viernes, octubre 27, 2017

Entre el incumplimiento y el escepticismo: una visita a la zona veredal de Planadas



|Por: Renán Vega Cantor / La Haine |

Visitar una zona veredal (ahora denominadas Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación) es una experiencia que ayuda a entender de manera directa lo que es Colombia, un país pletórico de injusticias y desigualdad, lo que ha sido la guerra de los últimos 60 años y la magnitud de los incumplimientos del Estado al pretendido acuerdo de paz con las FARC.

La zona veredal de Planadas se encuentra ubicada a casi dos horas del casco municipal, en la vereda El Oso, localizada unos 25 minutos del caserío de Gaitania.

Para llegar a Planadas desde Bogotá se hace un recorrido en bus de unas 10 horas, en una vía que, a medida que se acerca a ese casco municipal, se encuentra destapada, semi-destruida.

Aunque se viaje de noche, es imposible dormir al final del trayecto por la cantidad de huecos y derrumbes que encuentra el bus en su recorrido, sobre todo entre Ataco y Planadas. Esto muestra lo que es el abandono del Estado en términos reales.

Luego de llegar al casco municipal de Planadas, nos trasladamos en moto a la Zona Veredal, por una carretera en su mayor parte sin pavimentar, que es una trocha en pésimo estado de conservación.

La zona veredal

Cuando uno se aproxima a la zona llama la atención un grupo de casas prefabricadas, recién construidas, más o menos homogéneas, que indican que allí están concentrados ex guerrilleros y sus familiares. En la entrada ya se perciben los primeros contrastes, puesto que todavía hay cambuches, recubiertos en plástico negro, donde se alojan, en peores condiciones que en tiempos de guerra, antiguos combatientes de las FARC.
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El sitio escogido es propiedad de un campesino, que le arrendó el lote al estado a cambio de un canon monetario, bajo el compromiso de que la ocupación de ese terreno solo iba a durar seis meses, al cabo de los cuales lo devolverían desocupado. El Estado escogió un potrero, peor aún un pantano repleto de barro, como evidencia de su “interés” en cumplir lo acordado.

La transformación que ha experimentado la zona en los últimos meses se debe a la acción mancomunada de los miembros de las FARC, que edificaron las construcciones, construyeron lugares de habitación y sitios comunes, entre ellos una pequeña biblioteca.

Es vergonzoso que terminado el tiempo en que deberían clausurarse las zonas veredales, ni siquiera se haya concluido lo inicialmente planeado y todavía se estén construyendo algunas habitaciones y, lo peor de todo, que existan cambuches. Es frecuente que se corte el suministro de agua, como evidencia de la “responsabilidad gubernamental” en el funcionamiento de la zona.

La población de la zona veredal es flotante, y oscila en la actualidad alrededor de unas 60 o 70 personas. De los 180 guerrilleros que inicialmente se trasladaron a ese lugar, solamente quedan unos 20. Los otros se han ido silenciosamente, sin decirle a nadie para donde parten. Y tienen razón en salir de esa forma, porque su vida pende de un hilo, ante el asedio de paramilitares y grupos criminales, que en distintos lugares del país han asesinado a una decena de ex guerrilleros desarmados y en estado de indefensión. Incluso, quienes se van sin señalar su destino están más seguros que los que se quedan en las zonas veredales, como nos lo indicaron varios de ellos. Un grupo indeterminado de habitantes del lugar trabajan en las fincas vecinas, la mayor parte de ellos como recolectores de café.

De los 30 niños que se encontraban al principio, hoy quedan nueve. Han llegado ex prisioneros de las FARC, recién liberados y también se encuentran familiares de los antiguos combatientes, entre ellos sus hijos, quienes por primera vez han tenido la oportunidad de reunirse con su padre o madre. En la zona nacen nuevos colombianos, cuyo destino es tan incierto como el de sus padres. En los días que visitamos la zona estaba a punto de nacer un nuevo hijo del antiguo comandante Donald.

En cuanto a la vida cotidiana se refiere, aunque ya no existe la disciplina militar de otros tiempos, se han establecido unos horarios de actividades, relativos a las horas de las comidas, que siguen eso si las viejas pautas de los campamentos guerrilleros, en lo relacionado a la preparación de los alimentos, que son encomendados cada turno a personas diferentes, con el fin de que todos participen en esa labor. Asimismo, se disponen de horarios de actividades por las noches, para evaluar algunos asuntos internos y charlar sobre la situación política y económica. También existen horarios de estudio en los que se imparte una instrucción elemental, para aquellos que no han terminado sus estudios en educación básica.

Pese a todo, entre los habitantes de la región, así como en los de la zona veredal, cunde el escepticismo, ante el incumplimiento de lo acordado por parte del Estado. Varios habitantes de la región nos dijeron que dudan que el gobierno vaya a cumplir con lo acordado e indicaron que la salida de las FARC de sus zonas de influencia había significado el retorno del robo, del consumo de drogas y de la prostitución, puesto que se rompió con un orden establecido durante décadas. Ahora, la presencia del Estado, mediante sus instrumentos represivos, viene acompañada de delincuencia y drogadicción.

Un resumen lacónico de lo que es la zona veredal lo proporcionó un antiguo guerrillero con más de 30 años de pertenecer a las FARC, cuando indicó en forma gráfica que ese sitio es como un “gueto judío” o un “campo de concentración a cielo abierto”.

El paisaje humano

En la zona veredal de Planadas, como de seguro sucede en las otras zonas veredales, se percibe el paisaje geográfico de ese otro país, rural y desconocido en las ciudades, con su extraordinaria diversidad y con esas historias personales de dolor, lucha y resistencia, el trasfondo directo del terrorismo de Estado. Allí se encuentran hombres y mujeres de origen humilde, pobres, muchos de ellos apenas saben leer y escribir. Duraron muchos años en la guerra, y portan consigo heridas imborrables. Sufrieron bombardeos inverosímiles, y vieron cómo morían camaradas de lucha, y en muchos casos sus propios hijos, y compañeros sentimentales. Allí están mujeres que estuvieron en la cárcel durante interminables años y madres que se vieron obligadas a dejar a sus hijos en manos de familiares, hijos que nunca volvieron a ver, o que solo podían contemplar de vez en cuando, y bajo el riesgo de ser capturados o asesinados. Hijos que quedaron huérfanos a temprana edad porque sus padres fueron masacrados durante los bombardeos. Campesinos externos a la zona que todavía portan consigo los papeles que prueban que a uno de sus familiares se le asesinó y desapareció hace 30 años. También hay personas que llevan las marcas de la guerra, bien porque están lisiadas o porque los estragos de las esquirlas o de las balas les dejaron imborrables huellas en alguna parte de su cuerpo.

En la zona veredal hay campesinos, indígenas, afrodescendientes, trabajadores urbanos, profesionales…, como expresión a pequeña escala de la diversidad étnica del país, una diversidad que se expresa en la composición social de la base guerrillera. Una indígena, procedente del Tolima, que tiene unos treinta años de edad, nos cuenta que lleva más de media vida en las FARC, a la cual se vinculó al comprender que no podía estudiar y que el futuro que le deparaba su pobreza familiar era terminar como cocinera en Natagaima, con un miserable sueldo. Nadie la obligó a vincularse, ella lo hizo convencida que tenía más opciones en la guerrilla, que permaneciendo en su pueblo.

Una persona de unos 30 años nos cuenta que lleva 17 años en las FARC, a la cual ingresó cuando era casi un niño. Fue miembro del Bloque Oriental. Su anhelo es poder estudiar y llevar una vida digna. Nos asegura que si el gobierno no cumple los acuerdos él volverá a empuñar las armas, pero ahora este hecho tendría una ventaja: el pueblo colombiano ya habrá confirmado que la paz no fue posible porque el gobierno no cumplió lo pactado. Nos dice que conseguir las armas no es difícil y que organizar a los descontentos tampoco va a ser complicado, en caso de que sea necesario.

La zona veredal está situada al lado del resguardo indígena Páez (Nasa) de Gaitania, con el cual se firmó un acuerdo de paz por parte de las FARC, el 26 de julio de 1996. Pacto que se ha cumplido estrictamente desde entonces. Este acuerdo fue posible por la buena disposición de las dos partes, y en especial del comandante Jerónimo Galeano. Este carismático guerrillero, quien fuera asesinado por el Ejército en 2011, es recordado con mucho cariño y admiración por los miembros de la insurgencia que lo conocieron, así como por la comunidad indígena y en general los habitantes de Planadas.

Para la reconstrucción de la historia del conflicto colombiano y el papel desempeñado por líderes insurgentes, la mayor parte de los cuales han sido calumniados por el bloque de poder oligárquico y sus medios de desinformación, es imprescindible recuperar la vida y luchas de personajes como el comandante Arquímedes Muñoz, Jerónimo Galeano. Las lágrimas de sus compañeros de lucha al recordarlo ponen de presente el ascendiente que aquél logró entre las tropas a su mando y más allá, en todo el sur del Tolima.
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Marquetalia

Tuvimos la oportunidad de visitar a Marquetalia, el lugar donde se originó la agresión armada por parte del Ejército y del Estado colombianos a un grupo de campesinos, lo que a poco tiempo originaria a las FARC.

Para llegar allí se hace el recorrido desde la zona veredal, primero por una trocha de difícil recorrido, en la cual el destartalado campero que nos lleva se demora 90 minutos, hasta llegar a Villanueva. Luego se continúa el trayecto a pie o a caballo, durante tres horas. Ascendimos y descendimos en caballo, en parte porque no teníamos el calzado que se requiere para caminar en este tipo de camino de herradura y en parte porque de alguna forma esa experiencia es única en el intento de reconstruir el trayecto que debieron recorrer infinidad de veces los guerrilleros de las FARC, incluido el propio Manuel Marulanda Vélez, utilizando a esos nobles animales.

Es extraordinario el paisaje montañoso y de vertiente cafetera. A medida que avanzamos por el lugar, pensamos y nos imaginamos ese escenario de guerra, trascendental en la historia colombiana de los últimos 53 años. Al fin llegamos a Marquetalia, o mejor a lo que quedó de ella. Nos referimos a la pequeña explanada en donde se encontraban las humildes viviendas de los campesinos de autodefensa que fueron agredidos en ese malhadado mayo de 1964.

En ese sitio solo existe una casa –era la vivienda de Marulanda nos recordó una persona de la región– que ahora se encuentra habitada por una pareja de adolescentes campesinos, que acaban de tener un hijo.

El lugar está ocupado por tropas del Ejército, que tienen un campamento base a unos doscientos metros de la casa mencionada, pero que tienen carpas desperdigadas alrededor de la vivienda, y en la cual entran y salen con normalidad y donde guardan avituallamiento y pertenencias, como si fuera de su propiedad.

La presencia de la tropa nos cohíbe y nos impide hablar con tranquilidad con nuestros acompañantes, entre los que se encontraban dos antiguas guerrilleras de las FARC, una de las cuales conoce el lugar como la palma de sus manos y nos cuenta que no le sorprende ver al Ejército y que ella en varias ocasiones con otros guerrilleros sortearon el lugar a hurtadillas, sin que las tropas se dieran cuenta.

En Marquetalia se ven las secuelas de la guerra. Hay túneles y trincheras, pequeños cráteres que deben ser producto de bombardeos del Ejército estatal. Pero el símbolo estrella son los restos de una aeronave de guerra, derribada por los guerrilleros. En lo que fue una de las alas de ese aparato se ven impactos de bala, presumiblemente de fusil, que fue disparado desde tierra y que lo derribó.

En la zona hace un tremendo frío, sobre todo en las horas de la noche. A pesar de la decepción que nos produce la presencia del Ejército, decidimos pasar una noche en esa casa, y le solicitamos al guía de los caballos que regresara a Villanueva, y volviera al día siguiente a las ocho de la mañana. Nos acostamos temprano, antes de las nueve de la noche, sin cruzar muchas palabras, cohibidos como estábamos por la presencia del Ejército.

La ocupación del Ejército, nos dicen unas personas de la zona, pretende que en Marquetalia no se pueda construir un museo de la resistencia, como lo han insinuado algunos dirigentes de las FARC.

Al otro día, con la llegada de los caballos, echamos un último vistazo al lugar, a los restos del avión, a los túneles y trincheras, así como a los jóvenes campesinos que allí habitan y a los soldados, porque todo ello deja una extraña sensación, es como si la historia se hubiera detenido, ya que seguimos gravitando entorno a las terribles injusticias que en 1964 dieron origen a un conflicto armado que se proyecta hasta nuestros días. Luego de esto nos despedimos de este histórico lugar de la resistencia popular de Colombia, con la certeza de que nunca lo volveremos a ver.

Fotografía: Carlos Castaño “El Bueno” / El Salmón (02-03-17)