sábado, septiembre 02, 2017

Mitos, usos y costumbres de los indios pixaos



|Por: Manuel Lucena Salmoral  / Director del CILEAC*|

Bajo el nombre de Pijao se agrupa una serie de familias Karib, que tuvieron su asiento en la región colombo-central y, más concretamente, en lo que hoy son los Departamentos de Huila y Tolima. Comprendía numerosas tribus, como los Gutiva, Aipe, Vallehermosos, Irico, Paloma, Ambeima, Amoyá, Tumbo, Coyaima, Natagaima, Poina, Mayto, Mola, Atayma, Cacataima, Tuamo, etc.(1). Pese a tener un mismo tronco racial y lingüístico -si bien, con diversos dialectos- no consiguieron una unidad política, sosteniendo frecuentes guerras tribales, de las que se aprovecharon los españoles, a principios del siglo XVII, para someter y pacificar sus territorios, que habían sido marginales o rebeldes a la colonización durante la centuria anterior.


El último levantamiento Pijao, que preocupó sobremanera al Consejo Real y Supremo de las Indias, y a la misma Corona, dio origen a una extensa documentación sobre estos indígenas, que se encuentra, en gran parte, en el Archivo General de Indias. Hay que hacer, sin embargo, la salvedad de que cuando los españoles hablaban de Pixaos, no se referían al conjunto de pueblos que hablaban la lengua Pijao, sino sólo a aquellos que se habían rebelado. Puede así existir una disparidad de usos y costumbres entre estas tribus y las de los Natagaima o Coyaima, que habría que analizar más detalladamente y que es tarea ardua, púes nada hemos encontrado, en la documentación del archivo sevillano, acerca de la cultura de los Pijao confederados con los españoles.

La aportación documental que vamos a incluir en este artículo es parte de un extenso informe de 43 folios, existente en la Sección 196 del Patronato Real del A. G. de I., en que el Presidente, Gobernador y Capitán General del Nuevo Reino de Granada, don Juan de Borja, da minuciosa noticia sobre la guerra sostenida contra los Pixao hasta el 20 de junio de 1608. El profundo conocimiento que de la sociedad Pixao se ofrece, nos induce a pensar en un autor distinto del firmante, don Juan de Borja, pues más parecen anotaciones tomadas en tiempo de paz, que de guerra. En otras palabras: cuesta trabajo imaginar que el cuadro costumbrista haya sido tomado en campaña, por el mismo Presidente, que sólo llevaba año y medio en territorio Pijao y ocupado únicamente en dirigir las operaciones militares.

En cuanto a la antropofagia de los Pixaos, que tanto se detalla en el documento, hay que estudiarla en función de la intencionalidad del Presidente. Las leyes de Indias no autorizaban la esclavitud sino de aquellas tribus que fueron antropófagas, y era razón política del Presidente - y quizás económica de algunos particulares- someter a servidumbre a los rebeldes Pijaos. En 1611 escribió don Juan de Borja al Rey pidiendo la aplicación a los Pixaos de la Real Cédula de marzo de 1553 (2) y sólo una suave tributación para los Coyaima y Natagaima, a quienes quería poner en la Corona (3). En cualquier caso resulta curiosa en extremo la explicación dada sobre la causa de la antropofagia, que no es otra sino la carencia de animales, lo que motiva que los Pixaos “apetecen la carne con notable exceso”. Es fácil intuir también razones espirituales en la práctica de tal costumbre, si conjugamos los dos hechos de que los Pijaos eran un pueblo eminentemente guerrero y que creía en la supervivencia del alma.

La claridad de los datos antropológicos contenidos en la relación hacen innecesarias anotaciones marginales y tan sólo especificaremos, por lo anecdótico, el clásico mito de Quetzalcoatl, encarnado en el indio predicador de la provincia de Anaima, que recorría los “mercados, borracheras y públicas congregaciones”, prediciendo la llegada de los españoles, si no purificaban su moral.

Diremos por último que los grupos propiamente Pixaos o rebeldes, a quienes se refiere esta relación, no desaparecieron súbitamente en 1610, como algunos historiadores han pretendido, ya que hay pruebas de su supervivencia en años siguientes. En el año 1943 Alicia y Gerardo Reichel-Dolmatoff encontraron Pijaos en sus investigaciones en el Tolima y recogieron un vocabulario en los Municipios de Ortega, Coyaima y Natagaima, pero no cuento con elementos de juicio para determinar si estos indígenas eran descendientes de los levantiscos Pixaos o de los Pijaos que se confederaron con los españoles, aunque me inclino más por esto último.

Documentación.

“Todos los indios de nombre común de Pixaos, en llano y sierra hablan una misma lengua, con poca diferencia de algunos vocablos y son conformes en sus bárbaras costumbres, ritos y ceremonias y en la manera de las armas y ejercicio de la guerra.

“Alcanzan de ninguna suerte conocimiento ni luz de verdadero Dios, sino confusa noticia de que hay criador de las cosas a quien llaman Locomboo, con dos significaciones: Abuela del Tiempo y Abundancia del, como cosa eterna o infinita y no le tienen entera devoción, por causa de otra abución del demonio, introducida por tradición antigua de que hubo entre ellos un indio llamado Nacuco, con la cabeza herida, que hacía muchos prodigios y milagros tomando varias formas y profetizando las cosas y sucesos futuros, al cual atribuyen la creación del mundo y que habiéndose aficionado de una india que se llamaba Ibamaca, le engañó ella en defensa de su castidad, mandándole entrar en una cueva para acudir a su ruego y afición y que le dejó dentro encerrado con mucha piedra y tierra, donde quedó ahogado, y añadiendo a esta otras fábulas torpes y bárbaras, fingiendo que de allí salieron un volcán grande y dos fuentes de agua caliente y fría, que están en la sierra de Ytaima jurisdicción de la ciudad de Ibagué en el camino que va a la de Cartago. Hay entre ellos otra tradición más creíble de que en la provincia de Anaima, poco tiempo antes que los españoles entrasen en este reino hubo un indio predicador de mucho recogimiento y estrecha vida que andaba por todos los mercados, borracheras y públicas congregaciones, persuadiéndoles que no se comiesen unos a otros, ni cometiesen otros graves pecados, porque para castigo de ellos habían de venir hombres blancos, caballeros en leones, peleando con rayos y truenos a consumir y sujetarlos a perpetua servidumbre.

“Generalmente son grandes idólatras y tienen muy abominables supersticiones y en todas sus casas ídolos de madera y barro, grandes y chicos, los unos de asiento y los otros para llevar consigo a las jornadas y caminos que fueren, y los adoran y pintan con colores, como cuando ellos salen a la guerra y les hacen sacrificios y ofrendas de chicha, masato y otras comidas y frutos de la tierra. Respetan mucho a los hechiceros que llaman mohanes y los tienen en gran veneración y crédito y para emprender cualquier facción de guerra ayuna primero el mohán por tiempo de ocho días, sin comer más que un puño de maíz y un pajarillo o pececito muy pequeño, y de una totuma o calabacillo de chicha que le ponen, bebe con una pajuela hueca, y en los primeros seis días enteros con sus noches no duerme de ninguna manera y está siempre echado en una hamaca colgada en el aire, atizando un fogón encendido de lumbre que, junto a si, tiene de horquetas de leña secada a la sombra, sin que el sol la toque.

“El día antes que haya de acabar el ayuno, ponen a cocer cierta cantidad de bollos de maíz con mucha cuenta y ceremonias y previenen tan gran suma de tinajas de chicha todos los que han de salir a la guerra para esperar la respuesta de su oráculo, y el ayunador se levanta cumpliendo con la obligación de su oficio y les manifiesta la revelación que ha soñado declarando la significación y luego acude al cocimiento de los bollos y a la color de la ceniza del fuego, que el mohán atizaba en el ayuno, y si ella estuviere blanca y los bollos enteros y sanos tienen por dichoso aguiero, y si la ceniza sale bermeja y los bollos partidos por muy mala señal de que han de morir los que fueren a la jornada y le difieren para otra ocasión y sueño más favorable. Después que el mohán haya continuado su penitencia y ayuno hasta tener buen sueño, ceniza blanca y bollos sanos, salen contentos a la guerra con seguridad de que todos han de volver sin desgracia, y al tiempo de la partida se juntan los viejos y las viejas de la comarca y escupen a los soldados que es la bendición que les echan para preservarlos del peligro y daño, y caudillo les persuade a que por flojedad y poco ánimo no le hagan incierto su próspero agüero y si en la jornada les sucede mal y les matan gente le dan en pago de su ayuno muchos palos y alguna vez la muerte y le piden satisfacción del daño que han recibido a que está obligado. Y aunque vuelvan sanos, si no consiguen el efecto de la pretensión que llevan, privan de oficio al ayunador, de común parecer y acuerdo.

“Si cuando van marchando tropieza alguno, se lastima el dedo del pie, se vuelve a su casa, y los buenos sucesos llaman habidos con dedo sano y de ninguna suerte el caudillo se abriga ni cubre con ropa cuando duerme y le cercan con fuego a la redonda y en toda la jornada no come sal ni ají ni duerme con mujer y finalmente son tan inclinados a sueños y agüeros que cuando caen enfermos dicen que es por causa de algún sueño y si tienen noticia del que soñó en aquella ocasión le buscan los parientes del enfermo y le dan de palos o le matan, si el doliente muere.

“Todos los años, en día señalado, hacen fiesta al honor del tiempo, con extrañas ceremonias, formando un bulto de hombre hueco, tejido de paja menuda y le llenan por dentro de toda variedad de legumbres y frutos de la tierra y mucho masato, que es una masa blanda que hacen con maíz y cuando le tienen buen relleno le echan a rodar por una ladera muy derecha, señalando el puesto hasta donde hubiere de rodar, y se echan los indios tras él y a los que les alcanzare antes del tiempo señalado, los juzgan por bien afortunados que han de gozar de gran prosperidad aquel año, y para elegir el mayor domo de esta cofradía beben mucha chicha en casa del que hace la fiesta, y él declara por sueño el que le ha de suceder en el oficio; para celebrar la fiesta procuran aventarse con alguna ostentación, de más devoción y diligencia.

“Son comúnmente muy enamorados y en gran manera celosos y vengativos del agravio que reciben en las mujeres, y tienen todas las que pueden adquirir, y los maridos dan el dote a los padres de ellas con caza de volatería y otros regalos, y desde que se comienza a tratar el casamiento hace el desposado las sementeras de maíz que entre ellos se conciertan y cuando las tienen de sazón pide la mujer y entrega a los suegros y parientes las sementeras que ha hecho y recibe otra que, en trueco, le dan para su sustento. Cuando enviudan, las mujeres no tocan con las manos las vasijas de la casa que sirvieron en vida del marido y si fuere por caso tomar alguna, es con lienso o paño porque no se les pegue la muerte del difunto, y celebran las obsequias con mucha chicha haciendo borrachera con ella, y las viudas no se tornan a casar por largo tiempo reputándolas por desgraciadas y que la que acabó con un marido, matará también a otros, y ordinariamente se casan viudos con viudas.

“No se casan las doncellas hasta que les baje su costumbre por entender que antes de ella no pueden tener hijos, y traen las piernas debajo de las rodillas y encima de los tobillos y los brazos por las muñecas y molledos muy apretados, con muchas vueltas de cordel delgado, para abultar en medio adelgazar los extremos, y la primera noche que duermen con los maridos sueltan sus ligaduras en señal de, que no quedan doncellas, y a las que no lo fueren, cuando se casan, las matan sus maridos por el engaño que les han hecho.

“A los niños, luego que nacen, les entablan las cabezas hasta que se les juntan la frente y el cogote y le quiebran y estiran la nariz para que les quede corba y larga.

“Los nombres que les ponen son los de las aves, animales, árboles, hiervas y frutas y otros significativos de algún sueño, y el primer nombre del nacimiento les dura hasta que se casan o hagan alguna gran hazaña en la guerra y entonces le mudan y le ponen otro.

“Son las mujeres muy encogidas y honestas, y pocas, o ningunas, que sea común entre ellas y a las adúlteras castigan, encerrándolas primero en una choza, para que todos los mancebos solteros que hubiere en la provincia las gocen y se aprovechen de ellas, por afrenta de su delito, y después, la ponen en una encrucijada de caminos, enterrada hasta la cintura y de allí arriba descubierta para apedrearla hasta que la matan.

“Para curar sus enfermedades y heridas tienen y conocen muchas hiervas y los hervolarios y médicos de ellas son los mohanes y hechiceros que cuando aplican las hiervas hacen invocaciones al demonio con muchas ceremonias y cantares. Y a los difuntos entierran con solemnidad y concurso de gente en unas bóvedas de las concavidades y cuevas de la tierra sin que el cuerpo toque aquélla, y le ponen provisión de chicha y comidas y los que entierran al difunto no se atreven a sembrar cosa alguna hasta purificarse en la corriente de un río, donde se meten con muchas ramas en las manos y, mojándolas en el agua, se azotan con ellas valientemente cantando endechas al difunto hasta haber cumplido con bien esta ceremonia.

“El más extraño y abominable vicio que entre ellos se conoce es la fiera inclinación de comer carne humana, estimándola grandemente y prefiriendo su gusto al de las demás cosas criadas para el sustento del hombre y aunque lo tienen por costumbre antigua, hállanse ahora tan cebados y encarnizados en la carne cristiana que el mayor fundamento de sus inquietudes y guerras se encamina al sabor y deleite deste cruel vicio haciendo partición y carnicería de las personas que prenden y en sus cuerpos notables crueldades cortándoles las carnes a pedazos menudos, estando vivos, comiéndose en su presencia, poco a poco, y a las criaturas tiernas asándolas enteras en barbacoas a modo de parrilla, las llevan en el zurrón, comiendo de ellas por el camino, o colgadas con un cordel al pescuezo. Y para la suma de la espantable inhumanidad de estos bárbaros se ha visto en esta guerra, que a los soldados muertos y enterrados de diez días en su tierra, los han desenterrado y comido sin reparar en la hediondez y corrupción de los podridos cadáveres.

“El sustento común de su tierra es el maíz que con mucha fertilidad y abundancia se coge en la montaña, haciendo rozas o labranzas en lo interior y oculto della derribando árboles y ramas de arcabuco y cuando está seco lo que han rozado y cortado siembran maíz, en todo el año, sin excepción ni variación de tiempo por ser el de esta región muy uniforme y así mismo siembran y cogen mucha cantidad de frijoles y diversidad de raíces que llaman arracaches, yucas, batatas, turmas de tierra y otras legumbres de gran sustento y buen gusto. Comen el maíz cocido y tostado y del uno y otro hacen pro visión para las jornadas llevando harina tostada y bollos cocidos y masato metido en calabazas, y sobre todo su principal sustento y regalo es el brebaje de chicha con que se embriagan para solemnizar la alegría de los buenos sucesos y las juntas y prevenciones de guerra y los demás actos y congregaciones públicas y secretas sin que en la vida y muerte haya de haber cosa que no sea autorizada con la chicha, y no tienen en su tierra ningún género de carne ni pescado para el sustento ordinario salvo algún venado o caza menuda de pájaros que matan con cerbatanas y por carecer della apetecen la carne con notable exceso y la comen de todas especies de aves y animales, particularmente ratones y otras malas sabandijas, aunque su mayor regalo, triunfo y gloria es la carne humana.

“Es gente feroz y bien dispuesta. Tiene la frente hundida por artificio y gala, y las narices corbas y largas. En lo demás, siempre proporcionados y robustos, en gran manera ágiles, sueltos y alentados, que andan por la aspereza de la montaña y sierra con más ligereza que en el llano, y en cuanto al traje de sus vestidos y cabelleras largas, conforme al uso común de todos los indios. No tienen ninguna inteligencia de interés, ni granjería ni otra ocupación y oficio, más de la ocupación y ejercicio de la guerra y son muy valientes y determinados en ella y grandes sufridores de trabajos y de notable valor y ánimo en recibir la muerte, y cualquier género de tormento sin quejarse ni hacer desvío, ni señal de sentimiento, más que si fuesen insensibles, y entre las armas mayor inclinación muestran a la pica, que la juegan con mucha desenvoltura, destreza y maña. Usan también dardos arrojadizos y macanas hechas a manera de espada o montante, de cortezas durísimas de palmas de cuatro dedos de ancha, afiladas, y no acostumbran arcos, fiándose en la fuerza y valentía de sus personas, que las juntan gallarda y osadamente con el enemigo, más que en lo industrioso, arrojadizo y apretado de las flechas y no reconocen ningún superior, ni cacique, sino al que más valiente fuere y a los mohanes. A los niños, desde muy tiernos, enseñan a jugar la lanza con cañas y varas delgadas, proporcionadas a las fuerzas de su edad”.

NOTAS:

(1) Castellví, P. Marcelino de: Amazonia Colombiana Americanísta. Bogotá, 1962. Contiene una clasificación muy completa de las distintas tribus Pijao.

(2) La Real Cédula de marzo de 1553 especificaba lo referente a la esclavitud a perpetuidad.

(3) El Presidente pidió un tributo de 3 pesos de oro para cada indio Coyaima y Natagaima, anualmente. Archivo General de Indias, Santa Fe, 18. Informe de don Juan de Borja al Rey, de fecha 12 de junio de 1611.

(4) Reichel-Dolmatoff, Gerardo: Rev. Instituto Etnológico Nacional. Bogotá, 1944, págs. 509, 510.

(*) Fuente: Lucena, Salmoral Manuel. “Mitos, usos y costumbres de los indios Pixaos”. Revista colombiana de antropología (Bogotá); XI pags. 143-152; 1962.