martes, octubre 31, 2017

Vargas Lleras o la derecha dura



| Por: Medófilo Medina* / Razón Pública |

Un antecedente

“No hay enemigos a la derecha”.

Esta fue la consigna que Silvio Villegas - un dirigente conservador que encabezaba una corriente a favor del fascismo- formuló en 1936 es decir en el momento de la “Revolución en Marcha”.

Con esta frase Villegas convocaba a la unidad entre todas las corrientes adversas a las reformas que impulsaba el presidente López Pumarejo, para resistirse a ellas por todos los medios.

Esta frase famosa de la época me vino a la memoria a raíz de la disposición que ha mostrado el candidato Vargas Lleras para llegar a una coalición con el senador Álvaro Uribe de cara a las elecciones del 2018.

La “segunda venida”

Hace pocos días los principales medios de comunicación desencadenaron una borrasca mediática para celebrar la segunda venida del candidato a la arena política. Ya el lunes festivo, 16 de octubre, Noticias Caracol le dedicó 27 minutos al hombre que The Economist ha anunciado como próximo presidente de Colombia.

El martes fue la apoteosis: un eufórico y complaciente Arismendi atendió al candidato durante 46 minutos y 15 segundos en el programa Hoy por Hoy de Caracol. El mismo martes, María Isabel Rueda editó en dos páginas enteras de El Tiempo su tertulia de cómplice con Germán Vargas Lleras.

Lo notable del caso no fue el afán publicitario del candidato. Lo peculiar fue la falta de objetividad informativa y la abierta intención proselitista que desplegaron los periodistas y los medios.

Contra el Acuerdo de Paz

Vargas dijo lo mismo, aun en el detalle, en sus variadas entrevistas, un globo inflado de redundancias con un contenido central: la plataforma político-emocional contra el Acuerdo de Paz entre las FARC y el Gobierno en representación del Estado.

Vargas lanza su candidatura sobre la base de oponerse al Acuerdo, y desde aquí convoca a toda la franja antidemocrática y antihumanística del país.

Gloso aquí la entrevista de El Tiempo, porque en ella se recoge de manera más completa la posición del candidato. La mayor parte del texto se dedica al Acuerdo, y esta frase cristaliza su visión sobre la paz: “El proceso de paz fue un buen negocio para el país. La desmovilización de una estructura como eran las FARC y la entrega de las armas han sido una gran noticia”. El negocio de la paz se cerró, como cualquier negocio, con la firma. Lo acordado no compromete al Estado y, por supuesto, no obliga a ningún ciudadano.

Vargas lanza su candidatura sobre la base de oponerse al Acuerdo, y desde aquí convoca a toda la franja antidemocrática y antihumanística del país.

Narcotráfico y mentiras

Si bien Vargas concentra su ofensiva en la Justicia Especial para la Paz (JEP), lo hace desde el tema del narcotráfico, que se está configurando como la matriz de pensamiento y de inspiración contra la paz y las reformas.

Aunque se mantienen las invenciones sobre el “castro-chavismo” y la entrega del país a las FARC, el narcotráfico será el elemento central del programa de quienes se niegan a despedirse de la guerra como dispositivo para el mantenimiento del sistema político.

De aquí que en vez de la erradicación manual de los cultivos ilícitos y los programas que buscan hacerla sostenible se reclame la reanudación integral de la fumigación y se desacredite la política de sustitución de cultivos. Vargas Lleras despacha a la ligera hechos como los de Tumaco, con sus muertos y el sufrimiento de familias humildes de cultivadores.

El débil compromiso del Gobierno con los programas que surgieron a partir del Acuerdo de La Habana brinda buenos pretextos para los ataques. Así, se habla de fracasos rotundos de unas políticas, cuando la verdad es que estas aún no se inician o solo lo hacen de manera fragmentaria. El programa de sustitución de cultivos exige una ejecución en gran escala, y en este sentido cabe decir que no ha sido aplicado.

Así mismo Vargas Lleras tergiversa y deforma el sentido y alcance de la JEP, con una serie de afirmaciones desmesuradas. Por ejemplo y con frescura sorprendente, el candidato dijo que “nadie entiende por qué 48 millones quedamos bajo la JEP” (y este en efecto fue el titular de la entrevista). Tras esta afirmación descabellada, el lector sin duda entreverá la verdadera preocupación del jefe natural de Cambio Radical: que esta justicia llegue hasta terceros responsables de crímenes atroces, como empresarios financiadores e inspiradores de acciones del paramilitarismo.

Bajo el eslogan de la lucha contra el narcotráfico, Vargas lanza toda suerte de acusaciones falsas o exageradas en contra de las FARC. Parte de una suerte de ley no escrita, según la cual, en lo tocante a la insurgencia, es posible formular cualquier cosa sin preocupación alguna por los hechos. Si este mentir deliberado no puede justificarse en ningún caso, resulta aún más inaceptable frente a una organización que está en trance de asumir las reglas del juego democrático.

En la entrevista de El Tiempo, la entrevistadora y el entrevistado ensayan la misma cadencia. Ella pregunta por “…una retaguardia integrada por los disidentes de esa organización (las FARC)”. El responde: “…eventualmente hay un acuerdo tácito entre los que pasaron a la legalidad y los que se quedaron en la ilegalidad”. Lo anterior implica una irresponsabilidad colosal, cuando en diversas regiones se siguen registrando asesinatos de excombatientes, dirigentes sociales y defensores de derechos humanos.

Max Weber señalaba tres cualidades específicas de un político: mesura, sentido de la responsabilidad y pasión. En Vargas lleras, el exceso de pasión anula los otros dos términos.

En su andanada contra la JEP, Vargas engarza la exigencia de que los dirigentes de las FARC no sean habilitados para ocupar cargos de representación popular antes de pasar por ese sistema de justicia. Pero eso sí: su partido y sus amigos en el Congreso están haciendo lo posible para evitar que la JEP comience a funcionar – es decir, para que los exguerrilleros no puedan ir al Congreso. ¡Es un gesto de astucia tan poco imaginativa como perversa!

El encuadre electoral del fiscal general

El uso del narcotráfico como argumento en contra de la paz es el cordón que alimenta el entendimiento y la colaboración entre la campaña Vargas Lleras y el Fiscal General de la Nación.

Poco después de la feria mediática que resumí más arriba, el fiscal Martínez concedió un extenso reportaje a El Tiempo donde ratificó y complementó lo que ya había dicho ese candidato. Puso en tela de juicio la ruptura de las FARC con este delito y añadió en tono sibilino que “el narcotráfico nos expropia la paz”.

Desde comienzos de su gestión, el fiscal manifestó con sus acciones que usaría su cargo para atravesar el palo a las ruedas del cumplimiento del Acuerdo de Paz. No había pasado una semana en el cargo cuando voló a Estados Unidos y el 6 de septiembre del 2016, tras un encuentro con su homóloga Loretta Lynch, abogó por reanudar las fumigaciones aéreas en Colombia. Acotó entonces que “las formas de erradicación manual que tenemos en el país son un fracaso estruendoso”.

¿Quién entonces podría declararse sorprendido porque el doctor Martínez esté actuando o vaya a actuar como una pieza importante en el tablero de la campaña electoral de Vargas Lleras? Y en relación con el narcotráfico, que es el tema esencial de nuestra relación con Estados Unidos, estos dos dirigentes coinciden en su obsecuencia ante la línea de Washington.

¿Y de la economía qué?

Aunque dijo Vargas Lleras que había pasado meses en estudio profundo, sus “propuestas” en materia económica carecen de consistencia. Eliminar el impuesto al patrimonio, abolir el 4 por mil sobre las transacciones financieras y fijar el tope del impuesto a la renta en 30 por ciento no resultan ser realistas por razones distintas.

Vargas lanza toda suerte de acusaciones falsas o exageradas en contra de las FARC.

La revista Semana encuentra que la primera propuesta es innecesaria, porque el impuesto al patrimonio ya no existe (era un gravamen transitorio a punto de vencerse) y que las otras dos son fiscalmente impracticables.

En boca de Vargas Lleras los ataques a la evasión fiscal y la crítica de las exenciones tributarias parecen obra del humor, porque las políticas neoliberales que propone implicarían un tratamiento aún más favorable de la inversión extranjera y los sectores financieros y empresariales. Ni una palabra sobre el agro, tampoco sobre las políticas sociales.

Quizás el lector se anime al encontrarse con el último subtítulo del reportaje de María Isabel Rueda: “¡La salud!”. En verdad, no se trata de la salud pública, sino de la noticia de que el candidato ha dejado el cigarrillo como parte del control del meningioma. En esto no cabe sino desearle buena suerte al doctor Vargas Lleras.

Nueva etapa de una campaña

Este debut de Vargas Lleras pone en evidencia, en primer lugar, que la campaña presidencial 2017-2018 entró en una nueva etapa. En segundo lugar, que se afianza el modelo de un debate que tendrá que ser el de la confrontación de dos grandes coaliciones: la de los adversarios de la paz y la de los propulsores del cumplimiento de los acuerdos y de las reformas que ellos implican.

Culmino por donde empecé. En 1936, los partidos que defendían las reformas, así como el movimiento sindical y campesino, lograron, gracias a la unidad, que se aprobara la reforma constitucional de ese año y que siguiera avanzando la saga reformista de la Revolución en Marcha. Durante mucho tiempo a la derecha no le fue permitido desencadenar la violencia.

Hoy cabe preguntar con inquietud: ¿a cuál de los campos políticos configurados frente al Acuerdo de Paz podrá inspirar hoy aquella situación histórica?

(*) Medófilo Medina, Cofundador de Razón Pública.