea del progreso como un avance material, donde debe dejarse atrás la ruralidad (que sería ejemplo de atraso) y se debe avanzar hacia la industrialización, los servicios y el consumo. Dicho de otro modo: una modernización.

Crisis en la interpretación de la crisis

Ejercicios de este tipo pueden ser aplicados a la múltiple crisis contemporánea. Mientras existen quienes niegan cualquier tipo de crisis, hay muchos que la aceptan, cada uno de ellos desde su propio campo de análisis. Allí están las interpretaciones sobre las crisis económicas, sociales, políticas, etc. Sin embargo, lo que muestran los hechos más recientes, al menos en América del Norte, Latinoamérica o Europa occidental, es que los debates se mantienen en oponer distintas formas de organizar los mismos principios del desarrollo.

Unos apuestan por más mercado y otros por más Estado; unos creen que las grandes corporaciones alimentarán el motor del crecimiento y otros esperan nacionalizar esas compañías; y así en otros aspectos.

Sin duda que las consecuencias de esas miradas son distintas, especialmente para los más pobres. Pero el punto es que todas ellas repiten la esencia básica del desarrollo, y ese sendero hará que estallen rápidamente nuevas crisis sociales, económicas y políticas. A su vez, en cualquiera de sus variedades, sea un capitalismo duro como sigue Estados Unidos, el progresismo sudamericano o la vía de China, todas ellas implican profundizar el colapso ecológico planetario.

Esto no siempre es advertido, ya que otro síntoma en la actual crisis multidimensional radica en la dificultad creciente del manejo conceptual, de uno y otro lado. Muchas palabras parecen haber perdido sus significados originales (como neoliberalismo, que se hipertrofia tanto que parece que se aplicaría a cualquier presencia del mercado); aparecen otros términos que se usan de modo vago y difuso (donde el ejemplo más claro es la palabra populismo, que es aplicada recíprocamente para criticar a la izquierda o la derecha). Los más recientes síntomas en esta confusión de definiciones son sostener que las distinciones entre izquierda y derecha dejaron de tener valor, que un agrupamiento político puede ser conservador y socialista a la vez o que lo realmente importante es distinguir entre cosmopolitas y localistas.

Presenciamos por momentos feroces batallas, pero siguen dentro del cuadrilátero del desarrollo. Los contendientes no comprenden que esta crisis actual necesita ir más allá del desarrollo, en cualquiera de sus expresiones, sean las económicas como las políticas y culturales. Ya se han ensayado todas las variedades de desarrollo posible, sean capitalistas como de otros tipos, y todas ellas siguen atrapadas dentro de ese mismo cuadrilátero.

A su vez, esta situación muestra que esas bases conceptuales no son posturas racionales. Existe una enorme evidencia de los efectos negativos del desarrollo en todas sus dimensiones, pero esa acumulación de información no ha bastado para cambiar de rumbo. La resistencia a aceptar esos datos nos dice que esas ideas del desarrollo se sustentan también en el campo de las creencias, en símbolos, mitos y afectividades.

Allí están las clásicas posturas conservadoras que afirmaban que «no hay alternativas» (TINA —there is no alternative), expresión popularizada años atrás por los conservadores británicos. Pero también está el rechazo a las alternativas de los progresismos sudamericanos. En efecto, gobiernos como los de Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia se han opuesto a las opciones de cambio a las estrategias de desarrollo convencionales basadas en exportar materias primas, y no han dudado en criminalizar a las organizaciones ciudadanas que las reclaman. Es un ejemplo de un «On yah Avitanretla», o sea, «No hay alternativa» pero escrito a la inversa, en tanto es dicho desde el progresismo.

Este apego a la modernización en sus raíces conceptuales y afectivas no puede ser analizado con los instrumentos convencionales que proliferaron en la última mitad del siglo XX, y en especial los europeos.

Los progresismos sudamericanos no pueden ser entendidos como si fueran una socialdemocracia tropical, el desarrollismo chino no tiene mucho que ver con el marxismo occidental y la ampliación de la extrema derecha europea no es solamente descontento. Tanto las ciencias económicas como las ciencias políticas convencionales son insuficientes (o simplemente no sirven) para analizar la crisis actual, entre varias razones, porque no son capaces de avanzar hacia esas raíces en las ideas y las sensibilidades.

Sentipensar las alternativas frente a la crisis

El recorrido realizado hasta aquí muestra que las crisis actuales tienen raíces más profundas de las que usualmente se reconocen, y, por ello, se termina en debate o ensayos sobre diferentes formas de organizar el desarrollo y la modernización. A su vez, en ese plano profundo operan tanto las ideas como las afectividades.

Es por estas razones que la idea sudamericana de «sentipensar» tiene enorme valor. Esa conjugación, entre el «pensar» y el «sentir», propia de algunos pescadores de río en Colombia, nos recuerda que cualquier alternativa al actual orden debe apelar tanto a las ideas como a la afectividad. Las raíces de las ideas contemporáneas están ancladas tanto en conceptos como en sensibilidades y, por ello, los cambios deben operar en esas dos dimensiones simultáneamente.

El desarrollo es una de las expresiones básicas de nuestra actual cosmovisión moderna de entender todo lo que nos rodea. Entre sus atributos clave están su antropocentrismo, donde lo humano es el centro de todas las referencias y el único sujeto con valor; el patriarcado, que a su vez produce una jerarquía de género; la repetición de la dominación y el utilitarismo; y una colonialidad para imponer sus formas de sentir y pensar anulando otras epistemologías y sensibilidades.

Teniendo presentes estas particularidades, pueden plantearse distintas vías de alternativas radicales (en el sentido de opciones de cambio frente a las raíces de las crisis actuales). Estas requieren cambios en el sentipensar que rompan con ese antropocentrismo y, con ello, con sus expresiones, como el patriarcado o el utilitarismo.

Un claro ejemplo de uno de estos ensayos es el reconocimiento de los derechos de la Naturaleza, con lo que se admite que existen sujetos no-humanos. Esa es una postura que quiebra con el reduccionismo valorativo de la modernidad, la que reconoce que únicamente los humanos son sujetos de valor. La ruptura que esto conlleva con el utilitarismo permite dar pasos muy concretos en las alternativas, tales como desmaterializar o desenergizar la producción de bienes y servicios y, a la vez, acotar la prevalencia de la valoración económica que mercantiliza tanto la sociedad como la naturaleza.

Como puede verse, las alternativas que se abren a otros sentipensares son a la vez postcapitalistas, pero también postsocialistas. Y es que esas dos tradiciones siguen dentro de la modernidad y, por ello, reproducen distintas variedades de desarrollo y modernización.

Estos ensayos están en marcha en múltiples sitios. No solo en América del Sur, bajo las conocidas opciones del «Buen Vivir», sino que aparecen en otros continentes, allí donde se ponen en primer lugar la calidad de vida, la satisfacción de las necesidades y el respeto por la naturaleza. Son opciones interculturales, ya que recuperan las particularidades de la historia y la tradición de cada sitio que la modernidad se empeña en anular. Además, son ecológicas, en tanto se ajustan a los ambientes de cada región. Estos principios no quedan en propuestas genéricas, sino que hay distintas experiencias en las cuales se los articula con formulaciones muy concretas, por ejemplo, de reforma en políticas públicas.

No hay recetas en estos ensayos, ya que no pueden aplicarse guías esencialistas, como si se debiera seguir un mismo esquema para todos los rincones del planeta. Por el contrario, su riqueza está en recuperar las diversidades sociales y ecológicas de cada región. Los ejemplos no faltan, y lo que ahora estamos presenciando es la necesidad de articularlos y coordinarlos, junto a la urgencia que requiere esta tarea para enfrentar la crisis contemporánea en todas sus dimensiones.

Por Eduardo Gudynas (CLAES). Publicado originalmente en Dossieres EsF (Economistas Sin Fronteras) No 26: 6-10, 2017, Madrid. El texto comparte algunas de las ideas brindadas en la conferencia de apertura de las jornadas Otra Economía es Posible, de Economistas sin Fronteras, Madrid, 2017.