domingo, octubre 01, 2017

La Posverdad en el mundo de la política sentipensante



|Por: Alejandro Robayo Corredor / Palabras Al margen |

El problema no radica en que las emociones sean un motor de nuestras acciones políticas, porque siempre lo serán, sino en que nuestras emociones sean producidas por creencias evidentemente falsas (como que los dineros de las pensiones ahora iban a ir a financiar la reintegración de las FARC). Nuestras ideas y nuestros sentires no están separados, nuestra razón y nuestras emociones están esencialmente conectadas, indiferentemente de nuestro nivel educativo. La política no solo la pensamos, sino que la sentimos; la sentipensamos.

A un año del doloroso plebiscito refrendatorio de los Acuerdos de negociación entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, muchas preguntas y debates continúan vigentes en nuestra coyuntura política nacional. Infinidad de análisis se siguen realizando sobre qué hizo que quienes votaron el 2 de octubre se inclinaran en una ajustada mayoría por el No. Una sombrilla bajo la cual se han agrupado varias de estas explicaciones ha sido el término de posverdad, que además ha servido para analizar las causas de otros polémicos fenómenos políticos en el mundo como el Brexit o la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Si bien algunos/as analistas han señalado que la Posverdad es un concepto que simplemente encubre la vieja práctica política de convencer mintiendo, esta se volvió la expresión de moda para el análisis político y además fue declarada por el Diccionario Oxford como la palabra del 2016 en el mundo anglosajón. La definición que dicho diccionario le dio a este concepto –citada por la mayoría de analistas– fue la de ser un adjetivo “relacionado con o que denota circunstancias en las cuales los hechos objetivos influencian menos en la opinión pública que apelar a las emociones o a las creencias personales”(1). Pues bien, en estas cortas líneas quisiera señalar que la posverdad, tal y como ha sido definida hasta el momento,  es profundamente insuficiente para entender la realidad de las sociedades contemporáneas y no es más que un reencauchamiento de un ideal hiperracionalista y positivista de la política.

Que los hechos objetivos influencien menos en la opinión pública que las emociones y las creencias personales, parece una especie de lamento de quien cree que la opinión pública debería moverse estrictamente sobre verdades comprobadas y evidentes. Uno se pregunta ¿en qué era recóndita, desde que los sistemas democráticos funcionan sobre la faz de la Tierra, los hechos objetivos han sido el único y primordial núcleo de decisión de la ciudadanía para emitir un voto en una elección democrática? ¿Cuándo las emociones y las creencias personales han sido dejadas de lado por los diferentes grupos sociales para formarse opiniones objetivas sobre la política? Esa, más bien, pareciera ser la invocación de una futura Edad Robótico/ilustrada en la que las emociones y toda experiencia subjetiva podrían ser suprimidas y en la que el método científico sería la guía de todo comportamiento social.

Muy a pesar de esta aspiración racionalista –fuertemente cultivada por gran parte de la teoría política moderna– la política es y será siempre un campo imbuido de emociones, pues esta es un producto de nuestras relaciones sociales, en las que lejos de actuar como seres racionales sin sentimientos, implicamos nuestros cuerpos, aspiraciones y experiencias de vida más profundas. Sin embargo, el culto a la razón ha llevado a que nuestras maneras de pensar la política estén plagadas del pensamiento binario moderno que nos habla de diadas opuestas: masculino/femenino, civilización/naturaleza, sujeto/objeto, entre otras. Una de las oposiciones que más ha influido en la teoría política ha sido la de razón/emoción. De tal manera, se ha pensado la política como el campo de dominio de la razón, cuya función principal es la de controlar las pasiones humanas (dentro de las cuales estarían las emociones), cuando no suprimirlas. El ejemplo más claro de esto es la idea del contrato social como salida del estado de naturaleza en todos los pensadores contractualistas. La realidad, sin embargo, nos muestra otra cosa. Las emociones son una parte esencial del comportamiento político en cualquier sociedad, pues son nuestros miedos, odios, desconfianzas, lealtades, aversiones, alegrías, frustraciones y un largo etcétera, lo que nos mueve a actuar en uno u otro sentido. Por eso, la utilización de la posverdad como una descalificación de la instigación de las emociones con un fin político debe ser mirada con desconfianza, pues más bien suena a un llamado a que sólo la gente letrada y experta, que no se deja mover por sus pasiones y que actúa exclusivamente bajo criterios científicos, sea la que guíe el rumbo de nuestras sociedades. Algo así como una Ñoñocracia.

El artículo de Julián de Zubiría, titulado El triunfo del No y el fracaso de la educación colombiana(2), bastante citado y compartido en los días posteriores al plebiscito, empieza nada más y nada menos que con la siguiente frase: “Un país en el que 3 de cada mil personas saben leer de manera crítica no se mueve por las ideas, sino por emociones primarias como el miedo, la ira o la venganza”. ¡Hágame el favor! Así, de Zubiría prácticamente termina diciendo que los/as del Sí son la gente ilustrada de este país que gracias a su racionalidad pudo ver que apoyar el Acuerdo de paz era lo mejor, mientras que los del No son una partida de ignorantes y presos de sus emociones más básicas que salieron a votar cargados de todo su resentimiento. ¡Los civilizados contra los bárbaros, pues! ¿Es que acaso a quienes votamos por el Sí no nos movió la esperanza de un país en paz, la solidaridad y la empatía con el dolor de las víctimas? O ¿quién, de los que votamos por el Sí el 2 de octubre, no se acurrucó ese día en una esquina a llorar a moco tendido o a arrancarse suavemente algunos cabellos luego de que el triunfo del No fue un hecho objetivo?

Es aquí cuando hay que volver al maestro Orlando Fals Borda, a quien los pescadores del Caribe colombiano le enseñaron que los seres humanos no sólo actuamos con nuestra razón o con nuestras emociones, sino que nuestra esencia radica precisamente en actuar con base en ambas, porque sentir y pensar no son dos actos separados, sino que son dos momentos de nuestra sublime capacidad de sentipensar. Por eso, si se sigue creyendo que el problema que salió a la luz en las elecciones pasadas fue que millones de ciudadanos salieron a votar dominados esquizofrénicamente por sus emociones por encima de hechos racionales evidentes (que la paz es mejor que la guerra o que la implementación del Acuerdo salía más barata que mantener la confrontación armada) se está cayendo en una simplificación bastante peligrosa que a futuro puede tener graves consecuencias.

No vengamos a descalificar a quienes no piensan y sienten igual que nosotros/as tildándolos de “emocionales”. Para eso es que ha servido la posverdad que, desde este punto de vista, es bastante patriarcal. El problema no radica en que las emociones sean un motor de nuestras acciones políticas, porque siempre lo serán, sino en que nuestras emociones sean producidas por creencias evidentemente falsas (como que los dineros de las pensiones ahora iban a ir a financiar la reintegración de las FARC). Nuestras ideas y nuestros sentires no están separados, nuestra razón y nuestras emociones están esencialmente conectadas, indiferentemente de nuestro nivel educativo. La política no solo la pensamos, sino que la sentimos; la sentipensamos. No ignoremos entonces esta dimensión emocional de la política y no vengamos a culpar a las emociones por la incapacidad de las fuerzas alternativas de conectarse con los sentires de la gente.

Si de algo puede servir la posverdad, como concepto de análisis de nuestra coyuntura política, es para advertir una realidad en la que son elegidas personas que abiertamente mienten, ya sea porque pareciera que a la gente cada vez menos le importara la honestidad como valor central de las relaciones sociales, o –y por esta me inclino yo– por la inmediatez y el alcance con los que los medios digitales transmiten mensajes junto con la falta de recursos por parte de las grandes mayorías para comprobar su veracidad. Y es que la información política, para una gran parte de la población, llega a través de los medios de comunicación, a los que ahora se les suman las redes sociales, pero mucho más por medio del rumor y del tú a tú. Esto, sumado a los bajos niveles educativos, evidentemente lleva a que mensajes que son falsos sean tomados como verdaderos y de esta manera pasen a sustentar creencias y emociones que llevan a votar a la gente de determinada manera. Es solo en este sentido que el artículo de de Zubiría tiene toda la pertinencia.

Ahora, en vez de sentarnos a quejarnos mientras que se nos pasa la vida por encima, hay que aceptar que “eso es lo que hay” y que mientras que se elevan los niveles educativos de la población (por cierto, ya muy difícil con el actual sistema educativo) el problema inmediato es uno de comunicación. No se trata de mentir para ganar diciéndole a la gente lo que quiere escuchar, sino de ser capaces de decir verdades de una manera que se conecte con el carácter sentipensante de la gente. La derecha hace mucho tiempo entendió que hacer campaña no se trata primordialmente de dar el mejor argumento desde un punto de vista lógico, sino de argumentar para llegarle a la gente a sus sentires más profundos y a sus experiencias cotidianas. Por eso, la derecha se montó primordialmente sobre el profundo rechazo, e incluso odio, que una gran parte de la población siente hacia las FARC-EP (con los que la FARC tendrá que lidiar). Por esto, el reto no es simplemente que gane la mejor idea o quien se acerque más a la objetividad, sino que nos enfrentamos a una lucha emocional, a una reorientación de los afectos y las lealtades del pueblo colombiano. Es por esto que si no somos capaces de salirnos de ese esquema hiperracionalista y de entender la naturaleza sentipensante de la política, seguramente nos vamos a ir en pérdidas para las elecciones del próximo año. Si no lo hacemos, más bien vayamos preparando una almohada cómoda para gritar en ella cuando una derecha muchísimo más conservadora que la de Santos se monte en el Gobierno en el 2018.

NOTAS:

2.    Puede ser consultado en: